28. La magia de la creación
L A MAGIA DE LA CREACIÓN
Estaba maltrecho, golpeado y ensangrentado, pero sabía que había sufrido menos que muchos de sus compañeros ahí, en la gran antesala de Gauntlgrym. El exhausto rey Bruenor se negó a aceptar ninguna ayuda, al igual que sus reinas, no menos maltrechas que él.
Pero necesitaba descansar, después de un largo día luchando, aunque lo hizo en la muralla, o lo que quedaba de ella, junto a la estación del tranvía, al otro lado del estanque.
Desde allí, podía dirigir sus fuerzas. Habían asegurado la mitad frontal de la caverna, incluyendo tres importantes puntos de cuello de botella, pero los enemigos volvían a presionarles.
Demasiados enanos estaban heridos y exhaustos para llevar la pelea a donde se hallaban los demonios, pero el área que habían recuperado era defendible, lo que les permitía cierto respiro para poder recuperar fuerzas, y lo que era más importante, para poder hacer operativas un par de las estaciones de artillería de las estalagmitas, y en estalactitas algunos arqueros y puestos de vigilancia avanzados.
Desde un punto de vista estrictamente militar, había ido mejor de lo que cabía esperar, pero la tarea que tenían por delante era realmente abrumadora, y además parecía que se estaban quedando sin tiempo. Porque el suelo ya volvía a retumbar, y el primordial amenazaba con liberarse.
Bruenor se temía que incluso echar de esa caverna a los demonios que quedaban les iba a llevar demasiado tiempo.
Pero seguía adelante ¿Qué alternativa tenía?
Reunió a sus enanos, siempre leales, cada uno más que dispuesto a morir por el clan Battlehammer, por su rey y sus reinas, por su herencia delzou, y por su convicción de que sus acciones ayudarían a la causa que consideraban buena, la causa de los enanos de Faerun.
Siempre que la situación se estabilizaba, Bruenor no hacía caso de los clérigos, que le decían que descansase, y se iba a ver a los heridos, pasando entre ellos y animando a los clérigos a hacer más, a buscar hasta la más mínima energía mágica que pudieran reunir.
Luego iba a la sala del trono para presentar sus respetos a los muertos, a cada uno, y les daba las gracias y les besaba en las frías mejillas ensangrentadas.
En uno de esos paseos, al rey Bruenor se le acercó una clériga a la que llamaban Penny.
—Oh, mi rey Bruenor, debes venir —le dijo, mientras trataba de recuperar el aliento, porque había tenido que correr un largo trecho para encontrarlo—. El bebé está por venir, ¡y no lo dudes!
Bruenor respiró hondo e intentó pensar en el momento.
El bebé de su hija, de su querida Catti-brie.
El bebé de Catti-brie y de su queridísimo amigo, ahora perdido.
Soltó una triste risita mientras se decía que tenía que vencer, o al menos encontrar una manera de salir.
No tenía miedo a morir, ¡ya lo había hecho una vez! , pero ¿el bebé de Drizzt y Catti-brie?
Ese, decidió Bruenor ahí y en ese momento, no iba a morir antes de tener la oportunidad de disfrutar de la increíble promesa de su linaje.
—Llévame —le dijo a Penny, pero apenas habían comenzado cuando Bruenor se detuvo y cambió de opinión—. Ya voy yo solo. Tú busca a Zaknafein. Lo he visto por el tranvía no hace mucho. ¡Lo encuentras, se lo dices y lo traes!
—Sí, mi rey —repuso ella, y salió corriendo.
—¡Y a Panza Redonda! —le gritó Bruenor—. ¡No te olvides de Panza Redonda!
Bruenor también salió corriendo, pero primero fue hasta el Trono de los Dioses Enanos y subió a él una vez más.
—Solo pido cuando no es para mí mismo —rogó a Moradin—.
Y sé que este no es de tu propia sangre.
Pero es mi nieto, y sé que lo que sea que mi niña tenga aquí, no podrá ser más mío que si fuera mío, o si mi hija fuera de mi propia sangre.
