27. Infección malévola #4
—Lloth no está decretando nada —intervino Kimmuriel, por encima de Sos’Umptu gritándole que se callara—.
Esa es la cuestión con ella —añadió Kimmuriel, cuando Quenthel había silenciado a su devota y enrabiada hermana—.
No le importa. Nunca le ha importado, en absoluto.
Eso no tiene que ver con los Baenre ni nunca lo ha tenido.
No es nada que tenga que ver con nosotros.
Es sobre la infección que es Lloth, la enfermedad de la debilidad, del caos y el conflicto.
—Morirás horriblemente, o rogaras morir durante eones —prometió Sos’Umptu.
Kimmuriel se encogió de hombros.
—Pensad en el pasado —dijo a Yvonnel y Quenthel—.
Muy atrás en el pasado. Hasta el inicio.
Tenéis esos recuerdos. Pensad en cómo comenzó todo, en la fundación de la ciudad.
Considerad las pequeñas mentiras, que se aceptaron a cambio de algo, de algún pequeño beneficio, incluso de alguna pequeña bendición.
Así es cómo la oscuridad se va haciendo profunda: mentiras que se aceptan, seguidas de acciones coaccionadas; equivocadas e injustas, pero no demasiado malas al principio.
La oscuridad se va hundiendo en tu corazón.
—¿Por qué estamos aguantando que este loco hable? La Matrona Zhindia tiene la bendición de Lloth —interrumpió Sos’Umptu—. ¡Todas lo vemos ahora, para nuestra desgracia!
—A Lloth no le importa —se atrevió a replicar Kimmuriel, el coro de la canción de su propia defunción—.
Oh, cuánto poder ha ganado ahora gracias a las acciones de Menzoberranzan, de las de Yvonnel y la Madre Matrona Quenthel, contra su rival, el Demogorgon.
Ahora lo intenta con la mente colectiva, o lo intentaba, porque ha fracasado, de nuevo ha sido descubierta y derrotada.
Porque ellos saben la verdad sobre ella, la verdad que os he ofrecido.
Es más una enfermedad que un ser, más una aflicción que una diosa.
Y aún con todo eso, no le importa. No le importa Zaknafein Do’Urden, y no fue ella quien lo devolvió a la vida.
—Fui yo —admitió Yvonnel, y hubo grandes gritos ahogados. La joven de ojos color purpura se encogió de hombros, impotente—. Ni siquiera sé cómo lo hice.
—Pero fue sin Lloth —razonó Kimmuriel—. ¿Cómo conseguiste, de entre los grandes conjuros, realizar la mismísima resurrección, contra los deseos de tu supuesta diosa?
—¿Supuesta? —advirtió Sos’Umptu.
—Ya estamos más allá de eso —le soltó Kimmuriel, y su rechazo hizo que la suma sacerdotisa rugiera—.
Yvonnel pudo realizar el conjuro porque a Lloth no le importa.
No le importa Zaknafein y seguramente tampoco Drizzt Do’Urden.
Este puede ser la mayor broma que les haya gastado a sus hijos en siglos.
Lo consideramos el mayor hereje, sin embargo, Lloth estuvo cara a cara con él en un túnel e intentó convertirlo, ¡por segunda vez!
Podría haber acabado con él. ¡No lo hizo!
Kimmuriel calló un momento… y soltó una risita.
—¿Esto te parece divertido, Oblodra?
—Naturalmente. Tú misma lo has dicho; en realidad no importa quién gane aquí dentro del gran plan de Lloth, porque sea cual sea el resultado, contra la tierra norte de Faerun o en la tormenta que se avecina para decidir a jerarquía de Menzoberranzan, la Señora del Caos pasará a su siguiente juego.
Esto es lo que he aprendido en la mente colectiva de los ilícidos, y esto es lo que os he contado, corriendo un gran riesgo.
Vosotras sois la que tenéis que juzgar, no yo.
—El juicio sobre ti seguramente lo decidirá lady Lloth —dijo entonces Quenthel, y silenció a Kimmuriel.
Si él la había perdido, su vida habría acabado, pero tampoco era necesario abusar de su suerte—.
Por ahora, quizá el curso más prudente y fácil sea unirnos a la Matrona Zhindia, acabar este asunto en la superficie, y luego luchar cualquier batalla que tengamos que luchar de vuelta en Menzoberranzan.
—Gracias, Madre Matrona —dijo Sos’Umptu con una reverencia—. No debería haber dudado de tu juicio.
—Ese sería el camino más fácil —coincidió Yvonnel, y Kimmuriel tragó saliva, esperando el golpe—. Pero ¿es el adecuado? ¿O hemos perdido tan totalmente nuestro sentido de la conciencia y la orientación que cosas como esa, un simple asunto de bien o mal, ya no nos importa?
—Profunda es la oscuridad —susurró Kimmuriel, y eso, como casi todo lo que había dicho allí, no fue bien recibido por Sos’Umptu y varios de los demás.
—Oscurecida durante siglos —razonó Quenthel.
—¡Esto es una locura! ¡Blasfemia! —gritó Sos’Umptu, sin aguantar más—. Nadie nos seguirá, te seguirá, si insistes en esta fantasía que nos ha impuesto un hereje loco, desesperado y vengativo.
—Pensaremos en ello, todas nosotras —dijo Yvonnel.
—Rezaremos por ello —le corrigió Quenthel.
—Debemos darnos prisa con nuestras cavilaciones —advirtió la Matrona Zeerith—. La Matrona Zhindia está llegando.
—Hay algo en todo esto que no está bien —dijo Yvonnel—.
No puedo pasar por alto que si Lloth quería a Zaknafein muerto, o a Drizzt muerto, lo podría haber logrado con mucha más facilidad.
