23. Esa persistente molestia #5
Braelin casi estuvo de acuerdo, pero mientras lo pensaba, se dio cuenta de que no era evidente en absoluto.
La conquista de Luskan por parte de Jarlaxle y la posición de rey Bruenor en Gauntlgrym se habían logrado sin el descontento de la Casa Baenre, y lo cierto era que la Madre Matrona salía ganando con esa situación.
Por tanto, Braelin no tenía ni idea de lo que estaba pasando ahí, o por qué los túneles estaban llenos de fuerzas que debían de haberse quedado en Menzoberranzan. Eso lo inquietaba.
Braelin era discípulo de Jarlaxle. No le gustaba no tener ni idea.
Kimmuriel invocó todo lo que había averiguado en la mente colectiva en ese crítico primer momento, mientras corría detrás de un camastro para ocultarse y no dejar que Asbeel o Brevindon lo vieran lo suficiente para reconocerlo.
Se centró en particular en los pensamientos más profundos de Ouwoonivisc el Infectado.
Sí, había comprendido a ese azotamentes y su caída, porque lo habían atraído con el mismo sistema de mentiras y de pequeños pecados a cambio de beneficios personales, que era como una escalera descendente hacia un agujero del que no había regreso ni redención.
En ese momento empleó ese conocimiento; como drow criado en Menzoberranzan, estaba bien preparado para esa tarea.
Pero ese era un demonio, una encarnación de la maldad. Asbeel no sentiría ningún remordimiento, no tendría ninguna duda, y por eso Kimmuriel supo que tenía que ser casi perfecto.
Fue telepáticamente hacia Wulfgar, quien ya corría a enfrentarse con la criatura demoniaca.
— ¡Déjame entrar! —rogó al hombre.
Si en ese instante, Wulfgar hubiera dudado, habría estado en una situación desesperada, pero en ese momento crítico, confió en Kimmuriel.
Inmediatamente, Kimmuriel sintió sus planes, sus movimientos, y en ese momento también fue hacia el demonio que poseía el cuerpo de Brevindon Margaster, y lo hizo con la identidad de Ouwoonivisc.
Wulfgar no había fallado su golpe en el bote; no, Asbeel lo había esquivado porque el ilícido infectado había actuado igual que Kimmuriel estaba actuando en ese momento: le informaba con antelación de los movimientos del oponente de Asbeel para que el monstruo pudiera moverse con una anticipación perfecta.
Y eso hizo Kimmuriel, ofreciéndole a Asbeel una ventaja. Notó el placer de la bestia.
— Se te ha echado de menos —sintió como respuesta; la confirmación de que había tenido razón respecto a todo esto.
Kimmuriel proyectó una serie de movimientos falsos de Wulfgar, pero lo bastante agresivos para mantener a Asbeel a la defensiva y así no ofrecerle la oportunidad de atravesarle el cráneo a Wulfgar con esa enorme espada ondulada.
Wulfgar falló el siguiente golpe mientras el demonio retrocedía y entraba más en la sala.
—¡La puerta! —gritó Wulfgar a Bonnie Charlee. Cargó contra Asbeel, y obligó a la bestia a alejarse más de la entrada, mientras la mujer corría por detrás de él para cerrar la puerta.
El bárbaro siguió presionando, y la momentánea confusión que Asbeel indicó al ser que pensaba que era Ouwoonivisc, fue respondida por el propio demonio, que felicitó en silencio al humano por cambiar su táctica para evitar que entraran refuerzos.
— ¿Quién es este drow ? —preguntó Asbeel.
— Un testigo de los poderes de Menzoberranzan para juzgar la batalla de Luskan —respondió Kimmuriel, pensando a toda prisa.
Pero el demonio no le creyó.
El demonio lo había visto con demasiada claridad.
El demonio lo recordaba del bote.
El demonio, sin duda por medio de la vil ayuda del traidor Ouwoonivisc, sabía de la barrera cinética que Kimmuriel había ofrecido a Wulfgar en su enfrentamiento previo.
Kimmuriel había planeado provocar a Asbeel con medias verdades sobre los movimientos que iba a realizar Wulfgar, hasta conseguir ganar su confianza, para luego volar esa tapadera y forzar al demonio a girar hacia la izquierda cuando debería haber girado a la derecha.
Pero en ese momento sintió un muro de negación, que cortó su influencia sobre el cuerpo del esclavo de Asbeel, y este no era un enemigo menor.
Wulfgar y el demonio se enfrentaban en un campo de batalla sin ventajas para ninguno.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, Kimmuriel dudó.
—¡Quédate atrás! —ordenó Wulfgar a Bonnie Charlee. Admiraba su valor, pero su cuchillito no iba a hacer gran cosa contra ese demonio con esa enorme espada.
La mujer retrocedió del lado de Wulfgar, y justo a tiempo, porque Asbeel cruzó la habitación de un salto, empleando las alas para elevarse y cubrir la distancia con facilidad.
