25. Tormenta de fuego #3
Jarlaxle sacudió la cabeza para salir de su pasmo, susurró algo a su pluma y comenzó a agitarla ante él.
—¿Cree que va a echar a volar? —preguntó Athrogate a Zak.
—¿Un ventilador? —preguntó este, más para sí o para Jarlaxle que para el enano—. Eso es nuevo.
—Ese siempre se saca algún truco —dijo Athrogate, gritando, porque Jarlaxle, por su parte, también estaba creando un fuerte viento, que soplaba desde él y distorsionan las llamas de modos extraños al unirse a la conflagración del túnel del otro lado.
Athrogate y sus compañeros enanos alzaron la gran cesta y corrieron junto al drow; allí lanzaron su carga en la tormenta de viento creada por Jarlaxle. Las virutas de madera volaron hacia delante, dentro del corredor, a las llamas, donde se encendieron inmediatamente y fueron arrastradas.
—No es nuevo —contestó Jarlaxle a la observación de Zak—. Solo nuevo para ti.
Zak simplemente movió la cabeza, porque ya nada de Jarlaxle podía sorprenderle.
En la base del largo corredor, a unos pocos pasos atrás del túnel lateral por el que las criaturas del plano del fuego estaban entrando, equipos de enanos se aplicaban a los fuelles de varios tamaños, y lanzaban sus bocanadas de aire por el túnel principal donde se unían al torbellino creado por Catti-brie e Yvonnel, lo que avivaba las llamas mientras los monstruos de fuego cargaban por el corredor principal, y los alentaba en su camino con poderosos vientos de cola.
Lejos, por el mismo túnel, se acercaban los demonios, grandes y pequeños, pero sobre todo pequeños, la carne de cañón de esta fuerza de ataque, que precedía a los demonios mayores en una carga que ya los había llevado mucho más adentro del complejo de lo que habían estado nunca.
Los demonios de vanguardia, manes, sobre todo, notaban el aumento del calor, pero eso no significaba nada para esas tropas de choque de pensamiento muy limitado.
Sus grupos adelantados giraron la larga esquina mientras las permutaciones vivientes del vómito de la Gran Forja llegaban hasta allá desde la otra dirección.
Más como un torrente de agua fluyendo por la selva que piedra golpeando una barrera sólida, los elementales de fuego pasaron sobre los manes, arrastrándolos consigo, prendiéndoles fuego y convirtiéndolos en antorchas vivientes.
Durante el paso de la ola de fuego, esos demonios menores se deshacían, caían y solo dejaban la piel reseca, que se curvaba y ardía.
Chilidos de protesta llenaron el corredor y fueron disminuyendo a medida que los manes iban cayendo al caliente suelo de piedra en pilas de hueso quemado y cenizas, que salían volando como humo en el viento de la tormenta.
Los elementales comían, crecían, arrasaban y seguían cargando.
Lo sabía.
Maegera comprendía el engaño de Catti-brie. Ella lo oyó en su cabeza, porque cuando había conectado con el ser primordial para hacerlo salir, la brillante criatura casi divina había accedido también a ella.
En ese momento, mientras los lanzadores de conjuros a su alrededor continuaban su ritual del viento, Catti-brie flaqueó, superada por la cacofonía de pensamientos y protestas de la bestia.
Entonces comprendió el auténtico poder de Maegera, brillante y horroroso.
Y la ira. Si su rato en el pozo le había mostrado la fuerza física del primordial, ese nuevo acontecimiento le reveló algo aún más aterrador.
No era ningún oso de circo haciendo su número.
No, Catti-brie se dio cuenta de que era ella el animal que actuaba, comparada con seres como Maegera.
Le llegaban extrañas compulsiones: abrir el horno completamente; cerrar las palancas en la sala del pozo y reducir los elementales de agua; ponerse del lado de Maegera, solo de Maegera, y compartir la belleza de la ardiente destrucción, y por tanto, de la ardiente creación.
Solo por un breve un instante, Catti-brie vio el multiverso a través de los ojos y los deseos de Maegera, y ese mero instante hizo que le temblaran las rodillas y convirtió las palabras de los conjuros que estaba lanzando en puros chapurreos.
A fin de cuentas, solo era una humana, un ser mortal que no podía ni comenzar a comprender la verdad de Maegera.
Al fallar, mostró sus limitaciones, y esas limitaciones le trajeron nuevas sensaciones del primordial.
Estaba decepcionado con ella.
Ya no le servía para nada.
Estaba furioso con ella por convencerlo que sacara sus zarcillos para su propio uso.
En ese momento, Maegera prometió vengarse.
Catti-brie se le había llevado un trozo, y por tanto, el primordial se llevaría un trozo de ella.
Catti-brie había robado los hijos de Maegera, los elementales nacidos, y por tanto Maegera…
Catti-brie fue sintiendo más calor y comenzó a temblar. Sabía que la cara se le estaba poniendo roja… el calor en su interior.
La mujer sintió una punzada en la mente, en el corazón, en el vientre. Oyó una salpicadura por abajo y miró hacia allí, con la cabeza dándole vueltas, y se vio sangre entre los pies.
