20. El paso de los años #2
—Nunca he sabido que la Matrona Malicia atacara una Casa Regente antes —respondió Jarlaxle—.
No hay ninguna casa por debajo de la Casa Do’Urden que los amenace, sin duda, y menos en este momento, con la Casa Hunzrin aún desorganizada o, como mínimo, en transición.
Si la Matrona Malicia está planeando una guerra, será la que la siente en el Consejo Regente.
Y no esperaría que diera señales de esto, no.
Esas ocho matronas por encima de ella se sientan juntas a menudo.
¿Quién sabe que hilos han atado entre ellas?
¿Quién conoce sus alianzas? No dudo que la Matrona Malicia está planeando su movimiento, pero me pregunto si sabrá ya contra quién será.
Me esperaría que lo dejara entrever la próxima vez que vuelva a hablar con la Madre Matrona Baenre, en busca de pistas sobre cuál de las ocho casas se considera la pérdida menos costosa.
Beniago no era ningún niño, y sin duda no estaba protegido por el lujo de su casa. Comprendía ese razonamiento, claro.
—Tú mismo lo has dicho —dijo Jarlaxle—. La Matrona Malicia está preparando la música: el favor de Lloth. Este año pasarán muchas cosas.
—Sin duda —respondió Beniago, con una sonrisita que Jarlaxle no acabó de descifrar.
—Cuéntame —le animó Jarlaxle.
—Quizá el favor de Lloth no brille sobre la Casa Do’Urden con tanto resplandor como la Matrona Malicia se cree —comenzó—. Y por tanto, quizá sea otra casa la que inicie los acontecimientos de los próximos meses.
—¿Qué es lo que sabes? —preguntó Jarlaxle, que intentaba disimular lo que le habían sorprendido esas noticias.
—Menos de lo que crees y más de lo que puedo decir —respondió Beniago.
Jarlaxle no supo qué responder a eso, ni qué más preguntar. Beniago era un soldado de su banda, pero, a fin de cuentas, era también un Baenre.
Otra pieza del extraño puzle cayó en manos de Jarlaxle no mucho después, cuando Dab’nay lo visitó de nuevo, esta vez para informarle que el humor de Zaknafein había vuelto a cambiar.
—¿Feliz? —preguntó Jarlaxle, incrédulo, después de que Dab’nay le informase del repentino cambio del maestro de armas.
—Más feliz de lo que lo he visto nunca.
Jarlaxle buscó alguna respuesta a esa inesperada variación. Cuando Dab’nay se reunió con él ese día, casi se esperaba que le dijera que Zak había asesinado a su hijo, o que el maestro de armas había huido de la Casa Do’Urden y del propio Menzoberranzan.
Pero no, Zaknafein seguía ahí, y Drizzt estaba bien vivo, batallando contra los elementales invocados por los svirfneblin en los túneles de la Infraoscuridad, o cualquiera que fuera la nueva aventura a la que Malicia hubiera enviado a sus hijos.
¿Acaso la noticia del fracaso ético de Drizzt había quebrado totalmente a su amigo? ¿Se habría vuelto loco Zak?
—¿Te ha dado alguna pista de por qué? —preguntó Jarlaxle.
—Únicamente ha dicho que ya no estaba solo —contestó ella—. Ha encontrado un nuevo aliado y amigo.
—¿Quién?
Dab’nay se encogió de hombros y alzó las manos, mostrando impotencia.
Jarlaxle repasó su conversación con Beniago. Las piezas casi encajaban, pero sabía que le faltaba algo, algo importante.
Algo que seguramente haría que mataran a algún drow.
Jarlaxle dejó caer el rostro sobre las manos, mientras sacudía la cabeza.
Por una parte, lamentaba que su curiosidad le hubiera llevado a los aposentos de Triel Baenre.
Jarlaxle odiaba ir allí; Triel estaba entre las sacerdotisas drow más peligrosas e inteligentes con las que había tratado.
Era muy baja, menos de un metro cincuenta, más baja que la mayoría de los hombres, y quizá por eso, siempre se comportaba como si estuviera decidida a estar por encima de cualquiera que tratara con ella.
Con el nombre Baenre tras cada uno de sus pasos, y sus propios y tremendos poderes divinos, normalmente lo lograba.
—Ya sabes lo que hará la Matrona Malicia, claro —dijo ella, solo para meter el dedo en la llaga y causar más dolor. Triel acababa de informarle de la traición, o cobardía, de Drizzt durante la incursión contra el clan darthiir .
—¿Lo sabe la Matrona Malicia?
—Lo sabe. Tuvo un desafortunado encuentro con una sirvienta, y ahí se enteró de que D’aermon N’a’chezbaernon no contaba con el favor de Lloth.
La Matrona Malicia no es tonta; eso se lo concedo.
Miró y remiró, así que acabó descubriendo la verdad.
Su valioso hijo no mató a la niña elfa. Todo lo contrario.
Cubrió a la niña con la sangre de su madre y así la salvo de las hojas de los que lo acompañaban en la incursión. Una traición sorprendente.
—Cobardía, como has dicho —añadió Jarlaxle rápidamente, en un intento de formar la opinión de esa poderosa sacerdotisa. Si Drizzt había fracasado debido a cobardía, sería castigado, claro, pero la cobardía era algo que se podía corregir.
La blasfemia no.
—El maestro de armas, tu amigo y a veces socio, también sabe la verdad —le informó Triel.
