24. Ecos de recuerdo #2
«Sus muertes normalmente vienen de frente.»
De nuevo la voz de Drizzt.
Los pensamientos de Afafrenfere rodaban.
Entonces encontró una imagen de Parbid, tan clara y cercana que sintió como si pudiera extender la mano y tocarlo una vez más.
Imágenes de su propia vida pasaron rápidamente ante él, sus amores, sus miedos, su padre negándolo y echándolo de su casa, la última expresión en el rostro de su madre.
Pero se entremezclaron otras imágenes, como si sus propios recuerdos se mezclaran con los de otro.
Con los de Drizzt, claro.
Fue solo el ruido de los enanos riendo lo que le devolvió al presente y a lo físico. Abrió los ojos y se dio cuenta de su dolor.
Los enanos lo rodeaban, cuatro en ese momento, y se mostraban los uno a los otros las heridas que habían sufrido en la pelea.
—Lo mató —rugió una mujer—. Mi marido está muerto, y voy a devolver el favor a ese.
Vio que la enana se acercaba, pica en mano.
Aunque ya tenía sentido. Afafrenfere lo comprendió. Drizzt había transcendido aquí, y partes de los recuerdos del drow permanecían, los ecos de un fantasma. Afafrenfere estaba casi muerto, casi había caído al reino inferior, y por eso había oído esos recuerdos, los había sentido en su piel.
Y sobre todo, había sentido la alegría de Drizzt.
¡Oh, cómo le gustaría ir a decírselo a Catti-brie y a los otros! Drizzt se había ido, pero la recuperadora no lo había matado ni se lo había llevado, ¡no! Había escapado por medio de la transcendencia. Había dado el paso de alejarse de esta vida voluntariamente.
Para engañar a la recuperadora y salvarlos.
Los demonios no lo tenían. Se hallaba para siempre más allá de ellos, y en un lugar de belleza, paz y unicidad.
Un lugar al que Afafrenfere esperaba ir pronto.
Se sintió en paz con eso. Los amigos de Drizzt no deberían llorar por él, no, porque en ese momento se hallaba en armonía con el universo, en un lugar de la más pura felicidad.
Afafrenfere deseaba desesperadamente explicárselo, pero sabía que no saldría de ese lugar.
Estaba quebrado, e incluso si esa enana que se acercaba no lo ensartaba, ya estaba mortalmente herido.
La enana se inclinó sobre él, y lo miró con ojos cargados de odio, mientras alzaba la pica para hundírsela en el pecho.
El hermano Afafrenfere le sonrió, lo que la hizo parar.
Él sabía que había llegado el momento.
El Gran Maestro Kane tuvo razón. Y él ya estaba listo.
El monje notó que su cuerpo físico se deshacía, estallaba en trocitos de luz, en recuerdos dispersos, las páginas arrancadas y llevadas por el viento del libro que había sido el hermano Afafrenfere.
Mantuvo su presencia física lo justo para ver la expresión de sorpresa en el rosto de la enana. Quería decirle que la perdonaba, pero no tenía voz con la que hablar.
La expresión de la enana cambió de la curiosidad al miedo y luego a pura furia. Alzó la pica de repente y la clavó hacia abajo.
Pero no dio al hermano Afafrenfere, porque este ya se había ido. No le dio a nada, o quizá solo consiguió hacer un agujero en las ropas vacías del monje.
—Ese ha cambiado de opinión muy rápido —dijo Bonnie Charlee a Wulfgar, poco después de su encuentro con Brevindon—. Pensé que un señor de Aguas Profundas tendía un poco más de ánimo que él.
Wulfgar suspiró.
—Kimmuriel —explicó—. No subestimes el poder, ni el peligro, de ese. Estoy seguro de que ha hecho entender perfectamente a Brevindon Margaster lo que le ocurriría si no colaboraba.
—¡Bah! —bufó Bonnie Charlee burlona, y en ese momento sonó tanto como Bruenor que Wulfgar casi se echó a reír.
—Hazme caso en esto —le dijo a ella—. Kimmuriel es la criatura más peligrosa que te hayas encontrado jamás. Jamás.
Su tono no dejó lugar a dudas, y le borró la sonrisita de la cara a Bonnie Charlee.
—Si alguna vez lo olvidas, no habrá nada que yo pueda hacer para salvarte —añadió Wulfgar.
—Malditos elfos drow —repuso ella—. ¿Y por qué estás haciéndote amigo suyo?
—De uno de ellos —le corrigió Wulfgar—. Quizá algún día tenga la oportunidad de contártelo todo sobre Drizzt Do’Urden. Quizá te lo presente, y entonces lo entenderás.
Ella no parecía convencida.
—O quizá hay dos drow a los que podría llamar amigos —continuó Wulfgar—. Jarlaxle…
Calló cuando Kimmuriel volvió a entrar en la sala. Se fijó en que Bonnie Charlee se apartaba un paso del drow que se acercaba. Sí, había oído su advertencia.
—Vosotros dos haréis lo que os diga Beniago —les dijo a el psiónico—. Me voy al sur.
—¿Gauntlgrym? —preguntó Wulfgar, con interés.
—Quizá finalmente, pero no.
—Llévame.
—Posiblemente te estaría llevando a tu muerte, tonto.
—Acabas de hacerme luchar contra un demonio. Es un riesgo que estoy dispuesto a correr. Llévame, Kimmuriel, te lo ruego. ¿Acaso no me he ganado al menos eso de ti?
Kimmuriel fue a responder, pero se detuvo y miró a Wulfgar durante un momento.
—¿Estás tan desesperado por encontrar a tus amigos que arriesgarías tu…?
—¡Sí! —le interrumpió Wulfgar—. Claro.
Kimmuriel se lo pensó de nuevo.
—Muy bien. Podrías resultarme de valor. —Se volvió hacia Bonnie Charlee—. Haz lo que Beniago te ordene.
—No. Si él va, yo voy —aseguró la mujer.
—No, no vienes —replicó Kimmuriel sencillamente.
Ella comenzó a protestar, pero miró a Wulfgar, que negó con la cabeza.
—Haz lo que diga Beniago —le dijo Wulfgar—. Por favor. Volveré a por ti. Tienes mi palabra.
—Nunca he sido tan estúpida como para ir confiando en la palabra de un hombre —replico la mujer, claramente abatida.
—Entonces tendrás una agradable sorpresa —le aseguró Wulfgar. Se acercó a ella, la besó en la frente y le susurró al oído—. Vendré a buscarte. Mantente a salvo y haz lo que Beniago…
—Sí, ya te he oído —gruñó ella.