Implacable (Generations 3) 24. Ecos de recuerdo
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24. Ecos de recuerdo

E COS DE RECUERDO

Afafrenfere lanzó la mano derecha como si fuera una víbora atacando, y alzó el hacha por el mango justo bajo la cabeza, a solo un dedo de su rostro, y tan fuerte fue su sujeción que paró el golpe completamente.

Para arriba fue el pie derecho de Afafrenfere, alto y hacia la izquierda, luego lo giró hacia la derecha por encima del brazo agarrado del enano y para abajo.

El obstinado enano era lo suficientemente fuerte para evitar que el monje le arrancara el hacha de las manos, pero debería haberla soltado, porque mientras caía hacia delante y hacia abajo, presionado por la pierna del monje, los brazos se le doblaron de una forma extraña, al mismo tiempo que Afafrenfere golpeó con la derecha el hacha para enviar su puntiaguda parte trasera contra la frente del enano.

Este lanzó un aullido de dolor y cayó hacia atrás, y el hacha quedó en manos del monje.

Al notar que la presión se cerraba sobre él, el monje dio la vuelta al arma por encima del hombro, la hizo rodar en el aire, y se volvió rápidamente para ver como rozaba a un segundo atacante en el hombro, sin hacerle ningún daño real porque el enano giró hacia la izquierda para desviarla de un golpe.

Pero fue suficiente, porque el enano atacante nunca llegó a acabar su giro, y al acercase, el pie de Afafrenfere le dio en plana cara y le echó la cabeza hacia atrás. Se fue tambaleando y el monje le atacó furiosamente, golpeándole en la cabeza y enviándolo lejos.

Afafrenfere se volvió de nuevo en el último momento, y atrapó en pleno vuelo una pica que le habían lanzado; le dio la vuelta, invirtiendo su agarre y se la lanzó de vuelta al enano que se la había tirado.

Ese enano también cayó, agarrando la pica, que se le había clavado en el hombro.

El monje notó un puñetazo en el costado y se giró, pero no había nadie.

Entonces se dio cuenta de que no había sido un puñetazo, sino un dardo de ballesta, porque vio a otro enano y a una quinta enana junto a este; el que le había disparado estaba recargando la ballesta y la otra le apuntaba con la suya.

Afafrenfere se preparó, y notó en el costado el tirón del dardo profundamente clavado.

La enana disparó.

Afafrenfere sacó la mano hacia arriba y adelante, y desvió el dardo hacia arriba, pero el movimiento le hizo esbozar una mueca de dolor cuando el dardo clavado le rasgó por dentro.

Instintivamente, fue a agarrarlo, pero tuvo que alzar el brazo izquierdo para defenderse, porque el enano al que había arañado con el hacha ya cargaba contra él, blandiendo un martillo de guerra.

El monje aguantó el golpe, y el brazo se le entumeció bajo el peso del martillo, pero devolvió un fuerte golpe con la palma abierta sobre el rosto del enano.

Sin embargo, ya había dos ballestas apuntándole.

Comenzó a colocarse, y entonces se arqueó de repente cuando una pica le entró con fuerza por la espalda.

La enana se la clavó con todas sus fuerzas.

Afafrenfere miró hacia abajo y vio la punta de la pica saliéndole por el abdomen. Notó el sabor de la sangre en la boca. Alzó la mirada a tiempo de ver dos dardos volando hacia su pecho.

Los brazos no le respondían. No podía atrapar esos dardos, o desviarlos, o bloquearlos.

Solo fue vagamente consciente de que le arrancaban la pica de la espalda, solo de un modo distante reconoció que estaba mirando al cielo, tumbado sobre la espalda, luchando por respirar.

Sabía que tenía que levantarse inmediatamente.

Pero…

Brevindon Margaster había pasado muchas noches licenciosas en Aguas Profundas, rodeado de demasiadas mujeres y aún más bebida.

Al ir haciéndose mayor, siempre negaba con la cabeza después de despertar de un estado casi de inconsciencia a la mañana siguiente; ponía el rostro entre las manos, que notaba como si fuera demasiado grande para su cuerpo, y se juraba que nunca más consumiría tal cantidad de alcohol.

En ese momento, se sentía así, pero en una escala inimaginable: como si se hubiera tragado el contendido de todas las botellas de una fiesta enloquecida, luego le hubieran pateado repetidamente en la cabeza y finalmente, le hubiera estado metiendo dedos en los ojos sin parar.

—Mata a ese estúpido y acabemos de una vez —oyó que decía la voz de una mujer.

Brevindon abrió los ojos, aunque no lo consiguió a la primera, y miró hacia la sala, que le resultaba totalmente desconocida.

Se sintió como envuelto de un algo mohoso, con polvo antiguo.

¿Dónde se encontraba? No podía entender nada, excepto que sí reconocía a tres de las cinco personas que se hallaban en la habitación con él.

La mujer, el hombre enorme, el pequeño drow varón…

todos ellos habían estado en el barco durante la pelea cerca del puerto.

El martillo de guerra que portaba el gigante había roto el mástil de un golpe increíble.

—Wulfgar, hijo de Beornegar —masculló Brevindon, porque ¿quién si no podía ser?

—Ves, te conoce, y seguro que estará por buscar un modo de devolverte el favor —dijo la mujer—. Mátalo y ya está.

—Si dices otra palabra, alguien en esa sala sí que podría morir —replicó el drow—, pero no será él.

