Implacable (Generations 3) 30. La telaraña del pasado y del futuro
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30. La telaraña del pasado y del futuro

L A TELARAÑA DEL PASADO Y DEL FUTURO

Hubo otro que oyó la llamada de Catti-brie, y aunque no la reconoció inmediatamente por lo que era, Gromph Baenre comprendió que algo enorme estaba ocurriendo. Fue hasta su bola de cristal y envió su visión a Viñas Sangrantes, y encontró el lugar casi abandonado.

Consiguió manipular su ángulo de visión y cambiarlo hacia el sur, luego hacia el oeste, y luego este, para, finalmente, localizar a Zhindia y sus fuerzas.

Y más allá de ellas, no lejos y esperando, reconocía a las Baenre y a sus aliadas, y era lo bastante listo y lo bastante conocedor de las mezquinas oscilaciones de las matronas para comprender y también reconocer a aquellas que no parecían estar aliadas con la Casa Baenre.

Y sin duda, en una pequeña zona, se inició una escaramuza entre soldados de la Casa Fey-Branche y de la Casa Barrison Del’Armgo.

—Encantador —masculló, sarcástico, el gran mago—. Idiotas.

Estaba a punto de borrar la imagen, de dejarlos que lucharan hasta el final y acabar de una vez con todos ellos, cuando una voz conocida llegó junto con esa fuerza mágica que estaba sintiendo.

— La bestia no tardará en escapar, y ninguna casa marchará indemne, suponiendo que alguna marche —le dijo Kimmuriel Oblodra.

— Entonces, al Abismo con todas ellas —contestó Gromph con el pensamiento.

—¿ Incluso con la que tiene la bendición de Lloth ?

El antiguo archimago no se perdió lo que eso implicaba.

— Tu inacción ahora es acción —le advirtió Kimmuriel—. Cualquiera que sobreviva sabrá que Gromph permitió que ocurriera la catástrofe. Lloth sabrá que Gromph permitió la catástrofe, la destrucción de sus seguidores .

El momento de comunicación fue breve, y la telepatía de Kimmuriel se desvaneció.

Gromph se apartó de su dispositivo de adivinación y respiró hondo, mientras se cubría la boca con las manos.

Asintió, decidiéndose, y luego salió corriendo de la sala, de su cámara extradimensional y bajó a través de la Torre de Huéspedes del Arcano.

En la cámara lateral del túnel, en la base de la escalera que llegaba más abajo, retiró las salvaguardas y los cierres mágicos, y empujó la puerta para cruzarla, y antes de que se pudiera convencer de lo contrario, le dio a la palanca, lo que de nuevo permitía que el poder de la Torre fluyera por los tentáculos, las venas.

Durante kilómetros, fluyó hacia el sur, ganando velocidad y recogiendo agua del océano, y en ese viaje mágico, también fue llamando a elementales del plano del agua.

—Anuncio la llegada de la Matrona Zeerith Do’Urden —dijo Myrineyl Baenre a Quenthel, quien se hallaba en el límite oriental del prado entre las sombras de los árboles, mientras el sol se alzaba por detrás de ella.

Soldados Baenre con rostros torvos la rodeaban mientras conversaba con Yvonnel y Kimmuriel Oblodra.

Ante ellos, más allá, otros exploradores salieron de la cobertura del bosque, evitando específicamente el sendero principal, como se les había ordenado.

—Zhindia llega —dijo Yvonnel, e indicó el este con un gesto.

—Matrona Zhindia —la corrigió Quenthel, lo que hizo reír a Yvonnel.

—¿Ahora tú crees que realmente importa?

—Podría ser que sí. Podría ser que no —fue lo que Quenthel quiso responder.

—¿Madre matrona? —se atrevió a preguntar Minolin Fey, que había llegado con Myrineyl.

Quenthel la miró molesta.

—La Matrona Zeerith no tiene paciencia… —se atrevió a presionar Minolin Fey.

—Entonces, tráela aquí —contestó Quenthel, pero no hacía falta, porque ya estaba ahí Zeerith, que entraba flotando sobre su disco mágico, con la Matrona Byrtyn Fey a su lado.

