Implacable (Generations 3) 20. El paso de los años #3
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20. El paso de los años #3

Jarlaxle dejó la Casa Baenre poco después, y se dirigió a la Grieta de la Garra y la Casa Oblodra, con la idea de que Kimmuriel quizá podría ayudarle a aclarar las cosas en ese momento desesperado.

Pero cambió de idea, y en vez de eso, se dirigió al Micónido Supurante, y poco después, estaba sentado en una sala en el piso superior de la taberna, con Dab’nay al otro lado de la mesa.

La mujer esperaba pacientemente a que Jarlaxle le dijera por qué la había llamado. Jarlaxle lo vio claramente, pero no estaba seguro de cuánto podía divulgar.

—Drizzt Do’Urden no mató a la niña elfa —dijo finalmente—. La protegió.

Dab’nay lanzó un audible grito ahogado.

—Mali… la Matrona Malicia lo sabe —continuó Jarlaxle—. Y sabe que Zaknafein lo sabe.

—¿Zaknafein lo sabe?

—¿Por qué crees que le mejoró el humor?

Sin embargo, ya mientras Jarlaxle hacía esa pregunta, Dab’nay pareció entenderlo, y suspiró pensando que su propia pregunta parecía ridícula en vista de esa prueba.

Jarlaxle se puso en pie y comenzó a ir de arriba para abajo.

—¿Qué hará la Matrona Malicia? —preguntó, tanto a sí mismo como a Dab’nay.

—Entregará a Drizzt a la Reina Araña en la punta de su daga sacrificial —respondió esta sin vacilar—. ¿Qué matrona haría otra cosa?

—Pero ¿qué hará Zak?

Dab’nay alzó las manos.

—¿Qué hace siempre Zaknafein? Luchará, y disfrutará matando a cada una de las sacerdotisas de la Casa Do’Ur…

—No —la interrumpió Jarlaxle—. No. Malicia lo conoce mejor que cualquiera de nosotros.

—La Matrona Malicia —le corrigió Dab’nay.

—Sabe lo peligroso que es, mejor que cualquiera de nosotros. Nunca le dará la oportunidad de luchar. Está acorralado y atrapado.

—También lo matará —susurró Dab’nay, horrorizada.

—Finalmente. Primero lo hará sufrir por la pérdida de Drizzt. Lo culpará a él, le cargará de culpa el corazón. Así es de malvada, como todas ellas.

Miró a Dab’nay, como esperando que ella le riñera, pero la mujer no dijo nada.

—¡Y para empeorarlo, también lo culpará de la desaprobación de Lloth! —exclamó Jarlaxle con énfasis, y sus propias palabras lo dejaron helado—. La desaprobación de Lloth —susurró de nuevo.

—¿Adónde vas? —preguntó Dab’nay cuando vio a Jarlaxle dirigirse hacia la puerta.

—A jugar el dado que me han tirado.

No había ninguna bravuconería ni en su respuesta ni en su corazón. En esa situación no podía encontrarse nada bueno, pero quizá, solo quizá, acababa de encontrar algo menos malo.

Poco después volvía a estar con la primera sacerdotisa Triel Baenre.

—Has interrumpido mis plegarias —le saludó con acritud la diminuta mujer.

—No finjas que no estás disfrutando con esto tanto como con cualquier plegaría que jamás hayas recitado —replicó Jarlaxle.

Triel rio, y su risa era de alegría, de una alegría retorcida y malvada.

—La desaprobación de Lloth hacia la Casa Do’Urden no es solo por lo que hizo Drizzt —le dijo Jarlaxle, lo que le valió una mirada de curiosidad—. También Zaknafein erró, hace muchos años, en los túneles de fuera de la ciudad.

La expresión de Triel no cambió.

—Los detalles no tienen importancia —añadió Jarlaxle—. Pero dime solo esto: ¿la desaprobación de Lloth se mitigaría igual si la Matrona Malicia realizara solo un sacrificio?

—¿Si sacrificara al maestro de armas en lugar de al segundón?

—¿Podrías discernir la respuesta?

—¿Me estás pidiendo que convenza a la Matrona Malicia de sacrificar a tu amigo, Jarlaxle?

—¡No! —exclamó él instintivamente, controlando la repulsión—. Lo que pregunto es si sería suficiente.

—¿Para que el segundón pueda ser salvado y redimido?

«No es así como yo lo expresaría», pensó Jarlaxle, pero no lo dijo, y tampoco importaba, porque seguro que Triel ya sabía que su versión de redimir nunca encajaría con el significado que Jarlaxle le daba a esa palabra.

Un momento después, Triel rio de nuevo.

—Ya veo —repuso—. Te temes que la Matrona Malicia los mate a ambos.

—No importaría —admitió Jarlaxle—. Conozco bien a Zaknafein Do’Urden. Cuando la Matrona Malicia entregue a su segundón a Lloth, él se quedará destrozado, y luchará contra ella.

—¿No comprendes que yo podría disfrutar de un espectáculo como ese?

—Te estoy pidiendo que me hagas un favor —explicó Jarlaxle—. Te quedaré en deuda y te la pagaré con creces.

—Esto es muy importante para ti —dijo Triel.

—Y provechoso para ti.

—Dímelo, pero ten mucho cuidado de no hacerme una petición que yo pueda considerar blasfema.

