Implacable (Generations 3) 27. Infección malévola
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27. Infección malévola

I NFECCIÓN MALÉVOLA

—¿Por qué estamos aquí fuera? —susurró Dahlia a Entreri.

Junto con Yvonnel y Pwent, ambos estaban tumbados en la cima de una colina boscosa, mirando hacia la numerosa reunión de drow más abajo.

Lo que tenían más cerca era el contingente más numeroso, el que portaba los estandartes de la Casa Baenre; unos estandartes que Entreri conocía bien, ya que en una ocasión se había encontrado en las mazmorras de esa casa drow, la más poderosa de todas.

—Hay demasiado en juego —le susurró Entreri—. Quizá podamos hallar el modo de ayudar.

—¿Contra eso? —preguntó Dahlia con incredulidad. Extendió la mano y la pasó como por encima del vasto ejército de letales drow.

—¿Y qué preferirías que hiciera?

—Aguas Profundas —respondió ella—. Volvamos y corramos la voz de lo que está pasando aquí. Levantemos a los señores contra esta invasión. Esa podía ser la única esperanza de Gauntlgrym.

Entreri alzó la mano para silenciarla, mientras negaba con la cabeza y volvía a prestar atención a sus otros dos compañeros.

Pwent estaba muy cerca de Yvonnel, a la que parecía no importarle la presencia del vampiro.

—Entonces, mátame —rogaba el enano—. Pero cúrame esta maldición, te lo ruego. Tú eres la más poderosa, me han dicho. El avatar de la propia Lloth. Seguro…

—Ya te lo he dicho, Thibbledorf Pwent —le interrumpió Yvonnel—. No se conoce ninguna cura para tu aflicción. Si la hubiera, te la buscaría, te lo prometo. Pero no, no la hay.

—Entonces mátame muerto de verdad.

—Me has dicho que podías sentarte en el Trono de los Dioses Enanos —contestó Yvonnel—. ¿Eso no te da ninguna esperanza?

—Estaba pensando que había encontrado la manera de controlarla —admitió el enano—.

Ojalá fuera así. Ay, pero esta maldición, señora, esta maldición…

No me quiere dejar, y el hambre vuelve. Podría contenerla un ciento de veces, pero el ciento uno me hará estar poniendo los dientes en el cuello de Cobriza.

—Tu rey Bruenor tiene una gran lucha por delante —le recordó Yvonnel—. Saciarás tu hambre con sus enemigos.

—Por ahora —respondió el triste enano.

—Y cuando esto se acabe, si sigues sintiendo lo mismo, acabaré con tu… aflicción.

—¿Y qué pasará entonces con el pobre Pwent? —preguntó Pwent.

—No se te culpará —intervino Artemis Entreri—. Lo he visto. Perder ante tu maldición no es maldad. Al final, encontrarás que solo de lo que realmente te puedes culpar es lo que te hiere.

—¿Qué te ha pasado? —susurró Dahlia a Entreri al oído, y su tono no era de preocupación, sino más de desagrado.

Entreri la miró y se encogió de hombros.

—Quédate por aquí y busca tu lugar, Thibbledorf Pwent —le dijo Yvonnel—.

Ahora vete. Si no puedes encontrar tu camino, si crees que me equivoco al presentarte el deber ante ti, entonces ataca a los enemigos del rey Bruenor.

Hay muchos cientos de drow ante nosotros capaces de darte fin.

Pero lo digo de nuevo, no es el momento para eso.

Me temo que tenemos una guerra que debemos luchar.

Después de que partiera Pwent, que se fue convertido en un gran murciélago, Yvonnel precedió a los otros dos colina abajo, acercándose cada vez más a los estandartes de la Casa Baenre.

La inquietud de Dahlia aumentaba con cada paso, y no paraba de tirarle a Entreri de la manga, y cada vez que este la miraba, ella le hacía gestos con la cabeza para decirle que tendrían que haberse marchado ya de esa zona.

Finalmente, cuando ya estaban muy cerca del campamento drow, Entreri redujo el paso.

—¿Tienes la intención de llevarnos ante la Madre Matrona? —le susurró a Yvonnel.

—Quiero que seáis testigos —explicó—. No sé qué me voy a encontrar aquí, o si mi tía me permitirá marchar. En ese caso, debéis informar al rey Bruenor. —Se detuvo y se sacó un anillo y se lo entregó al asesino—. Y te ruego que le devuelvas esto a Catti-brie.

—Si no te dejan marchar a ti, ¿qué te hace pensar que saldremos nosotros? —le preguntó Dahlia de mala manera.

Yvonnel sonrió ante el intencionado desprecio, porque eso era claramente lo que era la pregunta: una clara indicación de que Dahlia se esperaba que Yvonnel la traicionara a Artemis y a ella para salvarse a sí misma. Yvonnel se incorporó y miró alrededor.

—Creo que ya estamos lo bastante cerca —dijo, sin responder a Dahlia, luego sacó un par de pequeños discos de piedra. Se llevó uno a los labios y susurró hacia él, y el sonido salió por el segundo.

—Estas son parecidas a las piedras de envío, o mejor dicho, a las piedras de clariaudiencia —explicó—.

Mucho más limitadas por la distancia, pero más completas mientras dure la magia que les he imbuido.

No tardará mucho, pero deberías oír lo suficiente de la conversación para averiguar lo que necesita saber el rey Bruenor.

—¿Mientras nos sentamos aquí esperando a que nos atrapen? —preguntó Dahlia, sarcástica.

Yvonnel negó con la cabeza con impotencia, y sacó un trozo de cuerda.