—¿Dónde estamos? —preguntó Zeerith antes de cualquier saludo.

—Ya estamos luchando, aunque eso es una escaramuza de prueba de la Matrona Mez’Barris —añadió Byrtyn Fey—. Si luchamos aquí, ¿debo enviar todas mis fuerzas contra la Casa Barrison Del’Armgo? Necesitaré apoyo, si no me destruirá completa y rápidamente.

—Necesitarás más del que puedo darte —repuso Zeerith con evidente disgusto—. Más, seguramente, del que la Madre Matrona podría compartir. No dudes de que la Matrona Mez’Barris tiene a otras matronas detrás, ¿Dinos, Madre Matrona Baenre, cuál será nuestro plan?

—Parece que tú ya has decidido cuál es el tuyo —contestó Quenthel.

—Me pides que cometa un suicidio, y eso con el desfavor de Lloth, me temo —replicó Zeerith sin ambages.

—Drañas —gritó una voz desde el lado.

—Entonces veamos cuál es nuestro plan de acción —repuso Quenthel—. Juntas.

—Y rápido —rogó Byrtyn.

—¡Allí! —exclamó Yvonnel, mientras señalaba a los árboles del otro lado. Enormes sombras se movían por la maleza, y de vez en cuando salían bajo el sol lo suficiente para que las drow, cuyos ojos no era muy potentes bajo la luz de ese astro, pudieran distinguir una draña abominable.

—Sospecharán que el campo abierto es una trampa —dijo Zeerith

—Son drañas —repuso Yvonnel—. No les importa.

Quenthel hizo un gesto hacia un lado, y los soldados Bruenor se apresuraron a salir al campo y se colocaron rápidamente en línea para formar un muro de escudos.

Varias enormes lanzas volaron hacia ellos, y antes de que la mayoría de ellas los tocaran, el suelo comenzó a sacudirse más violentamente bajo el trueno de la carga, con cientos de abominaciones surgiendo de entre los árboles del otro lado, y saliendo por los caminos, incluso por el principal, cerrado por una telaraña mágica.

—¿Qué pasará? —preguntó Myrineyl.

—No lo sé —fue la sincera respuesta tanto de Quenthel como de Yvonnel.

Un grupo de drañas encabezadas por una enorme hembra apareció en el camino al otro lado de la telaraña trasparente. Tanto si la veían como si no, no bajaron el ritmo y cargaron por el campo.

O lo intentaron.

Porque hubo un gran destello de luz oscura, de un color púrpura oscuro, casi negro. Luego otro, y varios más mientras cada draña caía en la trampa.

Se alzó un humo oscuro, y se vio a las abominaciones retorciéndose y gritando de dolor en el campo. Las de detrás consiguieron detenerse y miraron horrorizadas, igual todos los demás, mientras que las pocas que habían pasado sufrían una evidente agonía.

Sufrían y se retorcían, temblaban y se revolcaban, se les quebraban los huesos, la piel se les rajaba; una visión que revivía los peores recuerdos de aquellos que habían sido trasformados en esa abominación.

La diferencia se hizo patente, porque las enormes drañas comenzaron a reducirse, los cuerpos hinchados se atrofiaban, las ocho patas se convertían en dos.

En unos instantes, nueve drow, no nueve drañas abominables, se hallaban sentados en el prado, confusos, palmeándose con manos temblorosas para comprobar si era cierto.

Aún iban vestidos con el jubón y la armadura de batalla, pero como el cuerpo se les había encogido, les llegaba a las rodillas no a la cintura.

¡Eso no podía ser!

Pero lo era. La telaraña mágica había deshecho lo que Lloth había hecho, porque ninguna sacerdotisa de la Reina Araña creía tener el poder de trasformar a un drow en una draña.

Cualquier sacerdotisa, y eran muy pocas, a la que se le otorgaba ese «privilegio», se consideraba el conducto para la obra de Lloth y nada más.

Eso ante ellas, aún más poderoso, no era la voluntad de Lloth. ¿Cómo era posible?

