Implacable (Generations 3) 26. Entre los vivos y los que ya han cruzado #2
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26. Entre los vivos y los que ya han cruzado #2

—Ahora el camino está claro —decía Taayrul—. El camino es Lloth, naturalmente, y Lloth nos ha mostrado la gloria ante nosotras.

—¿Nos la ha mostrado a nosotras? —replicó la Matrona Zhindia, y su tono escéptico y casi burlón, mostró los primeros indicios de una grieta en la alianza que Taayrul proponía.

—Hemos visto los regalos que la Reina Araña ha concedido.

—¿A quién los ha concedido? —preguntó Zhindia.

—Sí, Matrona Zhindia, la Matrona Mez’Barris no niega que tú has sido el vehículo de los deseos de Lloth.

—Soy la paladina de Lloth —la corrigió Zhindia—. ¿Acaso no es evidente?

A Dab’nay y Braelin, esa pregunta les sonó a amenaza, y lo mismo a la primera sacerdotisa Taayrul, que comenzó a moverse nerviosamente.

—Y serás recompensada como su paladina —consiguió responder Taayrul finalmente.

—Bueno, a mí me parece evidente que a paladina de Lloth debería sentarse en el primer asiento de la mesa, no el segundo —declaró Zhindia.

—Esa lógica es difícil de contradecir —repuso Taayrul rápidamente; y la velocidad y simpleza de su respuesta les dijo a los que los escuchaban que Mez’Barris había enviado a su hija allí suponiendo que la Matrona Zhindia no pediría menos—. Portaré tu respuesta a la Matrona Mez’Barris.

—La Matrona Mez’Barris desea el primer asiento —dijo Zhindia, y detuvo la marcha de Taayrul.

—¿Sería una buena suma sacerdotisa de lady Lloth si no fuera así? —respondió Taayrul.

—Cierto —admitió Zhindia con una risita cínica.

Incluso la risa de la cruel matrona resultaba amenazadora.

—¿Entendéis el poder de mi ejército? ¡Mi ejército! —añadió Zhindia—. Un ejército que me ha concedido la Reina Araña.

—Lo he visto, sí. La Matrona Mez’Barris lo entiende perfectamente.

—Entonces entended también esto: yo ganaré aquí.

Las fuerzas de Menzoberranzan deben unirse a mí para acabar de limpiar el terri torio de nuestros enemigos y devolver la poderosa forja y el complejo a manos de Lloth.

La victoria es mía, sobre todas las demás, y eso no se olvidará.

Ni esta lucha será la última, claro, a no ser que la Casa Baenre acceda a las evidentes demandas de Lloth.

Si no lo hace, y no espero que la obcecada y estúpida Matrona Quenthel ponga a Lloth por encima de su orgullo, entonces agradeceré la ayuda de la Matrona Mez’Barris para cumplir la voluntad de Lloth, y por tanto su asiento estará asegurado en el lugar que está ahora, claro.

Pero no malinterpretes nada de lo que te digo.

Yo ganaré. Lloth está conmigo. Sus sirvientas están junto a mí.

Menzoberranzan será reformado por la voluntad de Lloth.

Las perversiones de las tontas hijas de la Madre Matrona Yvonnel Baenre serán corregidas con un efecto extremo.

Taayrul asintió, y a la espía Dab’nay le pareció que no conseguía encontrar su voz para contestar.

—Las acciones de la Matrona Mez’Barris serán juzgadas adecuadamente. Esa es mi promesa —concluyó Zhindia.

Agitó la mano hacia Malfoosh y las otras drañas.

—Déjame —le ordenó a Taayrul—. Tengo una guerra que acabar.

Braelin Janquay dio una palmada en el agua del estanque de escrutinio, para romper la conexión.

—Esto es una locura —dijo a Dab’nay.

—Esto es el caos. Pero claro, ¿no llevamos ya un tiempo así?

—repuso la sacerdotisa—. La aparición de gran cantidad de demonios en Menzoberranzan, la lucha con el Demogorgon.

La Madre Matrona Baenre empleando a Drizzt Do’Urden como la espada para partir al mayor demonio rival de Lloth; todo esto es una locura.

¿De verdad nos sorprende descubrir ahora que la propia estructura e identidad de Menzoberranzan está saltando en pedazos?

—Tenemos que llegar hasta la Madre Matrona Baenre, o hasta Yvonnel, como mínimo.

Dab’nay fue negando con la cabeza.

—Inténtalo si quieres.

—Kimmuriel te dio órdenes —le recordó Braelin, pero de nuevo la sacerdotisa negó con la cabeza.

—Nuestras vidas…, no, más que nuestras vidas, nuestra propia existencia, depende de las decisiones que tomemos en este momento —explicó Dab’nay—.

Ya has oído a la Matrona Zhindia, e incluso la Matrona Mez’Barris no niega la ascensión de la Casa Melarn bajo la gloria de Lloth.

¿Y ahora piensas ponerte en contra de ella?

—¿Y tú piensas ponerte en contra de las Baenre? —le replicó Braelin, con escepticismo.

—No, me decido por quedarme fuera de todo esto.

No hay nada en lo que la humilde Dab’nay pueda influir.

Para ellas soy menos que una mota de polvo, mi voz menos que un susurro.

Iría a ver a la Madre Matrona Baenre y quizá ella me declararía como hereje y me convertiría en una abominable draña.

¿Y se equivocaría si yo le estuviera hablando contra lady Lloth?

—La Madre Matrona Baenre necesita ver la verdad que Kimmuriel ha descubierto para poder decidir…

—Y si decide no luchar contra la Matrona Zhindia y su cada vez más numerosas aliadas, una de las cuales bien puede ser Lloth, entonces ¿dónde quedo yo?

