22. La falta de compromiso #2
Lanzó su propio conjuro de protección, y se dejó caer en el abismo.
—H AN TRAÍDO A LOS GRANDES —signó Jarlaxle, al girar la esquina del corredor, mientras se apoyaba en la pared—. U N GLAbrEZU, VARIOS DEMONIOS CON PINTA DE OSO Y UN GRUPO DE MANES .
—B IEN —contestó Zaknafein en silencio. Comenzó a apretarse en las muñecas las bandas que su hijo había utilizado de tobilleras y que le conferían una mayor velocidad. Algún día cercano, Zaknafein intentaría probar eso, pero no en ese momento, con esos poderosos enemigos tan cerca.
—P ODEMOS IR A BUSCAR UNA PATRULLA ENANA . C ON CUATRO O CINCO HAbrÁ SUFICIENTE .
—V E TÚ A BUSCARLOS —contestaron los dedos de Zak.
Jarlaxle lo miró con curiosidad.
—¿Y TÚ TE QUEDARÁS AQUÍ, ESPERANDO ?
Zaknafein asintió, pero su media sonrisita traicionaba sus intenciones.
—D EMASIADO CERCA . V EN CONMIGO —respondió Jarlaxle.
Zak negó con la cabeza.
—D ATE PRISA .
—Z AK…
—¡V ETE ! —pidió Zak a su compañero.
Jarlaxle se lo quedó mirando con el ceño fruncido por un instante, luego salió corriendo corredor abajo. No acababa de girar la siguiente esquina que llevaba a las posiciones seguras de los enanos, cuando Zak enfiló hacia la otra, que llevaba hacia los demonios.
El maestro de armas se aferró a un axioma básico de la lucha contra grupos: eliminar primero a los más débiles.
Incluso un luchador inexperto podía ser letal al defenderse de múltiples atacantes.
Corrió directo hacia el glabrezu de seis extremidades con sus brazos de pinza chasqueando con avidez.
En el último momento, mientras el demonio con aspecto de oso se colocaba a la altura del glabrezu, Zak corrió, rodó por el suelo hacia un lado y se incorporó en medio de un trío de manes que parecían zombis.
Sus espadas al moverse siempre parecían como un borrón, pero en ese momento, con las bandas atadas a las muñecas, Zak ya había acabado con el tercero del trío; Muerte Helada le había cortado la cabeza antes incluso de registrar conscientemente los golpes contra el primer y segundo manes.
Se apartó de un salto de los tres cadáveres demoniacos mientras el humo comenzaba a alzarse de ellos; se repetía constantemente que debía confiar en su memoria muscular, en sus movimientos afinados por siglos de entrenamiento.
—No pienses —se riñó en voz alta; porque sus movimientos en el momento del combate, mejorados por las muñequeras mágicas, eran más rápidos que ningún plan que pudiera trazar.
Conocía su primer movimiento y el segundo; después de eso, después de haber experimentado la velocidad con esas maravillosas muñequeras, tendrían que ser pura reacción.
Saltó a un lado al notar la presión por la espalda, y giró a medio salto para caer de cara al glabrezu.
Izquierda, derecha, izquierda y de nuevo izquierda, sus cimitarras, mantenían a raya los dos brazos con pinzas y la garra prensora del enorme demonio; e incluso logró un quinto movimiento, no un bloqueo, sino una estocada, que consiguió hacer una pequeña herida al gigantesco demonio.
En ese momento, Zaknafein se dio cuenta de otra ventaja inesperada, cuando notó que la cimitarra llamada Muerte Helada se alimentaba del núcleo ardiente de la criatura de los planos inferiores.
Sabía que era la única marca de hielo y comprendía en teoría las propiedades de una espada tan encantada, pero esta era la primera vez que experimentaba a Muerte Helada dándose un festín con el núcleo ardiente de una criatura de los planos inferiores.
El glabrezu también lo supo con claridad, porque en vez de seguir con su feroz ataque, retrocedió.
Hacia un lado, el demonio oso cargó con un rugido salvaje, acompañado de una desastrado mane a ambos lados.
Zak también cargó, directo hacia él, agachándose.
Y cuando el oso se agachó también para placarle, el maestro de armas saltó y giró en un salto mortal por encima de la espalda del demonio, pero estiró las piernas cuando estaba por encima y lanzó las cimitarras hacia los lados con fuerza.
Los manes se desplomaron, y él aterrizó y siguió corriendo unos pasos antes de volver a girar una vez más.
De repente, ya solo quedaban los dos demonios y él.
Con total seguridad en sí mismo, Zak esperó la segunda carga del demonio úrsido formando una pared de afiladas cuchillas, que le alcanzaron repetidamente y le hicieron cortes en las manos como garras; le golpeó con Vidrinath en la nariz cuando el demonio trató de morderle.
El glabrezu se unió a la pelea, pero a Zak no le preocupó demasiado. Era más rápido que cualquiera de ellos, tanto que podía bloquear y contratacar sin parar. Y ya sabía que, con Muerte Helada , incluso un bloqueo causaba dolor a sus enemigos.
Estaba de cara al camino por el que había llegado, y por eso, unos ruidos detrás de él le preocuparon.
