26. Entre los vivos y los que ya han cruzado
E NTRE LOS VIVOS Y LOS QUE YA HAN CRUZADO
Al hermano Afafrenfere le costó un buen rato darse cuenta de lo que acababa de hacer. Se había deshecho del mundo físico, se había convertido en una entidad de puro espíritu, y lo había hecho justo antes de que le hundieran la pica.
¿O había sido después de que la hoja penetrara en él?, se preguntó el monje.
No importaba. Si esto era la muerte, que así fuera, y en ese momento, vio el viaje de su vida.
Sentado en la pequeña casita con su madre y su padre, que años después se volvería contra él cuando conoció la verdad de Afafrenfere.
Recordó…, no, ¡ recordar no era la palabra adecuada!
Vivió otra vez su trayecto por la vida monástica, su aceptación en la orden.
Vio de nuevo la vez que conoció a Parbid. Caminó otra vez en sus viajes por el reino de las sombras.
Tantos recuerdos… Separándose. Esparciéndose. Convirtiéndose en una parte viva del multiverso que lo rodeaba, sin ataduras y compartido.
Era la belleza.
En ese momento comprendió la advertencia del Gran Maestro Kane de que no estaba listo para transcender, de que no tenía la disciplina o el deseo de revertir el viaje y regresar para acabar sus días.
Sin embargo, ese aviso le sonaba vacío en ese momento.
¡Claro que no quería volver!
Existía en el momento, mientras los sentidos se le iban ampliando y perdían focalización, para transformarse en todas y cada una de las cosas.
Era la belleza, sí, pero era una belleza velada. El monje se sintió como si estuviera nadando en una espesa nube, con los sentidos filtrando todo lo que le rodeaba. O en un estado de fuga disociativa, una realidad maleable, una identidad maleable y un sentido de sí mismo maleable.
Solo cuando Afafrenfere encontró otro recuerdo suelto fue cuando se acordó de lo que le había llevado a Thornhold, porque supo que eso era la fuerza vital residual y la composición identitaria de Drizzt Do’Urden.
Miró con más detalle, ese sentido del deber le hizo encontrar un foco.
Con qué claridad podía ver el viaje del drow en ese momento, al encontrar trozos de recuerdos desparramados e irlos juntando.
El viaje completo de Drizzt, y no solo este último, que le había transportado desde el reino de los vivos.
La intimidad lo sobrecogió, una unión tan íntima como había conocido con Parbid, e igual de jubilosa.
Pero esta era diferente. Afafrenfere se sintió casi como un voyeur , contemplando disimuladamente los pensamientos más profundos y los secretos de otro, que no sabía que él estaba mirando y escuchando.
Los restos de su sentido del decoro (y en verdad, en ese momento eso le parecía tonto) le hicieron acercarse a Drizzt de un modo recíproco, para hacerle saber que él también estaba ahí.
Y sí, ya podía ver a Drizzt con mucha más claridad, porque él también estaba en ese delgado espacio-tiempo entre los vivos y los que han cruzado al otro lado, entre lo físico y lo espiritual.
¿Entre la vida y la muerte?
Afafrenfere no estaba seguro de que esos términos siguieran aplicándose.
Se acercó a Drizzt. Llamó al drow. Le dijo a Drizzt que regresara, que volviera a formarse en el plano físico.
«Se te necesita.»
«Tu esposa.»
«Tu hijo.»
Drizzt no podía oírle, o al menos, no le ofreció ninguna respuesta, ninguna sensación de que las llamadas de Afafrenfere le afectaran.
El monje profundizó más, intentó forzar al drow a regresar, pero cuanto más dentro iba, más lejos él, Afafrenfere, se sentía del mundo físico y de cualquier noción de su cuerpo.
Se estaba perdiendo a sí mismo tanto, si no más, como estaba rescatando a Drizzt.
Que así fuera.
Porque el ser que había sido Afafrenfere no podía ver su viaje, que se aceleraba, como una pérdida, no con toda esa belleza y verdad a su alrededor.
Fue más lejos, a por Drizzt.
Pero Drizzt Do’Urden, tanto tiempo ausente, no podía oírle.
—E STO ES UNA LOCURA —dijeron los dedos de Dab’nay a Braelin Janquay.
El bosque que los rodeaba estaba infestado de drañas, que rondaban en grupos salvajes; machacaban árboles a hachazos, arrojaban enormes lanzas a las ardillas y los pájaros, cualquier cosa para descargar su ira inagotable.
Braelin no pudo negarlo. Hizo un gesto a la mujer para que lo siguiera y la condujo había un profundo hueco bajo un amplio roble, un lugar donde él se había refugiado la noche anterior.
—Sabíamos que la Matrona Zhindia había traído drañas consigo —le recordó Braelin cuando ya nadie podía oírlos.
—¡No como estas! —insistió Dab’nay—. Las has visto. Son diferentes; ni siquiera sé cómo explicarlo. Como más grandes, más salvajes que las abominaciones que siempre hemos visto. Eso era… no sé…
—Puede que tengas razón, pero aún tenemos que buscar la manera de llegar hasta la Madre Matrona Quenthel o Yvonnel —repuso Braelin, pero Dab’nay iba negando con la cabeza a cada palabra.
—No puedes esperar eso de mí —protestó Dab’nay—. Esto está por encima de mis poderes, por encima de la petición de Kimmuriel, incluso por encima de Bregan D’aerthe.
—Sobrevivimos porque cada uno hacemos nuestra parte.