Braelin se la quedó mirando, pero no contestó.

—Entonces soy una draña —respondió Dab’nay a su propia pregunta—. Y tú también.

—Jarlaxle no permitiría eso —afirmó Braelin.

La risa de Dab’nay le respondió, al reflejar lo absurdo de la respuesta de Braelin. Aun así, sintió la necesidad de verbalizarlo.

—¿Jarlaxle? También Jarlaxle no es más que una mota de polvo contra los poderes cambiantes que batallan ante nosotros.

—Quizá tengas razón —admitió Braelin—. Es más grande que la voz de Dab’nay o de Braelin. —Metió la mano bajo la camisa y sacó el silbato—. Quizá también Kimmuriel tenga que repensar las cosas a la luz de esta nueva información.

—Si ha sobrevivido a su viaje a la mente colectiva —dijo Dab’nay—. ¿Y qué pasa si no?

—¿Qué sugeriría Dab’nay?

Esta vez fue la mujer la que se lo quedó mirando y meneó la cabeza.

Así que Braelin sopló con fuerza el silbato. No se oyó ningún sonido, pero el explorador no esperaba oír ninguno, porque ya había visto antes a Jarlaxle usar ese objeto de comunicación con el extraño Kimmuriel Oblodra.

Solo un momento después, Braelin sí que se sorprendió, porque encontró a Kimmuriel justo fuera del hueco del árbol, con el bárbaro Wulfgar a su lado.

—Ya estaba de camino hacia aquí —respondió el psiónico a su evidente sorpresa—. Tu llamada ha sido muy oportuna, dada la tarea que tenemos por delante ¿Habéis encontrado a la Madre Matrona Baenre?

—No es difícil de encontrar —contestó Braelin, y señaló hacia el sureste—. Todo Menzoberranzan la rodea.

—Entonces, vamos —indicó Kimmuriel.

—También hemos encontrado a la Matrona Zhindia —dijo Dab’nay, y eso detuvo a Kimmuriel de golpe—. Y a la primera sacerdotisa Taayrul.

Kimmuriel la miró con curiosidad.

—Abre tu mente a mí, niña, y cuéntame.

A pesar de ese tono peyorativo y superior, Dab’nay sí que le permitió entrar en sus pensamientos mientras repasaba lo que habían visto y oído, porque quería que Kimmuriel lo viera todo, cada terrorífico detalle.

Se sorprendió cuando, gracias al poder de Kimmuriel, Wulfgar y Braelin se unieron a la explicación telepática.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Wulfgar cuando Dab’nay hubo terminado.

Kimmuriel le lanzó una mirada de reojo.

—Yo iría a buscar al rey Bruenor —decidió Wulfgar—. Si los drow van a luchar unos contra otros, eso no es asunto mío.

—Antes de eso masacrarán a todos a los que amas —le aseguró Kimmuriel—. ¿Es eso asunto tuyo?

Wulfgar no se retrocedió ante el enervante y diminuto drow.

—Vamos. La Madre Matrona Baenre nos espera —ordenó Kimmuriel, sin sentirse intimidado en absoluto. Comenzó a caminar, pero Dab’nay y Braelin intercambiaron una mirada y no lo siguieron.

Kimmuriel se volvió para mirarlos.

—Sí, ya lo entiendo —les dijo, y luego solo para Dab’nay, añadió—. He visto tus planes en medio de tu explicación. Deseas ir a esconderte, ver cómo se desarrollan las cosas.

—No lo negaré —admitió Dab’nay.

—Negar con palabras no borra los pensamientos claros.

—No sé lo que esperas de mí, pero no me ofreceré a la Madre Matrona Baenre o a la Matrona Zhindia Melarn —contestó Dab’nay con decisión.

—Y no habrías cumplido mis órdenes si me hubieran matado o retenido durante mis viajes —afirmó Kimmuriel sin ambages.

—No —respondió Braelin antes de que pudiera hacerlo Dab’nay.

Kimmuriel se lo pensó un momento, y luego asintió.

—En vista de lo que habéis contemplado, quizá esa sea vuestra mejor opción, lo admito. Marchaos, entonces. Buscad algún agujero oscuro y esconderos. Esto se decidirá rápido, o eso espero, y si no, entonces al menos sabréis mejor por dónde van las cosas.

—Y si la Madre Matrona Baenre gana, también lo hará Bregan D’aerthe —dijo Dab’nay—. En ese caso, ¿qué pasará con nosotros?

—Jarlaxle os valora a los dos.

—Pero ¿le contarás nuestra cobardía aquí? —preguntó Braelin.

—Le diré que os comportasteis exactamente como Jarlaxle se hubiera comportado en vuestro lugar —respondió Kimmuriel.

Dab’nay y Braelin se miraron con sorpresa y alivio.

—Oh, os aseguro que él ha hecho cosas similares —les contó Kimmuriel—. Muchas veces. Así es como sobrevive. Así es como todos sobrevivimos. —Soltó un bufido de desprecio y añadió rápidamente—. Y quizá para nuestra eterna condenación.

Kimmuriel se encogió de hombros y se volvió; indicó a Wulfgar que le siguiera y comenzó a alejarse.

—Kimmuriel —le llamó Braelin después de que el psiónico diera unos pasos, y lo hizo volverse de nuevo—. Te deseo buena suerte en este viaje, y no solo por mi propio bien.

— Por todos nosotros, entonces —contestó telepáticamente Kimmuriel a ambos, Dab’nay y Braelin.