¿Cómo puede esto ser una prueba que hemos fallado?
Destruimos a su rival; Drizzt fue la lanza de esa destrucción.
Y ella misma lo encontró en un túnel lejos de aquí y no lo destruyó aunque él la negó.
Todas vosotras, incluso tú, sacerdotisa Sos’Umptu, creíais que seguramente había sido Lloth quien había devuelto Zaknafein a Drizzt.
—Y tú sabías la verdad y no tuviste el valor de decírnoslo —replicó Sos’Umptu.
—Es cierto —admitió Yvonnel—. Pero aun así, ¿por qué se iba a volver contra nosotras?
—Quizá por tu acto, estúpida —soltó Sos’Umptu.
—Yo no podría haber hecho algo como la resurrección, una auténtica resurrección, sin ella, suponiendo que todo lo que creemos de ella, de los dioses, sea la verdad —planteó Yvonnel.
No estaba convenciendo a Sos’Umptu, evidentemente, pero igual de evidentemente, el público al que se dirigía era Quenthel.
—Entonces, ¿por qué? —preguntó Quenthel, sopesando su teoría.
—Quizá lady Lloth está cansada de los Baenre como tantas otras matronas —afirmó Zeerith abiertamente, un comentario que hubiera comenzado guerras en el pasado.
—No acepto nada de esto —decidió Sos’Umptu—. Es una herejía. No soy apóstata. ¿Irás contra mí, hermana? —preguntó a Quenthel.
Quenthel negó con la cabeza.
—Solo pido que nos des tiempo para aclarar esto.
—Hasta que llegue la Matrona Zhindia. No más.
Quenthel asintió.
—Debo orar.
—Debes recordar —dijo Kimmuriel, y todas lo miraron con el ceño fruncido, excepto Yvonnel.
—Hasta el principio —dijo Yvonnel.
—La oscuridad se hace más profunda muy gradualmente —aportó Kimmuriel—. Quizá al mirar atrás a los… digamos, ¿tiempos más inocentes y fáciles? Verás la crudeza de donde estamos ahora comparada con dónde una vez estuvimos.
—¿Antes de que perdiéramos nuestro sentido de la conciencia que hacía que algo tan simple como una cuestión de bien o mal importase? —preguntó Sos’Umptu a Yvonnel, con una voz que destilaba sarcasmo y amenaza.
—Te ruego que recuerdes todas las secuencias —remarcó Kimmuriel—. Considera el marco temporal, acción tras acción.
—Sabemos la secuencia de los recuerdos que se nos traspasaron por medio del ilícido Methil El Viddenvelp —le aseguró una claramente exasperada Madre Matrona Quenthel.
—Entonces, el efecto secuencial —clarificó Kimmuriel—. Recuerda cómo se sintió Yvonnel la Eterna después de matar por primera vez. Recuerda cómo se sintió la vez número cien.
—¿Mientras crecía la infección? —preguntó Yvonnel.
Kimmuriel no supo si lo preguntaba sinceramente, o si ella también estaba apartándose del borde del acantilado al que las había llevado.
Se sorprendió al notar que lo invadía una extraña sensación de calma.
Su venganza contra la Casa Baenre ya no tenía sentido para él; se notaba como si hubiera tenido su revancha, no contra ella, sino contra la infección que era Lloth, simplemente por revelar la verdad sobre esa demonio malévola.
La verdad es el mejor antídoto; sobre todo para los que han vivido en la oscuridad durante tanto tiempo.
Su destino estaba en las manos de ellas. Sabía que no sería fácil huir de ese lugar, y que no podría escapar al poder desplegado ante él, a no ser, quizá, que la mente colectiva le ofreciera santuario…
Sí, esa sería su única esperanza, porque ¡esto estaba mucho más allá de Jarlaxle!
Sin embargo y aunque le resultara extraño, Kimmuriel no quería huir, fuera cual fuera su destino.
Se sentía libre, se sentía como si, por fin, ya hubiera escapado.
—Todo se decidirá en pocos instantes —susurró Entreri a sus dos compañeros en el interior del espacio extradimensional.
—¿Y si va contra nosotros? —advirtió Dahlia—. Si Yvonnel se une a las que desean apoyar a las fuerzas de Melarn, entonces tu confianza en ella nos habrá condenado. No tenemos escapatoria, ningún lugar al que huir o donde escondernos.
—No nos traicionará, sea cual sea su decisión —afirmó Entreri.
—¡Lo hará! —replicó Dahlia—. ¡Porque sabe que su diosa lo sabrá! ¡Nunca pensé que fueras tan tonto!
—Ten fe en ella —le sugirió Wulfgar, y Dahlia lo miró mal.
—¿Con mi vida? —espetó con rabia—. ¿Y por qué iba a hacer algo así?
Wulfgar miró a Entreri, pero este tampoco tenía una respuesta.
—Deberíamos irnos —insistió Dahlia—. ¡Ahora! —Se movió hacia la ventana que daba al mundo material.
—No —respondió Entreri, deteniéndola.
—Vamos a morir, y de un modo horrible.
—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.
—¿Y si yo no?
Entreri no contestó.
—¿Por qué? —preguntó Dahlia. Miró a Wulfgar con desagrado, y luego otra vez a Entreri—. ¿Por ellos? ¿Por tus amigos?
Entreri se mordió los labios, pero asentía con la cabeza.
—Sabía que, al final, los elegirías a ellos —dijo Dahlia.
—¿Elegir? ¿Por qué tengo que elegir nada?
—Ojalá que Drizzt hubiera muerto en la colina aquel día que nos separamos —soltó Dahlia, con una voz cargada de frustración.