27. Infección malévola #3
El psiónico cerró los ojos y se unió primero a Quenthel y después a Yvonnel.
Y allí, telepáticamente, les explicó sus verdades.
Ambas, y Quenthel en particular, se resistieron e incluso retrocedieron, casi rompiendo la conexión, cuando Kimmuriel les informó que, para los ilícidos, Lloth no era en absoluto una diosa.
Era una manifestación de la malevolencia, una infección.
Lloth era una parte amargada de un ser con capacidad de razonar que promovía el orgullo y la envidia, la codicia del poder, pero nada más.
Era una mentira susurrada que forzaba al hablante y al receptor, en uno solo, hacia una oscuridad cada vez más profunda.
Las convenció de que eso era solo lo que los ilícidos creían, y que él no compartía esa creencia; y Quenthel dejó de resistirse.
Les contó todo lo que había ocurrido con Ouwoonivisc en la mente colectiva, y pidió enfáticamente a las dos mujeres que recordaran la caída de la Casa Oblodra para ganar perspectiva.
Ambas tenían ese recuerdo, y Quenthel tanto como perpetradora y como testigo, porque ambas tenían los recuerdos de Yvonnel la Eterna, y había sido ella, después de todo, quien había canalizado el poder de Lloth para derrocar esa casa.
Luego comenzó a trasmitirles el resto, las conclusiones obvias a su explicación de las creencias de los ilícidos, y en concreto, lo que había averiguado respecto a la repentina ascensión de Zhindia. Pero Quenthel le detuvo de nuevo, y sus pensamientos le gritaron.
Kimmuriel abrió los ojos y se encontró a la Madre Matrona mirándolo furiosa.
—No puedes hacer tales acusaciones —dijo en voz alta.
—Solo relato lo que averigüé en la mente colectiva. Pensé que era mejor decírtelo.
—La Madre Matrona podría no estar de acuerdo —comentó Yvonnel—. A veces hay inocencia en la ignorancia.
—¡No puede ser que tú le creas! —le gritó Quenthel.
—Hay veces, como esta, cuando ya no sé qué creer —respondió Yvonnel.
—¿Vamos quedarnos en la ignorancia? —preguntó Zeerith desde el otro lado.
—Sí, Madre Matrona, y también exijo que hagas que este hombre nos hable abiertamente a todas —dijo Sos’Umptu.
Yvonnel la miró, y luego a Kimmuriel y asintió.
—No os gustará—advirtió la Madre Matrona.
—Estoy segura de ello —replicó Sos’Umptu, y las otras asintieron.
—Muy bien. Comienza con lo que decía ese ilícido —le indicó Quenthel, mientras las demás se unían a ellos.
—Ouwoonivisc —comenzó Kimmuriel—. Ha sido descubierto por la mente colectiva como un agente de Lloth, portando la infección a los ilícidos.
—¿Infección? —preguntó Sos’Umptu.
—Así es como ellos la ven, no yo —replicó Kimmuriel, y mintió, porque así era exactamente como él había comenzado a explicarse esa criatura que era la Reina Araña.
Lloth estaba en el interior de todo ser racional, el lado oscuro y egoísta de la mente.
Una enfermedad, una infección, por lo general contenida en gran medida.
Pero no cuando Lloth conseguía poner a esos seres bajo su yugo.
Entonces crecía la malignidad, y emergían los pensamientos oscuros.
Incluso mientras pensaba en ello, Kimmuriel comprendió mejor por qué Lloth había hecho múltiples intentos de hacerse con la mente colectiva, y seguramente aún estaba tratando de infectar a los ilícidos en esos momentos.
¿Cuán grande sería su poder si los ilícidos, con su capacidad de entrar en los pensamientos de los seres sintientes, comenzaban a propagar la infección?
—Esta no es la primera vez que Lloth ha tratado de atrapar a los ilícidos, como os he mostrado a ambas con los recuerdos de tu madre y tu tocaya —continuó Kimmuriel—.
Entonces, también, en aquella era hace tiempo pasada, se halla el secreto de la Casa Oblodra, que yo ni siquiera conocía hasta ahora.
Miró a la Matrona Zeerith.
—Recuerda la Era de los Trastornos, hace ciento treinta años.
Tu casa era la quinta en la jerarquía de la ciudad, pero sabías que eras más poderosa que Faen Tlabbar, que se hallaba inmediatamente sobre ti, y que te lo merecías más que la Casa Oblodra, entonces situada solo por detrás de las Casas Baenre y Barrison Del’Armgo.
—Acepté la decisión del Consejo Regente —protestó Zeerith.
—Claro que sí, pero para ser sinceros, es casi seguro que aceptabas con más facilidad tener por delante la Casa Tlabbar que la Casa Oblodra —se atrevió a suponer Kimmuriel—.
Éramos poco devotos y sin embargo, la Matrona K’yorl tenía un asiento superior al tuyo.
Pensaste que era por el miedo que nuestra extraña magia mental causaba en los otros.
La Matrona Zeerith no lo negó.
—Pero era más que eso —continuó Kimmuriel—.
La Matrona K’yorl sí que contaba con el favor de Lloth en esos tiempos, porque estaba actuando como agente de Lloth en su intento de infectar la mente colectiva.
Pero estaba haciendo más que eso. No se sentía satisfecha con lo que Lloth le había prometido.
Con la debilitación de las sacerdotisas y los magos en la Era de los Trastornos, como recodarás, la Matrona K’yorl comenzó a colocarse por encima del orden de Menzoberranzan, incluso por encima de la Madre Matrona.
