21. El peligro, la emoción
E L PELIGRO, LA EMOCIÓN
E L A ÑO DEL R ENACIMIENTO DE LA R AZA E NANA
—¿Las recuperadoras son indestructibles? —preguntó el hermano Afafrenfere a Yvonnel. La había hecho salir para estar solos y preguntarle más sobre el fin de Drizzt.
—Casi —contestó la drow—. Los enanos de aquí lanzaron a una dentro del pozo con el primordial de fuego.
No sé si así fue destruida, pero hace algún tiempo y no la han vuelto a ver.
Esa tenía a Zaknafein por objetivo, estamos seguros, y él sigue en el complejo.
Si hubiera sobrevivido, estaría tratando de salir del pozo.
—Por tanto, ¿ha sido destruida?
—Eso diría yo.
—¿Y la que perseguía a Drizzt? ¿Es posible que él la destruyera?
La mujer negó con la cabeza, pero respondió.
—Todo es posible. Pero entonces, ¿dónde está Drizzt?
—Crees que está muerto o que ese gólem se lo ha llevado al Abismo.
—Eso parece lo más probable. —Yvonnel inclinó la cabeza un poco para observar al monje—. ¿Qué estás pensando, monje?
Ahora fue Afafrenfere quien negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero debo ir a ese lugar.
—¿Thornhold?
—La fortaleza donde, al parecer, Drizzt perdió.
—Está muy lejos —contestó Yvonnel—. Quizá a cientos de kilómetros, y ninguno será más difícil de recorrer que el primero.
—Sácame de aquí, solo más allá de los demonios y los drow que están en la superficie, te lo ruego —pidió Afafrenfere.
—Dime por qué.
—No sé si lo entenderías.
—Hermano, mis recuerdos abarcan milenios, desde la fundación de Menzoberranzan —explicó la drow—.
He estado en el Abismo y en los Nueve Infiernos.
He recorrido las Profundidades Tártaras y combatido contra celestiales.
Soy la reencarnación de todas las lecciones que aprendió la Madre Matrona Yvonnel la Eterna, sus recuerdos fueron el regalo de un ilícido cuando aún me hallaba en el vientre de mi madre.
Hace poco, yo sola, dirigí la derrota y la destrucción de la forma corpórea del Demogorgon.
»Hay mucho del multiverso que no entiendo; a fin de cuentas es un lugar de una amplitud casi infinita.
Pero te aseguro que te podría contar yo a ti muchas más cosas que tú no podrías entender que este asunto que ahora tenemos ante nosotros.
Me has pedido ayuda, y por tanto, como soy amiga de los enanos de aquí y del hombre al que buscas, te ayudaré, en cuanto me convenzas de que mereces mi ayuda y de que mis esfuerzos reportarán algún beneficio.
El hermano Afafrenfere se lo pensó un momento y asintió.
—Déjame que te hable de Kane, el Gran Maestro de las Flores —comenzó—. Déjame que te cuente una pelea que compartí con él, estando él en mi interior, en una posesión voluntaria de mi ser físico, contra un dragón blanco, sobre las montañas de la Marca Argéntea.
—Esto es insostenible —dijo Yiccardaria a la Matrona Zhindia. Las dos sirvientas y los comandantes drow se habían reunido en la casa de Viñas Sangrantes que la Matrona Zhindia había convertido en su puesto de mando, para evaluar la situación y planear sus siguientes pasos.
Para sorpresa de las drow mortales, Yiccardaria y Eskavidne habían aparecido con la intención de remover de nuevo el pasado: la disposición de las recuperadoras, el supuesto éxito de una, el miserable fracaso de la otra.
—Esas valiosas armas se te dieron asumiendo que se cuidarían —continuó Yiccardaria, y su tono le sonó a toda la mesa como el de una gran amenaza.
—Se me entregaron como armas indestructibles con un objetivo único —replicó Zhindia, e intentó sonar igualmente agresiva, por razones evidentes para todos.
—¡Bajo tu mando! —la calló Yiccardaria.
—Siempre se dio por descontado que la Matrona Zhindia ejercería sabiduría y templanza en la utilización de esos constructos —añadió Eskavidne.
Zhindia tartamudeó, estupefacta de que volvieran a sacar ese tema.
A fin de cuentas, inmediatamente después de las explicaciones hechas a las sirvientas sobre el resultado de las recuperadoras la última vez, Eskavidne y Yiccardaria habían abierto la puerta mágica para recuperar a muchas drañas muertas desde hacía mucho tiempo, y las habían puesto a disposición de Zhindia.
Entonces, ¿por qué eso ahora? ¿Por qué esas dos, y sobre todo Yiccardaria, estaban volviendo a hablar de las recuperadoras y esta vez la señalaban con un dedo acusador?
La Matrona Zhindia no estaba segura de cuál era la respuesta, pero entendía claramente las implicaciones potenciales si esa acusación ganaba fuerza.
Respiró profundamente antes de contestar.
—Llevé a las recuperadoras a la superficie en mi marcha —dijo con calma—, como se me había ordenado, y las liberé para que cumplieran con su destino, un destino decidido por otros.
¿Por vosotras dos? ¿Por la propia lady Lloth?
¿Podría haberles impedido que siguieran sus objetivos, aunque lo hubiera intentado?
