21. El peligro, la emoción #2
—No es así —replicó Eskavidne—. Hasta cierto punto, sí, y hasta el momento en que hubiera que hacer un ataque total, seguro.
Pero estamos en el reino de los humanos, y pronto se darán cuenta de la verdad de lo que está ocurriendo aquí y vendrán contra ti en gran número.
Y no olvido el ingenio del rey Bruenor y sus compañeros.
Quizá encuentren una manera de abrir los portales, como pretendían, y en tal caso, los ejércitos de enanos vendrán contra ti.
Miles de enanos escudo, armados en el este y listos para la batalla.
Zhindia asintió. ¿Qué otra opción tenía? Esa no era una discusión que quisiera tener; sobre todo sabiendo que perder podría significar perder el favor de Lloth.
No la tendría en voz alta, al menos.
Porque sabía que había algo más en todo eso. Quería destaparlo. Necesitaba ver los hilos más internos de esa telaraña que aún se estaba tejiendo, para idear una manera de hacer que tuviera la forma que ella quería.
Desde el momento en que salió del estado semejante al viento del conjuro de Yvonnel y se despidió de esa drow tan especial, el hermano Afafrenfere había comenzado a correr.
Las primeras horas habían sido más complicadas, porque tenía que superar el perímetro de la fuerza de ocupación drow, y fue zigzagueando entre campamentos y patrullas de esas abominaciones medio drow, medio araña.
Solo lo habían visto una vez; una draña dio la alarma y le arrojó su lanza. Afafrenfere capturó el proyectil y lo arrojó de vuelta en un único movimiento fluido, e incluso alcanzó a la lanzadora original, pero la herida no fue bastante para acabar con la monstruosa bestia.
Lo había perseguido, y sus compañeras se habían unido a ella, por lo que el monje, que no tenía ningún deseo de luchar ahí fuera, había huido a toda velocidad.
Las drañas eran criaturas veloces e incansables. Cualquier humano normal hubiera tenido muy pocas posibilidades de correr más que una de ellas.
Pero, en ese aspecto, Afafrenfere no era normal.
Era un monje de la Orden de los Santos Solares, un asceta que dedicaba toda su vida a la plenitud del cuerpo y la mente; un hombre que había aprendido, por medio de un continuo entrenamiento, a canalizar la energía de su propio espíritu hacia los músculos y articulaciones perfectos de su ser físico.
Afafrenfere era el Maestro del Viento del Este, un título muy elevado, un rango muy elevado, una prueba de su dedicación, su habilidad y su disciplina.
Pocos podrían correr más que un monje, y menos aún que uno tan hábil como el hermano Afafrenfere.
Corrió a gran velocidad, alejándose de las drañas, y rápidamente quedó fuera de su alcance; además, a diferencia de un hombre normal, no se cansaba de correr a toda velocidad.
El hermano Afafrenfere había puesto muchos kilómetros entre él y Gauntlgrym antes de parar para un breve descanso, y no había ninguna señal de los monstruos que le habían perseguido.
Después de ese pequeño descanso, siguió su camino, adentrándose en la noche y subió al risco cercano más alto, desde donde esperaba tener cierta perspectiva del recorrido que tenía por delante y de lo que había dejado atrás.
En el lado este de ese alto montículo, encontró una caída vertical hasta una garganta rocosa.
Afafrenfere asintió ante su buena suerte.
Saltó del borde del barranco.
Movió las manos y los pies de un modo milagroso, y descendió los cientos de metros rápidamente; al aterrizar, rodó sobre sí mismo para absorber el impacto de la caída, y acabó solo con unos cuantos hematomas después de un descenso al que nadie —que no comprendiera las capacidades de este monje— creería que un humano podría sobrevivir.
Allí, seguro de que se había quitado de encima cualquier posibilidad de que lo siguieran, Afafrenfere descansó.
Se despertó al amanecer y comenzó a correr otra vez, directo hacia el sol naciente.
No sabía exactamente cuánto había recorrido, pero Afafrenfere supuso que habría bastante más de trescientos kilómetros desde las puertas de Gauntlgrym a Thornhold, como Yvonnel le había advertido.
El hermano Afafrenfere llegó a las ruinas solo cinco días después de su partida.
Cruzó la puerta y encontró la cicatriz de la recuperadora con facilidad.
Realizó una rápida comprobación visual de los alrededores antes de sentarse con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas, con las palmas hacia arriba; entró en una meditación muy profunda, y se unió a todo lo que le rodeaba en un estado que le llevaba más allá de lo que sus sentidos físicos podrían percibir.
Buscó un fantasma.
Varias veces pensó que había encontrado algo parecido, un pensamiento extraño, una momentánea inspiración o una observación que le parecía ajena a él.
¿Quizá los restos de Drizzt?
Deseaba desesperadamente que la transcendencia que había observado el Gran Maestro Kane demostrara ser cierta, y demostrara ser la labor de su amigo drow. Sin embargo, incluso así, Afafrenfere sabía que había pasado bastante tiempo desde que Kane había presentido aquel suceso.
Demasiado tiempo, casi con seguridad.
Aun así, tenía que descubrir la verdad, aunque solo fuera para dar paz a Catti-brie y a los otros Compañeros de Mithril Hall.
Decidido, permaneció sentado allí y abrió la mente, el corazón y el espíritu, y se convirtió en un ser de pura receptividad, que captaba cada sonido, olor, susurro y sensación de toda la zona alrededor de Thornhold.
En tal estado, resultaba difícil diferenciar lo físico de lo espiritual, y por eso Afafrenfere estaba desprevenido cuando finalmente abrió los ojos y se encontró rodeado de un grupo de enanos armados, con armadura e indiscutiblemente enfadados.
—Matadlo —fue lo primero que Afafrenfere oyó claramente de uno de ellos.
Y lo último.
—Eso ha sido un plan muy arriesgado, hermana —le dijo Eskavidne a Yiccardaria cuando se encontraron solas, aunque aún seguían en el plano material.
Estaban en su forma natural, en su estado de vela derretida, y sus voces burbujeaban y chisporroteaban como barro caliente; su idioma era el de las yochlol, porque si las oía alguien, lo más seguro era que no fuera capaz de entenderlas.
—Zhindia tarda demasiado —replicó Yiccardaria—. Me temo que lo que ha ganado le dure poco.
—¿Ganar? Hermana, ¿qué ganancias nos importan, o le importan a lady Lloth?
Yiccardaria se giró de golpe, y sus apéndices se agitaron en señal de protesta.
—De aquí solo puedes ganar una cosa, y está hecho o no lo está. Por ahora, no lo está —añadió Eskavidne.