Implacable (Generations 3) 25. Tormenta de fuego #2
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25. Tormenta de fuego #2

—¿Fuelles? ¿Estáis seguras? —preguntó Bruenor a Catti-brie mientras los equipos se afanaban, moviéndose con tal precisión y disciplina que subieron el ánimo a todos los defensores.

La fuerza de Gauntlgrym, del clan Battlehammer, de los enanos delzou en general, residía en su dedicación al bien común.

Cada uno aceptaba su papel y seguía con él, con la confianza de que los enanos de cada lado harían lo mismo, harían su trabajo.

—Estamos seguras —respondió Yvonnel. Tocó con el dedo determinados puntos del mapa de Gauntlgrym que estaba abierto ante ellos—.

Pon una docena de enanos en un estanque circular con agua y haz que caminen por el perímetro todos en la misma dirección.

Entonces intenta invertir tus pasos y encontraras que la corriente es avasalladora.

Cierren esas puertas, abran aquellas, como hemos planeado.

Canalizaremos a nuestros enemigos contra vientos calientes, canalizaremos a nuestros aliados inesperados con los vientos a la espalda y el carburante corriendo ante ellos.

—¡Toma! —añadió Catti-brie con una sonrisita maliciosa, que Bruenor conocía muy bien.

—¿Se te ocurrió todo esto a ti sola? —preguntó Bruenor a Yvonnel.

La drow señaló a Catti-brie.

—Lo ha hecho ella, todo.

—¡Toma! —volvió a decir Catti-brie.

—Sí, toma —repitió el rey enano, meneando su peluda cabeza.

Un momento más tarde, después de recibir noticias desde las posiciones preparadas, Catti-brie fue ante la Gran Forja. Sentía el anillo en el dedo, que la conectaba con el plano del fuego. Notó la bocanada de calor, que esta vez agradecía, cuando se abrió la puerta de la fragua.

Catti-brie miró a las llamas de un blanco anaranjado del interior, un zarcillo de Maegera, como uno de los ardientes dedos del primordial señalándola.

Apartó la mirada y asintió a los enanos que se ocupaban de las válvulas principales detrás de la fragua, luego se dejó llevar por el poder del anillo mientras ellos las abrían del todo.

La mujer llamó al primordial, pidiéndole que se presentara.

Catti-brie oyó con claridad la canción del fuego, las voces de los seres sintientes y vivos que se formaban en el interior del calor.

Una gota de llamas saltó de la forja, rugiendo y rodando en el aire.

A un gesto de Catti-brie, y luego un movimiento de Yvonnel, los enanos cerraron la puerta del horno, para cortar la fuente de la ardiente energía.

La bola de llamas fuera de la fragua no se desvaneció, sino que continuó ardiendo, cayó al suelo ante la forja, fue tomando forma, haciéndose bípeda, un ser vivo, como un gigante, un oso envuelto en llamas.

Era un trozo de Maegera, o lo había sido, porque en ese momento era su propia entidad, como si al separar ese zarcillo de la energía del primordial, este hubiera dado a luz, y su progenie ya fuera independiente.

Catti-brie oyó el nombre del nuevo elemental; no podía pronunciarlo, pero sí pensarlo, y eso era todo lo que necesitaba para forzar el control sobre la ardiente bestia. Esperó a la señal desde la puerta abierta, luego envió al monstruo en su viaje de destrucción.

Abrieron la puerta de la fragua, y Maegera lanzó su ardiente poder una vez más, y cortaron otro zarcillo, otro elemental nacido. Esta vez, Yvonnel empleó el lenguaje de la magia para forzar a ese a obedecer, para mostrarle los enemigos que lo esperaban y para enviarlo hacia ellos.

Y así fueron haciendo, una vez cada una de las dos mujeres.

Elementales de fuego; salamandras ardientes; bolas de llamas vivientes, pequeñas pero que rodaban con un fuego de calor blanco con su tremenda proporción de energía.

Todas esas criaturas de fuego, trozos de Maegera, corrieron por los caminos prescritos, los únicos túneles abiertos a ellos, hambrientas, incluso de combustible vivo.

Notó que le costaba respirar, pero sabía que no podía flaquear. Con su conexión con las criaturas del plano del fuego, Catti-brie las estaba enviando con facilidad, una después de otra, entregándoles lo que querían: cosas para consumir, para quemar, para extender sus alas de fuego.

Cuando cerraron la puerta del horno por última vez; cuando Yvonnel había alcanzado su límite y Catti-brie aceptaba también, con una mano alzada, que estaba cansada, la mujer comenzó a lanzar varios conjuros junto a la drow, las sacerdotisas enanas y un trío de magos halfling.

Yvonnel guio el ritual de su siguiente conjuro, y creó un gran viento, combinando sus energías mágicas para centrarse en ráfagas continuas, viento en la espalda de las criaturas de fuego, que aumentaba su fuerza y aceleraba la catástrofe que pretendían causar.

Vientos ululantes silbaban por los corredores, azuzando, alimentando y empujando a las llamas vivientes.

—La palabra temeraria no comienza ni a describir tu carga —riñó Jarlaxle a Zaknafein, que estaba sentado sobre una mesa de piedra mientras un par de clérigos enanos le curaban las heridas.

—Cinco demonios mayores enviados de vuelta al Abismo —contestó Zaknafein—. ¿No crees que el riesgo ha valido la pena?

—Creo que nuestros amigos, y en particular tu nuera, ya ha sufrido una gran pérdida. No quiero sumar otra más.