A Jarlaxle no le sorprendió eso, porque las piezas comenzaron a encajar, y explicaban perfectamente los bruscos cambios de humor de Zaknafein que Dab’nay le había descrito.
—Drizzt se lo dijo —continuó Triel—. Y la Matrona Malicia tiene oídos invisibles.
«Oídos invisibles», una frase que las sacerdotisas solían reservar para Lloth y sus sirvientas.
«Si te portas mal —enseñaban a todo niño drow desde su más tierna infancia—, lady Lloth lo sabrá.
Tiene oídos que te rodean por todas partes, invisibles, flotando, esperando para pillar tus transgresiones. »
Malicia había espiado mágicamente a Zak y a Drizzt.
—Esa prueba no es muy fiable —repuso Jarlaxle, y sabía que estaba dando palos de ciego, pero tenía que hacer algo. Tenía que intentarlo—. Quizá Drizzt simplemente le estaba diciendo al maestro de armas lo que pensaba que este quería oír.
—La desaprobación de Lloth ensombrecía la Casa Do’Urden ya antes de que el segundón se lo contara al maestro de armas —le recordó Triel, sin dar tiempo a Jarlaxle a inventarse alguna disparatada teoría que le diera margen de maniobra para llevar a la sacerdotisa por otro camino.
»Esa desaprobación no se debía a las palabras de Drizzt, sino a sus acciones durante aquella incursión —la evidente alegría de Triel hizo que Jarlaxle apretara los dientes—.
Ya sabes lo que hará la Matrona Malicia, claro —dijo de nuevo con una gran sonrisa, que era más por la incomodidad de Jarlaxle que por cualquier sentimiento que pudiera tener hacia Drizzt, Zaknafein o la Casa Do’Urden.
Para ella, para todas ellas, solo era un juego, y ahora lo jugaba para causarle dolor a Jarlaxle.
Con lo cual ella disfrutaba enormemente.
Jarlaxle sí que sabía lo que haría Malicia, lo que tenía que hacer.
Sacrificaría a Drizzt a Lloth. Por mucho que valorase a su prometedor segundón, por mucho que pensara que Drizzt podría reportarle grandes beneficios a la Casa Do’Urden, nada de eso sería posible —de hecho, todo lo contrario—, si Malicia y su familia se hallaban bajo la nube de desaprobación de Lloth.
Alguna de las casas por debajo de la Casa Do’Urden en la jerarquía podrían usar eso para ascender, o más seguramente, y más devastador para la Casa Do’Urden, cualquier de las ocho Casa Regentes que considerara a la novena casa como una amenaza, podría emplearlo para acabar con esa amenaza de una forma total.
Jarlaxle fue desarrollando más estas ideas.
Se dio cuenta de que el asunto no acabaría con Drizzt.
Malicia se libraría del muchacho, aunque no quisiera, y luego tendría que ocuparse de la persona a la que Drizzt había contado su crimen, una persona que, sin duda, no había acudido a ella con la noticia de la admisión de culpa de Drizzt.
Los cambios de humor de Zaknafein llenaban todos los huecos del puzle.
Seguramente, también Zaknafein estaba condenado.
Pero no acabaría con él inmediatamente, claro.
La cruel Malicia le haría sufrir durante un tiempo el dolor de perder a Drizzt, incluso sería probable que le ofreciera a Zak alguna posibilidad de redención, porque podía necesitar sus espadas en las luchas venideras.
Pero él no la aceptaría. Jarlaxle lo sabía.
Se preguntó si quizá habría algún modo de sacar de ahí a Zak, quizá incluso buscar la manera de extraer a Drizzt de las garras de Malicia.
Desechó esa idea inmediatamente, sobre todo dado la mujer que tenía ante sí. Los Baenre sabían la verdad. La mismísima Madre Matrona Baenre sabía la verdad.
En esos momentos, Jarlaxle y Bregan D’aerthe nunca llegarían ni a acercarse a Zaknafein o a Drizzt, y esos momentos era todo el tiempo que a ellos, o al menos a Drizzt, les quedaba.
—No te gusta demasiado el dado que han lanzado ante ti —comentó Triel, sacándolo de su ensimismamiento.
—Encuentro todo el incidente muy desafortunado y triste —admitió él—. Un tremendo desperdicio de un gran talento muy prometedor.
—Claro que lo es —coincidió la primera sacerdotisa—. ¿Y qué hace Jarlaxle cuando no le gusta el resultado del dado, pero no puede cambiar los números? ¿Cómo mitiga Jarlaxle sus pérdidas?
—¿Mis perdidas?
Triel se rio de él.
Jarlaxle nunca se había sentido más desnudo.
—¿Qué hace Jarlaxle? —le preguntó de nuevo.
Jarlaxle se la quedó mirando.
—No lo sabes —dijo Triel—. Me alegra el corazón ver a Jarlaxle sin saber qué decir. Mira, te ofreceré un poco más: creo que esta será una noche crucial.
Lo dejó ahí, y Jarlaxle tuvo que esforzarse por no inclinarse hacia ella mostrando su ansiedad.
—¿Y cómo es eso?
—Tengo mucho que hacer, muchas plegarias aún que recitar —fue la respuesta, ofrecida con una sonrisa maliciosa—. Estaré aquí muchas horas. Ya sabes cómo entrar, así que, por favor, ven a contarme lo que pretendas hacer. De hecho, insisto en ello.