Brevindon notó unas manos sobre el hombro y al volver la cabeza, vio a una mujer drow, con los ojos cerrados, lanzando un conjuro. Se tensó y se preguntó si ese sería su fin, pero luego se relajó mientras olas de magia curativa los cubrían.

—Siéntate —ordenó el hombrecillo drow y cuando Brevindon no respondió al instante, la mujer a su lado lo agarró por el hombro y lo incorporó.

—¿Sabes lo que te ha ocurrido? —preguntó el drow, mientras se le acercaba mucho—. El collar con la filacteria…

—Asbeel —repuso Brevindon, y el nombre lo sorprendió, igual que lo hizo el hecho de sentirse libre de repente; libre como no se había sentido en muchas semanas.

—Asbeel está destruido —explicó el drow—. Ya no volverá a molestarte.

—Pero nosotros sí —dijo otro drow, un hombre más alto, y Brevindon parpadeó y, por un momento, pensó que quizá sí que había consumido demasiado alcohol cuando el hombre se transformó ante sus ojos, y se convirtió en un humano alto, estilizado y pelirrojo.

—Soy el gran capitán Kurth —se presentó.

—O lo era antes de que decidieras atacar nuestra ciudad —puntualizó el otro drow.

Brevindon pasó un momento tratando de digerir todo eso.

—¿Por qué estoy vivo? —susurró después, preguntándoselo tanto a sí mismo como a los otros.

—Porque nos vas a ayudar a limpiar Luskan de tus sucios gnolls y los otros mercenarios que trajiste aquí —contestó el drow que respondía al nombre de Kurth—. Nos vas a ayudar a restaurar el orden en la ciudad de un modo adecuado.

—Los gnolls —repitió Brevindon. Negó con la cabeza, pero no por lo que decían, sino negando todo lo que había pasado ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Tan vil? Se había aliado con gnolls, ¡con un demonio!, como habían hecho otros nobles de su casa.

Su casa… la Casa Margaster, tan gloriosa en un tiempo…

¿Qué había sido de ella?

¿Qué habían hecho?

—Fuiste coaccionado por un demonio —dijo el drow más bajo, y Brevindon se preguntó por un momento, maravillado, si habría dicho esos terribles pensamientos en voz alta.

Entonces recordó más y supo que eso no había sido necesario… no para ese.

—¿Kimmuriel? —susurró para sí. Lo pensó como un nombre, el nombre de un drow, ese drow, que había estado en sus pensamientos mientras Asbeel le atacaba en su propia alma.

—El demonio ha sido purgado —dijo Kimmuriel sin inflexión—. Asbeel no volverá a molestarte.

—¿Solo para que lo remplaces tú en mi cabeza? —protestó Brevindon.

El drow soltó una risita.

—Solo si quiero. Pero eso no será así en el trato que acabamos de ofrecerte.

—¿Qué trato?

—Haz lo que te pedimos, y permanecerás en alguna posición de poder en esta ciudad —le dijo el gran capitán Kurth—. Encontrarás que es una oferta muy lucrativa.

—Y que permitirá a Brevindon Margaster recuperar un poco de su reputación, si toma sabias decisiones —dijo el hombretón que él sabía que se llamaba Wulfgar.

—Deberíamos haberlo matado —añadió la mujer.

—¿Así que debo elegir? —preguntó Brevindon de nuevo, solo para clarificar toda esa sorprendente información en su cabeza.

—Ya has elegido —le contestó Kimmuriel—. Y ahora harás lo que se te ha dicho.

—Porque si no, me mataréis.

Otra risita de Kimmuriel.

—Te falla la imaginación si crees eso.

Brevindon Margaster notó que una oleada de desagradables pensamientos se le filtraba por la cabeza, y convertían esa misma observación y la respuesta refleja en una imagen de terror absoluto.

Cerró los ojos, se los golpeó con los puños.

Gritó tan fuerte como pudo, intentando negar las sugerencias, las imágenes, las emociones.

Finalmente, los pensamientos desaparecieron, pero solo porque así lo quiso Kimmuriel, sin tener nada que ver con las negaciones de Brevindon o su respuesta mental, y el drow lo dejó entendiendo completamente que tendría que rogarle la muerte durante mucho rato antes de que le drow llegara a ofrecerle esa clemencia.

—Tú no entiendes lo que es ser un elfo, ¿verdad?

El hermano Afafrenfere oyó la voz de la mujer, pero no era la voz de una enana, era más melodiosa… distante.

Notó que su sangre palpitaba.

«No, no me gustaría vivir en un mundo sin dragones.»

Esta vez era una voz masculina, élfica… no, drow. Una voz que reconocía.

¡Drizzt!

«¿Estás más atrapado por el modo en que el mundo te ve, o por el modo en que ves al mundo viéndote?»

La locura… una mujer… una imagen de Catti-brie, pero diferente, más joven quizá, con el pelo recogido de una manera que Afafrenfere nunca le había visto. Pero esos ojos azul oscuro. Sí, era Catti-brie.

De repente, Afafrenfere vio a una niña, elfo, bajo el cadáver destrozado de una elfa; ¿sería la primera voz que había oído? Sangre, sangre por todas partes.

¿Su sangre?

La volvió a ver, pero ya no era una niña, y oh, ¡cómo la reconoció! Era la misma niña ensangrentada, lo sabía.

Lo sabía.

Pero ¿quién era? ¿Cómo era que la conocía?

Una profunda tristeza lo sobrecogió. Las palabras le llegaban como emociones, como imágenes, como experiencias.