Yvonnel miró alrededor. El tiempo parecía haberse detenido. Todos los que estaban en el prado, drow y draña, incluso los esclavos goblins y osgos que la Casa Baenre empleaba en la batalla, estaban mirando boquiabiertos.

Eso era la mayor herejía posible.

—¿Aún dudáis de mí? —gritó Kimmuriel Oblodra a las sacerdotisas Baenre.

Antes de que Yvonnel o Quenthel pudieran responder, desde una elevación en el bosque al otro lado, la Matrona Zhindia gritó su ira.

—¡Por Lloth!

Sorprendentemente, le contestó una de las drañas trasformadas en drow, una mujer de anchos hombros, que fue la primera en levantarse del suelo.

—¡A la mierda Lloth!

—Mal’a’voselle Amvas Tol —indicó Minolin Fey Baenre, y Quenthel e Yvonnel asintieron—. La maestra de armas de la que la mayoría considera la primera casa de Menzoberranzan.

—¡Matadlas a todas! ¡Es una mentira! —gritó Zhindia en una voz cargada de magia.

—¡Tú eres la mentira! —vociferó la Madre Matrona Quenthel, con la voz también amplificada por la magia.

—¡Tengo sirvientas a mi lado!

—¿De verdad? —cuestionó Quenthel con seguridad.

El momento de duda saltó por los aires. Drow y soldados esclavos corrieron a formar líneas defensivas en la parte este del prado, mientras que los drow y soldados esclavos de Zhindia formaron grupos de batalla al otro lado, al refugio de las sombras del bosque.

Magos y clérigos por igual comenzaron los conjuros que iban a emplear, y las drañas corrían por todas partes, gritando confundidas, tanto unas a otras como a los nueve drow que seguían en el campo.

Justo enfrente de Yvonnel, una draña corrió por el camino y saltó a través de telaraña mágica, casi con ganas, y de nuevo se vio el oscuro destello, y comenzaron los gritos y las contorsiones.

Ese evidente dolor no desanimó a las otras, ¡al contrario!

Una a una, o en grupitos, las abominaciones se fueron acercando a la telaraña para lanzarse a través de ella.

Las pocas drañas de la Casa Baenre, la Casas Do’Urden, la Casa Fey-Branche y de cualquier otra casa que pudiera ver el espectáculo, no esperaron a que les dieran permiso, sino que cargaron, corrieron por el campo y hasta el bosque, antes de volver y lanzarse contra la telaraña.

La gloriosa telaraña.

—Id a saludar a las drañas, o lo que eran drañas —dijo Yvonnel a Minolin Fey, Myrineyl y Saribel Do’Urden—. Guiadlas hasta nosotros para que podamos decirles que son libres.

—Libres de unirse a la Casa Baenre, si así lo desean, como familia —añadió la Madre Matrona Quenthel, y ¡más de una lanzó gritos ahogados al oírla! Después de lo que todas habían visto, una oferta así parecía incomprensible y absolutamente blasfema.

Y sin embargo, las tres sacerdotisas corrieron hacia el prado y se dirigieron hacia donde se hallaba Mal’a’voselle Amvas Tol.

—¿Y ahora qué? —preguntó la Matrona Byrtyn Fey.

—¿Qué habéis hecho? —añadió la Matrona Zeerith—. ¿Qué significa?

—No lo sé —admitió Quenthel.

—¡Una rebelión en toda regla! —soltó Zhindia a Yiccardaria y Eskavidne

Las sirvientas se miraron, y sus rostros de drow mostraban una gran preocupación.

Y entonces, a la vez, se echaron a reír, burlándose.

—¿Cómo es que esto os divierte? —les rugió Zhindia—. Han desafiado a vuestra diosa. ¡Ellas, la mismísima Madre Matrona Baenre, acaban de darle un tortazo en la cara a Lloth!

—¿Lo ha hecho? —Yiccardaria ahogó un grito, y se llevó la mano al corazón con un efecto teatral; gesto que requería práctica en alguien que no era normalmente un humanoide bípedo.

Eskavidne rio aún con más ganas.

—Las otras se pondrán de mi lado —afirmó Zhindia, y lo hizo muy fuerte, porque sabía que el contingente Hunzrin, incluida la primera sacerdotisa Charri, estaba observando esta locura desatada.

