Implacable (Generations 3) 23. Esa persistente molestia #3
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23. Esa persistente molestia #3

Estaba marcándose un farol. Sabía que, como Madre Matrona, no podía mostrar dudas; a fin de cuentas, era la voz de Lloth.

Pero, en ese momento, Quenthel tenía muchas dudas.

Lo único que quería era retirarse privadamente y descansar un largo rato, y durante este descanso quizá pudiera volver a rebuscar en los recuerdos de su madre muerta.

Su meditación anterior la había conducido a la inevitable conclusión de que no podía detener la victoria de Zhindia, y por tanto, tenía que encontrar la manera de compartirla.

Pero ¿podría hacerlo?

Y peor, y aún más desconcertante, ¿realmente quería hacerlo?

Su alianza estaba desmoronándose; lo sabía sin la menor sombra de duda.

Había intimidado a las otras para que se unieran a ella en esa campaña, pero para coartar a la Matrona Zhindia Melarn.

Su objetivo era asegurarse de que esta no ganaba lo suficiente para amenazar el orden de la ciudad.

Después de todo, a pocas matronas les gustaría servir bajo el fanatismo y la crueldad de Zhindia Melarn.

Pero a Zhindia le habían dado un ejército de drañas, que lady Lloth había devuelto a la existencia.

Las recuperadoras ya habían sido una señal bastante difícil de superar para Quenthel; ¿cómo se las habrían dado a Zhindia si no fuera por el favor de Lloth?

; pero esta novedad tenía a todas las demás, incluso a sus dos mejores aliadas en el Consejo Regente, las Matronas Byrtyn Fay y Zeerith Xorlarrin, mirando a su alrededor nerviosamente.

Al parecer, lo mejor que podía esperar Quenthel en ese momento, o eso parecía, era conseguir que todos permanecieran de una pieza por la gloria de esa magnífica conquista. Y sí que era magnífica. Por mucho que quisiera negarlo, no podía.

Sabía que, cuando acabara todo esto, habría una restructuración de los poderes en Menzoberranzan.

Si tenía suerte, la Matrona Zhindia y la Casa Melarn pasarían a ser la tercera casa en la ciudad.

Eso enfurecería a la Matrona Zeerith, claro, y sacudiría a esos leales (o al menos lo suficientemente intimidados) a la Casa Baenre.

La Matrona Mez’Barris, sin duda, se confabularía rápidamente con Zhindia para formar una alianza nueva y formidable, con la intención de desbancar a la Casa Baenre de una vez por todas.

Porque si Zhindia Melarn se convertía en la más favorecida por lady Lloth, ¿cómo podría Quenthel continuar revindicando el título de Madre Matrona de Menzoberranzan?

Y todo esto se daría en el caso de que Quenthel tuviera suerte.

Si no, se convertiría en la matrona de la segunda casa de la ciudad en cuanto las drow regresaran a Menzoberranzan, simplemente porque las otras siete matronas del Consejo Regente acordarían por unanimidad que el éxito de Zhindia, que había sido bendecido de un modo tan hermoso por la Reina Araña, tenía que ser reconocido sentando a Zhindia a la cabecera de la mesa.

¿Podría la Casa Baenre resistir a esa demanda?

¿Y podrían continuar siendo la segunda casa mucho más tiempo después de eso?

Todo eso era la razón por la que, en ese momento, Quenthel dirigía el ejército, de unos quince mil soldados drow, sacerdotisas, magos y tres veces ese número en esclavos goblinoides, hacia los niveles más altos de la Infraoscuridad, hacia una cueva que se abría al amplio mundo de la superficie.

Esperaron hasta que la bola de fuego infernal se perdiera bajo el suelo antes de salir de debajo de la piedra protectora.

—¿A qué distancia? —preguntó Quenthel a Saribel Xorlarrin Do’Urden.

Mantenía cerca a los dos hijos nobles de la Matrona Zeerith, y en realidad había metido a toda la casa de Zeerith en las filas de la Casa Baenre.

Zeerith tenía docenas de poderosos magos, incluyendo al actual archimago de Menzoberranzan, y Quenthel pensaba que podrían necesitarlos, aunque solo fuera para ayudar a realizar una rápida retirada de las dos casas hasta la ciudad por medio de conjuros de teletransporte.

Justo detrás de la fuerza de vanguardia se hallaba la Casa Barrison Del’Armgo, con la Matrona Mez’Barris con una expresión de pocos amigos durante todo el camino.

Porque detrás de ella se hallaban los otros aliados de las Baenre.

Quenthel suponía que Mez’Barris sabía la verdad: Quenthel la estaban poniendo en una situación que podría causar el caos entre sus filas al primer enfrentamiento, si las cosas se convertían en una guerra civil.

Pero Mez’Barris no podía hacer nada para evitarlo, y eso significaba que Quenthel aún tenía el poder.

Por el momento.

Esa colocación era la actuación desesperada de Quenthel, y solo en tan extrema necesidad. Ni siquiera estaba segura de que las matronas detrás de las Armgo se le unirían en esa emboscada; ni siquiera estaba segura de que lo hiciera Zeerith.

