25. Tormenta de fuego #4
—Envíame tus susurros de las verdades ocultas —imploró a Dumathoin, el Guardián de los Secretos bajo la Montaña.
—Envíame tu corazón y haz saber a mis muchachos que estás conmigo —rogó a Moradin, Padre de Todos.
La gran caverna de entrada se alzaba inmediatamente fuera.
Los drow, los demonios y las abominables drañas la habían tomado.
Bruenor quería recuperarla.
Notó la respuesta de sus dioses, de los tres, en la fuerza que sintió que le fluía por los miembros, y el rey enano que saltó desde el Trono de los Dioses Enanos era mucho mayor que el que se había sentado en él.
—¡Adelante! —gritó Bruenor con una voz bendecida por los dioses.
Los otros lo supieron, y cómo lo vitorearon, y cómo cargaron; inundaron la caverna de entrada de Gauntlgrym, tomaron la playa del lado cercano del estanque, tomaron el puente en un instante, forzando a los demonios a retroceder, atrás, atrás.
Atrás.
Tenía que contarle a Bruenor lo que estaba ocurriendo en el exterior de Gauntlgrym.
Thibbledorf Pwent se centró en esa idea, ese deber, mientras flotaba de regreso por los corredores dominados por los enanos, una nube gaseosa que se escondía en grietas y se quedaba pegada contra el techo, sin parecer más que algo de humo residual de las forjas ardientes o del vapor perpetuo proveniente del pozo del primordial.
Muchas veces detuvo su camino el enano, o retrocedió, o se lanzó a través de una grieta a otra cámara lateral, porque casi todos los enanos que veía, y sin duda aquellos a los que reconocía, le atraían, le hacían sentir su soledad, su hambre. Le sería tan fácil crear compañeros…
¡Tenía que explicare a Bruenor lo que pasaba fuera de Gauntlgrym, contarle lo de la reunión de drow!
Por fin en la sala de la forja, Pwent se alegró de ver a Catti-brie, porque pensó que debía estar cerca de Bruenor. Miró alrededor, y se fijó en los sacerdotes y sacerdotisas enanos; vio a la mujer drow, Yvonnel.
Una de las sacerdotisas en particular le llamó la atención, una mujer impresionante llamada Copetta.
«Cobriza», pensó el vampiro, porque ese era el apodo que Pwent le había puesto años atrás, debido a su larga y espesa cabellera de color rojizo dorado, y también porque podía atacar rápida como una serpiente cuando el furibundo se pasaba de la raya con ella.
Los otros enanos la llamaban Penny, un nombre delzou corriente usado para las monedas de cobre.
Sin embargo, para Pwent siempre sería Cobriza.
Durante mucho tiempo le había gustado esa muchacha.
Verla en ese momento era casi más de lo que podía resistir…
no, quizá fuera más de lo que podía resistir, y el vampiro comenzó a tramar algo.
Si la muchacha salía de la cámara, o incluso se apartaba del grupo principal, él se transformaría y le hundiría los colmillos en el cuello.
La tomaría de la mano y saldrían volando.
Ella sería como él.
Estarían junto por siempre jamás.
Cobriza.
Pwent podía notar su suave contacto, podía oír de nuevo su agudo ingenio, podía oler la sangre… sí, sobre todo podía oler la sangre. La sangre de la muchacha, que él creía que estaba esperando su beso mortal.
Se notó descendiendo del techo, saliendo de entre el humo de las forjas. El olor a sangre se hizo más intenso; le llamaba, le decía que era el momento de rendirse finalmente, de aceptar su destino, de tener una compañera.
O muchos compañeros.
La sangre… tan dulce…
Entonces lo vio. No, no era la sangre de Cobriza. ¡Era la de Catti-brie, entre sus pies, bajándole por las piernas!
La drow corrió hacia ella. Los enanos corrieron hacia ella.
Yvonnel comenzó a gritar órdenes, pero Pwent no podía oírla. No en ese momento. No mientras veía a su querida princesa de Mithril Hall caer.
No mientras olía la sangre.
La sangre.
Se llevaron a Catti-brie.
Pwent flotó por encima del charco rojo, sin saber qué hacer, sin distinguir lo bueno de lo malo. Quizá debería ir con Catti-brie y llevársela a la no muerte, para salvarla. ¡Sí, para salvarla!
Pero no, eso no podía estar bien, se repitió el confuso enano. ¿Acaso ya no sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal? ¿Sabía dónde acababa Pwent y comenzaba el vampiro? ¿Dónde acababa el deber y el honor y dominaba el deseo?
La idea de que realmente hubiera pensado en infligirle su maldición a Catti-brie avergonzó al enano.
Salió volando de la sala de la forja, bajó por el pequeño corredor lateral y entró en la gran cámara que contenía el pozo, el abismo del primordial.
Una vez antes, se había lanzado dentro del pozo con la gigantesca araña constructo, solo con la idea de salvar a su querido rey Bruenor, y acabar su propio tormento de una vez por todas.
Pero había vuelto a salir volando, y en este momento, había vuelto a fallar.
La maldición del vampiro no le dejaba destruirse.
Cada día que pasaba se hacía más fuerte.
¡Había pensado en morder a Catti-brie! ¡La hija del rey Bruenor!
