Implacable (Generations 3) 25. Tormenta de fuego #5
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25. Tormenta de fuego #5

—Acabamos de dejar los corredores superiores justo para eso —respondió Dahlia—. Los demonios están retrocediendo, los enanos se dirigían a la sala del trono, quizá ya estén allí.

—Hemos estado luchando todo el día, antes de la tormenta de fuego —explicó Entreri—. Nuestros enemigos son infinitos.

—Casi nos metimos en el fuego —añadió Dahlia—. Regresábamos por otros túneles y no nos avisaron.

—El calor fue suficiente advertencia —se apresuró a decir Entreri—. Por favor, dame algo que me cure. Y un poco de magia para reforzar mis cansados brazos, te lo ruego. Quiero estar con ellos cuando expulsen los demonios de Gauntlgrym.

—¿Con ellos? —preguntó Yvonnel.

—Con Jarlaxle y Zaknafein —respondió Entreri—. Con Bruenor y Regis. Con Catti-brie también, o eso pensaba.

—Con tus amigos —resumió Yvonnel.

Entreri la miró con curiosidad.

—¿Te da miedo admitir la verdad de esa palabra? —le picó Yvonnel—. ¿O es que no comprendes su significado?

Eso hizo que Entreri lanzara una carcajada, pero su compañera frunció el ceño.

—Es una buena palabra, Artemis Entreri —afirmó Yvonnel—. Cuanto más te familiarices con ella, más posibilidades tendrás de escapar al destino que se te mostró. Más que eso, la familiaridad con esa palabra mejorará tu vida, algo que te mereces más de lo que estás dispuesto a admitir.

La expresión de Artemis Entreri mostró dolor al oír eso, pero también algo de sorpresa, como si esa idea nunca se le hubiera ocurrido.

Yvonnel le sonrió amablemente.

—Y ahora, si me disculpáis —añadió esta—, debo descansar y preparar más conjuros para ayudar a Catti-brie. Está mal. El primordial la ha atacado y le ha causado una gran fiebre.

—¿Cuánto de mal? —preguntó Entreri con evidente preocupación.

—Ahora está tranquila. No sabemos el daño causado, pero los clérigos están trabajando sin descanso, como haré yo.

Entreri asintió. Yvonnel hizo lo mismo, luego se fue hacia un camastro al fondo de la habitación, pero se detuvo al notar una nube como de vapor, en el vértice del techo, que se colaba por una grieta desde esa antesala al dormitorio de Catti-brie.

La mayoría la habrían tomado por un simple humo o neblina, porque había mucho de eso flotando por esa zona de Gauntlgrym, sobre todo después de los trabajos en la sala de la forja.

Un rápido conjuro menor confirmó las sospechas de Yvonnel. Pasó corriendo entre los dos que estaba en la sala y cruzó la puerta, con Entreri y Dahlia detrás.

—¿Qué pasa? ¿Catti-brie? —preguntó Entreri, casi chocando con Yvonnel al entra en el dormitorio.

—Materialízate, vampiro Pwent —gritó Yvonnel a la nube.

Esta cambió, y comenzó a flotar de vuelta hacia la grieta del techo por la que había entrado.

Yvonnel le lanzó un conjunto que le robaba la magia del cambio de forma, y como era de esperar, la nube se fusionó y Thibbledorf Pwent apareció en el aire.

Cayó como una piedra hasta cerca del suelo, antes de detenerse mágicamente y seguir bajando despacio, mientras daba un extraño giro en el aire para llegar al suelo suavemente frente a la drow.

Los demás en la sala soltaron gritos ahogados, y algunos llamaron a su viejo amigo; una en concreto incluso dio un paso hacia él, hasta que otro la advirtió que parara con un «¡No, Penny!».

—No me estás queriendo por aquí, señora —advirtió Pwent, que apretaba los dientes con cada palabra y mostraba sus prominentes colmillos—. Ahora no, te digo yo.

—Has venido sin ser invitado —le recordó Yvonnel.

—Tengo que ver a mi rey —dijo Pwent a Yvonnel, pero esta notó que no la miraba a ella. No, estaba mirando al otro lado del dormitorio a la muchacha llamada Copetta—. Tengo que contarle —siguió Pwent, y sus palabras se mezclaban con varios gruñidos graves, en parte salvajes, en parte de puro deseo.

—¡Thibbledorf Pwent! —le llamó Yvonnel, para que se centrara.

Y sí que se centró, pero no en ella, sino que cruzó la habitación rápidamente, en un medio salto, un medio vuelo, y descendió sobre la pobre Copetta, arrojándola al suelo bajo él.

Los otros enanos mostraron sus símbolos sagrados para expulsar al vampiro, en un intento de hacerlo marchar con su energía divina.

Pero lo más efectivo fue la simple fuerza de Yvonnel.

Ante su propia sorpresa y la de cualquiera que se fijara, Yvonnel no alzó el símbolo con forma de araña de Lloth, sino simplemente señaló con el dedo a la cosa maldita y no muerta.

Pwent giró la cabeza por encima del hombro para mirarla, siseó y mostró los colmillos, luego volvió y abrió la boca mientras descendía hacia el cuello de su víctima indefensa.

¡No, no su víctima! ¡Su amada!

Notó que Entreri desenfundaba su espada de hoja roja y aquella daga enjoyada mientras cargaba hacia él. Saltó para enfrentarse a esa amenaza, pero antes de que Entreri llegara a él, la sacerdotisa drow atacó.