No, pensó Zhindia. Locura no era la palabra adecuada.

—Caos —susurró, su corrección y su revelación.

—A veces, esas criaturas inferiores tardan un poco en comprenderlo, hermana —dijo Eskavidne a Yiccardaria, y rieron de nuevo, luego juntaron los dedos, dibujaron un portal en el aire, y lo cruzaron hacia su hogar abisal.

—Aunque lo de Zaknafein es una pena —masculló Yiccardaria mientras pasaba por la puerta.

Esa puerta no era una puerta física, claro, pero la Matrona Zhindia Melarn se la quedó mirando tan fijamente como si hubiera sido un portal real cerrándose de un portazo.

Otro grupo de drañas, que portaban los colores e insignias de varias casas diferentes, corrieron por el campo, desesperadas por llegar a esa telaraña mágica.

—Barrison Del’Armgo —dijo Yvonnel al verlo en más de unas cuantas—. Y sin duda la drañas de la casa de la propia Zhindia se unen en el campo a las resucitadas como drow una vez más.

—Matrona Zhindia —corrigió Zeerith.

Quenthel rio por lo bajo y miró a Yvonnel, que se acercó a ella. Una vez en Menzoberranzan, mucho tiempo atrás, la mujer que cada casa escogía para sentarse en el cónclave, antes de que lo comenzaran a llamar Consejo Regente, solo usaban su título cuando estaban en esa mesa.

Sin embargo, no necesitaban explicarle eso a las otras en ese momento. Y ambas comprendían que no podían hacerlo.

Efecto secuencial.

—No ataques a la Matrona Zhindia —aconsejó Yvonnel a su tía.

—No —aceptó Quenthel—. Es hora de irnos a casa. Es hora de que todos nosotros nos vayamos a casa.

—¿No crees que habrá lucha por esto? —preguntó Zeerith.

—Claro que la habrá —contestó Yvonnel—. Menzoberranzan será todo un campo de batalla.

—Una auténtica guerra civil es muy posible —añadió Quenthel.

—¿Qué habéis ganado? —gritó una furiosa Sos’Umptu a poca distancia de allí.

Las cuatro, y muchas otras, se volvieron a mirarla.

—¿Creéis que esto se mantendrá? —les chilló Sos’Umptu—. ¡La propia Lloth vendrá a por ti! Solo ruego que quiera usar mi cuerpo imperfecto como avatar para destruir la burla que habéis hecho de la gloriosa Casa Baenre.

Yvonnel la miró fijamente a los ojos.

Y se encogió de hombros.

Sos’Umptu salió corriendo.

—¿Se equivoca? —preguntó la escéptica y claramente aterrada Zeerith—. ¿Qué ha ocurrido excepto una pausa? ¿Qué hemos ganado?

Yvonnel y Quenthel se volvieron juntas a mirar el prado.

—Muchos cientos… —Quenthel calló y sonrió, porque más y más drañas se estaba lanzando voluntariamente a través de la telaraña, desesperadas por intentar el cambio, incluso ante el intenso dolor de la trasformación, incluso con temor de que pudiera ser un truco pensado para castigarlas aún más—.

Quizá unos cuantos miles de soldados para nuestra causa.

Zeerith respiró hondo, pero ni eso ni la seguridad de la Madre Matrona parecían tener ningún efecto calmante sobre ella.

Yvonnel lo entendía. Su mundo acababa de ponerse patas arriba y estaba a punto de ser sacudido por los tobillos hasta que todo lo que creían saber cayera al suelo bajo ellas. Seguramente, Sos’Umptu sería un problema, y gordo, y sin duda correría al lado de Mez’Barris y le susurraría al oído.

Zhindia Melarn, tan fanática y cruel, tampoco estaba acabada. Quizá hubiera sido conveniente lanzar todas las fuerzas de la Casa Baenre contra ella en ese momento de vulnerabilidad, para borrarla a ella y a su casa del mundo en una rápida masacre.

Pero no. Tenían que darle su oportunidad.

Hacer menos sería convertirse exactamente en lo que acababan de rechazar.