Así que no dejes que el bebé muera en este lugar ahora, te lo ruego.
—Notó la pegajosa sangre sobre la mejilla cuando fue a secarse as lágrimas—.
Maldito seré si he vuelto aquí solo para ver todo esto caer —masculló, mientras ya corría por las estancias y bajaba la escalera.
Todo estaba vacío excepto por las patrullas y los puestos de guardia que él había ordenado que permanecieran en su lugar, y los mensajeros ocasionales que regresaban a la caverna de entrada con armas, herramientas y otros pertrechos, y un grupo de ocho que cargaban con una catapulta lateral.
La decisión y la atención al deber y al detalle de sus hombres animaron a Bruenor mientras iba de camino, pero otra sacudida del primordial le redujo las esperanzas.
Seguramente deberían tener que salir, y pronto. A Bruenor se le ocurrió pensar que quizá podrían escapar hacia la Infraoscuridad.
Solo esperaba que, si eso ocurría, sus enemigos tomaran el lugar justo después de su marcha, y que el primordial lanzara por los aires todo el condenado lugar justo bajo sus pies, ¡y ya les estaría bien!
¿Volvería Bruenor a ser pronto coronado rey de Mithril Hall, al este?
Se sacó esa idea de la cabeza en cuanto le entró. Si perdían ahí, él moriría ahí, casi con seguridad, y si por alguna extraña casualidad sus compañeros y él conseguían escapar, Bruenor se echaría a la carretera y seguiría el camino de la aventura.
Sí, pensó. Recogería a Panza Redonda y buscarían a Wulfgar, y con Catti-brie, cuando esta se recuperara, irían…
De repente, todo le pareció tan vacío.
Los Compañeros del Hall eran cuatro ahora, no cinco.
¡No había tiempo para esos sombríos pensamientos! Pero se le escapó una risita, al imaginar qué habría hecho Guenhwyvar si hubiera oído que disculparla de los Compañeros.
Bruenor siguió corriendo, y finalmente llegó a los aposentos privados de Catti-brie.
Le sorprendió, aunque solo un momento, encontrar ya allí a Zaknafein, esperándolo.
La ropa del drow estaba rasgada en muchos puntos, y estaba cubierto de salpicaduras de sangre y entrañas de demonio.
Tenía un corte en una mejilla y el ojo sobre ella estaba hinchado hasta casi cerrarse.
—¿Qué sabemos, buen rey Bruenor? —preguntó Zaknafein, yendo hacia él.
—¿Cómo has…? —comenzó a preguntar Bruenor, pero lo comprendió cuando Zaknafein le señaló las tobilleras que llevaba.
—Pensaba que la ibas llevando en las muñecas, para como las hicieron —comentó Bruenor.
—Quería llegar aquí rápidamente, así que me las he puesto en el tobillo, como hace mi hijo…
El tiempo de los verbos, la desesperada insinuación de que Drizzt seguía vivo, hicieron que Bruenor se tensara incómodo.
—Todavía no sé nada —contestó Bruenor—. Mi niña pronto va a ser mamá, o eso me han ido diciendo, pero tú has llegado antes.
Indicó la puerta con un gesto de la cabeza.
—No he entrado —explicó Zaknafein—. He pensado que era mejor esperarte.
Un fuerte gemido llegó desde el otro lado de la puerta.
Bruenor vaciló.
—Nunca había visto nada así —admitió.
Zaknafein consiguió lanzar una carcajada.
—De donde yo vengo, que cualquier nacimiento sea visto por un hombre, normalmente significaría la ejecución tanto del bebé como del testigo.
—Sí, un lugar encantador —repuso Bruenor, y cuando se oyó otro grito, incluso más fuerte que el anterior, el enano pasó ante Zaknafein y entró en el dormitorio.
Se encontraron a Catti-brie de rodillas sobre la cama, soplando con fuerza. Tenía la cara roja.
—Hola, bien que hayáis venido, pero ¡salid de aquí! —dijo la sacerdotisa que la atendía. La segunda comadrona, que le sujetaba la mano a Catti-brie, miro al rey con el ceño fruncido.