—¡Te expulso! —gritó Yvonnel—. ¡No estás invitado aquí!

Si hubiera lanzado a Pwent desde una catapulta lateral, este no hubiera volado con más fuerza. Fue apartado de su víctima y se golpeó con fuerza contra la pared del dormitorio, a media altura.

Y ahí se quedó como clavado, como si le dedo conque Yvonnel lo señalaba fuera algún tipo de rayo de energía que lo sujetara con fuerza.

Yvonnel reconoció la magia que estaba utilizando, porque era la misma que la de los enanos. Estaba empleando el poder de la divinidad para cambiar al muerto viviente.

Y al mismo tiempo no era así.

Porque no estaba invocando el nombre o el símbolo de lady Lloth. Casi se cuestionó eso, al ver el efecto sobre el vampiro, que se hallaba paralizado contra la pared y estaba siendo abrasado por energía sagrada.

—¡Cede! —le ordenó.

Pwent le gruñó.

—¡Cede! —repitió Yvonnel, que le respondió a ese rugido continuo con un recordatorio—. Tienes noticias para tu rey. ¡Tu rey, Thibbledorf Pwent!

El gruñido se fue apagando. El enano giró la cabeza y dejó que el poder divino de Yvonnel se la apretara contra la piedra.

—Sí —dijo entrecortadamente, mientras conseguía cierto control.

Yvonnel le soltó y Pwent cayó pesadamente al suelo, y de rebote saltó para quedar agazapado mientras gruñía a Yvonnel con evidente odio. Pero este se mezclaba con una profunda vergüenza, como lo entendieron todos en la sala.

—Thibbledorf Pwent —le dijo ella—, recuerda dónde estás. ¡Recuerda quién eres!

La expresión del enano se relajó aún más.

—Tienes que ver al rey Bruenor —le recordó Yvonnel.

Pwent gruñó y ahogó un grito.

—Mi… rey —consiguió decir luchado contra su deseo salvaje y su furia.

—¿Por qué? —preguntó Yvonnel—. ¿Por qué tienes que verlo? Debes decírmelo.

—Mi… rey.

—¿Los elfos oscuros? —aventuró Yvonnel—. ¿Es por los elfos oscuros?

Yvonnel se sorprendió del efecto de su suposición, como si hubiera alcanzado el punto exacto de Pwent. Pasó de su posición agazapada a sentarse contra la pared, y bajó los brazos y la mirada.

—Están fuera, todos ellos —respondió un Pwent totalmente derrotado—. Pretenden ir todos juntos.

Yvonnel respiró hondo. Eso era su peor pesadilla hecha realidad. Los maltrechos enanos no podrían resistir contra el poder combinado de Menzoberranzan, sobre todo después de la energía y la sangre que ya habían perdido batallando contra los demonios.

Sin embargo, Yvonnel no entendió por qué esa noticia la sorprendía. Claro que Quenthel y las otras había llegado para unirse a la gloria que la Matrona Zhindia Melarn estaba comenzando a lograr. ¿Qué otra cosa podría haber ocurrido?

—Muéstramelo —dijo al vampiro—. Me vas a llevar afuera y mostrármelo.

—¿Eso es lo que estás pensando? —preguntó Pwent con escepticismo.

—Por tu rey Bruenor, Thibbledorf Pwent —replicó Yvonnel directa—.

Yo podría ser capaz de detener eso, y si no puedo, entonces pobre Gauntlgrym y pobre rey Bruenor.

—Miró hacia la cama—. Y pobres Catti-brie y el bebé de Drizzt Do’Urden —añadió—.

Porque el poder de Gauntlgrym en solitario no podrá ganar.

Lo sabes. Los has visto. ¿Cuántos soldados? ¿Cuántos esclavos destinados a morir?

Pwent rugió.

—¡Muéstramelo! —ordenó Yvonnel.

Copetta se acercó al drow, que perdió toda su agresividad.

—Thibbledorf Pwent —dijo ella—. Mi viejo Thibble, soy yo, Penny.

—Cobriza —murmuró Pwent, y la enana sonrió.

—Sí, tu Cobriza —le respondió con dulzura—. Debes hace lo que te pide la drow. Por todos tus amigos y familia.

El rostro del vampiro se suavizó aún más mientras miraba a la mujer. Finalmente, volvió a mirar a Yvonnel y asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Voy contigo —dijo Artemis Entreri a Yvonnel.

—No —exclamó Dahlia, sorprendida.

—No puedo garantizar tu seguridad, ni la mía —repuso Yvonnel.

—Nadie lo ha hecho nunca —replicó Entreri—. Pero voy contigo.

Yvonnel se lo pensó un momento y luego asintió.

Entonces, la habitación comenzó a sacudirse, con tanta violencia que más de uno de los presentes se tambaleó y un enano incluso cayó al suelo.

—No tenemos mucho tiempo —advirtió Yvonnel—. Hemos robado presión explosiva a Maegera, pero la va a generar de nuevo y enseguida. Maegera sabe que pronto podrá escapar.

Sus palabras, que pretendían espabilar a los otros, sobre todo a Pwent, para que actuaran con rapidez, le sonaron vacías. Eran ciertas, sin duda. Lo podía sentir con intensidad a través del anillo. El plan de Catti-brie le había permitido ganar algo de tiempo, pero poco más.

Maegara se escaparía.

Y no había nada que Yvonnel Baenre pudiera hacer para detenerlo.