27. Infección malévola #2
—Escucha —dijo, mientras le tendía el disco de clariaudiencia—. Yvonnel acaba de llegar y ahora están hablando de una alianza con la Matrona Zhindia.
Entreri se quedó boquiabierto y no tuvo respuesta para eso.
Ni tampoco Wulfgar.
—Debemos salir de aquí y deprisa —insistió Dahlia—. Irnos muy muy lejos.
—Parece que es nuestra única opción —dijo la Madre Matrona Quenthel a Yvonnel, cuando esta, inesperadamente, se unió a las filas de las sacerdotisas drow, que estaban —junto a las sacerdotisas de la Casa Do’Urden y las de la Casa Fey-Branche—, en una cueva poco profunda para protegerse de la bola infernal que había en el cielo.
—¿Crees que, incluso con sus drañas, la Matrona Zhindia puede derrotar al poder combinado de Menzoberranzan? —preguntó Yvonnel—. ¿O incluso vencer a la Casa Baenre en solitario?
—¿Crees que vamos a tener el poder combinado de Menzoberranzan?
—replicó Sos’Umptu, y sus miradas hacia Yvonnel le dijo a la drow más joven que Sos’Umptu no le tenía demasiado cariño en ese momento, y que, sin duda, estaba aconsejando decididamente a Quenthel al respecto—.
¿O que la Casa Baenre saldría de ese conflicto lo suficientemente fuerte para resistir contra la Matrona Mez’Barris después?
Yvonnel no tenía una respuesta. Tal vez tuvieran razón. Quizá la Matrona Zhindia sí que tuviera todo el favor de Lloth y la única oportunidad de que la Casa Baenre sobreviviera a esos peligrosos tiempos era admitirlo y unirse a la gloria de la conquista de Zhindia.
Sin embargo, todos sus razonamientos iban en contra de eso, tanto por la confusión creada por las acciones que habían conducido a la destrucción del Demogorgon, como por el trato que la Reina Araña había dado a Drizzt cuando lo tuvo cara a cara.
No tenía sentido. En ese momento crítico, nada parecía tener mucho sentido.
Se sentía perdida, como si algo no fuera bien.
Sin embargo, más que esa lógica y esos sentimientos, el corazón de Yvonnel gritaba en contra de esa decisión.
Había llegado a conocer a Drizzt y sus amigos.
No se merecían esto. Pero la drow en su interior se burlaba de esa conciencia moral, le reprochaba su debilidad, y se planteó sinceramente ceder y traicionar a esos nuevos amigos que había conocido.
Porque ¿qué otro camino le quedaba?
¿Qué se estaba perdiendo?
—Cumplimos la voluntad de Lloth al llenar Menzoberranzan de demonios —recordó a su tía tras una pausa—.
Hicimos un gran servicio a Lloth al destruir la forma física del gran Demogorgon.
La Casa Baenre dirigió esa hazaña, contra los deseos y las acciones de la Matrona Zhindia y la Casa Melarn.
—Buscó el apoyo de la Matrona Zeerith Xorlarrin Do’Urden en eso, porque esta había actuado contra la Casa Melarn cuando Zhindia se había atrevido a atacar la incipiente Casa Do’Urden—.
¿Por qué iba Lloth a abandonarnos ahora, después de todo lo ocurrido recientemente?
—Quizá porque no superamos su prueba —respondió Sos’Umptu—. Nos mostró a Zaknafein, que le fue arrebatado, y nos mostró que Drizzt no se sometería a su voluntad. La prueba era atraparlos y destruirlos, evidentemente, como vio la Matrona Zhindia y nosotras, estúpidamente, no hicimos caso.
—Eso no lo sabes —dijo Yvonnel.
—Y tú no sabes que no sea cierto —replicó Sos’Umptu—. Lo que sí sé es que a la Matrona Zhindia y no a la Madre Matrona Baenre le fueron concedidas dos recuperadoras para realizar esa tarea, y ahora, un ejército de drañas para acabar todo eso, y seguramente para acabar con nosotras.
De nuevo, resultaba difícil rebatirle.
De nuevo, para Yvonnel, eso no tenía sentido.
O quizá, se temió, su corazón la hacía querer creer que no tenía sentido, y eso era todo lo que podía ver.
Un alboroto en el exterior de la caverna interrumpió la conversación y luego todos los ojos se abrieron de sorpresa cuando un elfo oscuro, bien conocido sobre todo por sus extrañas habilidades y compañías, fue arrastrado a la cueva por varios guardias Baenre.
—Bien hallados —saludó Kimmuriel, cuando los guardias lo soltaron. Se sacudió para colocarse bien la túnica y añadió—: De nuevo —al ver a Yvonnel.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Sos’Umptu a la vez que Quenthel preguntaba—: ¿Dónde está Jarlaxle?
—En el interior de Gauntlgrym, supongo —respondió Kimmuriel a la Madre Matrona—. Hace tiempo que no lo veo.
—Entonces, sí —preguntó Quenthel—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Tengo información que creo que te puede parecer de valor —respondió Kimmuriel—.
Tanto respecto a la situación a la que te enfrentas en ese momento como a algo mucho más importante.
Tienes razón al temer a la Matrona Zhindia e incluso a los que te rodean.
