22. La falta de compromiso
L A FALTA DE COMPROMISO
Artemis Entreri se hallaba al borde del abismo que contenía al primordial de fuego, con su daga enjoyada descansando sobre su palma vuelta hacia arriba.
Miró el arma, con odio en los ojos, pero solo porque esa daga era un reflejo de sí mismo.
Ya lo entendía. Ya se había dado cuenta, después de su paso por el capullo de la conciencia, que sus peores crímenes eran aquellos en los que había empleado esa arma maligna.
Entreri había matado a muchos enemigos, tanto en batalla como en secreto.
Había vivido como asesino a sueldo. Siempre había justificado su trabajo diciéndose que nunca había matado a nadie que no se lo mereciera; a fin de cuentas, el mundo era un lugar brutal.
Y seguía creyéndose eso hasta cierto punto…
No solo había matado gente con ella; había destruido sus almas y les había robado cualquier tipo de otra vida que los pudiera haber esperado.
¿Cuántas de sus víctimas se habían merecido eso?
¿Incluso las más odiosas? ¿Las más malvadas?
No podría justificarlo, nunca.
Se quedó allí, mirando fijamente, pensando y la mayor pregunta que le rondaba por la cabeza en ese oscuro momento era si debía lanzar simplemente la daga a su destrucción o debía saltar con ella.
Una caída, un instante de dolor intenso y ya habría acabado todo.
El hombre hizo una mueca de dolor. No, no era el miedo a la muerte lo que lo mantenía en esa cornisa, sino el miedo nuevo de lo que le esperaba cuando cruzara ese río final.
Quizá esa fuera la verdadera tortura de Sharon, concluyó. Le había mostrado lo que le esperaba, y le había hecho temer la muerte más de lo que odiaba la vida.
—Maldita sea —susurró el hombre roto, y sus palabras desaparecieron bajo el siseo del continuo del agua que goteaba al caer al calor de abajo—. Maldito sea por haber nacido.
—Hubo un tiempo en que podría haber estado de acuerdo contigo —fue la inesperada respuesta; el asesino se volvió y vio a Catti-brie y a Yvonnel caminando hacia él—. Había un Artemis Entreri al que consideraba despreciable —continuó Catti-brie—. Ese no es el hombre que tengo ahora ante mí.
—Ya hemos tenido esta charla —le recordó Yvonnel al hombre—. Se te ha concedido un gran regalo.
—Un regalo —repitió Entreri con un bufido desdeñoso.
—Un mensaje, entonces, y claramente muy poderoso —insistió la drow, mientras le miraba la mano abierta y la daga—. ¿Deseas destruir esa arma?
—Quizá la tire dentro y se coma el primordial —dijo pensativo.
—Difícilmente —repuso Yvonnel.
—Si quieres, te la bajaré al fondo —se ofreció Catti-brie. Calló y sonrió—. ¿No intentaste hacer lo mismo con la espada que aún llevas? —Era una pregunta retórica, naturalmente, porque Entreri sí que había lanzado la Garra de Charon al abismo, pero había sido recuperada por la mismísima Catti-brie.
Entreri rio al recordarlo.
—Al parecer hace tiempo que he sido maldecido con armas malvadas.
—Las armas son meras herramientas —dijo Yvonnel—. La intención está en el corazón del portador, no en la espada.
—Se podría decir que la daga que lleva Regis es igualmente vil —le recordó Catti-brie—. O la espada que llevé hace tiempo.
—La espada que casi te volvió loca, si no recuerdo mal —dijo Entreri, seco.
—Porque no tenía ni la suficiente experiencia ni la suficiente habilidad para controlar los instintos básicos a los que apelaba —contestó Catti-brie—. Ahora ya no es el caso, igual que contigo y tu espada.
—¿Es la muerte a manos de un simple hierro menos muerte que con tu daga? —preguntó Yvonnel.
—Sí —respondió Entreri—. Y esa es la cuestión.
Yvonnel lo miró dubitativa.
—La magia de la daga destruye el alma —explicó Entreri—. Y me da salud física.
—Sí, sí —dijo Yvonnel—. Por eso Zhindia Melarn estaba tan furiosa de haber perdido a su hija bajo tu daga. Ahora lo recuerdo. No se pudo resucitar a la joven por la manera en que había muerto.
—Exacto —murmuró él.
—Pero eso no puede ser —replicó Yvonnel, lo que sorprendió al hombre, que la miró con curiosidad—. No se puede «destruir» un alma —continuó Yvonnel—. Esa energía es eterna, incluso está más allá de los dioses, y sin duda más allá del poder de una simple daga.
—Acabas de decir que Zhindia estaba furiosa porque…
—Porque a su hija no se le podía traer de vuelta desde la otra vida —concluyó Yvonnel.
—Porque no tenía otra vida —razonó Entreri.
Catti-brie miró a Yvonnel, que negaba con la cabeza.
—Si las almas no se destruyen, entonces ¿sería posible que en vez de eso fueran absorbidas y atrapadas en la daga? —aventuró Catti-brie—. ¿Es una especie de filacteria?
—Eso es posible —respondió Yvonnel, y pasó la mirada de Catti-brie a Entreri—. O quizá ahora residen en otra persona.
—¿En mí?
—Acabas de decir que la daga te otorga la salud física de tus víctimas. Quizá haya más en eso.
Entreri palideció ante esa idea, y luego volvió a pensar que debería acompañar la daga a las ardientes fauces del primordial.
