22. La falta de compromiso #4
—Yo no… —tartamudeó Catti-brie, mientras intentaba aclararse la cabeza, mientras intentaba recordar la conversación telepática con el primordial. Sin embargo, en ese momento estaba demasiado estupefacta, demasiado asombrada de estar allí. Demasiado sorprendida de seguir con vida—. ¿Cómo?
—Lo he oído todo —contestó Yvonnel.
—¿Oído? No estábamos hablando.
—La telepatía son palabras, que flotan libremente, y los que saben cómo, pueden atraparlas —explicó Yvonnel—. Maegera no te estaba poseyendo.
—¿Maegera?
—El primordial.
Catti-brie pensó un momento en el primordial. Maegera. Sí, ese era su nombre.
—Vuestro intercambio flotaba libremente —explicó Yvonnel—. Lo oí.
—Entonces oíste el trato que el pri… Maegera ofrecía, ¿no? Podemos salir, al menos algunos de nosotros —dijo Catti-brie, mientras aceptaba la mano de Yvonnel para ponerse en pie.
—Sí.
—Es un precio muy alto. No puedo condenar una ciudad.
—¿Crees que puedes detenerlo? —preguntó Yvonnel.
Catti-brie bufó ante esa idea. Claro que no podía. Nadie podía negar el poder del primordial.
—En cualquier caso, la criatura estaba mintiendo —afirmó Yvonnel.
—¿Mintiendo? No creo que exista tal cosa en la consciencia o la conciencia del primordial.
—Bien pensado —la felicitó Yvonnel—. Sus pensamientos no son los nuestros. Sus deseos y necesidades nos son desconocidas. Lo que nosotros consideramos una promesa podría no ser nada para él. Lo único que sabemos es que la bestia ansía la liberación.
—Y no tardará en conseguirla.
Como si fuera una señal, la cámara se sacudió repentina y violentamente; casi tiró al suelo a Yvonnel e hizo que una tambaleante Catti-brie ¡a punto estuviera de caer de cabeza de nuevo al abismo!
Sin embargo, Artemis Entreri estuvo allí al instante; las agarró a las dos y tiró de ellas hacia atrás.
Justo a tiempo, porque muy por encima de la neblina de los elementales de agua saltó un apéndice de lava de Maegera.
La mayor parte se endureció rápidamente, al ser atrapada por los elementales y cayó de nuevo, pero algunas salpicaduras salieron del abismo y gotearon sobre el suelo.
Una bocanada de vapor caliente los cubrió a los tres.
Yvonnel se avanzó, salmodiando, con una voz potente y firme. Catti-brie y Entreri la observaron mientras iban pasando los instantes.
La drow detuvo su salmodia y alzó las manos ante sí con las palmas juntas.
Una palabra final que gritó con potencia mientras abría los brazos, uno hacia cada lado, produjo un gran géiser de agua, que apareció en el aire y corrió a caer sobre el borde del abismo, pero no como un río sino como una bola de agua.
Catti-brie se dio cuenta de que era un elemental gigante.
Este rodó sobre el borde de la cornisa y cayó perdiéndose de vista, y la cámara tembló de nuevo, protestando.
Una segunda criatura del Plano del Agua salió del portal abierto por Yvonnel, y luego una tercera y una cuarta.
La caverna tembló y se sacudió de nuevo, pero con menor intensidad. Combinados con los poderes residuales de los elementales rodantes procedentes de la Torre de Huéspedes, el primordial Maegera quedó contenido de nuevo por el momento.
—No se puede razonar con él —comentó Yvonnel.
—No es malvado —aportó Catti-brie, tanto para sí como para la drow.
—Definitivamente no. Ni siquiera entiende los conceptos de bueno y malo —repuso Yvonnel, y Catti-brie supo que eso era cierto—. No importa. Maegera hace lo que debe hacer, lo que está obligado a hacer. Como un amante desesperado, más allá de la razón.
—Destruir y crear —murmuró Catti-brie—. Eso es lo único que hace. Eso es lo que hará a no ser que le retengamos. Para él, no somos nada.
—Ni siquiera tú y tu anillo. Ni una ciudad. Ni siquiera tu bebé. No le importa.
—No hay compasión, ni empatía, ni emoción. —Miró a Entreri y notó que este palidecía al oír sus palabras, como si se refirieran a algo más que a la bestia del pozo—. Me has salvado —le dijo a Yvonnel.
—Ese era el plan.
—Has salvado a mi bebé. Eso no lo olvidaré. Nunca lo olvidaré. —Entonces comenzó a respirar trabajosamente, y se sintió enrojecer; notó el rostro caliente, demasiado caliente. Pensó que simplemente estaba superada por la potente experiencia, así que lo ignoró; no tenía tiempo para esa debilidad.
Yvonnel asintió y le puso una mano en el hombro. Comenzó a decir que estaba segura de que Catti-brie le devolvería el favor, pero calló de golpe y lanzó una mirada curiosa a la mujer.
—¿Qué?
—Necesita liberarse porque sus poderes no se están empleando bien —dijo Catti-brie después de una repentina comprensión. Miró a Yvonnel, y luego se miró la mano y el anillo, que hizo rodar sobre el dedo—. Este es un anillo de gran poder, pero no me da ningún poder sobre el primordial.
—Claro que no —coincidió Yvonnel.
Catti-brie miró hacia atrás, y sus labios esbozaron una pícara mueca, y los ojos azules le brillaron bajo el resplandor naranja.
—Pero ¿y sobre su semilla?
—¿En qué estás pensando?
Catti-brie entrecerró los ojos, y su rostro, normalmente tan inocente y generoso, tomó un aspecto muy diferente.
—Nada bueno para nuestros enemigos —susurró Artemis Entreri.
—Aún no estoy segura —respondió Catti-brie a Yvonnel—. Hablemos de ello cuando haya organizado mis pensamientos con mayor claridad.