Curiosamente, nunca perdió de vista esa sangre cuando se desplomó pesadamente sobre el suelo de piedra, mientras todas sus fuerzas la abandonaban, y todas sus esperanzas volaban con ellas.
El remolino de fuego barría los corredores, y en su camino, derretía a los demonios menores y hería a los grandes demonios, y detrás de ese torbellino llegaba un segundo, este con músculos y mithril, con carne mortal y voces cantoras.
Con el viento a la espalda y el rey Bruenor a la cabeza, los sudorosos enanos cargaban por túneles que aún brillaban con el calor residual. Las suelas de sus pesadas botas se les derretían, pero aun así, los enanos seguían corriendo. Luchaban por su hogar, por su gente, por su rey.
Pocos demonios quedaban con vida después del paso de la tormenta de fuego, y con sus pesadas botas, los enanos pisotearon hasta convertir en humo a esos demonios que aún se aferraban al plano material.
Pero mientras se adentraban, los corredores fueron perdiendo temperatura. El número de demonios achicharrados disminuía, y quedaban más enemigos heridos para luchar.
Bruenor, o más exactamente, el hacha de muchas muescas de Bruenor, fue en cabeza voluntariamente, e iba quebrando el cráneo de un glabrezu por aquí, y cortándole el pico a un vrock por allá.
Cuando llegaban a intersecciones o bifurcaciones, la fuerza enana se separaba ordenadamente, y grupos de asalto predeterminados corrían siguiendo sus rutas en corredores que el clan Battlehammer llamaba casa.
Estaban luchando, cada paso, pero iban ascendiendo en el complejo, volando entre demonios medio muertos, asesinados por el vómito del primordial viviente.
—¡Agarraderas! —gritó Bruenor cuando su equipo avanzado llegó al centro de una sala grande y de altos techos, cuyas escaleras de mano o estaban subidas o faltaban del todo.
Equipos de enanos con garfios los lanzaron y engancharon las puntas en el pozo circular de la escalera a unos siete metros de altura.
Bruenor fue el primero en trepar por la cuerda, y fue subiendo mano tras mano. Cuando llegó a la plataforma de la escalera, se sorprendió —aunque en realidad no—, de ver a Jarlaxle y Zaknafein, que ya los miraban desde arriba, y animaban a los enanos a subir.
Más demonios muertos, entre ellos varios demonios mayores, recibieron a Bruenor cuando llegó al corredor del siguiente nivel.
Las paredes y el suelo estaban frescos. Si los elementales del fuego habían llegado tan lejos, poco les había quedado que ofrecer, porque la piel de los demonios caídos no estaba quemada.
Rajada y atravesada, pero no quemada.
—¿Cuánto rato habéis estado aquí? —preguntó el rey enano a Jarlaxle.
—Buen plan —contestó el drow—. La llama viva ha dejado a nuestro enemigo sin su tropa avanzada de demonios menores.
—No has contestado a mi pregunta.
—No mucho rato —contestó Jarlaxle.
—Este lucha como su hijo —explicó Athrogate, que salía de una sala; detrás de él se veía la carcasa grande y deformada de un demonio, que se derretía sobre el suelo.
Bruenor miró por toda la amplia estancia y por el corredor que llevaba a ella; todo el suelo estaba lleno de demonios muertos, y el aire cargado del humo que salía de los cadáveres que se iban desintegrando.
El enorme diatryma de Jarlaxle se paseaba picoteando entre las formas que se iban disipando.
Al fondo, distinguió la silueta de Guenhwyvar, agazapada y mirando más allá, con la espalda encorvada y las patas traseras apretando el suelo.
El enano movió la cabeza y carraspeó.
—¿A la sala del trono? —preguntó Jarlaxle.
—No se me ocurre otro lugar mejor en el que yo pudiera estar —respondió Bruenor.
Siguieron adelante, con Guenhwyvar a la cabeza.
Aplastando algunos demonios supervivientes.
No tardaron en encontrarse con más y más grupos de asalto enanos, que iban llegando desde los corredores laterales, la mayoría mostrando señales de acabar de combatir.
Pero ese gran éxito no había sido fácil. El clan Battlehammer contó con bastantes héroes caídos ese día, y muchos más heridos; pero en ese momento, veía factible su objetivo, y el ejército enano avanzaba animado, y aceptaba sus pérdidas sabiendo que eran por un bien mayor.
Ahí arriba, había menos estancias laterales, menos corredores que ofrecieran rutas alternativas, y el avance fue creciendo hasta convertirse en una carga concentrada y rugiente de enanos que batían sobre sus escudos.
Los enanos batían con las espadas, las hachas, las mazas, los martillos y pateaban el suelo con las botas, muchas con las suelas deformadas por el calor de los corredores inferiores.
Cantaban, batían, vitoreaban, luchaban, morían.
Pero seguían adelante.
Entraron a la sala del trono, directos hacia los brazos de la horda demoniaca.
Pero no dudaron ni flaquearon.
Y mientras el día rompía en la superficie, que ya no quedaba tan lejos, el rey Bruenor Battlehammer se sentó una vez más en el Trono de los Dioses Enanos.
—Envíame tu fuerza, Clanggedin Silverbeard —pidió al dios de la guerra.