25. Tormenta de fuego
T ORMENTA DE FUEGO
Más tarde ese día, de camino a hablar con Catti-brie, Yvonnel se cruzó casualmente con Penelope Harpell y Donnola Topolino.
—Menudo riesgo que ha corrido, con un retoño en el vientre —comentó Donnola después de saludarla—. Entonces, ¿vas ahora a verla?
—Me gustaría que hubiera hablado conmigo antes de meterse en ese agujero infernal —añadió Penelope.
Sus inquietudes y que dirigieran esos miedos a Yvonnel, no se le pasó por alto a la drow.
—Me consultó y le rogué que no fuera —repuso Yvonnel—. Incluso me ofrecí a ir en su lugar. Es muy decidida.
—Obstinada —corrigió Penelope
—Tozuda como cualquier enano que haya conocido —aportó Donnola—. Y como quizá sepáis, he conocido a unos cuantos.
—La saqué de allí en cuanto necesitó que la extrajeran —les aseguró Yvonnel.
—Está un poco… caliente, por la experiencia, hemos oído —dijo Donnola—. ¿Crees que valió la pena?
Yvonnel pensó en eso mientras se acercaban a la puerta de Catti-brie.
—Sí, lo creo —decidió—. Teníamos que saber y averiguamos mucho. Hay más personas que corren peligro que Catti-brie y su bebé. Si Maegara encuentra la manera de liberarse, no quedará mucho de Gauntlgrym ni de nadie de los que estamos aquí.
—¿Y crees que el que Catti-brie haya bajado a ese abismo podía ayudar a prevenirlo? —preguntó Penelope.
Yvonnel calló un momento, y luego asintió.
—Ganó conocimiento. Tiene una idea, o eso dice. Por esto estoy aquí. —Miró a una mujer y luego a la otra—. ¿Y vosotras?
—Solo vamos a ver cómo está —contestó Donnola, mientras se acercaba a la puerta.
—Pero hemos oído que podía estar formulando algún truco —admitió Penelope, y ella e Yvonnel se unieron a Donnola, que se había parado.
Antes de que Yvonnel pudiera preguntar sobre eso, lo entendió, porque allí, cerca, podían oír los sollozos que llegaba desde dentro de la habitación.
—Todas las noches —explicó Penelope en voz baja—. Quizá deberíamos irnos. —Y se dio la vuelta.
No —dijo Donnola, sorprendiéndola—. Está intentando ser fuerte para todos y se lo está tragando todo. —La halfling negó con la cabeza, resuelta—. No voy a dejar que eso pase.
Donnola empujó la puerta, y después de un rápido intercambio de miradas, Penelope e Yvonnel la siguieron adentro.
Catti-brie estaba llorando, sin duda, pero en cuanto notó a las intrusas, se secó las lágrimas. Donnola fue hacia ella con los brazos abiertos, pero Catti-brie alzó una mano.
—No —consiguió decir.
—Pero, amiga…
Catti-brie negó con la cabeza, y apretó los dientes para contener los sollozos.
—Sí, si te toco, te vas a deshacer, lo sé —dijo Donnola—. Pero no soporto verte…
Se detuvo cuando Penelope pasó rápidamente junto a ella, le movió a un lado la mano a Catti-brie y la envolvió en un enorme abrazo. Inmediatamente, como Donnola había predicho, Catti-brie se deshizo en grandes sollozos, con los hombros temblorosos y lágrimas que le caían por las mejillas.
Donnola se unió al abrazo, e incluso Yvonnel, muy insegura de su lugar ahí, se acercó y le puso una mano sobre el hombro a Catti-brie.
—Serás fuerte —le susurró Penelope—. Eres fuerte. Pero ahora sácalo todo. Te han tocado malas cartas, querida. No hay nada justo en ello.
Muy pocas veces en sus pocos años, Yvonnel se había sentido más incómoda o fuera de lugar.
Quería formar parte de eso; sentía toda la compasión que Donnola y Penelope le mostraban a Catti-brie, y sin duda sentía en su propia piel todo el dolor que manaba de la mujer.
Esta había perdido a su amado, y sin duda, parte del motivo por el que a Yvonnel había llegado a importarle tanto esa mujer era porque ella también había sentido el amor entre Drizzt y Catti-brie.
Tiempo atrás, Yvonnel había encontrado a Drizzt muy atractivo e interesante, e incluso se había imaginado que podría convertirse en su compañera en algún momento, pero después de ver a Drizzt con Catti-brie, supo que sus deseos tendían que esperar.
Había algo tan tangible entre ellos, tan entretejido y hermoso, que en un movimiento muy atípico para una drow, Yvonnel ni siquiera había tratado de interrumpirlo y, en cambio, lo había celebrado.
¡La emoción entre ellos era tan desconocida para ella! Pero no totalmente, lo sabía, aunque tuvo que buscar lejos, muy lejos en los recuerdos de su tocaya para entenderla mejor.
Lo mismo ocurrió con ese encuentro. El abrazo compartido.
¿Qué drow haría eso?
Ninguno, y Yvonnel lo sabía. Tampoco ninguno lloraría por un amante perdido, sino que cambiaría las lágrimas por sonrisas de desprecio y gruñidos de venganza.
Y eso, como Yvonnel comprendió en ese momento, era la debilidad.
No la de esa gente, sino la de los drow.
