23. Esa persistente molestia
E SA PERSISTENTE MOLESTIA
Durante los siguientes días, Kimmuriel no se pudo quitar de encima una persistente conclusión desde el rato que había pasado con la mente colectiva ilícida. No era sobre lo que había averiguado, sino sobre lo que no había averiguado.
¿Ouwoonivisc? Los recuerdos que ese ilícido en particular había añadido le habían parecido raros en su momento; o no raros, quizá, pero fuera de lugar.
Sabía qué tenía que hacer respecto a Brevindon Margaster. Tenía que enfrentarse a él y forzar a Asbeel a subir a la superficie, luego destruir, de algún modo, la filacteria e intervenir en la batalla por el cuerpo físico del hombre.
Pero había un problema, y esto podía ponerle justo delante de la cara de un poderoso demonio si no podía resolverlo y encontrar una respuesta a una apremiante pregunta:
¿Por qué había fallado Wulfgar?
La inevitable conclusión, sobre todo para un psiónico de gran habilidad, era que los pensamientos del bárbaro habían estado siendo rastreados, porque sin duda Wulfgar era un guerrero demasiado bueno para dar pistas sobre el ataque siguiente.
¿Cómo podría ser? Porque, en aquel momento, Kimmuriel había estado unido a Wulfgar para mantener su barrera cinética.
Debería haber notado una intrusión de ese tipo.
Había aprendido mucho sobre Asbeel en la mente colectiva.
Asbeel no era realmente un demonio, ni una encarnación demoniaca, sino un elfo, o lo había sido una vez.
No había ninguna indicación de poderes psiónicos, e incluso si los hubiera, ¿cómo podía Kimmuriel no haber notado una magia así sobre Wulfgar?
Había una respuesta, una sola, pero aunque era descaradamente evidente, Kimmuriel no conseguía llegar a aceptarla.
Pero tenía que hacerlo. De nuevo repasó los últimos recuerdos que le había impartido Ouwoonivisc, imágenes acompañadas por un sentimiento y unas palabras que no eran desconocidas para Kimmuriel Oblodra del Menzoberranzan de Lloth.
Pensamientos familiares en un lugar inesperado.
Incluso sorprendente. Las contribuciones de Ouwoonivisc a la mente colectiva no eran nada que Kimmuriel hubiera sentido allí antes, nunca, incluso cuando la unión comunal de los ilícidos se había centrado en Menzoberranzan, la Casa Oblodra o lady Lloth.
La forma de pensar de Ouwoonivisc, una insinuación al regocijo no solo del caos, sino del caos destructivo, no era algo que Kimmuriel se hubiera esperado de los disciplinados azotamentes, siempre tan bajo control.
Le recordaba otras experiencias, experiencias torilianas. Las palabras, la cadencia, del recuerdo de Ouwoonivisc había partido directamente del Atrio de la Diosa, el altar más sagrado de lady Lloth en Menzoberranzan.
Solo eso no habría molestado a Kimmuriel demasiado, excepto porque ese particular recuerdo no estaba relacionado con Asbeel; ahora lo entendía, después de tantas horas separando unas cosas de las otras. No, eso era un aparte, un recuerdo ofrecido.
Pero no, eso no era correcto. No era un recuerdo.
Cuando finalmente lo acabó de revisar todo, Kimmuriel tenía una respuesta. La puso en perspectiva con sus propios recuerdos, que apenas había compartido con la mente colectiva. Recuerdos terribles de la caída de la Casa Oblodra.
También eso tenía más sentido ahora.
Fue a ver a Wulfgar, en sus habitaciones con Bonnie Charlie y Dab’nay.
—¿Ahora? —preguntó el bárbaro, ansioso. Se levantó de la silla y dio un paso hacia Aegis-fang, que estaba apoyado en la pared.
—Aún no —contestó Kimmuriel—. Pero pronto, si regreso.
—¿Adónde vas? —preguntó Dab’nay.
—A ningún sitio que te importe, sacerdotisa —respondió él, con un tono bastante cargado de animosidad, sobre todo con los recuerdos de la caída de la Casa Oblodra tan frescos.
Pero casi inmediatamente, suavizó su expresión y consideró la posibilidad de que, sí, quizá no regresaría de ese peligroso viaje.
Y en ese caso, Dab’nay podría ser su mejor alternativa.
— Si no regreso, entrega este mensaje —le indicó Kimmuriel telepáticamente.
Pensó en quién sería la persona más adecuada para ofrecerle esas revelaciones.
Jarlaxle, decidió, pero supo que no era momento para la cautela y cambió de opinión—.
A la Madre Matrona Quenthel, a Yvonnel Baenre; sí, a ellas y solo a ellas.
Pero en privado, y no digas nada a la Matrona Zeerith o a la suma sacerdotisa Sos’Umptu Baenre .
Dab’nay se lo quedó mirando confundida, una expresión que solo se acentuó cuando fueron pasando los minutos y Kimmuriel le fue revelando el fruto de sus indagaciones.
Se acercó a ella, levantó las manos y se las colocó suavemente sobre la frente mientras le traspasaba algunos recuerdos y la explicación que los unía.
Encontró que la mujer era un recipiente adecuado para esa herejía, y solo durante ese intercambio comprendió Kimmuriel la profundidad de la apostasía de Dab’nay.
«Bien. Muy bien», pensó.
