Implacable (Generations 3) 27. Infección malévola #6
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27. Infección malévola #6

Eso hizo que los tres lanzaran un grito ahogado, y Sos’Umptu no quiso oír más. Sacó su flagelo, lo levantó y las serpientes vivas se alzaron para atacar al psiónico. Y las tres a una atacaron…, pero no a Kimmuriel.

Dominadas por el psiónico, las serpientes mordieron a Sos’Umptu, y le rasgaron la piel de la cara y el cuello, mientras su veneno penetraba por las heridas.

Chillando, aterrada, la sacerdotisa tiró su arma, aunque necesitó varias bofetadas para acabar de sacarse de encima las serpientes, que le habían clavado los dientes. Se tambaleó hacia atrás, impactada, mientras trataba de lanzar un conjuro.

Tanto Quenthel como Yvonnel lo hicieron por ella, y le enviaron magia para sellarle las heridas y neutralizar el veneno. Sos’Umptu continuó tambaleándose.

—Lo he hecho yo —anunció Quenthel, sorprendiendo a todas, y a Kimmuriel más que a nadie.

Sos’Umptu emitió un sonido que nadie había oído antes, una extraña queja aguda e incrédula, y salió corriendo. A su paso, las otras sacerdotisas y matronas se fueron acercando a la Madre Matrona para consultar con ella.

Yvonnel miró enfadada a Kimmuriel, y la Madre Matrona parecía a punto de golpearle, a pesar de su mentira de que había sido ella, y no él, quien había hecho girarse a las serpientes.

—Más pruebas de que lo que te he mostrado es correcto —explicó Kimmuriel antes de que las otras estuvieran demasiado cerca.

La expresión de Quenthel no se suavizó.

—¿Embaucador? —preguntó—. De ser así, acabarás deseando que hubiera dejado a la primera sacerdotisa Sos’Umptu convertirte en una draña, te lo prometo.

—¿No acabo de hacer lo que pretendes intentar, aunque en a una escala más pequeña? —le preguntó Kimmuriel. Con un gesto de cabeza, señaló el flagelo que se removía en el suelo—. ¿Una creación de Lloth que demuestra no ser como creíamos? ¿Cómo es eso posible?

Las dos, y las otras que se había unido ya a ellas, no tenían respuesta.

—Porque sé la verdad —explicó Kimmuriel—. Y cuando una diosa no es una diosa en absoluto, la verdad es libertad y la verdad es poder. Lloth es una infección.

Las Baenre intercambiaron una mirada.

—¿Podría ser? —preguntó Quenthel a Yvonnel por lo bajo.

—Creo que sí.

Quenthel bajó la mirada, suspirando repetidamente y encogiéndose de hombros con desánimo. Debían intentarlo, pero sin duda parecía una tarea imposible.

—Reúne a la Casa Baenre —ordenó a Minolin Fey Baenre.

—Entonces, es la guerra, drow contra drow —razonó la Matrona Zeerith.

—Quizá sí, quizá no —respondió Yvonnel—. Pero si lo es, ¿dónde estás tú?

Zeerith pensó durante un momento y luego aceptó.

—Reúne a la Casa Xor… Do’Urden —dijo a la Sacerdotisa Saribel.

—Y a la Casa Fey-Branche —se sumó la Matrona Byrtyn Fey.

—Esto será el final de todo en lo que siempre hemos creído —advirtió Quenthel a su sobrina.

—Pero ¿es todo en lo que siempre creyó Yvonnel la Eterna? —planteó Yvonnel—. ¿O es simplemente el final de lo que tuvo que aceptar?

Quenthel, que tenía los mismos recuerdos, y que con la ayuda de Kimmuriel, ahora podía acceder a ellos con claridad, final y resignadamente, asintió.

Cuando todos los drow de las tres casas estuvieron reunidos en un enorme claro ante la cueva, la Madre Matrona Quenthel dijo a las sacerdotisas y a los magos que siguieran el ejemplo de Yvonnel y de ella.

Después de una corta conversación, las poderosas mujeres eligieron un par de gruesos robles, como columnas en la entrada de un camino principal que se dirigía al oeste, donde se hallaban reunidas las fuerzas de la Matrona Zhindia.

Ambas cayeron en el trance que les permitía lanzar conjuros, y accedieron a los recuerdos de Yvonnel.

Ese conjuro se había hecho antes, mucho antes, y ambas lo recordaban.

Pero se había hecho de una forma singular, y con una dispensa especial, y sin duda nunca en la escala que ellas pretendían; nunca nada parecido a la escala que ellas necesitaban.

Comenzaron a tejer una telaraña; los filamentos trasparentes les salían volando de los dedos que agitaban, y se pegaban de árbol a árbol.

Las otras sacerdotisas trataron de ayudarlas, al igual que los magos, pero no había un ritual conocido para una creación como esa, y finalmente, fracasaron, y la telaraña se rompió.

Obstinadas, Quenthel y Yvonnel insistieron.

—La magia no es lo bastante fuerte —dijo finalmente una derrotada Quenthel, dejando caer los hombros.

—No hemos elegido mal —insistió Yvonnel.

—Esa idea me reconfortará mientas me asesinan, o peor —replicó Quenthel.

Alrededor de ellas, los elfos oscuros susurraban, rondaban por ahí preocupados.

En ese momento, la tierra bajo sus pies tembló, con un tremendo estruendo y agitación, el mayor gruñido de Maegera por el momento; y fue una sacudida tan grande que Yvonnel miró la cima de la montaña, convencida de que el volcán iba a estallar.

Cuando eso no pasó, la mujer se encontró concentrándose en ese lugar, la montaña, y en lo que estaba ocurriendo en Gauntlgrym, bajo ella.

—Te lo ruego, mantente fuerte —le dijo a Quenthel—. He tenido una inspiración.

—Cuéntame —dijo Quenthel.

Yvonnel negó con la cabeza.

—Regresaré enseguida. Mantente fuerte. Y mantén esta posición.