—Sí, sí —se disculpó Bruenor—. Mi niña… estaré justo fuera.
—Quédate —jadeó Catti-brie entre soplidos, y cuando las sacerdotisas enanas intentaron protestar, ella dijo: «¡Se queda!», con tal intensidad que ambas se quedaron calladas.
—Esperaré fuera —se ofreció Zak—. Mis mejores pensamientos y oraciones están contigo… —Zak calló un momento y parecía indeciso—. Hija mía —acabó.
Catti-brie consiguió sonreír, al parecer, pero no asentir, y con un gesto de saludo y una torpe reverencia, Zak salió de la habitación. Comenzó a cerrar la puerta tras de sí, pero se apartó cuando Penny y otra drow pasaron corriendo ante él.
Ver a Yvonnel sorprendió a Bruenor, pero se alegraba de que la poderosa sacerdotisa hubiera llegado.
Cuando las dos mujeres cruzaron hacia la habitación, Bruenor vio más allá de ellas a otros dos; Regis, que parecía más maltrecho de lo que Bruenor lo había visto nunca, con sus elegantes ropas salpicadas de entrañas y sangre.
Al lado del halfling se hallaba Jarlaxle, que parecía estar a punto de asistir a un baile en la corte, sin ni una marca o salpicadura encima.
Claro que no.
—Ha pasado —informó Catti-brie.
—Sí, túmbate —dijo Penny—. La pobre chica parece que haya venido arrastrándose desde Aguas Profundas.
Tumbaron a Catti-brie y la cubrieron con una manta rápidamente. Yvonnel se acercó y apartó a las tres clérigas.
—Id a la otra sala —les dijo—. Tengo que hablar con Catti-brie.
—¿Qué haces? —preguntó Bruenor, pero Yvonnel no le prestó atención—. Cuando un rey te pregunta qué haces en su casa, es buena idea que se lo digas.
—Tengo que hablar con Catti-brie —replicó Yvonnel—. Es sobre el parto de su bebé, que creo que será antes del alba.
Bruenor no se movió.
—Mi padre puede oír lo que sea que me tengas que decir —repuso Catti-brie.
Bruenor miró a su hija, luego hizo un gesto hacia la puerta, aún abierta, y hacia el drow que miraba por ella, claramente nervioso.
Catti-brie aceptó.
—Zaknafein, entra aquí —llamó Bruenor.
No tuvo que decirlo dos veces, y Zaknafein estuvo a su lado en un abrir y cerrar de ojos.
Bruenor vio que Catti-brie parecía estar bien con Zak allí, así que volvió su atención hacia Yvonnel, y notó la mirada de esta a Zak, primero bastante áspera, pero rápidamente, al parecer, de aceptación.
—Tú tienes cierto conocimiento de esto —dijo ella al maestro de armas, que le contestó con una mirada de curiosidad—. Quizá cuando yo haya acabado y me haya ido, podrías ayudar a esta mujer a tomar su decisión.
Catti-brie gruñó de dolor, luego comenzó a lanzar cortos y decididos soplidos.
—Si quieres hablar, hazlo ahora —dijo con los dientes apretados.
—Existe un secreto entre las drow, solo conocido por unas cuantas sacerdotisas, matronas —comenzó Yvonnel—. Tiene que ver con una magia muy poco empleada y a veces peligrosa, incluso incontrolable. En nuestra historia, se usa solo cuando está disponible y solo en casos desesperados.
—La magia del parto —susurró Zak, asintiendo, porque la guerra con la Casa Hun’ett había sido una pelea que nunca olvidaría.
—¿Magia para ayudar al parto? —preguntó Catti-brie, e hizo una mueca de dolor—. Si tienes algo…
—No, no es eso —la interrumpió Yvonnel—.
No es eso en absoluto. El momento del parto es el momento de creación más potente que puede conocer una persona.
No hay nada que iguale su intensidad. Es el epítome de la cercanía de una mujer con los poderes del universo; llámalos dioses, llámalos naturaleza, llámalos…
un primordial. Existe una magia que puede canalizar esa intensidad en un conjuro que se puede lanzar, y enviar a grandes distancias.