Wulfgar corrió hacia un lado para interceptarlo; Aegis-fang y la espada del demonio resonaron con fuerza al chocar. Con un ligero giro de muñeca, Asbeel encachó la hoja bajo la cabeza del martillo, y la poderosa criatura dio un súbito tirón para intentar desarmar al hombre.
Wulfgar tiró para el otro lado, y su gran fuerza fue más que suficiente para igualar la de su adversario. Pero se maldijo en silencio, aunque había ganado ese tira y afloja, porque pensó que podría haber usado esa oportunidad para parecer desarmado, el truco que tantas veces le había funcionado.
Dejó escapar esa idea, se concentró en el momento y tiró de nuevo violentamente para desenganchar Aegis-fang, y luego inmediatamente lanzó una serie de golpes cortos con el martillo, de aquí para allá ante él mientras avanzaba.
Asbeel se apartó del primero, paró el segundo (y casi perdió la espada) y sorprendentemente, avanzó con el tercero, aceptando el golpe brutal en el costado para acercarse al hombre.
Wulfgar era más rápido de lo que muchos suponían para un hombre de su tamaño, y eso lo salvó en ese momento, porque soltó la mano izquierda de Aegis-fang y alzó el brazo hacia delante para empujar el brazo alzado de Asbeel y evitar que el demonio pudiera golpearle con la espada.
Se enzarzaron y lucharon, Asbeel tratando de morder a Wulfgar, y este sacudiendo al demonio de un lado al otro como un lobo rompiendo la columna a un conejo.
Notó que los afilados dientes del demonio se le hundían en la mejilla y aulló; tiró la cabeza hacia atrás, rasgándose la piel, y luego rápidamente hacia delante con la frente, para golpear a Asbeel en el rostro con una fuerza tremenda.
El demonio se tambaleó hacia atrás, alzó la espada con ambas manos y comenzó a bajarla directamente, pero Wulfgar avanzó Aegisfang antes, y la punta de la cabeza del martillo conectó con el rostro de Asbeel y lo lanzó hacia atrás, demasiado lejos para que su tajo descendente pudiera conectar.
Y allí fue Wulfgar, saltando, golpeando, siguiendo el ataque con el martillo desde arriba por encima de su cabeza y para abajo de lado, una, dos, tres y más.
Asbeel continuó su retroceso tambaleante, y Wulfgar fallando por muy poco cada golpe.
Wulfgar miraba los pies del demonio; esta seguía siendo la lección más importante sobre la lucha que Drizzt Do’Urden le había enseñado: vigila los pies de tu oponente.
Gracias a esa lección, vio y reaccionó al pretendido contraataque antes de que comenzara, al ver a Asbeel balanceándose para atacar por arriba en el siguiente movimiento.
Mientras blandía Aegis-fang en arco, Wulfgar se lanzó de rodillas, con un giro que hizo que el martillo describiera un nuevo arco, mientras la estocada de Asbeel le pasaba por encima de la cabeza.
El martillo rozó al demonio en las piernas y lo echó hacia un lado.
Wulfgar se lanzó hacia delante y tuvo que soltar la mano más alta en el mango del martillo para presionar a Asbeel hacia atrás e impedirle que volviera a inclinar la espada.
Sabía que había herido al demonio, y bastante, pero Asbeel le sorprendió soltando la espada y golpeando a Wulfgar con el puño en un lado de la cabeza.
Había magia en ese puñetazo, que golpeó al hombretón más como si fuera la carga de un ariete que un puño.
Wulfgar se cayó hacia el lado y se chafó los dedos bajo el mango de Aegis-fang en un intento desesperado de no caer totalmente de bruces, lo que habría sido su fin. Se apoyó en el pie más alejado y se apartó de un salto, y oyó el tajo de la espada de Asbeel justo a su espalda.
Tambaleante, se obligó a ponerse en pie y se volvió para quedar cara a cara con Asbeel, esperando que el demonio estuviera yendo hacia él con toda su furia.
Pero no, Asbeel apenas se había movido y estaba muy estirado.
Con Bonnie Charlee sobre su espalda.
La mujer puso su daga a trabajar, pero no en el cuello de Asbeel.
En ninguna parte de Asbeel.
Con admiración y temor por su seguridad, Wulfgar la observó romper la cadena que sujetaba el colgante, y lanzarla hacia él, mientras saltaba con una patada de la espalda del demonio, para así reducir el golpe que le propinó Asbeel al girarse, un golpe que aun así la envió con fuerza contra la pared, donde cayó y permaneció muy quieta.
Wulfgar miró un momento el colgante caído y luego otra vez al demonio, tratando de valorar su próximo movimiento.
—¿Uhh? —se le escapó de los labios mientras miraba al demonio, de piel roja y luego no, con cuernos y luego no; Asbeel dio un paso adelante, pero luego uno hacia atrás.