En su arrogancia, K’yorl intentó enrolar a la mente colectiva en un plan de conquista.
—¿Quería conquistar Menzoberranzan? —preguntó Zeerith.
—Quería conquistar a Lloth —contestó Kimmuriel. Entonces ya tuvo la completa atención de todas.
—Creo que es cierto —dijo Yvonnel—. A la luz de los recuerdos que me fueron dados, creo que esa conclusión es cierta.
Quenthel estuvo de acuerdo.
—Lloth no fue conquistada, naturalmente —prosiguió Kimmuriel—.
Ni se desalentó. Lo ha intentado de nuevo…
y ha fracasado. —El uso del nombre de la Reina Araña y la palabra fracasado en la misma frase colocó un salvaje ceño fruncido en el rostro de Sos’Umptu.
Kimmuriel supo que estaba pisando un terreno peligroso al ir por ahí, pero ya había dicho demasiado para cambiar de curso.
Además, ¿cuándo no estaba un varón drow en terreno peligroso si se hallaba rodeado de las hembras de su raza?
—Esta vez, empleó a un ilícido como su agente, uno que ella había infectado —explicó.
—Sigues usando ese término, infectado —intervino Zeerith—. Quizá deberías elegir una palabra mejor para referirte a las bendiciones de nuestra señora Lloth.
—Estoy empleando la terminología de los ilícidos —replicó él—. Os estoy explicando sus creencias, para que hagáis con ellas lo que consideréis adecuado.
—Y el hecho de que no te hayamos matado aún por tu blasfemia quizá explique un poco por qué Lloth ha elegido favorecer a la Matrona Zhindia —dijo Zeerith.
—Mejor convertirlo en una draña —amenazó Sos’Umptu.
—Suponiendo que Lloth esté favoreciendo a la Matrona Zhindia —intervino Yvonnel, haciéndolas retroceder a ambas un poco.
—¿Cómo podemos dudar eso? —replicó Sos’Umptu—. ¡Dos recuperadoras!
—Kimmuriel mantiene que no fue Lloth quien otorgó los dos magníficos constructos a la Matrona Zhindia —dijo Quenthel.
—Fue su sirvienta, Yiccardaria —afirmo Kimmuriel.
—Con la bendición de Lloth, naturalmente —repuso Sos’Umptu.
—No creo que Lloth ni lo sepa —dijo Kimmuriel—.
O mejor dicho, dudo mucho de que a Lloth le llegara a importar.
Yvonnel tiene una vieja rencilla con un guerrero drow que una vez la desterró durante cien años, incluso después de que ella le revelara su auténtica forma.
Estaba con la Casa Hunzrin en aquel tiempo en el que estuvieron desafiando a Bregan D’aerthe por los privilegios del comercio exterior de Menzoberranzan.
Se hizo pasar por la sacerdotisa Iccara, y fueron creando problemas junto a la sacerdotisa Bolfae.
—Sirvienta Bolifaena—aclaró Quenthel para las demás.
—Con la ayuda de Kimmuriel, he recordado ese incidente, o el informe que se hizo de él —dijo Yvonnel, y Quenthel asintió—. Yvonnel la Eterna invocó a Bolifaena para confirmar los informes que le había proporcionado Jarlaxle. Yiccardaria fue derrotada por las espadas de Zaknafein Do’Urden.
La noticia provocó gritos ahogados, pero también una advertencia por parte de Sos’Umptu.
—¿Has recordado eso con su ayuda o es algo que él acaba de meter en tus pensamientos?
—Es cierto —insistió Quenthel—. Yiccardaria fue desterrada durante un siglo por Zaknafein.
—Y ahora le ha dado a la Matrona Zhindia los medios para vengarse de Zaknafein.
—Una sirvienta no es lo bastante poderosa, ni de cerca, para crear o controlar una recuperadora —puntualizó Zeerith, dudando.
—A Yiccardaria se las dio Malcanthet, reina de las Súcubo, consorte del Demogorgon —afirmó Kimmuriel.
—¡Esto es una locura y una estupidez! —declaró Sos’Umptu—. ¿Por qué iba Lloth a permitirlo? Obtuvo grandes ganancias con la destrucción del Demogorgon, pero ella…
—Porque a Lloth no le importan los detalles —la interrumpió Kimmuriel, lo que le valió otra mirada ceñuda de absoluto odio de Sos’Umptu.
Kimmuriel supo entonces que estaba punto de morir (si tenía suerte), pero continuó—.
Los ilícidos emplean los términos que emplean, y no carecen de mérito.
Lloth hace lo mismo que una infección, que una enfermedad, no que una diosa.
Ella no guía. En vez de eso, ella aflige.
Ansía encontrar en cada uno de nosotros aquello que es caótico y desatarlo.
Y tomará cualquier camino que vea con más claridad para infligir sus gloriosas catástrofes.
—¡Ejecutemos a este loco! —pidió Sos’Umptu a la Madre Matrona Quenthel—. ¡Debemos convertirlo en una draña al instante para dejarle sufrir eternamente el dolor de la abominación! ¡Quizá entonces podamos evitar el desagrado de la Reina Araña!
—No puedo negar que a Lloth le gustaría eso —admitió Kimmuriel a media voz, pero las demás estaban mirando a Quenthel, que negaba con la cabeza dudando.
—Entonces esto será la caída de la Casa Baenre —respondió Quenthel a Sos’Umptu—, tomemos el camino que tomemos.
—Si Lloth así lo decreta —insistió Sos’Umptu—. No puedo decir que no sea merecido.