—Si eso es cierto, en cualquier caso, entonces pueden ser exorcizadas —aportó Catti-brie—. Dejarlas libres.
—En ese caso debería tirar esta maldita cosa al abismo —dijo Entreri con amargura, pero Catti-brie estaba negando con la cabeza.
—Conozco una manera mejor. —Sonrió y asintió mientras los primeros pasos de un plan comenzaban a tomar forma en su cabeza.
—¿La vas a compartir con nosotros? —preguntó Entreri pasados unos minutos.
—Paciencia —respondió Catti-brie—. No tomes ninguna decisión definitiva hasta que haya pensado en lo que podemos hacer, te lo ruego. Pero, por ahora, tengo algo de lo que debo ocuparme. —Pasó por delante de Entreri, lo hizo bajar del borde de la cornisa y lo reemplazó ella.
—Sigo sin estar de acuerdo —le dijo Yvonnel—. Debe de haber un camino más seguro.
—Quizá, pero ¿cuánto tiempo tenemos? —respondió Catti-brie.
—Entonces dame tu anillo y déjame que lo haga yo.
Catti-brie negó con la cabeza.
—Has dicho que me ayudarías. Te agradeceré tus conjuros.
—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Entreri, pero no parecían escucharlo.
—Arriesgas tu bebé —advirtió Yvonnel.
—¿Y cuánto más arriesgamos si no lo hago?
—Ni siquiera sabes si el primordial te va a oír.
¡Ni puedes predecir su repuesta si lo hace!
Es una criatura de hace muchos milenios.
No ve el mundo como nosotros, nos es desconocida, más foránea incluso que los seres a los que llamamos dioses.
Por favor, niña, tengo mucha experiencia en estos asuntos.
Préstame tu anillo para que pueda ir yo a hablar con la criatura en tu lugar.
Catti-brie pareció pensárselo, incluso llegó a poner el pulgar y el índice de la otra mano alrededor del anillo, como si fuera a sacárselo.
—Me conoce a mí —dijo finalmente, y hablaba más para sí que para sus compañeras, y se preparaba para la tarea que tenía por delante.
—No le importa ni tú ni nadie de los que estamos por aquí —replicó Yvonnel—. Ni siquiera podemos saber qué le causa placer, que sueños o deseos…
—Me conoce a mí y yo le conozco a él —dijo Catti-brie con decisión, mientras levantaba la mano para alejar a la mujer, que se inclinaba hacia ella—. Ya he estado allá abajo antes, en comunión con la criatura.
Yvonnel pensó en lo que le decía, y finalmente se rindió con un gesto de cabeza.
Alzó un dedo para pedir a Catti-brie que esperara, y luego lanzó un poderoso conjuro sobre ella, que la mujer preñada tuvo que aceptar y permitir.
Luego Yvonnel comenzó a canturrear conjuros mucho más mundanos, que lanzaban protecciones contra el calor y las llamas sobre Catti-brie, para fortalecerla ante una bestia como la que la aguardaba en el abismo.
—Prométeme que cuando esto se acabe, que cuando hayamos ganado, me dejarás el anillo para que yo, también, pueda experimentar una comunión con esa magnífica criatura.
—¡Es un maldito volcán! —dijo Entreri en voz alta, pero las dos mujeres solo le contestaron con una sonrisa.
Catti-brie tuvo una idea repentina: sacó la figurita de ónice de Guenhwyvar y se la tendió a Yvonnel.
Pero ella la retiró, y no pudo evitar negar con la cabeza instintivamente.
¿Acaso intentaba proteger la pantera entregando la figurita, mientras seguía con la intención de bajar al abismo con su bebé en el vientre?
Catti-brie rio en alto ante esa aparente absurdidad y negó con la cabeza, y por un momento, sintió que no estaba segura… ¡de nada!
¿Era una locura? ¿Por qué no estaba simplemente obligando a sus amigos a teletransportarse a un lugar seguro, o al menos, llevaba a su bebé a un lugar seguro, en vez de tratar de hablar con un ser casi divino que, sin duda, era, como había dicho Entreri, más un volcán que nada sintiente con lo que pudiera relacionarse?
Sin embargo, al momento siguiente, ella misma se respondió.
Lo estaba haciendo porque era lo que sus amigos, en especial su esposo, y ella siempre habían hecho.
No se achicaría ante el peligro, incluso ante el peligro para su bebé.
No, porque el precio de la cautela era demasiado alto.
Tenían que ganar, por toda la gente buena de la región, incluido el bebé de su vientre.
Tenían que ganar.
Todos necesitaban que ella formara parte de esa victoria.
Catti-brie comenzó a extender el brazo de nuevo, pero volvió a cambiar de opinión y, en lugar de entregar la estatuilla, llamó a Guenhwyvar a su lado. La neblina gris tomó la forma de la gran pantera, y Catti-brie se agachó y le susurró instrucciones al oído.
Guen dio un salto y salió corriendo de la sala.
Catti-brie le lanzó la figurita a Artemis Entreri, no a Yvonnel.
—Si no regreso, entrégasela a Zaknafein —le pidió.
El hombre, perplejo, se la quedó mirando.
—Sí —dijo Catti-brie—. Confío en ti para que lo hagas. No traiciones esa confianza y no nos insultes a todos en este momento de necesidad preocupándote de ti por encima de los demás.
Eso hizo que Entreri frunciera el ceño, pero solo un instante, y eso fue remplazado por una carcajada y un gesto asintiendo.
—Drizzt creía en ti —dijo Catti-brie.