La primera sacerdotisa Taayrul de la Matrona Mez’Barris acaba de regresar de una reunión con la Matrona Zhindia, en la que le ha prometido su casa como aliada y, al parecer, incluso ha prometido lealtad a la matrona de la Casa Melarn.
Eso levantó gruñidos y maldiciones, pero nadie pareció sorprendido, naturalmente. La Casa Baenre siempre podía contar con la traición de la Casa Mez’Barris.
—Nuestras opciones parecen pocas —dijo Quenthel.
—Menos que pocas —repuso Sos’Umptu—. Inexistentes. Unida a la secunda casa, y sin duda a otras más, armada con demonios y un ejército de drañas regresadas a la vida para servirla, la ascensión de la Matrona Zhindia es imparable. Debemos aceptar la voluntad de Lloth.
—¿Dices que cedamos la posición que la Casa Baenre ha mantenido durante milenios? ¿Que renunciemos a lo que nuestra Madre Matrona Yvonnel la Eterna pasó siglos construyendo?
—Renunciar o que nos lo quiten de las manos, sin posibilidad de un remedio futuro —respondió Sos’Umptu con tranquilidad.
La Matrona Zeerith contuvo la respiración sonoramente, y sus viejos labios resonaron indignados. Su propio destino estaba en juego, sin duda, porque Zhindia Melarn la odiaba profundamente y desde hacía tiempo la acusaba de herejía por elevar la posición de los hombres en su familia.
—Nos pides hacer lo que está mal —se atrevió a decir Yvonnel, porque discutir los edictos de Lloth en términos de moralidad siempre era una osadía, y normalmente fatal—. Me pregunto cuándo eso dejó de importarnos.
Sos’Umptu y otras la miraron con una abyecta sorpresa.
—Nuestro deber es hacia Lloth —dijo Sos’Umptu cuando se recuperó de la impresión—. Eso es lo único correcto.
—¿Lo es? —preguntó Kimmuriel Oblodra.
Sos’Umptu le lanzó una mirada amenazadora.
—¡Tú hablarás cuando se te diga que hables, o no hablarás!
—Te digo que hables —replico Yvonnel, mirando a Sos’Umptu a los ojos y sin apartarlos—. Tu sencilla pregunta es sorprendente para muchas aquí. Dinos, di a todas, a qué te refieres.
Yvonnel sabía que estaba corriendo un gran riesgo con solo permitir que ese hombre hablara. Pero ¿qué tenían que perder que no les hubieran arrebatado ya?
—Os invito, a ti Yvonnel y a la Madre Matrona Quenthel a permitirme entrar en vuestra mente, porque ahí puedo explicaros mucho más a las dos que con meras palabras —dijo Kimmuriel—. Os compartiré todo lo que sé.
—Pero no al resto de nosotras —repuso la Matrona Zeerith molesta. Cuando todos se volvieron hacia ella, sentada en su disco mágico, añadió—: Se lo vas a explicar a Yvonnel, que no es una matrona, que no se sienta en el Consejo Regente, que es… ¿qué?
—Que tiene en su mente los recuerdos de la Madre Matrona Yvonnel la Eterna —les recordó Kimmuriel—.
La sacerdotisa Yvonnel quizá entenderá las implicaciones de lo que he averiguado, como lo hará la Madre Matrona Quenthel.
Estarán mejor informadas y preparadas para explicar al resto de vosotras esas implicaciones, esa verdad, que yo.
—Insolente —dijo Zeerith.
—No pretendo entender nada de ti o de tu maldita familia, Oblodra —añadió la Matrona Byrtyn—. Ni confío en ti.
—En absoluto —coincidió Zeerith—. Ten cuidado, Madre Matrona. Este no ha olvidado que fue la matrona de la Casa Baenre, y matriarca, tu madre, y la abuela de Yvonnel, la que lanzó la herética Casa Oblodra a la Grieta de la Garra.
—Porque eran herejes —repitió Kimmuriel con un suspiro. Miró a las dos Baenre a las que se había dirigido—. Quizá sobre eso también encontraréis alguna información en lo que os quiero mostrar.
—Dilo en voz alta —exigió Sos’Umptu.
Quizá fuera que hablara esa sacerdotisa en particular y la insistencia de su demanda, lo que llevó a la Madre Matrona Quenthel a alzar la mano y silenciar a Sos’Umptu.
—Quizá no confiemos en él, pero ¿alguien aquí puede negar que fue Kimmuriel, más que nadie, quien nos aportó el poder de la mente colectiva en nuestra batalla contra el Demogorgon? —les recordó Quenthel—. ¿Tan pronto lo habéis olvidado?
—Y quizá ahora, la mente colectiva pueda ofreceros cierto conocimiento —dijo Kimmuriel, y Quenthel asintió.
—Nosotras ganamos conocimiento a través de nuestras plegarias a Lloth —recordó Sos’Umptu—. ¿Es esa mente ilícida tu dios, Oblodra?
Kimmuriel se lo pensó un momento.
—No es omnisciente, pero sabe más que la mayoría, porque lo que ocultamos con las palabras habladas no podemos esconderlo en nuestro interior. ¿Un dios? No. Pero él y sus miembros ilícidos forman una biblioteca de verdad, donde no puede existir la mentira sin que se sepa que lo es.
Mientras todas las demás se quedaban descifrando esa inesperada respuesta, Quenthel asintió, condujo a Kimmuriel y a Yvonnel un poco hacia un lado, y le hizo un gesto para que comenzara.