Salió volando de la estancia, atravesó la sala de la forja y fue por los corredores. Sabía adónde iba, sabía dónde estaban los aposentos de Catti-brie, y allí la encontró en su cama, rodeada de clérigos, Cobriza entre ellos, la drow Yvonnel entre ellos.
Los observó mientras trabajaban frenéticamente, muchos lanzando conjuros a la mujer, que parecía tan cerca de la muerte.
Yvonnel también lanzaba, pero no era un conjuro de sanación, sino más de adivinación, y el vampiro Pwent notó la fuerza de su magia y retrocedió, temiendo que la drow lo estuviera buscando mágicamente.
Pero no, Yvonnel corrió al lado de Catti-brie, le agarró la mano y comenzó a tirar de ella insistentemente, incluso con violencia. Retrocedió un paso, sujetando un anillo, el anillo de Catti-brie, que se puso en su propio dedo.
Yvonnel cerró los ojos y comenzó a salmodiar insistentemente en un idioma que el enano vampiro no conocía, y que, a juzgar por las miradas de los que la rodeaban, tampoco conocían los clérigos enanos.
Cuando acabó, volvió junto a Catti-brie y comenzó a lanzar conjuros de nuevo; agitó los dedos ante el rosto de la mujer, creó agua que cayó y la salpicó, y luego se inclinó hacia ella y le sopló un aliento helado bajo la lluvia mágica, como si estuviera intentado enfriar a Catti-brie.
Pwent no lo entendía, ni tampoco lo entendían los otros enanos, pero pronto, la princesa de Mithril Hall pareció estar descansando más cómoda, y los enanos suspiraron y asintieron con la cabeza uno tras otro.
Pwent simplemente flotó en el aire, y luchó contra su instinto, intentó no oler la sangre, intentó no mirar a Cobriza, a la hermosa Cobriza.
Ella podría ser como él.
Eterna.
El vampiro salió de la habitación.
Tenía que decirle a Bruenor lo que estaba ocurriendo fuera de Gauntlgrym.
Pero ¿dónde estaba Bruenor?
Pwent no se fue volando. No podía irse volando.
Catti-brie… Cobriza… la dulce, dulce sangre.
La maldad que notó a través del anillo sorprendió a Yvonnel, no por su potencia, sino por su manera.
No era furia, sino simplemente enfado, como una persona dando una bofetada a un bicho que le hubiera picado y poco más.
No había ninguna sensación de arrepentimiento, ni un ápice de consciencia o remordimiento.
Maegera le había dado una palmada a Catti-brie por el truco que le había hecho.
La bestia, de algún modo, había traspasado parte de su propia esencia en la mujer y le había producido una fiebre de proporciones alarmantes.
Una fiebre lo bastante intensa para quizá dañar a su bebé, o para dañar de forma permanente a Catti-brie.
Seguramente hasta para matarlos a ambos.
Maegera le pasaba el calor a través del anillo, y en ese momento, también Yvonnel notó que comenzaba a sentir más calor.
Sin embargo, no se quitó el anillo, porque ella, a diferencia de Catti-brie, estaba avisada. Luchó contra ello y enfrió el calor del primordial.
—¿Vivirá? —preguntó uno de los enanos a Yvonnel.
—Sí, ¿y qué hay del bebé? —preguntó una enana con una espectacular melena rojiza.
—Seguid con ella —fue todo lo que Yvonnel pudo decirles, porque no sabía la respuesta.
—¡Creo que el retoño aún patalea! —exclamó la sacerdotisa Copetta. Yvonnel le ofreció una sonrisa esperanzada, y puso la mano junto a la de Copetta sobre el vientre de Catti-brie. Y notó una patada, y solo pudo confiar en que no fuera de angustia.
—Tengo que estudiar conjuros de sanación más potentes —dijo Yvonnel a la enana—. No me esperaba nada como esto para hoy.
—Sí, solo, solo un montón de bolas de llamas vivas para enviar por los túneles, ¿no?
—Eh —respondió Yvonnel.
—Nosotros le estaremos dando mucha de la curación —le aseguró Copetta—. Buena idea lo del agua y el frío. Parece que la fiebre ha bajado mucho.
—Ha bajado, pero no ha desaparecido —añadió Yvonnel, mientras colocaba la mano sobre la frente húmeda de Catti-brie.
—Quizá necesitemos sacar al bebé —dijo Copetta.
Yvonnel solo tenía experiencia de ese tipo a través de los recuerdos de la Madre Matrona Yvonnel la Eterna, pero le tranquilizó en parte la aparente seguridad y competencia de esos hábiles enanos.
Miró por la habitación buscando un lugar para descansar, para regenerar su energía mágica y preparar algunos conjuros más potentes.
Antes había pensado en ir en busca de la lucha que Catti-brie y ella habían comenzado, en ayudar a enviar a los demonios lo más lejos posible, pero eso no debía alejarla de Catti-brie en ese momento.
Entró en la antesala y se sorprendió al encontrar a Artemis Entreri y Dahlia, que entraban en la habitación por la otra puerta.
—La sangre —dijo Entreri, corriendo hacia la drow—. Dicen que era de Catti-brie.
Yvonnel asintió.
—Está descansando. —Dio un paso atrás y miró durante un instante al humano y a su compañera semielfa. Ambos estaban maltrechos, cubiertos de restos de demonio y sangre, seguramente propia—. Parece que también os iría bien descansar —añadió.