Implacable (Generations 3) 23. Esa persistente molestia #2
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23. Esa persistente molestia #2

Pescatawav envió una vibrante onda de energía, que hizo que los esclavos se alejaran presurosos y llevó a los ilícidos corriendo a fundirse con el cerebro, el equivalente para los azotamentes de la llamada del contramaestre de un barco de «todos a cubierta».

El Más Apegado mantuvo apartado a Kimmuriel un momento mientras todos los demás se situaban.

—¿Estás seguro de que quieres hacerlo ahora? —preguntó Pescatawav en voz baja, porque cualquier telepatía sería lo mismo que gritar.

—Más tiempo no servirá de nada —contestó el drow—. No nos ayudará ni en mi aprieto ni en el vuestro.

Su estratagema hizo que el Más Apegado tensara la espalda, al recordarle claramente que, si tenía razón, la mente colectiva tenía un serio problema.

Pescatawav y Kimmuriel se situaron en sus puestos, uno al lado del otro, y con Kimmuriel justo al lado de Ouwoonivisc.

El Más Apegado se metió en la mente del drow inmediatamente, y empleó el poder del cerebro central para silenciarlo ante todos los demás.

Luego, otra vez a través del cerebro, el Más Apegado los silenció a todos excepto a Kimmuriel y Ouwoonivisc.

El drow dejó fluir sus pensamientos, como lo había hecho en privado con Pescatawav, y con la velocidad de la transmisión telepática le llegó la negación y la indignación de Ouwoonivisc.

— Trabajas con los agentes de Lloth —le acusó—. Estabas allí, con los atacantes, en Luskan, en los pensamientos de Asbeel el demonio, ayudándolo. Portas los deseos de Lloth en tu interior, y los traes aquí, a la comunidad de los ilícidos .

Ouwoonivisc siguió protestando, pero sin convicción. Ahí nadie podía ocultarse, ni mentir.

Todo ocurrió en cuestión de unos instantes, y entonces, Pescatawav abrió la conexión a todos.

Kimmuriel había participado en esa expresión comunal de la mente colectiva muchas veces antes, pero nunca había sido como esto.

Nunca nada ni remotamente parecido.

Lo asaltaron remolinos de furia y negación, mezclados con el horror ante la idea de que lo que él había compartido pudiera ser cierto.

Se sintió como si estuviera en un tornado, no de un viento físico, claro, pero en una rueda de tantos puntos de vista que se sintió mareado y tan aterrado que solo quería levantar la mano del cerebro y huir de ese lugar para siempre.

Pero no lo hizo. Kimmuriel Oblodra había dedicado toda su vida a la disciplina, y en ese momento la necesitó toda.

Se centró en una única cosa, en el pasado, y lo mostró a la mente colectiva ilícida en un bucle continuo: la caída de la Casa Oblodra y la mujer drow de pie ante la gran casa, con un rostro que parecía una máscara de éxtasis, mientras esta caía al interior de la Grieta de la Garra.

La Madre Matrona Yvonnel Baenre. Yvonnel la Eterna. El avatar virtual de lady Lloth.

Los pensamientos de todo el conjunto continuaron arremolinándose a su alrededor, mezclados, opuestos, combatiendo.

El drow mantuvo la concentración, y se centró también en el ilícido que tenía a la derecha, Ouwoonivisc, que no tenía defensa contra el recuerdo, y que parecía horrorizado por él.

Gradualmente, el remolino pareció reducirse, porque un lado hacía más ruido.

Kimmuriel supo la verdad, y los ilícidos se la estaban confirmando: lady Lloth no era una diosa, no era una reina demonio.

No, en ese asunto, desde la perspectiva de criaturas que buscaban la verdad del pensamiento puro, lady Lloth era una infección.

Ouwoonivisc estaba infectado, enfermo. Seguramente sin saberlo, el ilícido se había convertido en el conducto de último ataque de Lloth contra la mente colectiva, que estaba activo en ese momento.

Antes, había sido la Casa Oblodra la que había actuado como el conducto para portar la infección del caos llothiano a ese lugar, quizá hubiera sido incluso la propia matrona K’yorl.

Aquel intento había fracasado porque, durante la Era de los Trastornos, cuando los seguidores drow de Lloth, sus amadas sacerdotisas e incluso los magos de Menzoberranzan, habían perdido sus poderes mágicos, tanto divinos como arcanos, los ambiciosos Oblodra habían amenazado toda la estructura que Lloth había estado creando durante milenios.

Por tanto Lloth fracasó.

Pero la Reina Araña no se rindió. Todo lo contrario. En estos momentos, su malévola inteligencia, unida con la infinita paciencia de los inmortales, había encontrado un organismo aún más directo para ir allí e infectar el cerebro central, y por tanto, toda la mente colectiva.

Todos los pensamientos se habían unido, y el tornado se había transformado en un huracán rugiente, que rechazaba el intento de Ouwoonivisc, que rechazaba su mismísimo ser físico.

Kimmuriel sintió las protestas del ilícido condenado: no era una negación, sino solo una petición de clemencia.

En ese momento lo entendió todo. Quizá Lloth fuera una diosa, pero quizá también un demonio, y un ser con una forma física.

Pero en realidad era mucho más que todo eso.