—Haz llegar a la Matrona Malicia que el sacrificio de Zaknafein sería suficiente para aliviar la nube que pesa sobre la Casa Do’Urden. Si eso es cierto, claro. Si con ese sacrificio se consideraría reparado el daño causado.

—Eso me resultará fácil de discernir de una sirvienta —repuso Triel.

—¿Conoces la transgresión de Zaknafein?

—Hablo con sirvientas todo el tiempo, tonto —contestó Triel—. Claro que la conozco. Claro que todas la conocemos.

—En aquel entonces, estábamos en los túneles sirviendo a la Madre Matrona Baenre. —Jarlaxle sintió que tenía que recordárselo.

—Y esa es la razón por la que Zaknafein sobrevivió a las consecuencias de sus actos.

Jarlaxle se calló y apretó los labios. Lo sabían todo. Siempre lo sabían todo. Veían la caída, preveían la caída, disfrutaban con la caída.

En ese momento, allí mismo, deseó apuñalar a Triel en el ojo. Se dio cuenta de que se sentía como Zaknafein, y nunca antes había comprendido tan bien la implacable furia de su amigo.

—Vete a casa, Jarlaxle —le dijo Triel—. Vete a tu taberna o al Grieta de la Garra, y no hagas nada más esta noche ni en los días venideros. No hagas nada más, nada en absoluto, en referencia a todo esto. No es un consejo, es una advertencia que te hago y que no admite ningún tipo de condición.

El camino por la ciudad se le hizo largo y terrible a Jarlaxle. Optó por ir a la Grieta de la Garra y no al Micónido Supurante. No quería hablar ni con Dab’nay ni con Kimmuriel. No quería hablar con nadie. Habían lanzado el dado y había hecho su apuesta.

Intentó visualizar la escena que se desarrollaría en el complejo Do’Urden, en la Muralla del Oeste de la ciudad. Malicia le diría a Zaknafein que la vida de Drizzt era el castigo, y Zak se sentiría impotente, absolutamente impotente.

Zak tenía solo una jugada, y Jarlaxle estaba seguro de que la aprovecharía.

Se ofrecería en el lugar de su hijo.

Tendría que pasar así, de la única manera posible.

Muchas veces durante ese largo camino, Jarlaxle se planteó diferentes cursos de acción que podría adoptar. ¡Podría asaltar la Casa Do’Urden con Bregan D’aerthe y sacar de allí a Zak y a su hijo!

Pero no, claro que no podía.

Las Baenre lo aplastarían, si no lo hacía Malicia. Lo destruirían a él, a Zak y a Drizzt, y también todo lo que Jarlaxle había construido con su banda mercenaria. Porque interferir en este caso pondría a Jarlaxle contra Lloth abiertamente.

No había nada más que pudiera hacer.

Se sentía impotente, pero sabía que su querido Zak seguramente no tardaría en sentir una impotencia y una desesperación muy por encima de las que Jarlaxle jamás había experimentado.

Ocurrió esa misma noche, como Triel había predicho, y sucedió como Jarlaxle había supuesto, excepto que él no sabía que Drizzt Do’Urden no se hallaba en la Casa Do’Urden esa noche, sino que estaba por la ciudad, ajustando cuentas.

Triel había cumplido su favor y Malicia había aceptado la oferta de Zaknafein.

El amigo de Jarlaxle había muerto, había sido entregado a Lloth, a quién odiaba por encima de todo.

A Jarlaxle solo le quedaba esperar que Zak hubiera ido a la tumba con la confianza de que su acto salvaría a su hijo.

Sin embargo, lo que Zak nunca supo, y Jarlaxle solo descubrió al día siguiente, fue que Drizzt había dejado tanto la Casa Do’Urden como Menzoberranzan, definitivamente.

Según todos los informes que Jarlaxle reunió en los días siguientes, el impulsivo joven, enfurecido por la muerte de Zaknafein, había maldecido a su matrona y había huido hacia las regiones remotas de la Infraoscuridad.

Eso dejó a Jarlaxle presa de una gran agitación, mientras se preguntaba si debía intentar acudir en ayuda de Drizzt.

Pero más tarde, este fue declarado apóstata públicamente, lo que dejo a Jarlaxle impotente de nuevo.

Una noche, poco después, se hallaba en el tejado del Micónido Supurante, mirando en la dirección de la salida norte de Menzoberranzan, pensando en el hijo de Zaknafein, un auténtico maestro de la espada, un joven cortado por el mismo patrón de su padre en muchos aspectos.

Fuera cual fuera el destino de Drizzt ahí fuera (y Jarlaxle suponía que sería una muerte prematura), le resultaba reconfortante que Zak hubiera sido capaz de criar a su hijo a su propia imagen.

Porque Drizzt había hecho lo que Zak siempre había querido hacer. Drizzt había visto la corrupción, la maldad, el feo peso de los edictos de Lloth, y lo había rechazado todo de un modo que ni Zaknafein ni Jarlaxle habían tenido nunca el coraje de hacer.

—Huye libre, Drizzt Do’Urden —susurró Jarlaxle a la noche de Menzoberranzan—. Busca tu camino con un corazón inmaculado y muere con honor e integridad. Haz algo que tu padre nunca fue capaz de hacer.

Satisfecho, Jarlaxle se puso en pie y fue hacia la puerta, pero ya para sí, añadió una confesión que le pesaba con cada paso.

—Algo que yo nunca he tenido el valor de hacer.