Susurró la secuencia mística para realizar un conjuro y lanzó el extremo de la cuerda hacia arriba, donde se quedó quieta en el aire como si estuviera colgada de un gancho invisible.

Yvonnel se apartó y les hizo un gesto para que subieran.

Entreri conocía ese conjuro, así que saltó a la cuerda y ascendió. Cuando llegó arriba, se metió en la creación extradimensional de Yvonnel.

Qué raro se le veía desde abajo, como si estuviera entrando en la nada, mientras iba desapareciendo palmo a palmo para ir pasando desde el plano material a la dimensión extra.

Dahlia había vivido la mayor parte de su vida ente los Magos Rojos de Thay. Así que no se sorprendió, aunque tampoco se quedó muy tranquila. Pero también subió y se metió en la dimensión de bolsillo, y después izó la cuerda para ocultar aún mejor el lugar.

Yvonnel ni siquiera esperó a que estuviera arriba antes de salir corriendo. El conjuro en su piedra comunicadora tenía un tiempo limitado.

Además, estaba realmente aterrada. Sabía que el momento que se avecinaba sería crucial, y más que para su propia seguridad. Todo dependía de esto.

Aunque, sobre todo, lo que quería era acabar de una vez, porque sabía que si no lo hacía, no tardaría en perder el valor.

Sería mucho más fácil y beneficioso para ella unirse a Quenthel en lo que fuera que esta hiciera.

—Aún podemos marcharnos —le dijo Dahlia a Entreri, mientras ambos se hallaban sentados en la cámara extradimensional—. Yvonnel no nos detendrá. Probablemente ni siquiera nos culpará. Y al enano vampiro no le importará, a no ser que quiera mordernos.

—Ya hemos tenido esta discusión —replicó Entreri con acritud.

—No, no hemos tenido una discusión. Tú simplemente sigues adelante, como si no fuera una locura que estemos aquí. ¡Míralos! —dijo Dahlia. Notó que Entreri estaba apretando el disco de piedra que Yvonnel la había dado, como si tratara de apagar su conversación.

—Tú tampoco te fías de ella —insistió Dahlia, señalándole la mano—. Te dijo que era clariaudiencia, pero temes que haya mentido y nos esté espiando.

—La confianza no me resulta fácil —admitió el asesino.

—Justo lo que digo. Míralos. Un gran ejército, y cualquiera de los tres sería suficiente para derrotarnos.

Y estamos sentados aquí, a na legua no de una sino de dos fuerzas monstruosas, ambas podrían destruirnos si nos encontraran, y seguramente lo harían.

Esto es una locura, todo esto, y estamos locos por participar en ello.

No puedo creer que podamos marcar ninguna diferencia aquí.

—En eso probablemente tienes razón.

—Entonces ¡larguémonos!

—No.

—¿Por qué?

—Porque no puedo. No voy a dejarlos.

—¿Dejarlos? ¿A tus amigos? —Su tono en la última palabra no era nada amistoso.

Entreri la miró decepcionado.

—¿Y yo qué? —insistió Dahlia—. Yo he permanecido a tu lado. ¡Fui al fin del mundo para salvarte! Me metí en la propia Casa Margaster. Me enfrenté a demonios y a aquellas avispas. Todo por ti. ¿Acaso eso no importa?

—También lo hizo Regis —replicó Entreri, quitándole la fuerza. Y añadió—: No dudes de mi gratitud…

—Quizá no sea eso de lo que estoy dudando.

—¿Mi amor?

—¿Sabes tú realmente lo que significa esa palabra? Quiero estar lejos de esta situación imposible. Si me quisieras…

—Entonces, ¿lealtad?

—¡Sí!

—¿Y qué hay de mi lealtad hacia ellos? Hacia Regis por ayudarte a cada paso. Hacia Catti-brie…

—Hacia Drizzt querrás decir.

—Él también, aunque esté muerto.

Dahlia calló de repente, y Entreri no pudo interpretar la expresión de su rostro. Pero lo asustó.

Entonces, oyeron voces a través de la piedra de clariaudiencia. Yvonnel había alcanzado el perímetro drow, y exigía que la llevaran ante la corte de la Madre Matrona Quenthel.

Entreri movió la mano y respiró hondo.

Dahlia se apartó de él y miró por la ventanita hacia el plano material que los conjuros como el de la cuerda siempre incluían. Casi inmediatamente se alarmó, al ver movimiento entre los árboles.

Se volvió y le tocó la pierna a Entreri, y este se movió con rapidez, porque también había visto el movimiento.

Entonces distinguieron dos siluetas, dos hombres, uno drow y el otro humano, caminando entre los árboles.

Los conocía a ambos, bastante bien. Fue hacia la ventana. Dahlia lo sujetó del brazo.

—No —dijo.

—Es Wulfgar.

—Y Kimmuriel —añadió Dahlia—. Un drow. El drow más peligroso ante un ejército drow.

Eso hizo parar a Entreri, pero solo un momento. Luego negó con la cabeza y se apartó de ella; tiró la cuerda por la ventana y se deslizó hasta el suelo, para aparecer, literalmente de la nada, ante Kimmuriel y Wulfgar.

Poco después, Entreri volvió a subir por la cuerda, y Wulfgar fue tras él, mientras Kimmuriel, informado por Entreri de lo que estaba haciendo Yvonnel, continuó adelante para encontrarse con la Madre Matrona.

Entreri y Wulfgar no encontraron a una Dahlia muy alegre esperándolos.

—Fantástico, ahora Kimmuriel sabe dónde estamos —protestó—. Quizá sea el momento de marcharnos.

Entreri la miró escéptico.