Implacable (Generations 3) 29. Nacido en llamas
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29. Nacido en llamas

N ACIDO EN LLAMAS

Como en su primer viaje, Yvonnel tuvo que emplear varios conjuros y escoger su camino con cuidado para atravesar el ejército drow que ahora flanqueaba a la Casa Baenre.

Sus posiciones no eran accidentales, como comprendía claramente ahora, y eso solo le recordó lo urgente y crítico que iban a resultar las próximas horas, o quizá minutos.

Cuando finalmente llegó junto a la Madre Matrona Quenthel, se encontró el campamento Baenre revuelto, con los soldados y las sacerdotisas preparando lo que seguramente sería el campo de batalla; y sobre todo gastando tantos recursos en asegurar sus flancos y retaguardia, como su vanguardia, en el oeste, donde esperaba que estuviera la Matrona Zhindia.

—¿Qué hay? —le preguntó Quenthel. Myrineyl, Minolin Fey y todas las otras sacerdotisas Baenre se hallaba allí, excepto por la notable excepción de Sos’Umptu.

—¿Dónde está la Matrona Zeerith y la Matrona Byrtyn?

—Están con nosotras —le aseguró Quenthel, pero su voz no mostraba la seguridad que ella trataba de demostrar.

—Harán lo que consideren mejor para sí —afirmó Yvonnel—. La lealtad solo jugará un pequeño papel.

Resultó evidente que Quenthel no podía llevarle la contraria ante esa dura realidad.

—Quizá deberíamos reconsiderarlo —dijo—. Que la Matrona Zhindia cuenta con todo el favor de Lloth resulta evidente para muchas. Tal vez su valoración sea la correcta.

—Pero tú y yo ahora lo sabemos mejor —respondió Yvonnel—. Él nos ha mostrado la verdad. —Señaló a Kimmuriel, que estaba cerca, bajo la intensa y restrictiva vigilancia de los soldados Baenre.

—¿Lo sabemos? —preguntó Quenthel, con una evidente resignación— ¿O acaso importa? Si somos impotentes aquí, con nuestra «verdad», entonces, ¿de qué nos sirve? ¿Luchamos contra la mitad, o quizá siete, de las diez grandes casas?

—La Casa Baenre lleva milenios enfrentándose a esa posibilidad —señaló Yvonnel con razón.

—Pero aquí, lejos de nuestra casa y nuestras defensas, y con la Matrona Zhindia al mando de un ejército de cientos de drañas y cientos de demonios? Ella sola ya es nuestra igual, supongo. Con las otras, con Barrison Del’Armgo…

Yvonnel alzó la mano, y su mirada se perdió en la distancia, porque comenzó a notar un temblor bajo los pies, mínimo al principio, pero aumentando.

—¿El primordial? —preguntó Myrineyl con gran preocupación—. ¿Se está liberando la bestia?

—La Matrona Zhindia —respondió Kimmuriel Oblodra desde la esquina—. Sus drañas sacuden el suelo al correr.

Todos los ojos fueron a Yvonnel y Quenthel.

—Debemos intentarlo de nuevo, e inmediatamente —sugirió Yvonnel—. Si fracasamos, entonces esa es la voluntad de Lloth, parecerá, y aún tendremos tiempo de tomar nuestra última decisión.

Quenthel se lo pensó un instante. Yvonnel sabía lo que su tía estaba pensando, porque compartían los recuerdos que resultaban pertinentes en ese momento, memorias de un tiempo muy lejano, dos mil años o más, durante los primeros días de Menzoberranzan.

La patente diferencia no podía ignorarse. Al ver eso sin el «efecto secuencial», como había dicho Kimmuriel era tan impresionante que Yvonnel y Quenthel no podían pasarlo por alto, y había esperanza y no temor lo que llevó a la Madre Matrona a adelantarse y hablar.

—Todas las sacerdotisas y magos alineados para apoyarnos —dijo. Y a los centinelas cercanos les ordenó—: Id a la Casa Do’Urden y la Casa Fey-Branche. Rápido. Decidles a las matronas que nos envíen todas sus sacerdotisas y magos. Decidles que vengan a unirse a nosotros.

—Las matronas no vendrán —dijo Yvonnel a Quenthel, mientras se dirigían a sus respectivos árboles al final del amplio camino que se abría por el prado—. Y su ayuda, si la hay, será poca.

—Lo sé —admitió Quenthel.

—Si fracasamos, pueden negar su participación —advirtió Yvonnel.

—Eso poco importará, si fracasamos —dijo Quenthel—. Pero si tenemos éxito, estarán más unidas a la Casa Baenre y decidirán mostrarlo para evitar la ira de la victoriosa Madre Matrona.

Se separaron, e Yvonnel dio su aprobación silenciosa a su tía. Su invitación estaba colocando a la Matrona Byrtyn y sobre todo a la indecisa Matrona Zeerith, en un aprieto.

