20. El paso de los años
E L PASO DE LOS AÑOS
—Extráelo —le rogó Dab’nay a Jarlaxle—. Sácalo de ahí. Drizzt ha vuelto junto a la Matrona Malicia; esta dejará ir a Zaknafein por la cantidad adecuada.
—Solo hace una semana me decías que Zaknafein estaba más feliz de lo que lo habías visto nunca —replicó Jarlaxle, sorprendido por esa solicitud—. Su hijo, su protegido, vuelve de la academia con todos los honores, y se murmura que superará incluso a su propio padre.
—Y ahora está taciturno —explicó Dab’nay—. Porque sabe que Drizzt es un drow, un auténtico drow, bañado en sangre de darthiir .
Jarlaxle exhaló un gran suspiro y movió la cabeza. Darthiir . Un elfo. Ya se conocían los detalles de la incursión de la partida de guerra en la superficie.
El año era joven, 1329 Computo del Valle, el Año del Yelmo Perdido, pero ya estaba demostrando ser el más memorable de la década.
Como con muchos de los rumores y susurros que habían corrido por Menzoberranzan durante las últimas décadas, el centro de ese torbellino era D’aermon N’a’chezbaermon, la Casa Do’Urden.
La Novena Casa de Menzoberranzan. Drizzt, el apreciado hijo de la Matrona Malicia, había vuelto a casa después de completar su entrenamiento en Melee-Magthere.
No sorprendía a nadie, y menos aún a Jarlaxle, que Drizzt, el hijo de Zaknafein, hubiera dominado su clase y ya estuviera siendo comparado con su padre, quien estaba considerado uno de los tres mejores maestros de armas de todo Menzoberranzan, si no el mejor de todos.
Pero Jarlaxle también había oído muchos otros rumores. Y era por eso por lo que había urgido a Dab’nay a que aumentara sus encuentros amorosos con Zaknafein, que habían sido muy pocos en los últimos tiempos.
—La incursión —explicó Dab’nay, y Jarlaxle fingió parecer sorprendido; siempre era mejor oír varias voces sobre el mismo asunto, y siempre era aún mejor si la fuente creía que estaba ofreciendo una primicia.
—Dinin Do’Urden dirigió al grupo de guerra a la superficie y allí se encontraron a los elfos dedicados a sus frívolos juegos, exactamente como había predicho la Madre Matrona Baenre —explicó Dab’nay.
—Estoy seguro de que Dinin los dirigió muy bien —repuso Jarlaxle, fingiendo ignorancia, y restando importancia a lo que había oído sobre la expedición y sobre el completo éxito que esta había logrado, para gloria de ambos hijos Do’Urden.
Había sido un completo éxito a los ojos del Consejo Regente, y sin duda, a los ojos de la Reina Araña.
Para Jarlaxle, había sido solo otra atrocidad en milenios de atrocidades, otro desperdicio de vida y energía por unos fines etéreos a los que nunca les había visto el sentido. ¿Por qué matar a alguien cuando se le puede vender cosas? ¿O aprender cosas de él?
—La Casa Do’Urden disfruta del favor de la Reina Araña —dijo Dab’nay—. A Zaknafein nunca le ha complacido tal favor.
—Cierto —admitió Jarlaxle, porque era una afirmación innegable. Después de todo, el maestro de armas siempre se sentía feliz matando a sacerdotisas de Lloth.
—Y ahora brilla sobre su hijo —continuó Dab’nay—. Al parecer, Drizzt no se parece mucho a Zaknafein en ese aspecto. Quizá más a su fanática madre. Sus espadas están manchadas de sangre y no he oído palabras de arrepentimiento.
—Eso no le gustará a Zak —admitió Jarlaxle, más para sí que para Dab’nay, quien asintió—. ¿Así que crees que la Matrona Malicia estará dispuesta a elevar a Drizzt para que sirva como el maestro de armas de la Casa Do’Urden y a librarse de Zaknafein?
—Si no lo está, las cosas no acabarán bien par Zak o para Drizzt. De eso estoy segura.
Jarlaxle se lo pensó durante un momento, y de nuevo le resultó difícil no estar de acuerdo.
Cuando Dab’nay le había dicho que Zak estaba taciturno, Jarlaxle había pensado que exageraba; durante siglos, Jarlaxle había visto a Zak en sus mejores y sus peores momentos, y en todo caso, con el tiempo parecía haber ido ganando en equilibrio; parecía más resignado y buscando la poca paz mental que podía encontrar en sus estudios y entrenamientos.
Y en las esperanzas puestas en su hijo.
Jarlaxle sabía más sobre la incursión a la superficie que Dab’nay, naturalmente, y más que Zaknafein, seguramente. Sin que este lo supiera, pero con más que un interés pasajero, Jarlaxle había infiltrado a un hombre de su banda en el grupo de guerra: Nav Rayan Dyrr.
Jarlaxle lo sabía todo sobre los desmanes de Dinin.
Sabía que Drizzt había matado a una niña elfa indefensa.
Al parecer, Zaknafein también lo sabía.
—Ve con él esta noche —indicó Jarlaxle—. Ve con él a menudo, tantas noches como puedas. Reconfórtalo. Averigua lo que piensa.
—No quiero espiar a Zaknafein.