Se giró un poco para echar una ojeada al corredor a su espalda, esperándose una horda de manes, pero en vez de eso se encontró con un grupo de vrocks, poderosos monstruos con forma de pájaro.
Incluso con las muñequeras, y aun con la cimitarra de hielo, Zak supo que lo superarían, así que se giró para buscar el camino de vuelta a las líneas de sus aliados.
Pero se dio cuenta de que el glabrezu y el demonio oso también lo sabían.
De todas formas, fue hacia ellos, una salvaje floritura y un solo golpe hacia abajo con Muerte Helada obligaron al glabrezu a retirar una pinza que había llegado peligrosamente cerca de rodearle la cintura a Zaknafein.
Este conocía lo suficiente sobre demonios para saber que, si la pinza del glabrezu le hubiera atrapado de esa manera, seguramente lo habría partido en dos; y no tenía ningunas ganas de padecer una muerte tan innoble.
Los vrocks ya no estaban en silencio, sino que ululaban y graznaban mientras cargaban contra la espalda de Zak.
El maestro de armas continuó lanzando tajos y estocadas a los dos demonios que tenía delante hasta el último momento, y entonces dio la vuelta y lanzó su propia carga.
Le alcanzaron varias veces: los zarpazos de brazos con forma de alas en ambos lados, incluso el pinchazo del pico de uno de los vrocks en el hombro, que le dejó el brazo izquierdo cosquilleándole y entumecido, mientras cruzaba entre un par de pájaros para estrellarse contra el tercero.
Ese también le golpeó salvajemente, pero Zak lo aguantó, y con Muerte Helada por delante, que absorbía con fuerza la energía animada del vrock, la bestia no tuvo más remedio que retroceder con él.
El demonio cayó al suelo y Zak rodó con él y sobre él, mientras le hundía Muerte Helada en el torso para matarlo. Esperaba arrancar el arma mientras se ponía en pie, pero se encontró con una fuerte patada del cuarto vrock, y la espada se le escapó de la mano.
Zak se tambaleó y tropezó, y se detuvo derrapando, con una pierna que le resbaló hacia un lado hasta el punto de casi hacerlo caer. Oyó a Muerte Helada resonar sobre la piedra a su lado y supo que tenía que recuperarla.
Se obligó a olvidar el dolor y salió de esa extraña posición, luego corrió por el túnel, saltó sobre los vrock caídos mientras se derretían entre las piedras y desvió el brazo con que le atacaba el que le había dado la patada.
Aun así, la potencia de ese golpe hizo que Zak tocara suelo en otra posición extraña.
No intentó evitarlo, sino que se dejó caer en una voltereta, perfectamente ejecutada y orientada.
Y cuando volvió a estar en pie, tenía Muerte Helada en la mano.
Pero había quedado con la espalda hacia la pared del amplio túnel, y peor, ya no estaba luchando contra manes.
Antes de que Zak pudiera felicitarse por la magnífica ejecución de la voltereta y la recuperación del arma, vio que parte de su éxito se debía a que los tres vrocks que quedaban habían pasado corriendo junto a él en vez de contra él, y ahora bloqueaban el paso hacia el túnel, mientras que el glabrezu y el demonio úrsido se habían movido para acorralarlo por delante.
Estaban trabajando en equipo.
Zak supo que no tenía ninguna posibilidad.
—Pues venid, entonces —escupió, decidido a ampliar la leyenda de su hijo.
A pesar de las guardas mágicas que se había colocado y las protecciones adicionales de Yvonnel, Catti-brie sintió un claro malestar mientras bajaba flotando por el abismo del primordial.
Cuando estuvo por debajo de la nube de vapor, notó inmediatamente que había menos tierra sólida abajo, y la brillante lava color naranja serpenteaba por allí; no fluía, porque el espacio era llano, pero sin duda se movía, como podría moverse la superficie de un estanque con la corriente de un torrente alimentándolo.
No, pensó Catti-brie, no como eso. Esto se parecía más a las aguas de un estanque que se movieran porque algún animal enorme estuviera nadando bajo la superficie.
Notó la energía, ansiosa, anhelante.
Se canalizó a través de su anillo, que estaba encantado para llevar sus sentidos al Plano Elemental del Fuego, y para darle cierta capacidad de comunicarse con las criaturas de ese plano y controlarlas.
Ofreció sus saludos al primordial, no con palabras o con pensamientos centrados, sino simplemente por estar allí, y de una manera en la que podían notarse uno al otro de un modo sintiente… y se sorprendió.
La bestia estaba feliz.
No, pensó, esa no era la descripción correcta. Estaba excitada. El primordial comprendía la disminución de la magia, la debilitación de los elementales que, por arriba, le estaban reteniendo en su abismo.
La bestia quería salir, estaba ansiosa por liberarse.
Catti-brie notó que el recuerdo de la última de esas explosiones la inundaba. Fundida con el primordial, al fin comprendió ese deseo.
Y supo que su misión ahí era insensata.
Porque esa liberación deseada y esperada no tenía nada que ver con el pensamiento consciente; al menos, no con el pensamiento consciente que un humano pudiera entender o experimentar. Era más como la exigencia de una liberación física, los últimos momentos del sexo, el deseo incontrolable.