Tomaron sus puestos en sus respectivos árboles, cada una ayudada por un grupo de sacerdotisas y magos. A una señal compartida, comenzaron a tejer.

Sus esfuerzos parecían dar pocos frutos.

Bajo sus pies, el suelo comenzó a temblar claramente.

Sudada y exhausta, Catti-brie intentó olvidarse del agudo dolor y de sus muy reales temores de que el primordial pudiera haber dañado a su bebé.

Intentó olvidarse de la situación crítica que se vivía fuera de ese dormitorio, donde los enanos de Gauntlgrym luchaban por su propia existencia contra fuerzas que los superaban por mucho.

Intentó buscar entre la confusión de la petición de Yvonnel y de la aclaración de Zak; y eso la llevó de nuevo a Drizzt, su Drizzt, el amor de su vida.

Más que nada, eso fue lo que calmó a Catti-brie. El recuerdo de su esposo apartó el dolor, alejó sus miedos y le dio la fuerza que necesitaba tanto para el parto como para más.

Mucho más.

Susurró las palabras que Yvonnel le había confiado a Cobriza. Susurró el encantamiento mientras iba lanzando cortos soplidos para alejar el dolor.

Y allí, la magia comenzó a realizarse; encontró algo, algo maravilloso, algo hermoso.

La belleza de la creación, de una vida comenzando.

Y en esa creación, un poder como nunca antes había conocido.

Envió su voz mágica por todo lo amplio y ancho, como un anunció del nacimiento para apoyar a los enanos y a sus aliados, para sacudir a sus enemigos.

Al principio, no tenía nada específico que añadir a ese simple mensaje mágico, a diferencia de la Matrona Malicia que lo había proyectado sobre la sala de la Casa Hun’ett para paralizar a todas las sacerdotisas.

Solo al principio.

El hermano Afafrenfere sabía que estaba perdido, deliciosamente perdido.

Había llegado a ese estado espiritual para escapar del letal golpe de una pica, y luego decidido a encontrar a Drizzt, pero en ese momento, todo eso ya lo había abandonado, así como cualquier idea de regresar a su cuerpo físico, de estar vivo en cualquier sentido de la palabra que hubiera conocido antes.

Porque estaba vivo, más que nunca. Ahora conocía la verdad, y la eternidad y la belleza de… todo.

Y podía formar parte de eso. Formaba parte de ello, y eso era bueno. Cualquier atadura que hubiera tenido con el mundo que había dejado atrás se fue desvaneciendo hasta casi desaparecer.

Casi.

Porque entonces, Afafrenfere oyó una voz, dulce y potente. Supo que era la de Catti-brie, de la dulce Catti-brie, de la poderosa Catti-brie.

Oyó su llamada, oyó su anuncio, sintió su determinación, sintió la pura fuerza de su voluntad, y eso lo llamó para que regresara, le recordó el asunto que había dejado pendiente.

La voz de Catti-brie lo encontró y lo guio como un faro en una playa lejana. El camino para reformar su cuerpo físico y luchar con sus aliados le resultó evidente, y contestó a la llamada.

Los dedos de Yvonnel comenzaron a moverse como si no dependiera de su propia voluntad; tejían en el aire como si estuviera tocando un arpa invisible.

Al otro lado del sendero, Quenthel también cayó en un ritmo similar, que sorprendió a su consciencia.

Porque había música en el aire, pero una mágica, no con notas.

Sintieron el poder de Catti-brie; había sido lanzado hacia ellas como la Matrona Malicia lo había hecho con la Casa Hun’ett, solo que con un efecto inverso.

Mientras que la Matrona Malicia había paralizado a las Hun’ett, Catti-brie estaba filtrando su poder hacia las dos Baenre, les prestaba fuerzas, les daba armonía, alzaba su magia a alturas que solo conocían por los recuerdos de Yvonnel la Eterna: la primera vez que la Madre Matrona Yvonnel Baenre usó la magia del parto en los primeros días de Menzoberranzan y luego, una segunda vez, cuando Yvonnel la Eterna había lanzado la Casa Oblodra a la Grieta de la Garra.

Telarañas fueron saliéndoles de los dedos a las sacerdotisas y se fueron enganchando a sus respectivos árboles, luego fueron creciendo hacia arriba y hacia el otro en las ramas más altas, y luego los filamentos fueron descendiendo para irse pegando por todo el camino.

Las sacerdotisas y los magos que las ayudaban también sintieron la magia, aunque no la comprendieron. Igualmente, sus energías se filtraron en ese ritual desconocido para ellos.

La telaraña creció, con mucha rapidez, y fue llenando el espacio ente los árboles.

Así que, poco después, Yvonnel y Quenthel retrocedieron hacia la parte este del prado, y las otras sacerdotisas y magos las siguieron.