—Lo que le espíes, cualquier información que me traigas, es por su bien, no por el mío —le aseguró Jarlaxle—. Una vez, hace mucho tiempo, Zaknafein Simfray te dejó vivir. Ahora quizá puedas pagarle la deuda, y hacerlo de un modo que reconforte a un hombre al que me acabas de describir como triste.
Dab’nay se lo pensó un momento y luego asintió.
—¿Tan pronto? —preguntó Jarlaxle a Beniago cuando el Baenre le informó que Dinin y Drizzt habían salido de nuevo en una partida de guerra, solo meses después de su incursión en la superficie.
En esta ocasión, querían cazar a un grupo de svirfneblin aventureros que se habían acercado demasiado a Menzoberranzan para el gusto del Consejo Regente.
Jarlaxle movió la cabeza y dejó escapar un suspiro, mientras pensaba más de lo que hablaba. El objetivo de esta nueva incursión le había hecho recordar aquel día, más de quince años atrás, de su última gran aventura con Zak.
El pícaro soltó una especie de carcajada ahogada. Una risita impotente. En esos momentos, el hijo de Zak podría llegar a matar al mismo gnomo de las profundidades que Jarlaxle, Zaknafein y Kimmuriel se habían esforzado tanto para salvar.
A Jarlaxle, a veces le parecía como si nada importase realmente.
Era sobre todo un optimista; ¡solo hacía falta ver todo a lo que había sobrevivido!
Pero los momentos como ese, cuando únicamente podía suspirar, casi siempre provenían de un mismo origen: Lloth, la gran espada que colgaba permanentemente sobre la cabeza de todo drow en Menzoberranzan y en la vecina Ched Nasad.
¿Cómo sería una ciudad drow sin la influencia de la diosa? , se preguntaba a menudo.
Tenía la esperanza de vivir lo suficiente para descubrirlo; una esperanza que mantenía en silencio, naturalmente.
Volvió al asunto que tenía entre manos. Se dio cuenta de que esa nueva misión no ayudaría a mejorar el humor de Zak, y según Dab’nay, el humor del maestro de armas no había mejorado mucho desde su encuentro con él, el mismo día en que este se había enterado de las acciones asesinas de Drizzt contra los elfos de la superficie.
Pero aunque su humor no había mejorado, sí que había cambiado, según Dab’nay. Ya no lo calificaba de taciturno.
Lo comparaba a una cocción lenta, que iba preparándose para una explosión.
Jarlaxle se maldijo por no haber seguido el consejo de Dab’nay todos esos meses atrás y no haber intentado comprar a Zak a la Casa Do’Urden.
—Me sorprende que la Matrona Malicia se despreocupe tanto de sus hijos —comento Jarlaxle—. Los enanos de las profundidades no son oponentes fáciles. Incluso una victoria ahí seguramente tendrá un alto precio.
—Podría perder a Dinin, pero he llegado a creer que está convencida de que su hijo menor esta bendecido y protegido por la Reina Araña —contestó Beniago—.
Ese joven Drizzt es uno de los guerreros más hábiles que se ha graduado en Melee-Magthere, cierto, pero eso no significa nada a no ser que se demuestre en batalla.
Mi primo Dantrag no era el mejor de su clase.
Le costó una década de batallas, muchas batallas, antes de que su auténtica habilidad se hiciera patente.
Uthegentel Armgo era una enorme bestia, claro, que apabullaba a los otros alumnos, pero pocos esperaban que sobreviviera a sus primeros años en Melee-Magthere.
Ha habido otros como él, muy prometedores, y después muy muertos.
—Y esa es la cuestión —remarcó Jarlaxle—.
Esos primeros meses y años después de la academia a menudo son los más peligrosos.
Sí, pueden crear una gran reputación, pero si un maestro de armas resulta muerto en combate, normalmente ocurre cuando es muy joven o cuando se vuelve viejo y lento.
En cualquier caso, siempre sucede en su último año, ¿no?
Beniago rio esa broma.
—La Matrona Malicia tiene mucho en juego con la promesa de Drizzt —explicó Jarlaxle—.
Es su segundo maestro de armas; su padre y él demostrarán ser una gran ventaja en su camino para conseguir sentarse en el Consejo Regente.
Posiblemente ya cuente con el favor de Lloth desde el éxito de la incursión en la superficie, así que sí, me sorprende que los arriesgue de nuevo, sobre todo a Drizzt, y tan rápido.
—¿Te sorprende? —inquirió Beniago con sorna.
—Me intriga —se corrigió Jarlaxle.
—¿Sospechas que está planeando su siguiente paso? —preguntó Beniago—. Quizá esté ansiosa por lograr un mayor favor de Lloth que la ayude con sus ambiciones.
Jarlaxle sonrió e inclinó la cabeza, evaluando a su soldado de Bregan D’aerthe.
—¿Así que ahora has decidido espiar un poco para la Casa Baenre? —preguntó astuto.
Beniago se encogió de hombros y no se lo negó.
—La Madre Matrona Baenre me permite servirte por un precio —le recordó—. Un precio para ambos.
—No he oído nada, pero no me sorprendería —respondió Jarlaxle con sinceridad.
—¿Alguna vez has sabido que la Matrona Malicia esté tan calladita cuando va a dar un nuevo paso?