El rosto de Catti-brie se retorció, y no solo por el dolor.
—Como te he dicho, no se emplea a menudo —continuó Yvonnel—.
La última vez en Menzoberranzan fue para aturdir completamente a toda una sala llena de sacerdotisas, muchas sumas sacerdotisas, incluso una matrona, mientras una casa se apoderaba de otra.
Muchos creen que la casa victoriosa no habría tenido ninguna posibilidad de ganar esa lucha, si no hubiera sido porque la matrona, en el momento de dar a luz, golpeó a sus enemigos.
—¿Me estás pidiendo que dé a luz a mi bebé en un momento de gran destrucción? —preguntó Catti-brie, en un tono que estaba entre incredulidad y enfado—. No puedo…
—No tiene por qué ser así —replicó Yvonnel—. Al menos, creo que no, aunque con mi gente, en todos mis muchos recuerdos, admito que no tengo ningún ejemplo que no sea de guerra.
Catti-brie estaba sudando y el rostro se le había enrojecido mucho.
—Vete —ordenó a Yvonnel.
—Puedo enseñar el ritual a los enanos que te atienden de un modo muy fácil —insistió la drow—. Es parecido a otros rituales; solo sirven como el canal para amplificar tu…
—¡Vete! —le gritó la mujer.
Yvonnel asintió y se puso en pie.
—Claro —dijo y le hizo una reverencia—. Ruego porque tu bebé y tú paséis por esto con facilidad, y espero que ella o él llegue a estar a la altura de la integridad y belleza de sus progenitores.
Miró a Zak encogiéndose de hombros, salió del dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
Zak lanzó una mirada resignada a Catti-brie.
—No puedes estar de acuerdo con eso —le gruñó la mujer—. No me hagas creer que todo lo que había llegado a pensar de ti era una locura, y que realmente eres un drow de Menzoberranzan en tu corazón.
Zak lanzó una triste carcajada al oír eso.
—Conozco bien el incidente al que Yvonnel acaba de referirse —explicó él—. La última vez que se empleó la magia de parto en Menzoberranzan, yo fui la lanza que se arrojó después del estupor mágico. Mi espada, mi látigo, acabaron con las sacerdotisas enemigas. Fue la Matrona Malicia la que lanzó…
Catti-brie ya estaba respondiendo, enfadada, y por eso tardó un momento en darse cuenta de lo que decía Zaknafein. Cuando lo hizo paró de discutir, y se lo quedó mirando boquiabierta.
—Fue en el nacimiento de tu esposo —le confirmó Zak—. Drizzt nació en el momento de la magia del parto, lanzada con una gran potencia. Magia destructora, sin duda. No veo ninguna prueba de que Drizzt fuera seriamente dañado por ese acto.
—Así que querrías que lo hiciera.
—Quiero que hagas lo que tú creas que es mejor. Mi lugar aquí es apoyarte a ti y luchar por el rey Bruenor y por esos otros a los que mi hijo amaba.
—Bonitas palabras.
—Si no te las creyeras, ¿me habrías dado las cimitarras de Drizzt?
—¿Y qué hay de ti, mi padre? —preguntó Catti-brie a Bruenor, que estaba sentado en completo silencio y con un el rostro impasible.
Bruenor sacudió la cabeza.
—Necesito una respuesta mejor.
—No puedo saberlo —contestó Bruenor—. Entonces, ¿podrías abrir los portales? ¿Podrías devolver al Abismo miles de demonios? Seguro que eso estaría siendo una gran cosa para convertir a tu bebé en héroe mientas está naciendo. Pero ¿cómo voy a saberlo yo, mi niña? —Agitó la cabeza de nuevo.
Catti-brie fue a replicarle, pero se detuvo, sin encontrar las palabras. Un momento después, no importó, porque una contracción brutal la hizo alzar la cabeza de la almohada y doblarse por la mitad.
Con Penny a la cabeza, las sacerdotisas enanas entraron corriendo en el dormitorio. También entraron algunos sacerdotes, pero a Yvonnel no se la vio.