Un poco de Lloth estaba dentro de todo ser dotado de razón, normalmente aletargada, pero, al igual que una infección o una enfermedad, podía despertarse.

Eso nunca debía de haber sucedido en la mente de un ilícido disciplinado. Parecía absolutamente imposible.

Pero no lo era.

Claramente no.

Había muy poca convicción en las protestas de Ouwoonivisc, porque él también había comprendido la verdad.

Por el bien de la mente colectiva, Ouwoonivisc fue, allí y en ese momento, enloquecido; cada una de sus conexiones sinápticas retorcida y anulada. Con la locura llegó el vacío, un cierre total de la mente del ilícido.

Un último aullido de horror telepático, un grito silencioso que estremeció a Kimmuriel hasta la médula, escapó del ilícido.

El cerebro central gritó de pena con tanta fuerza que Kimmuriel fue lanzado hacia atrás; su mano se apartó a la fuerza de la membrana carnosa, y el contacto se cortó.

Vio que no estaba solo, que todos los ilícidos estaban como él, anonadados, confusos, intentando encontrar un equilibrio contra el impacto que Kimmuriel les había causado, el horror que Ouwoonivisc había sido obligado a revelarles, y las apabullantes emociones de un cerebro central que, de repente, se había encontrado siendo tan vulnerable que había tenido que destruir una parte de sí, como si un drow tuviera que arrancarse un dedo de un mordisco.

Al lado de Kimmuriel yacía el cuerpo sin vida de Ouwoonivisc, apoyado contra el costado arqueado del cerebro central.

—Así debe ser —trasmitió Pescatawav a todos.

Y eso fue todo. Se había acabado, solo quedaba que trajeran a los esclavos para destruir el cuerpo del traidor involuntario.

Kimmuriel había terminado su trabajo allí. Ofreció ese pensamiento a Pescatawav y el Más Apegado le permitió marcharse y atender a los urgentes problemas a los que se enfrentaba en su plano original, entre su gente inferior.

No había ninguna sensación de gratitud, ni pensamientos que le desearan a Kimmuriel el éxito.

Solo era.

De vez en cuando había momentos como ese para Kimmuriel Oblodra, en los que casi se repensó el camino de su vida, en los que veía muy claramente la diferencia entre la sensibilidad de la mente colectiva y la de Jarlaxle.

Su único amigo.

—Ven inmediatamente —dijo Kimmuriel a Wulfgar—. Ha llegado el momento de encontrarnos con Brevindon Margaster y acabar con esto.

—¿Ahora? —preguntó el sorprendido bárbaro.

—Ahora —exigió Kimmuriel—. Nuestro enemigo es vulnerable, pero seguramente aún no sabe que una de sus grandes ventajas le ha sido arrebatada.

—No lo entiendo.

—Ni yo tampoco —añadió Bonnie Charlee.

Kimmuriel suspiró.

—Claro que no. No importa. Si solo os incluyerais en cosas que realmente entendéis, vosotros dos os pasaríais los días no haciendo nada más que beber y follar.

Bonnie Charlee lo miró con el ceño fruncido, pero Wulfgar se echó a reír.

—Kimmuriel ha hecho un chiste. Pesaba que no viviría lo suficiente para presenciar tal cosa.

—Si ahora te retrasas, seguramente no vivirás lo suficiente para contárselo a nadie más —le apremió el drow—. Vamos ya y date prisa.

Le tendió la mano a Wulfgar, pero como se acercaron ambos humanos, le tendió, reticente, la otra mano a Bonnie Charlee. Ella no tenía nada que hacer allí, y Kimmuriel lo sabía, pero quizá Asbeel la mataría y así desperdiciaría un golpe.

Los dos tomaron las manos que se les ofrecía.

—Es en la Nave Kurth, un lugar que conozco bien, y hay una sala no lejos del sitio del poder con la que estoy muy familiarizado; ya otras veces la he preparado por circunstancias como estas de ahora.

—Sí, como el glifo de un mago para teletransportes —repuso Bonnie Charlee.

—Para decirlo grosso modo , sí —respondió Kimmuriel—. No sé lo que nos encontraremos allí en ese momento, así que las armas en la mano y preparadas. No quiero desperdiciar mis capacidades con meros subordinados.

Eso hizo que Wulfgar soltara una risita.

—¿Comprendes cuál es tu papel? —le preguntó Kimmuriel.

El bárbaro asintió.

—Uno de ellos.

—Eso es todo lo que tendrás que hacer.

—Ya veremos.

A Kimmuriel no le gustó demasiado que Wulfgar se mostrara tan evasivo.

Le había explicado su plan, específicamente lo que necesitaría de él para poder, quizá, decapitar el nuevo orden de la Ciudad de las Velas.

Pero sabía que Wulfgar quería más; Kimmuriel había leído esa idea claramente en su mente mientras le explicaba cómo pretendía que se desarrollara la lucha.

Telepáticamente, le envió una imagen visual de la sala donde llegarían en la Nave Kurth y otra clara advertencia de que seguramente el lugar estaría ocupado, quizá hasta vigilado.

A penas había asentido Wulfgar a esos pensamientos impartidos cuando ya Kimmuriel estaba centrando su mente en esa sala, y con esa concentración, se imaginó a esos dos humanos y a él en esa sala.

Y allí estaban.

Y como se esperaban, no estaban solos.