Implacable (Generations 3) 27. Infección malévola #5
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27. Infección malévola #5

Entreri se fijó en el ceño fruncido de Wulfgar.

—Dijiste que fue sin querer —le dijo a Dahlia—. Un accidente.

—Lo fue, pero ¿y qué? —respondió ella—. Si Drizzt hubiera muerto, me hubiera sido indiferente. Se lo merecía.

Entreri se quedó callado, mirando fijamente a la mujer.

—Fui a por ti cuando lo necesitabas —insistió Dahlia—. Entré en la Casa Margaster por ti.

Él asintió.

—¿Y ahora los escoges a ellos?

—Ahora pido que ambos escojamos a nuestros aliados —contestó Entreri.

—¿Tus amigos?

—También amigos de Dahlia.

—No voy a morir por ellos —replicó, y fue hacia la ventana—. ¿Vienes conmigo?

Entreri la miró durante un largo momento y luego negó con la cabeza. Iba a explicarse, pero cerró la boca, porque Dahlia no esperó; lanzó la cuerda y pasó por la ventana.

Wulfgar suspiró profundamente, luego se volvió hacia Entreri y asintió con la cabeza en señal de aprobación.

Entreri no le respondió.

—Efecto secuencial —dijo Yvonnel a media voz a Quenthel después de que las dos hubieran salido a pensar, y sobre todo, a rebuscar entre sus recuerdos, en los recuerdos más antiguos de las experiencias de la Madre Matrona Yvonnel la Eterna.

Quenthel casi no podía creer lo que descubría.

En vez de experimentar los acontecimientos, y sobre todo, los sentimientos que se iban oscureciendo y que las habían llevado a ese punto, se había ido directa a esos primeros recuerdos, y las emociones que los acompañaban, esperanza, alegría, libertad; y los contraponía a la oscuridad más profunda, a las experiencias más recientes.

El contraste era demasiado intenso para ignorarlo. Mirar las emociones, las acciones, la forma de pensar, de la Madre Matrona Yvonnel la Eterna en los últimos años de su vida, habían revelado tanto a Quenthel como a Yvonnel una forma totalmente diferente de ver el mundo que la rodeaba.

—¿Cómo ocurrió esto? —preguntó Quenthel—. ¿Cómo llegamos aquí?

—Una mentira, una mala acción una vez y otra —respondió Yvonnel, repitiendo lo que Kimmuriel les había dicho antes.

—Debemos decírselo a nuestra gente —dijo Quenthel.

—Y no nos creerán.

—Debemos… —comenzó a rebatirle Quenthel, pero no podía rebatirle la lógica conclusión.

—Efecto secuencial, lo ha llamado él —recordó Yvonnel.

—Y ahora lo entiendo. Mi madre, porque ahora sé que en los primeros días podría haberla llamado así; de esos primeros días no se parecía en nada a la Madre Matrona Baenre que yo conocí.

Aunque a través de sus recuerdos, a través de las emociones contenidas en esos recuerdos, se puede sentir.

Muy sutil, solo un pelo cada vez, esta oscuridad de Lloth, que se fue haciendo cada vez más profunda.

—La gente a la que necesitamos convencer está totalmente hundida en esa oscuridad —le recordó Yvonnel—. Se siente cómoda en la sombra.

—¿Qué hacemos?

—No lo sé, pero sé que no lucharé contra los enanos de Gauntlgrym. Ni capturaré a Zaknafein por el placer de Lloth.

La Madre Matrona de Menzoberranzan se la quedó mirando un momento antes de contestar.

—Ni yo tampoco. Ni la Casa Baenre.

Cuando ambas salieron de la cámara posterior de la cueva, se encontraron a las demás esperándolas, con Sos’Umptu y Kimmuriel a la cabeza.

—Revelador —dijo Yvonnel, sobre todo para Kimmuriel.

—Yo también he orado —dijo Sos’Umptu.

—Pero no tengo ninguna esperanza de que hayas llegado a la misma conclusión —repuso Yvonnel.

Eso produjo un profundo ceño fruncido en el rostro de la devota Sos’Umptu.

—Entonces te ha engañado el embaucador —dijo esta.

—No —contestó Yvonnel.

—Quizá —respondió Quenthel a Sos’Umptu, al mismo tiempo—.

De cualquier manera, pronto sabremos la verdad.

Y entiendo que tú no puedas apartar lo que está en tu corazón para examinar el pasado, como nosotras hemos tenido la bendición de poder hacer.

Lo único que te pido es que seas testigo mientras vemos quién tiene razón y quién está equivocado.

—¿Esperas pasividad ante el sacrilegio? —replicó Sos’Umptu—. Soy profesora de Arach-Tinilith, suma sacerdotisa de Lloth, la primera sacerdotisa de la Casa Baenre, la señora del Atrio de la Diosa. Yo…

—Y yo soy la Madre Matrona —afirmó Quenthel—. De la Casa Baenre y de Menzoberranzan, que dirige el Consejo Regente y sirve como voz de Lloth en la Ciudad de las Arañas.

—Entonces, actúa como tal —espetó Sos’Umptu, enderezando los hombros.

—¿Sabes siquiera lo que eso significa?

—Sé que a la Matrona Zhindia se le han ofrecido grandes regalos para llevar a cabo su guerra —respondió Sos’Umptu—. ¿Me pides que acepte las mentiras de un embaucador telépata por encima de lo que puedo ver con claridad?

—Llama a una sirvienta, entonces, para que podamos hablar con ella —propuso Quenthel.

—Llama a Bolifaena —aportó Kimmuriel.

—Calla —le rugió Sos’Umptu—. Tienes suerte de que la Madre Matrona Quenthel esté aquí y hayas encontrado la manera de confundirla temporalmente, Oblodra, o tus piernas ya estarían partidas en cuatro en este mismo momento.

Kimmuriel permaneció en silencio.

Sos’Umptu habló para todas las mujeres.

—No necesito ninguna orientación. Lady Lloth ha dado las drañas a la Matrona Zhindia.

—Entonces, ¿Sos’Umptu jurará lealtad a la Casa Melarn? —preguntó Yvonnel.

—¡Claro que no!

—Y con las drañas, ¿cómo sabemos si fue Lloth? —inquirió Quenthel—. ¿No hay otros señores demoniacos que están muy enfadados con Menzoberranzan en estos momentos? ¡Especialmente furiosos con la Casa Baenre!

—Señores demoniacos conocidos por ser muy aficionados a las recuperadoras —aportó Yvonnel.

—¿Recuperadoras que portan la imagen de Lloth? —le recordó Sos’Umptu.

—Entonces, mejor es el engaño.

—Madre matrona, esto puede comprobarse con facilidad —dijo Yvonnel—. ¿Y si deshacemos lo que creemos que no fue hecho por Lloth?

—¿Luchar contra las drañas? —preguntó una preocupada Sos’Umptu.

—No, mejor que eso.

La sonrisa de Yvonnel la delató, y Sos’Umptu no necesitaba ser psiónica para imaginarse lo que Yvonnel estaba sugiriendo, una acción que representaba el mayor intento de sacrilegio hasta la fecha.

—No puedes —soltó con un largo gruñido.

—No, no pueden —asintió Kimmuriel—. Lo que estás pensando no lo puede hacer alguien que no cuente con el favor de Lloth, a no ser que ese alguien sea más poderoso que Lloth.