22. La falta de compromiso #3
Para el primordial, la liberación era reproducción. Veía la erupción volcánica como el esparcimiento del fuego más primario, la siembra del plano material.
Instintivo, no planeado. Imparable, no negociado.
La evidente analogía afectó profundamente a la mujer y le hizo pensar en Drizzt de nuevo. Intentó apartarlo de sus pensamientos. En ese momento, no tenía tiempo para esa preocupación, o más importante, aunque quisiera negarlo, para ese dolor.
Intentó buscar formas de negociar. Al primordial, ¿le complacería abrir las puertas, para traer más mortales que aseguraran ese lugar, su casa?
«No.»
Entonces, ¿abriría las puertas para que los que estaban dentro pudieran salir?
La negación le llegó a Catti-brie con menos intensidad.
«Aparta esa maldita agua», sintió Catti-brie en su pensamiento.
«Si abres las puertas, ¿nos marchamos y nos llevamos a las criaturas de tu plano opuesto con nosotros?», preguntó, concentrando sus pensamientos.
«Sí. Sí. Lleváoslas. ¡Ahora!»
Lo que inicialmente parecía ser un trato de repente se convirtió en un orden, y una carga con una cantidad de poder y furia como Catti-brie nunca antes había experimentado.
Era como si cada una de las células de su cerebro y su cuerpo resonaran con la orden, y entonces se sintió muy pequeña, minúscula y sin importancia, un grano de arena en la playa infinita que era esa criatura, ese ser viviente y semejante a un dios.
Intentó concentrarse, averiguar una manera de que ese intercambio volviera a ser una negociación. Quizá esa sería la única manera: abrir las puertas y huir, todos, y dejar que el volcán estallara.
Parecía la mejor opción entre ninguna otra opción.
«¿Y qué pasara con la ciudad de Neverwinter?»
La última vez que el volcán había entrado en erupción, la ciudad había sido enterrada bajo una gigantesca avenida de ceniza y lava que fluía tan ligera y rápida como un maremoto.
Notó que se golpeaba contra una pared de indiferencia en el momento que hizo esa consideración, y eso rápidamente se transformó en resentimiento. De repente comprendió que el simple hecho de contemplar esa preocupación sin sentido la separaba del primordial.
No le importaba.
Todos eran inconsecuentes, triviales, efímeros.
Muy efímeros.
Horrorizada, lo supo en ese momento. Todo eso estaba más allá de su comprensión o sus emociones, y también supo que al primordial nunca le importaría, nunca podría importarle, ningún ser humano.
Ella incluida. Instintivamente, desde algún punto tan en su interior que ni siquiera fue consciente de su acción, Catti-brie canceló la conexión mágica del anillo.
Solo entonces se dio cuenta de dónde estaba. Sintió el calor, el sudor que le manaba desde cada uno de los poros.
Y entre la neblina vio una pared de color naranja, una ola de lava que rompía sobre ella.
Ninguna magia del mundo podría contener la pura energía calorífica del primordial de fuego.
Sus protecciones mágicas no eran nada. ¡Nada!
Su bebé…
Se lanzó contra la línea de vrocks, con las espadas cortando y pinchando con abandono, dejándose llevar por su cuerpo, porque no era posible tener ningún plan.
Notó cada golpe acertado, y doblemente cuando era Muerte Helada la que mordía con fuerza la energía vital demoniaca, pero también sentía las garras que le rasgaban, y otro fuerte picotazo en el hombro, que le envió tambaleándose contra la pared, y lo dejó momentáneamente atontado.
Los enemigos más peligrosos, el glabrezu y el demonio úrsido, se unieron al ataque. El monstruo semejante a un oso se alzó sobre las patas traseras y avanzó para simplemente cubrirle y enterrarlo bajo su mole.
Zak intentó alinear Muerte Helada para que la bestia se empalase en ella. Se dio cuenta de que iba a morir, pero estaba decidido a llevarse, al menos, a ese con él.
De repente, el oso demoniaco bajó de nuevo a cuatro patas, sorprendiéndolo, y Zak no estuvo seguro de cómo reaccionar; porque tardó un largo instante en reconocer a la enorme pantera que había saltado sobre el demonio, mientras las poderosas fauces de Guenhwyvar se cerraban sobre la nuca del demonio y le hundían profundamente los afilados dientes.
Hacia un lado y por detrás, el glabrezu se sacudió de repente, lanzando relámpagos alrededor de sus miembros temblorosos.
El demonio úrsido se desplomó, y su cuerpo resbaló hasta cerca de Zak; se oyó un fuerte crujido cuando el hueso del cuello se le partió.
Dejó de sacudirse y Guen saltó, voló ante Zaknafein y cayó sobre el vrock más cercano, haciéndolo retroceder, forzándolo a volverse al túnel.
Los otros dos vrock se acercaron y Zak se preparó para recibir su ataque, y pensó que un tercero se les estaba uniendo desde el otro lado, más allá del glabrezu.
Pero no, no era un vrock. Era un diatryma, un enorme pájaro no volador, que Zaknafein había visto antes; el pájaro que surgía de la larga pluma del extravagante sombrero de Jarlaxle.
