23. Esa persistente molestia #4
Wulfgar también lanzó una estocada hacia delante, golpeando con la punta del martillo; la pesada arma interceptó con facilidad la espada y la envió hacia un lado.
El bárbaro dio un largo paso hacia delante, y apoyó bien el pie mientras giraba el hombro derecho para extenderse más sin dejar de empujar, y envió al gnoll hacia atrás, derrapando.
Agachó la cabeza a tiempo, y alzó el hombro adelantado para desviar la porra del gnoll de su derecha.
El brazo se le adormeció por el golpe, pero lo aguantó y siguió con la mano derecha en alto, mientras bajaba la izquierda y giraba tras el golpe.
Mientras lo hacía, envió su brazo derecho adormecido hacia arriba y contra los brazos extendidos del gnoll, alzando Aegis-fang en un arco.
Wulfgar giró en redondo e invirtió el sentido de los pies y las caderas con un pequeño salto, y luego avanzó antes de que el gnoll pudiera bajar del todo los brazos.
Golpeó a la criatura en el costado del morro con un fuerte gancho de izquierda y lo dejó que se fuera tambaleando, con lo que tuvo espacio suficiente para acabar la rotación del brazo derecho, llevarlo ante él y dejar volar el martillo en un lanzamiento corto que alcanzó al de la espada en pleno pecho, cuando este finalmente había conseguido reincorporarse a la pelea.
Wulfgar no vio el impacto y tuvo que confiar en que le daría tiempo. Saltó sobre el gnoll que había atontado con el puñetazo, y le rodeó el cuello, esta vez al completo, con el brazo derecho.
Su izquierda se puso a trabajar, con directos y ganchos, hasta quebrarle la mandíbula al monstruo de cara de perro.
El monstruo trató de apartarse de nuevo y Wulfgar lo dejó ir, pero solo un poco, porque le agarró por la muñeca izquierda, la mano que sujetaba la porra.
Con un tirón para acercar la criatura a él (y por fuerte que fuera, la criatura no pudo resistir el poder de ese estirón), Wulfgar rodó hacia la derecha y golpeó al gnoll en el pecho con el hombro izquierdo.
Sabía que era más vulnerable a un mordisco si esa mandíbula aún funcionaba, pero confiaba en ser más veloz.
Continuó tirando de la muñeca, enderezándole el brazo y luego se lo bloqueó con fuerza más arriba del codo con su brazo izquierdo.
Con una rapidez, una brutalidad y una fuerza que el gnoll no podía comprender en un humano, Wulfgar se giró más hacia la derecha y tiró, con la mano alrededor de la muñeca del gnoll, y le dobló el brazo de una manera en la que los brazos no deberían doblarse.
El codo del gnoll estalló. El monstruo aulló de dolor. La porra voló por la habitación.
Incluso antes de que esta cayera al suelo, Wulfgar soltó el brazo izquierdo, saltó muy alto mientras giraba y volvió al suelo desde arriba con un derechazo que alcanzó al gnoll bajo el ojo izquierdo con tanta fuerza que la criatura pareció menguar de repente, como si todo su cuerpo se contrajera, y cuando Wulfgar toco tierra y saltó un paso atrás, esa energía pareció rebotar de un modo raro, como si se alzara desde los tobillos del gnoll, y lo elevara del suelo.
En el aire, cayó hacia atrás, sin darse cuenta, inconsciente, y ya fuera del alcance del gancho que le lanzaba Wulfgar.
Aunque no importaba. El gnoll no iba a volver a levantarse.
Pero el otro demostró ser obstinado, y de nuevo atacó al hombre aparentemente desarmado.
Obviamente tan estúpido como para caer dos veces en la misma trampa, el gnoll entró directo a matar, y si se dio cuenta de que el hombretón volvía a sujetar su martillo mágico, fue cuando ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto.
Con ambas manos en la empuñadura del gran martillo, Wulfgar lo bajó desde lo alto en una diagonal que le aplastó el hombro al gnoll y lo lanzó en un extraño giro.
Casi ni había tocado el suelo cuando Wulfgar lo agarró por el cuello de su túnica, y lo lanzó al aire, pero ya sin fuerzas, muerto del todo.
Wulfgar dejó caer Aegis-fang al suelo, agarró al pesado gnoll por la ingle con una mano y lo alzó por encima de su cabeza con facilidad, mientras se iba volviendo, en busca de un objetivo.
Vio a un gnoll que se levantaba de su camastro; ¡había acabado con el par de gnolls de un modo tan rápido y furioso que este tercero casi ni había tenido tiempo de reaccionar ante los inesperados intrusos!
Wulfgar dio tres pasos hacia él y empleó a su compañero como proyectil; lo lanzó con fuerza y tanto el objetivo como el proyectil acabaron en el camastro.
Wulfgar vio otro gnoll más que iba hacia él.
Pensó en llamar a su martillo, pero vaciló al ver que Bonnie Charlee saltaba sobre la espalda de ese enemigo, le rodeaba el cuello con un brazo y, con el otro, le clavaba repetidamente su daga en el costado del cuello, que se cubrió de un líquido rojo mientas el aire se cargaba de sangre.
A un lado, se desarrollaba otra pelea, gnoll contra gnoll. Eso confundió a Wulfgar un momento, hasta que se fijó que Kimmuriel estaba cerca, observando con calma y controlando su títere sustituto.
