Implacable (Generations 3) 21. El peligro, la emoción #3
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21. El peligro, la emoción #3

El gruñido de Yiccardaria burbujeó y sonó como agua hirviendo.

—Un plan peligroso —insistió Eskavidne, sin echarse atrás—. Zhindia no tardará en conversar con Lloth, y esta puede que no esté muy satisfecha cuando sepa todo lo que hemos hecho.

—Todo lo que hemos hecho ha sido por el caos, y el caos sirve a Lloth —replicó Yiccardaria. Era cierto, en su mayor parte. Y de todas formas, ¿no estaba eso en el mismo corazón del caos?

—No es solo eso, por cierto —respondió la otra sirvienta—. ¿Se complacerá Lloth cuando se entere de que Malcanthet, la Reina de las Súcubos y consorte del Demogorgon, nos otorgó dos recuperadoras?

—Le complacerá que esos constructos se otorgaran a expensas del Demogorgon —razonó Yiccardaria—, y por razones que apoyan a Lloth, no al Demogorgon.

—¿Apoyan a Lloth? ¿Cómo lo sabes?

—¡Hermana!

—No sabemos lo que siente Lloth por Drizzt Do’Urden —repuso Eskavidne—. Siempre ha sido muy reservada respecto a ese jugador tan secundario en su gran juego.

—Lo perdió por la diosa Mielikki.

—No, lo perdió por sí mismo. No es la misma cosa. Su conflicto con Mielikki se decidió en la caverna del primordial, con la lucha entre las dos mujeres, Catti-brie y Dahlia. En cuanto a Drizzt, ella jugó su baza en los túneles que están lejos al oeste, y fue rechazada.

—Y por tanto, merecía morir.

—Eso no lo sabes. Quizá lady Lloth vio que, con el tiempo, Drizzt se debilitaría y se sometería.

—¿Con Zaknafein, su padre, de vuelta? —El sarcasmo de Yiccardaria acabó en un baile de burbujas de barro estallándole en la garganta, como si su propio ser físico estuviera riendo de las palabras de Eskavidne.

—¿De vuelta gracias a quién? —Eskavidne le cortó la risa rápido—. No lo sabemos.

Las dos se miraron en silencio durante un largo rato.

—La Reina Araña no puede estar enfadada —aportó Yiccardaria, finalmente—. ¡Ambos herejes!

—¿De verdad quieres averiguarlo?

—Tengo buena memoria, hermana —insistió Yiccardaria, envalentonada—. No he olvidado el insulto.

—Él creyó que era una rival drow.

—¡No, lo sabía! Cuando continuó su ataque, lo supo.

Zaknafein, el hereje, mató a una sirvienta de Lloth, y ella, yo, no olvida con facilidad, y nunca perdona.

Tendré a Zaknafein, hermana. No puede ser recompensado.

No puede ser redimido. Me lo llevaré al Abismo, y allí lo atormentaré por toda la eternidad.

—El resto de los poderes de Menzoberranzan han llegado —le recordó Eskavidne—. ¿Crees que Quenthel se aliará con Zhindia o irá contra ella?

—Acabamos con esa cuestión cuando le dimos las drañas a Zhindia. Quenthel reconocerá en ellas la futilidad de cualquier resistencia que pueda oponer.

—Solo si cree que fueron un don de Lloth.

—¿Quién más podría haberlo hecho?

—Una sirvienta furiosa que poseía las llaves de las jaulas abisales, naturalmente.

La yochlol Yiccardaria sonrió, alzando los extremos de sus fauces hacia arriba, y luego se resbaló hacia abajo por su forma derretida.

—Una posibilidad que incluso Quenthel Baenre no puede entender —respondió con seguridad.

Eskavidne no dijo más, pero tampoco estaba totalmente convencida. Las dos se habían estado divirtiendo mucho al principio de todo eso, incitando a Zhindia mientras pinchaban a los Baenre, incluso habían apoyado la amenaza de Zhindia al archimago Gromph. Todo era caos, un juego.

Excepto por las recuperadoras, una oferta que Yiccardaria había corrido a aceptar sin consultar a su compañera de juego. Malcanthet era lista y con una gran memoria, y sabía exactamente cómo acercarse a Yiccardaria con el cebo apropiado.

Pero ¿por qué? Yiccardaria estaba convencida de que Malcanthet pensaba que estaría hiriendo a Lloth al acabar con los dos herejes, o quizá, la motivación fuera completamente diferente, quizá fuera una oferta de paz para la Reina Araña después de que sus esbirros drow desencarnaran tan completamente al Demogorgon a las puertas de Menzoberranzan.

¿Una oferta de paz o un intento mal dirigido de revancha?

¿Acaso importaba?

Quizá sí importase, y ese era el miedo de Eskavidne en ese momento, y al ver a Yiccardaria, que normalmente era tan lista y calculadora, tomarse ese juego de un modo tan personal, estaba comenzando a ponerla nerviosa.

Sí, parte de lo que las había llevado a iniciar el juego era el deseo de Yiccardaria de vengarse de Zaknafein por una injusticia de hacía mucho tiempo; eso siempre había sido cierto.

Pero en ese momento en que el juego ya estaba muy avanzado, en ese momento en que la recuperadora había fracasado, a Eskavidne le parecía que las intenciones habían subido de tono, y que Yiccardaria se estaba tomando la derrota de la recuperadora como otra afrenta personal contra ella por parte de Zaknafein Do’Urden.

Esa era la emoción del caos, se dijo para calmarse. Desatado, podía llevar a resultados imprevisibles, a veces menores, y a veces, como parecía muy posible en ese momento, muy importantes.

Era la emoción.

Era el peligro.

Eskavidne miró a su hermana y sonrió, y dejó que la emoción superase a sus miedos.