—Mi parte me pone delante de la Madre Matrona Quenthel Baenre, y con este caos rodeándonos —discutió Dab’nay—, ese no es el camino de la supervivencia.
No. —Negó moviendo la cabeza con determinación—.
Necesito saber más ante de penetrar más de este bosque, y ya no digamos para entregar el mensaje de Kimmuriel a la Madre Matrona.
Esas drañas me inquietan. Algo enorme está pasando y me parece que simplemente con pronunciar lo que Kimmuriel ha afirmado, me convertiré en una apóstata.
No quiero unirme a esta fuerza de drañas.
—Si es la fuerza de la Matrona Zhindia, entonces está en contra de la Madre Matrona Quenthel.
—Antes, quizá. Pero ahora no lo sabemos.
Braelin suspiró y bajó la mirada, buscando una respuesta.
—Entonces miramos usando la magia —decidió, mirando de nuevo a Dab’nay. Señaló el fondo del hueco, donde se había recogido agua de una lluvia reciente.
—¿Me estás pidiendo que mire mágicamente a la Madre Matrona Baenre? ¿O a cualquier Baenre? —preguntó una incrédula Dab’nay.
—No, miramos sobre el bosque y Viñas Sangrantes. Buscamos a la Matrona Zhindia. No es conocida por su capacidad adivinatoria, y normalmente está tan consumida por su ira hacia todo lo que le rodea como para no notar que le están escuchando mágicamente.
Dab’nay no parecía muy convencida.
—Es esto o nos metemos por el bosque y tratamos de evitar a las drañas como mejor podamos —dijo Braelin.
—No.
—No te gustaría ver a Kimmuriel enfadado —advirtió Braelin. Mientras Dab’nay vacilaba, él se volvió e hizo un gesto indicando el estanque.
Ella le siguió.
—Me llevarás con la Matrona Zhindia —le dijo la sacerdotisa a la enorme draña.
—¿Te llevaré? —respondió Malfoosh astutamente. La mujer estaba en el bosque con un puñado de guardias, rodeada en ese momento por decenas de drañas, que entraban y salían de las sombras.
—Soy Taayrul Armgo, primera sacerdotisa de la segunda casa de Menzoberranzan —repuso la mujer.
—¿La segunda casa? —preguntó Malfoosh—. Entonces, ¿dónde está la Baenre?
Taayrul rio por lo bajo.
—Las Baenre no se sentirían complacidas con el mensaje que ofrezco a la Madre Zhindia.
Es evidente que Lloth brilla sobre ella.
Todas lo sabemos, pero la Madre Matrona Baenre no está segura de poder admitirlo todavía.
La Matrona Zhindia debería saber esto antes de realizar algún movimiento imprudente.
El tiempo está de su lado, no del de la Madre Matrona Baenre.
Malfoosh miró alrededor y asintió mirando a los guardias.
—Puedes venir —le dijo a Taayrul—. Tú sola.
—Eso no es acep…
—Eso es lo que hay —la interrumpió Malfoosh—. Tú sola.
Una draña se acercó rápidamente a Taayrul y le tendió las manos.
—Te montarás —indicó Malfoosh.
Taayrul miró alrededor a sus guardias, y luego asintió.
—Esperad aquí.
Miró a Malfoosh, que aceptó que ese fuera el lugar donde podía quedarse. La sacerdotisa tomó la mano de la draña, se le subió al lomo con su ayuda y se volvió para sentarse sobre su incómoda montura.
Malfoosh correteó a su lado y, antes de que Taayrul pudiera detenerla, le cubrió la cabeza con un pesado saco.
Sin que la sacerdotisa tuviera tiempo de protestar, las drañas partieron a una velocidad tremenda, corriendo por el bosque hasta llegar a las ruinas de Viñas Sangrantes, a la corte de la Matrona Zhindia Melarn.
—Cada vez esto se vuelve más curioso —comentó Braelin, mientras contemplaban el viaje de la sacerdotisa drow sobre la draña.
—Esa es Taayrul, primera sacerdotisa de la Casa Barrison Del’Armgo —le informó Dab’nay
—¿La han enviado a reunirse con la Matrona Zhindia? La Madre Matrona Quenthel nunca aceptaría una cosa así.
Dab’nay le sonrió por afirmar lo evidente.
—Hazlo —le ordenó él.
Dab’nay respiró hondo. Hasta el momento, se había negado a usar la clariaudiencia para acompañar a su conjuro de clarividencia, porque el primero era mucho más fácil de detectar.
Sin embargo, en ese momento parecía bastante obvio que necesitaban saber qué estaba ocurriendo exactamente.
Mientras observaban a Taayrul Armgo avanzar para hablar con Zhindia, Dab’nay lanzó el conjuro.
No la detectaron durante la conversación, pero eso no sirvió de mucho para tranquilizarla; ni a ella ni tampoco a su compañera, notó con cierta satisfacción.
Como había insistido anteriormente, y como se hizo rápidamente evidente a medida que escuchaban, lo que estaba ocurriendo allí la superaba.
Taayrul, la voz de la poderosa Matrona Mez’Barris Armgo, le estaba ofreciendo a la Matrona Zhindia el segundo asiento en el Consejo Regente.
Las drow a menudo hablan a media voz de las guerras ente casas, pero la idea ahí iba mucho más allá de eso.
Las dos mujeres, una matrona y una primera sacerdotisa de otra casa, estaban hablando abiertamente de una guerra civil en Menzoberranzan, una guerra contra la Casa Baenre.
Y lo hacían de un modo muy audaz, sin ningún problema, al parecer.