A pesar de su situación, a pesar de la sangre que le caía por la clavícula desde la herida, del entumecimiento de su machacado hombro derecho, del puro peso del hematoma que el pico de un vrock le había infligido al golpearle en el pecho sobre la camisa de mithril, el maestro de armas casi se echó a reír a carcajadas cuando el diatryma y el segundo vrock chocaron, ambos saltando y pateando con sus garras, mientras agitaban las pequeñas alas para ganar más altura.
Ya había visto esa clase de lucha entre las gallinas que tenían algunos drow, pero en ese momento y a esa escala, con cada uno de los combatientes con dos veces su peso y su altura, esa similitud le resultó claramente absurda.
Pero no iba a detenerse y cuestionarse su buena suerte, no con un vrock tan cerca y el glabrezu a unos pocos pasos.
Movió Muerte Helada de adelante atrás, mientras mantenía a Vidrinath en reserva.
Quería que la espada de hielo interceptara las alas de su atacante, porque cada movimiento de defensa también era un poco de ataque.
Notó la satisfacción de la cimitarra con cada desvío, o quizá fuera el continuo graznido del vrock que le mostraba lo oportuno de esa técnica. Aun así, la criatura no le dejaba ninguna abertura por donde acabar con ella, y Zak necesitaba despacharla antes de que el poderoso glabrezu se le uniera.
Sin embargo, una rápida mirada hacia el lado le procuró alivio, porque el demonio más grande se había dado la vuelta y se lanzaba hacia el corredor; Zak supuso que hacia Jarlaxle.
El demonio se tambaleó y se fue de lado lo suficiente para verle un pegote de masa verdosa sobre la parte superior del torso y el rostro. Y entonces, otro rayo lo alcanzó.
Zak se centró totalmente en su propia pelea y avanzó presionando con una repentina intensidad, porque temía que Jarlaxle pudiera necesitarle.
Blandió Muerte Helada de un lado a otro, haciendo que el vrock bajara los brazos; entonces Zak saltó, mientras bajaba su espada principal y lanzaba un tajo alto con Vidrinath.
Aunque lo hizo demasiado lento para alcanzar al vrock, a propósito, porque el demonio se agachó, como era de esperar, y alzó los brazos para protegerse la cabeza, y Zak, mientras volvía a tocar el suelo, lo hizo en una postura que le permitía impulsarse hacia delante con rapidez, y lanzar una potente estocada con Muerte Helada.
Con qué facilidad la espada helada se introdujo en la carne del demonio, devorándolo.
El vrock alcanzó a Zak varias veces, pero cada golpe tenía menos fuerza que el anterior, mientras el demonio expiraba rápidamente.
Y cayó.
Ante sí, Zak vio a Guen acabar con el vrock que estaba más allá en el corredor. Hacia un lado por delante, el diatryma estaba venciendo al restante pájaro demonio.
Zak se giró y vio al glabrezu cargando por el corredor, con un movimiento torpe, y un brazo pegado con fuerza al costado de su cabeza canina.
Otro rayo lo alcanzó, pero casi ni lo ralentizó, y por el punto de partida de esa chispa, Zak se dio cuenta de que el enorme monstruo estaba a solo unos pasos de Jarlaxle.
Corrió tras él, y en ese momento ¡deseó haberse puesto las bandas mágicas en los tobillos!
Pero entonces, el monstruo desapareció, como si hubiera caído por un precipicio, y ahí se hallaba Jarlaxle sujetando tranquilamente dos varitas en una mano. El jefe mercenario recibió a su amigo encogiéndose de hombros.
Zak lo entendió al llegar más cerca.
Jarlaxle había tirado su agujero portátil en el camino del glabrezu; el demonio se hallaba en el pozo entre Zak y Jarlaxle. Por si acaso, Jarlaxle luego había usado sus habilidades innatas de drow para llenar el pozo de oscuridad mágica, lo que había desorientado al mastodonte herido.
Zak miró hacia atrás, y vio que Guen se había unido al diatryma, para superar al vrock que quedaba.
Miró otra vez a Jarlaxle y le devolvió el encogimiento de hombros.
—Un momento, por favor —dijo Zaknafein, y saltó dentro del pozo.
Los sonidos que surgieron de allí: aullidos, gritos, rugidos aunque amortiguados por la masa viscosa, siguieron resonando por el corredor durante un buen trecho.
Quizá para avisar a los otros demonios que acudieran a ayudar al glabrezu.
Pero no importó.
Porque acabaron rápido.
Zaknafein saltó fuera del pozo.
—Vámonos.
Se agachó.
Gritó.
Trató de cubrirse, esperando contra toda esperanza que las múltiples protecciones y guardas contra el fuego la protegieran, pero, claro, aunque lo hicieran, el puro peso de la ola la aplastaría y la llevaría al interior de las fauces de fuego de la criatura.
Aun así, instintivamente, se hizo pequeña y se tiró hacia delante, pero su alarido se convirtió en un extraño chillido de sorpresa, mientras casi perdía el equilibrio, cuando la ola no la alcanzó.
Cuando una mano la agarró por el brazo, y la ayudó a bajar a la piedra.
Piedra mojada.
Piedra fría.
Catti-brie alzó la vista y vio a Yvonnel inclinándose sobre ella.