Catti-brie no tardó en calmarse, y Donnola y luego Penelope se apartaron de ella. Yvonnel apartó la mano del hombro de la mujer, pero Catti-brie se la tomó con la suya. Y mientras la miraba a los ojos, le ofreció un pequeño asentimiento de gratitud.
Una vez recompuesta, Catti-brie respiró hondo para calmarse.
—Estamos aquí para lo que sea que necesites —le dijo Penelope.
—Estoy siendo tonta —dijo Catti-brie, y les sonó ridículo a todas, incluso a sí misma—. ¿Cómo está Regis? —preguntó rápidamente a Donnola.
—Más furioso de lo que nunca creía que pudiera estar —contestó esta—. Dice que lo sabe, después de su propio viaje a la otra vida, y eso lo está manteniendo.
Catti-brie asintió y consiguió sonreír, pero Yvonnel pensó que no parecía nada convencida.
—Estoy llorando por mi perdida, no por Drizzt —explicó Catti-brie—. Si… —Calló un instante—. Sé que existe la justicia divina, y nadie merecía más el cielo que mi amado.
La conversación siguió desde ahí, y a pesar de la urgencia de su misión contra Maegera, fuera lo que fuera que Catti-brie había ideado, Yvonnel no las interrumpió.
Solo se quedó escuchando la charla, los recuerdos compartidos de Drizzt, las esperanzas compartidas para el bebé, con Donnola y Penelope prometiendo que estarían allí en todo momento para ayudarla.
Sí, Yvonnel esperó y escuchó, y la paciencia no tenía nada que ver ahí. No quería que eso acabara. Ese sencillo momento de dolor compartido, amor compartido y esperanza compartida, de repente, le parecía lo más importante.
Y por fin comprendió total y completamente que era eso por lo que estaban luchando. Era por conservar eso por lo que Drizzt se había sacrificado.
Y la drow decidió que valía la pena.
—No podéis estar pensando que esto funcionará —dijo Bruenor, con los brazos en jarras, mientras Yvonnel y Catti-brie repasaban sus planes finales, y revelaban su idea desesperada. El rey enano negó con la cabeza. Llevaban días de preparaciones, pero Bruenor aún parecía no creer en el plan.
—Pues lo hacemos —repuso Yvonnel—. Los drow son formidables incluso sin la presión de aquí. No podemos simplemente acuclillarnos y mantener la posición.
—¿Mantener la posición? —preguntó Bruenor—. Hemos estado retrocediendo, como pediste.
—Nosotros los haremos retroceder —le aseguró Catti-brie.
—Sí, nosotros —la interrumpió Athrogate y levantó el puño.
El enano, furioso, deseando vengar a su perdida y querida Ambargrís, nunca había dejado de protestar por ese plan—.
¡Nosotros! Enanos y halflings. —Miró a Regis y Donnola—.
E incluso algunos apestosos elfos drow. ¿Qué te está haciendo pensar que necesitamos… ?
—Si te estás callado, podrás oír el aullido de demonios cabeza de perro —le cortó Yvonnel—.
Están cerca. Demasiado cerca. Incluso aparte de la lucha, todo Menzoberranzan se ha alzado ahora, y si esas fuerzas drow se unen, estarán lo suficientemente cerca para que las matronas nos ataquen con su magia.
Athrogate encorvó los hombros.
—Vamos a hacerlos retroceder, hasta el final —le aseguró Catti-brie, se lo aseguró a todos—. Pero antes necesitamos hacer esto para que el plan funcione.
—Quiero la caverna de entrada —dijo Bruenor con la misma convicción que su hija—. Veamos cómo luchan contra esto cuando sepamos que vienen.
—Entonces, ¿estamos de acuerdo?
Bruenor miró a Donnola y Regis, y luego a sus reinas, Puño y Furia. Todos asintieron.
—De todas formas, no tienen elección —dijo Catti-brie, lo que hizo fruncir el ceño a su padre—.
Habéis sentido el temblor, ¿no? El suelo ha estado sacudiéndose bajo vuestros pies porque la bestia se está impacientando y la magia se está desvaneciendo rápidamente, y los elementales de agua disminuyen y ansían volver a su hogar.
Tenemos que hacerlo o dentro de nada estaremos todos metidos en un volcán.
—¿Esto lo parará? —preguntó Bruenor.
Catti-brie miró a Yvonnel, y ambas solo pudieron encogerse de hombros.
—Es la mejor idea que tenemos —respondió Catti-brie—. Tanto contra nuestros enemigos como para aplacar la urgencia del primordial.
—Entonces, tendrá que funcionar —declaró Bruenor, como si ser rey significara que podía proclamar algo así y que se cumpliera.
Se apartó del grupo y comenzó a lanzar órdenes a sus mandos, incluidas sus curtidas reinas.
Las órdenes se extendieron rápidamente: hacer las preparaciones finales en los túneles designados, y cerrar aquellos que no se iban a usar.
Los herreros fueron a sus puestos en la sala de la forja, y se pusieron los pesados guantes para operar las grandes válvulas que controlaban las fraguas, sobre todo la propia Gran Forja.
Otros herreros e ingenieros recogieron los numerosos fuelles que no se necesitarían en las forjas, y los llevaron rápidamente a sus localizaciones determinadas.
Un tercer grupo, todos guerreros, incluidos los Revientabuches, corrieron a las cocinas para recoger más cestos cargados de virutas de madera, y luego fueron a reunirse con los enanos que cargaban con los fuelles.