—¿Crees que me verían de esa manera? —preguntó Zaknafein—. A penas me conocen… me conoce, y no estoy seguro de que le guste lo que ya ha visto.

—Probablemente no —soltó Jarlaxle, burlón—. Pero mejor no arriesgarse.

—No ha habido ningún riesgo —respondió el maestro de armas—. Solo algunos pájaros y un perro de seis patas.

Jarlaxle soltó una carcajada.

La puerta se abrió de golpe y una joven enana asomó la cabeza.

—Está llegando —dijo—. Como una ola.

Jarlaxle asintió con la cabeza; ya había notado el calor con solo abrirse la puerta.

—¿Quieres ser testigo? —preguntó a Zak.

—¿Testigo? Pretendo seguir a las bestias de fuego por el pasillo.

No lo matarán todo —replicó Zak. Apartó a los enanos que lo atendían y saltó de la mesa; se puso la camisa de mithril que Catti-brie le había dado, luego tomó el cinturón de espadas y se lo abrochó—.

Al menos, espero que sea así. ¡Y esta espada tiene más hambre que yo!

—concluyó, mientas desenvainaba Muerte Helada.

Corrieron por un corto pasillo, atravesaron un par de habitaciones, luego bajaron por otro pasaje más largo y llegaron a una puerta angulada donde acababa el corredor, con la pared a la derecha un poco más lejos que la otra.

Esa sección elegida de Gauntlgrym tenía muchas intersecciones en ángulo; los correderos laterales se unían al principal como las ramas bajas de un árbol perenne.

Ahí se detuvieron, porque podían notar el intenso calor del otro lado, y podían ver el brillo parpadeante de las llamas vivas.

La puerta, de pesada madera petrificada y cubierta con bandas de hierro, estaba humeando.

—Ábrela y ponte rápidamente detrás de mí —indicó Jarlaxle, mientras tiraba de la pluma gigante que llevaba en la cinta de su sombrero.

—¿Piensas cocinar un pájaro? —preguntó un sorprendido Zaknafein—. La tormenta de fuego aún no ha pasado de aquí.

—No creerás que esta pluma solo tiene un uso, ¿verdad? —replicó el pícaro—. Confía en mí —añadió Jarlaxle, cuando Zak se lo quedó mirando.

—Las últimas palabras oídas por muchos de tus antiguos amigos —bromeó Zak.

—La puerta, por favor —respondió Jarlaxle.

Zak lo miró un instante más, luego se envolvió la mano con el borde de su pesada piwafwi y fue a tomar con cuidado los pasadores que mantenían cerrado el portal. Los corrió y luego agarró la anilla de la puerta y tiró para abrirla.

O lo intentó, porque el viento que soplaba al otro lado era muy fuerte y las llamas vivientes se había comido todo el oxígeno del aire, así que la puerta se había quedado realmente atascada.

—Bah, pero ¿qué estás haciendo, entonces, calvo creador del caos? —llegó una voz desde detrás, y los dos se volvieron; vieron a Athrogate que se apresuraba hacia ellos, acompañado de unos cuantos enanos más.

—Abre la puerta —le dijo Jarlaxle.

—No es una gran idea —replicó el enano moreno.

—Confía en mí —dijo Jarlaxle, y Athrogate resopló burlón.

—Te has creado toda una reputación —repuso Zak.

—Los fuelles, los fuegos, las ascuas volando —canturreó Athrogate—. Abre la puerta y seguro que te acabas asando.

—Solo… —Jarlaxle suspiró y se cubrió la cara con las manos.

Athrogate lanzó una gran carcajada por su pareado, luego pasó ante el mercenario.

—Atrás —le dijo a Zak, y agarró la argolla de la puerta con una mano cubierta por un pesado guante.

—Entonces, ¿confías en él? —preguntó Zak al enano.

—Si se enciende como una vela, él se lo habrá buscado —respondió el enano.

Zaknafein corrió hacia atrás para unirse a los otros enanos, y se fijó en que uno arrastraba una gran cesta llena de virutas de madera.

Athrogate miró a Jarlaxle y asintió, luego tiró de la anilla.

La puerta no se movió.

El enano se la miró, confuso.

—El aire del otro lado —comenzó a explicarle Jarlaxle, pero entonces prefirió negar con la cabeza y llamó al enano para que volviera. ¡Catti-brie e Yvonnel debían de haber cocinado una tormenta tremenda, si Athrogate con su cinturón de fuerza gigantesca no podía abrir la puerta!

El enano agarró la anilla de la puerta con ambas manos y tiró con muchísima fuerza, pero la puerta no se movió. La soltó y le dio una fuerte patada, mascullando.

—Pues vámonos. Conozco otro camino.

Pasó apresurado por delante de Jarlaxle, que se estaba sacando el sombrero y sacudiendo la cabeza.

Cuando Athrogate estuvo a salvo detrás de él, Jarlaxle sacó su agujero portátil del sombreo y lo envió rodando y ensanchándose contra el portal.

Este se pegó plano sobre la puerta e inmediatamente creó un gran agujero en ella, por donde se veía la vorágine del otro lado.

La luz naranja de las llamas brillaba en el túnel. Al otro lado de la puerta, la tormenta de viento y fuego rugía, mientras se desplazaba de izquierda a derecha ante los asombrados espectadores. Pudieron distinguir elementales individuales, salamandras de llamas y olas de ascuas ardientes.