—¿Quieres que le diga eso a la Madre Matrona de Menzoberranzan? —le preguntó Dab’nay, incrédula—. ¡Ese camino lleva a la perdición! Me convertirá en una draña antes de que haya podido emitir un algo que resuene…
—Sabes que no me equivoco en lo que creo —dijo Kimmuriel.
—¡Eso no importa!
—En realidad, nada más importa —replicó Kimmuriel.
—¿Qué estáis cuchicheando? —quiso saber Bonnie Charlee.
—Nada que puedas ni comenzar a entender —replicó Kimmuriel, sin siquiera molestarse en mirarla.
—Quizá puedas persuadirlas… mostrándoselo, como me lo has mostrado a mí —apuntó Dab’nay.
—Eso sería lo mejor —admitió Kimmuriel—. Pero primero debo confirmar mis sospechas.
—Pensaba que hoy íbamos a ir a por Brevindon, ¿no? —preguntó Wulfgar, pero Kimmuriel no le prestó atención.
—Ni siquiera lo has confirmado aún, y sin embargo, ¿me pides que hable con la Madre Matrona? —puntualizó Dab’nay, moviendo la cabeza.
—Si no vuelvo, considéralo confirmado —le contestó el psiónico.
—No lo entiendo —protestó la sacerdotisa—. ¿Qué? ¿Dónde?
—Eso no te importa. Haz lo que te digo si no regreso durante el día de hoy. Díselo solo a la Madre Matrona Quenthel y a Yvonnel. A nadie más.
—Necesitaré la ayuda de los que están aquí para poder encontrarlas, seguro.
—Y te ayudarán —aseguró Kimmuriel.
—Pero si preguntan…
—No lo harán. —Miró duramente a Wulfgar y Bonnie Charlee—. Bregan D’aerthe sabrá que esas órdenes vinieron solo de mí, y por tanto te ayudarán sin duda y sin preguntas.
—¿Y Jarlaxle?
—Lo sabrá cuando lo tenga que saber —respondió Kimmuriel—. Solo a la Madre Matrona Quenthel y a Yvonnel. ¿Lo entiendes?
Dab’nay asintió y Kimmuriel se marchó.
El intercambio entre Pescatawav y Kimmuriel fue rápido y completo, porque el drow psiónico aceptó el gran riesgo de permitir al Más Apegado ilícido penetrar en sus pensamientos más profundos y su razón.
Si se equivocaba, si se le había pasado por alto algún fallo obvio en su razonamiento, Kimmuriel sabía que sería destruido sin vacilación, porque hacer una acusación así contra otro ilícido era algo muy grave.
Otras razas hablaban del valor de la familia, pero en la mente colectiva, esa idea llegaba mucho más lejos.
Los Ilícidos eran más que hermanos, o hermanas, o el género que fueran (si tenían alguno) en un momento concreto, porque definían esas cosas de un modo muy diferente de todas las otras razas.
Y como con todo entre los azotamentes, los deseos de la mente sobrescribían las limitaciones del cuerpo.
Sin embargo, en la nota final, la comunidad era una. Una. Así que acusar a un ilícido, en este caso a Ouwoonivisc, era señalar un fallo en la comunidad ilícida al completo. En cierto sentido y en privado, Kimmuriel acababa de llamar traidor a Pescatawav.
— Solo ofrezco mis observaciones y los recuerdos de la caída de mi casa —dijo claramente cuando notó que Pescatawav salía de él.
— Sé lo que ofreces .
—Es ella, Lloth, no Ouwoonivisc —dijo en voz alta, pensado que, en ese lugar en concreto, era más fácil que nadie le oyera físicamente que telepáticamente.
—Tu razonamiento no está probado, pero está bien hecho —repuso el ilícido con una voz rasposa, y siguiendo su ejemplo—. Pero ¿por qué?
En su cabeza, Kimmuriel notó la adición de «la Casa Oblodra» en esa pregunta.
—La Matrona K’yorl fue demasiado lejos en los Era de los Trastornos —contestó Kimmuriel—.
Amenazó el orden de los drow llothianos.
La insaciable infección que es lady Lloth ansiaba dominar a los ilícidos, pero los drow eran su base de poder en el lugar que ella más ambicionaba, el plano material —contestó en voz alta, aunque Pescatawav ya había sentido ese mismo razonamiento cuando se hallaba en su interior.
Kimmuriel notó sus dudas; ese era punto crítico: los Drow sobre ilícidos. ¿Cómo era posible eso ?
—No podía tener los dos al mismo tiempo, pero ahora sí puede —respondió Kimmuriel, una respuesta que en ese mismo momento se les reveló tanto a Pescatawav con a él.
— Enfréntate a Ouwoonivisc ahora —le dijo al drow.
Kimmuriel respiró hondo y siguió al Más Apegado al exterior de la silenciosa cámara lateral y al área principal del castillo ilícido, dentro de la cual se hallaba el gran cerebro de la comunidad.
Ahí había esclavos de todas las razas, que masajeaban con cuidado al delicado cerebro de suma importancia, y muchos ilícidos estaban por ahí, algunos yendo hasta el cerebro para ver qué recuerdos se les había dejado recientemente o para dejar los suyos propios.
Otros se hallaban por los lados, normalmente en parejas o tríos, uno frente a otro, con los tentáculos entrelazados en algo que Kimmuriel había llegado a entender era como o hacer el amor o una lucha psiónica, o quizá un poco de ambos.