¿No me habría convertido eso a mí, y a aquellos asignados a esa tarea, en obstáculos en el único y solo objetivo impuesto a las recuperadoras?
Y todos sabemos lo que hacen las recuperadoras a aquellos que obstaculizan su misión.
—Pero ¿ayudaste en su misión? —presionó Yiccardaria.
—¿Qué queríais que hiciera? ¿Enviar mis fuerzas a lo más profundo de Gauntlgrym o diseminarlas a lo largo y ancho de la Costa de la Espada para ir detrás del constructo que perseguía al hereje Drizzt? Ellas tenían cada una su objetivo. Yo tenía una guerra que ganar.
—Al menos admite sus tácticas, y por tanto su fracaso —dijo Eskavidne a su compañera, y Yiccardaria asintió.
La Matrona Zhindia apenas pudo contener un gruñido.
—No es una experiencia tan dura para ti, Matrona Zhindia, y sin duda puedes reparar el daño que has causado —dijo Eskavidne a la matrona.
Zhindia entrecerró los ojos y apretó los dientes.
Necesitó de toda su fuerza de voluntad, y un recuerdo interior constante de que esas eran las representantes de la Reina Araña, cuya bendición era todo lo que realmente le importaba, para contener sus maldiciones y sus órdenes a sus compañeras de enviar a esas dos adecuadamente de vuelta a las turbulentas nieblas del Abismo.
—En cualquier caso, una recuperadora se destruye cuando ha completado su misión —continuó Eskavidne—.
La pérdida no es lo importante. Es la pérdida sin la ganancia del objetivo lo que importa y queda mal.
Drizzt Do’Urden ha sido apartado, pero Zaknafein permanece.
Corrige esto y esta conversación quedará olvidada, naturalmente.
—Naturalmente —coreó Yiccardaria—, y aun sería mejor si capturaras a Zaknafein y nos llamaras a tu lado, para que podamos bendecir completamente el ritual mientras se lo entregas a Lloth.
Zhindia supo que no había podido ocultar su curiosidad por lo que acababa de decir la sirvienta, pero qué le iba a hacer.
Tenía sentido que las sirvientas quisieran estar para ser testigos de tan gran ofrenda a Lloth, claro, pero había algo en la forma en que Yiccardaria había formulado su exigencia, un extra de entusiasmo quizá, que hacía pensar a la matrona, muy perceptiva y siempre suspicaz, si habría algo más en eso que la simple ejecución de un hereje.
Por lo que la Matrona Zhindia sabía, seguía siendo un misterio cómo Zaknafein había vuelto a la vida, o qué ser divino había pensado, por alguna razón, que era una buena idea sacarlo de una tumba bien merecida.
¿Qué era lo que no acababa de ver ahí? ¿Qué motivos, más allá de la campaña de la Matrona Zhindia para destruir a los herejes, habían llevado a que se le aparecieran las dos sirvientas con sus generosas ofertas: primero las recuperadoras y luego las drañas?
Siempre había telarañas de intrigas con los drow, muchas más que con esos demonios que rodeaban a Lloth, y más que con la propia Lloth.
Sin embargo, había algo más, seguramente muchas cosas, y una en particular concerniente a Zaknafein Do’Urden.
Seguramente sería irrelevante para ella, o lo habría sido, si las sirvientas no acabaran de culparla por la pérdida de las recuperadoras para obligarla a tratar a Zaknafein del modo que le habían pedido; aun así, siempre era aconsejable para una drow buscar en lo más profundo posible de la red de telarañas.
—Nada me gustaría más que hundir la daga sacrificial en el pecho de Zaknafein Do’Urden, sirvientas —respondió con sinceridad—. Y cuando lo haga, tener a Yiccardaria y Eskavidne conmigo, compartiendo las plegarias a lady Lloth, lo hará mucho más glorioso.
—Necesitas presionarlos, matrona —dijo Yiccardaria—. Más duro. Hazte con las cavernas y mantén las cavernas. Atrapa y mata a sus jefes. Asegura el lugar, y mientras lo haces, elimina al hereje Zaknafein para subsanar tu fracaso con la recuperadora.
La Matrona Zhindia se mordió la lengua para no replicar, pero ni verbal ni abiertamente, ante esos otros testigos, estuvo de acuerdo con el consejo.
—¿Queréis que envíe a la drañas?
—No —soltó Eskavidne antes de que Yiccardaria pudiera contestar—. ¡No! Las drañas son para mantener lo que ganes. Tienes demonios. Úsalos. Incluso los mayores. Un gran y magnífico impulso para purgar este lugar de la plaga de los enanos. Ve y conquista la primera parte de tu reino.
Alrededor de la mesa, otros drow lanzaron vítores, y Zhindia se unió a ellos.
Pero por dentro, no estaba tan encantada con esa orden.
Contener a los demonios mayores había sido una táctica acertada, que aseguraba la victoria, aunque retrasara el resultado.
Los demonios mayores solo estaban empleando su energía y sus poderes mágicos para abrir las puertas del Abismo, para traer refuerzos que lanzar contra los enanos, cada vez más agotados por la batalla.
Se estaban poniendo nerviosos, tanto que uno ya se había lanzado a la refriega. Pero estaba funcionando.
—El tiempo es nuestro mejor aliado —recordó a todos.