Bonnie Charlee y su inesperada montura pasaron ante él, y luego se estrellaron contra el suelo.
Wulfgar se volvió y asintió su aprobación mientras su compañera saltaba de la bestia agonizante.
La buena suerte lo había apartado de la danza hipnótica del sustituto de Kimmuriel, porque había un gnoll más en el que no se había fijado.
Salió corriendo de detrás de un gran armario, más cerca de Bonnie Charlee que de Wulfgar, y cargó contra la mujer con Aegis-fang, que había recogido del suelo.
Wulfgar gritó para advertirla y corrió a interceptarlo, sabiendo que no llegaría a tiempo.
Y sabiendo que no hacía falta.
Esperó hasta el último momento, cuando el agresivo gnoll caía sobre Bonnie Charlee con el pesado martillo de guerra alzado por encima de la cabeza, y llamó a Aegis-fang, que salió de la mano de la criatura.
El gnoll lanzó el golpe, sin nada en la mano, y se tambaleó. Fue capaz de recuperar el equilibrio lo bastante rápido para retroceder fuera del alcance del tajo del cuchillo de Bonnie Charlee.
Cuando el gnoll volvía a lanzarse contra la mujer, Wulfgar rugió; la bestia miró hacia él y levantó los brazos presa del pánico.
¡Como si eso fuera a ayudarle!
Aegis-fang le golpeó en toda la cara, y lo lanzó por lo alto hasta lejos, pero quedó más parte de la cabeza de la criatura en el martillo que en el cuerpo del gnoll.
Un gemido desde atrás les dijo a Wulfgar y Bonnie Charlee que el sustituto de Kimmuriel había acabado su combate.
Vieron que este había ganado, seguramente en parte por la sorpresa que se habría llevado su compañero, porque ese gnoll victorioso estaba cojeando hacia Kimmuriel con los brazos colgando a los lados.
Wulfgar pensó en lanzarle el martillo, tanto porque era un gnoll, a fin de cuentas, como porque le ofendía profundamente que el psiónico lo hubiera esclavizado.
Pero no llegó a lanzarlo, porque la puerta de la sala se abrió en ese momento y allí estaba Brevindon.
O más exactamente, la distorsión de Asbeel del cuerpo del Margaster, con los músculos abultados, la piel de un rojo oscuro y unas alas de murciélago que le salían de la espalda.
Braelin hizo una señal con los dedos a un compañero que había entrado en un túnel lateral, para confirmarle que había recibido el aviso de que el camino estaba despejado.
Había sido así desde que habían salido a toda prisa de Illusk, y habían estado avanzando por los mismos túneles que servían de extensión desde la Torre de Huéspedes a Gauntlgrym.
No habían encontrado ni un solo enemigo, ni tampoco nada más, así que estaban haciendo grandes progresos hacia el sur; un avance favorecido por Bi’anza Dossouin, un mago de una casa menor hace tiempo desaparecida de Menzoberranzan, y el único lanzador de conjuros del grupo de cuatro.
El viaje normalmente duraría entre cinco y siete días a un buen paso, pero gracias a los túneles despejados y a la ayuda mágica, la banda de Braelin había recorrido más de dos tercios del camino antes del segundo día.
Debería de estar entusiasmado con eso, pero que esos túneles estuvieran tan vacíos preocupaba al veterano explorador tanto como lo complacía. Tenía que haber alguna razón.
Y la había, como Braelin no tardó en enterarse poco después, cuando Bi’anza Dossouin lo alcanzó en una de las encrucijadas.
—Más adelante, los túneles están plagados de drow —le informó el mago—. He lanzado mi visión hacia delante.
—¿Todo el camino hasta Gauntlgrym?
El mago se encogió de hombros.
—No sé dónde acaba la Infraoscuridad y comienza Gauntlgrym.
—No importa —repuso Braelin—. Es la Matrona Zhindia, y debemos evitarla. Busca un camino que nos lleve a la sup…
Calló, porque Bi’anza estaba agitando las manos y negando con la cabeza.
—No es la Casa Melarn —dijo—. Ni la Casa Hunzrin, su aliada. He visto los estandartes.
—Entonces, ¿qué casa es?
—Me sería más fácil nombrar las casas mayores que no están representadas en esos estandartes.
—Nómbralas —pidió Braelin, confundido.
—Melarn y Hunzrin —contestó Bi’anza—. Todas las otras están ahí, con todas sus fuerzas.
—¿Baenre?
—La más prominente.
—¿Ha venido la Madre Matrona? —preguntó Braelin, casi ahogándose de la impresión.
—¿Me crees tan tonto como para quedarme rondando o acercarme de cualquier manera existiendo esa posibilidad?
—Claro que no —respondió Braelin, recuperando la compostura—. No, has hecho bien. Reúne a los otros y ahora mantengámonos juntos.
—¿Hacia la superficie?
Braelin no estaba seguro.
—Ya veremos —fue todo lo que pudo responder en ese momento.
Instintivamente, a Braelin se le fue la mano al silbato que Kimmuriel le había dado. Pero la apartó inmediatamente, porque Kimmuriel le ponía nervioso, la verdad, y pensó que debía averiguar más sobre la situación para evitar llamar prematuramente al inquietante psiónico.
—Prepara más conjuros de clarividencia y clariaudiencia —indicó—. Y cualquier otro que tengas que nos pueda ayudar a averiguar por qué han venido los drow.
—¿Acaso no es evidente?