Para ser sincera, ni siquiera estaba segura de que sus propias fuerzas, especialmente de las que estaban al mando de su hermana Sos’Umptu, lo hicieran. Por encima de todo, esta última era devota a la Reina Araña, y su lealtad era para la Reina antes que para la Casa Baenre.

Era una auténtica creyente.

Igual que Zhindia Melarn.

Saribel habló un momento con su hermano Ravel antes de apuntar hacia el suroeste.

—El pueblo destruido está a menos de un día de marcha fácil —explicó—. Podríamos llegar antes del amanecer, si nos damos prisa.

Quenthel asintió, pero no dio esa orden. Necesitaba ganar tiempo, para aclararlo todo, para sopesar el humor de muchas de sus compañeras matronas, mujeres que había pasado toda su vida perfeccionando el engaño y la duplicidad.

—Id con la Matrona Zeerith —ordenó a los dos nobles—.

Y con la Matrona Mez’Barris. Decidles que estableceremos un amplio perímetro en la superficie.

Pueden escoger entre sus filas a no más de cincuenta soldados, dos sacerdotisas y un mago.

El resto de la fuerza de vigilancia vendrá de las otras casas gobernantes.

Las dos se inclinaron ante ella y salieron corriendo; fueron remplazados casi inmediatamente por Sos’Umptu, Minolin Fey y Myrineyl.

—La Matrona Mez’Barris enviará a su maestro de armas —dijo Sos’Umptu.

—No —rechazó Quenthel—. No aquí. No teme por Malagdorl en la batalla, pero es demasiado tonto para ser quien la represente si la Matrona Zhindia se entera de nuestra posición y viene a negociar.

—Quizá —concedió Sos’Umptu—. ¿Representaré a la Casa Baenre en la línea del frente?

—No —contestó Quenthel, y Sos’Umptu se estiró como si la hubiera abofeteado.

Quenthel continuó rápidamente, y camufló el verdadero motivo de negarle tal honor.

—No, te necesito. Hablas con Lloth con más claridad que cualquiera, excepto yo, y tu consejo será de gran valor mientras recorremos las telarañas que se han tejido por aquí.

—Quizá la Matrona Zhindia sea la que habla con Lloth con más claridad —repuso Sos’Umptu, y entonces fue Quenthel quien se sobresaltó.

Ese era el primer indicio de que sus miedos se estaban materializando.

Quenthel frunció el ceño y la miró fijamente, en un intento de hacerla retractarse, pero Sos’Umptu no era alguien sin importancia, incluso ante la Madre Matrona de la Casa Baenre y de todo Menzoberranzan.

Sos’Umptu era maestra de Arach-Tinilith, suma sacerdotisa del Atrio de la Diosa y tenía un asiento en el Consejo Regente.

Quenthel le había dado ese asiento, para lo que había añadido un noveno a la mesa, con la intención de reafirmar el poder de la Casa Baenre.

Pero ¿en ese momento?

A la Matrona Zhindia se le había concedido dos recuperadoras y cientos de poderosas drañas.

¿Se atrevería Quenthel a forzar a la devota Sos’Umptu a elegir entre ella y la Reina Araña, lo secular y lo divino?

¿Pesaba más la sangre que el alma?

La estancia en la que aparecieron demostró a Wulfgar lo mucho que había confiado Kimmuriel en el dominio de Luskan por parte de Bregan D’aerthe.

Normalmente, los magos (y Wulfgar supuso que era lo mismo para Kimmuriel) preparaban sus salas de teletransporte mágico, cargadas de conjuros para hacer el viaje más seguro, en alguna zona lateral.

Pequeñas habitaciones, a las que podían llegar de la desorientadora teletransportación instantánea, en privado y con seguridad.

Pero no ahí. A pesar de algunas reformas recientes, Wulfgar conocía esa sala, el gran salón lateral anexo a la sala de baile principal de la gran Nave Kurth. En ese momento era un dormitorio militar, y los tres intrusos no habían llegado en privado.

Una mesa se volcó, y tres gnolls se pusieron en pie de un salto y fueron a levantaron sus armas. En camas que se alineaban por el perímetro de la sala, más villanos con cara de perro se iban despertando.

Sin vacilar, Wulfgar corrió hacia la mesa. Una pequeña daga pasó volando a su lado, y se le clavó a un gnoll en la mano cuando la criatura la alzó para bloquearla. Esta aulló y corrió hacia la puerta.

Un segundo proyectil lo persiguió, más grande, y el gnoll, incluso si hubiera estado mirando, no habría tenido defensa contra Aegis-fang. Golpeó al gnoll, en plena espalda, lo alzó del suelo y lo lanzó hacia delante y hacia el suelo, donde se quedó gimiendo.

Los dos de la mesa alzaron las armas, espada corta y porra, y esbozaron una sonrisa malvada hacia el humano desarmado que cargaba contra ellos; cualquier sentimiento que pudieran tener por su amigo caído resultaba irrelevante ante lo que parecía una presa fácil.

Wulfgar no bajó el ritmo.

Y les devolvió la sonrisa, lo que sorprendió a los gnolls.

Fue a por el que tenía la espada, y solo llamó a su lado a Aegis-fang justo antes de llegar a su objetivo.

El gnoll lanzó una estocada hacia delante, sin darse cuenta siquiera de que su atacante había sacado otro martillo de guerra.