La telaraña estaba ahí, completa pero casi totalmente trasparente; algún filamento brillaba aquí o allá, pero solo en los momentos en que el viento lo empujaba para que se alinease con los primeros rayos del alba, que se iba alzando en el cielo detrás de los drow.

El suelo temblaba continuamente.

La Matrona Zhindia estaba llegando.

Se dejó llevar por la plenitud del momento, con su bebé que le salía del cuerpo y la magia del conjuro, que la colmaba de una alegría desatada, y de esperanza y de una gran sensación de ser una con todo: con sus compañeros humanos, con todas las razas sintientes, con los animales, con las plantas, con las piedras y el agua, y hasta con el propio aire.

Catti-brie experimento una paz de una intensidad como nunca había imaginado.

Más de la que había sentido en el bosque mágico de Mielikki durante los años en los que había estado, en algún sentido, muerta.

Esto era la comprensión. Esto era la belleza.

Esto era el poder.

Por un breve instante, deseó llevar aún su anillo. ¡Quizá pudiera tranquilizar al primordial, quizá abrir los portales!

Pero con igual celeridad, se dio cuenta de que no.

Su comprensión del multiverso era mucho mayor y entendía que Maegera no se vería afectado por esta magia, por sus intentos de persuasión, por nada en absoluto.

Porque Maegera era un muro, una fuerza de la naturaleza, y ningún conjuro que ella pudiera lanzar, incluso en este estado potenciado, serviría para nada en ese aspecto.

La cabeza le daba vueltas, el dolor era intenso, pero la alegría era dulce, tan increíblemente dulce…

Sintió el momento de la culminación, el momento de la separación, el auténtico poder de la creación, en sí. Como en la distancia, oyó a los enanos, oyó a Copetta, rogándole que empujara al bebé afuera.

No necesitó que la animaran.

Ese momento la llamaba, y corrió hacia él con todas sus fuerzas, físicas, emocionales y mentales, que pudo reunir, y mientras el bebé salía al mundo, Catti-brie lanzó toda esa fuerza a través del momento, y cubriendo un gran territorio: hacia los aliados drow que se reunían cerca de Gauntlgrym; al norte hacia Luskan y los que combatían la invasión Margaster; al oeste para alcanzar la ruinas y el monje perdido, y con la loca esperanza de que allí quizá pudiera encontrar un poco del espíritu de Drizzt, para decirle, como mínimo, que su bebé había llegado.

Aunque él nunca pudiera verlo.

En la belleza y el dolor del momento, Catti-brie lanzó una bomba mágica, como había hecho Malicia todos esos siglos antes, pero no para atacar a los invasores, no.

Eso no lo haría. A pesar de todo lo que Zaknafein le había asegurado, no podía mancillar ese momento de amor y belleza con una masacre.

En vez de eso, plantó su bandera, su baliza, por todas las tierras del norte, animando a sus aliados, llamándolos; envió sus pensamientos y su fuerza mágica a ellos para obligarlos a alzarse y levantar el ánimo.

En el oeste, oyó que alguien la llamaba, y resultó ser Afafrenfere; fue hacia el monje perdido y plantó, en el patio donde este había caído, esa imagen, ese momento de belleza; lo clavó como una bandera de triunfo que Drizzt podría reconocer.

Estaba fuera de su cuerpo. En ese instante, estaba, como Drizzt y Afafrenfere habían estado, perdida en un fluido torrente de conexión y conciencia. De unicidad, en verdad, mientras todo se dividía ante ella en sus elementos más mínimos, que eran todos muy similares entre sí. Materia de estrellas.

Allí existía una armonía, una belleza y una calma eternas y universales, que se burlaba de las preocupaciones morales, que hacía que las guerras y los trabajos de los seres mortales parecieran… estúpidos.

El llanto de un bebé la hizo volver volando al dormitorio; a su cuerpo, que la esperaba. Y parpadeó al ver a Cobriza sujetando al bebé.

El bebé ya estaba envuelto; solo le podía ver la cabeza y el pelo blanco, y el cordón, aún sujeto, que colgaba por debajo de la manta.

—Sí, señora, tenemos aquí a una belleza —oyó decir a Cobriza—. Se parece a ti, pero a tener los ojos de su pa de ella.

Catti-brie tuvo que descifrar un poco.

Su pa de ella.

Su pa ¡de ella!

Tenía una hija.

Su pa de ella.

Drizzt, que no la conocería nunca.

Pero ahora estaba bien, porque en el momento de la creación, a través del poder de la magia, ella también había cruzado a un lugar ente los vivos y la eternidad; nunca más volvería a pensar en ello como los vivos y los muertos.

Drizzt estaba allí, y a Catti-brie le dolía el corazón por la pérdida que había sufrido, intensamente en ese momento, especialmente en ese momento.

Pero Drizzt estaba bien.

Todo estaba bien.