19. Sierpe Errante #3
No se le escapó que Dab’nay se estaba apartando de él. La miró a los ojos, mientras movía levemente la cabeza, en un intento de indicarle, de alguna manera, que todo estaba tan claro, y que se había dicho en alto, y que eso en sí mismo ya era una liberación. ¡Una enorme liberación!
—Dices que deseas volver a Bregan D’aerthe —dijo Dab’nay finalmente.
Zak simplemente la miró con curiosidad.
—Jarlaxle nunca te permitirá regresar si dices abiertamente palabras como esas —explicó Dab’nay—. Tiene demasiado que perder. Está demasiado cerca de los poderes que destruirían completamente a cualquiera que osara articular tales blasfemias.
—Esto no tiene nada que ver con Jarlaxle —replicó Zak—. Esto es sobre nosotros. Nosotros dos. Es por eso por lo que estamos aquí, en este lugar, entrelazados. Esta es la verdad, y esto, en este lugar, es nuestra libertad. ¿Acaso no lo ves?
Dab’nay pensó durante un largo rato, y luego asintió tímidamente con la cabeza, y Zak no estuvo seguro de creerla.
Sin embargo, no dijo nada más, solo se volvió a poner sobre la espalda y se cubrió los ojos con el brazo, porque no deseaba más de esa introspección incitada por las luciérnagas. Pasado un rato, Dab’nay se acurrucó junto a él, y ambos fueron quedándose dormidos.
En los años inmediatamente posteriores, estarían juntos muchas veces, pero Zaknafein nunca más volvería a hablarle de esas cosas a Dab’nay.
Finalmente, se dio cuenta de que la había inquietado mucho con su declaración de la verdad, y con el paso de los años, las visitas se fueron haciendo menos frecuentes.
—No lo hagas —dijo Dab’nay a Jarlaxle, sorprendiéndolo.
—Una década y media —repuso Jarlaxle, porque todo ese tiempo había pasado ya desde la lucha de Zaknafein con la yochlol—. Eso es mucho tiempo.
—Mucho tiempo para un goblin, menos tiempo para nosotros y un momento para una sirvienta —puntualizó Dab’nay—. Sé que lo echas de menos. Yo también, pero él no le vale a Bregan D’aerthe.
—Pensaba que te alegrarías de saber que estoy pensando en su reincorporación.
—Y así es. Pero tampoco soy tan ciega a la verdad de por qué ya no forma parte de Bregan D’aerthe como pareces hacerlo tú. ¿Por qué ahora?
—Porque su hijo está a punto de acabar su década en Melee-Magthere, y el joven Drizzt se ha forjado, por lo que se dice, una magnífica reputación.
—Así que crees que la Matrona Malicia estará dispuesta a separarse de su consorte —razonó Dab’nay.
—Lo necesitará menos. Querrá que su hijo sea maestro de armas en cuanto este sea capaz.
—Los querrá a los dos mientras planea su ascensión en el Consejo Regente —soltó Dab’nay sin ambages.
Jarlaxle se encogió de hombros.
—No lo expulsarán de la Casa Do’Urden, pero no lo necesitarán tanto como hasta ahora.
—No lo hagas —le repitió Dab’nay—. Tú no lo entiendes.
Es incorregible. No hay redención para Zaknafein a los ojos de Lloth, tanto si su sirvienta ha perdonado el incidente como si no.
No te lo digo por decir, y ojalá las cosas fueran diferentes…
¡cómo me gustaría eso! Pero Zaknafein nos traerá desgracias, y de las peores.
No lo puedes controlar, y él nunca, nunca aceptará a Lloth o sus mandatos.
—Tampoco lo hace Kimmuriel, y se ha convertido en una parte muy importante de nuestra labor —adujo Jarlaxle.
—En la relación de la Casa Oblodra con la Reina Araña hay mucho que no sabemos —replicó Dab’nay—.
¿Quién puede decir realmente lo que piensan o en qué creen?
Lo único que podemos saber es que la Matrona K’yorl Odran es la tercera en rango en el Consejo Regente.
Podemos suponer, sin equivocarnos, que cuenta con la bendición de lady Lloth.
Zaknafein no, y nunca la tendrá, o peor aún, no la aceptaría aunque se la ofrecieran.
Jarlaxle se recostó en su asiento y miró a Dab’nay de arriba abajo.
—¿De qué va esto? ¿Una amante despechada?
Dab’nay se rio de ese absurdo.
—Va de mí disfrutando de mi descanso en el seno de Bregan D’aerthe, y queriendo preservarlo —respondió con sinceridad—. Zaknafein me ha abierto su corazón, y no es uno que aceptará a Lloth…
—Lo mismo se podría decir de muchos de mis socios —la interrumpió Jarlaxle, pero Dab’nay siguió con decisión.
—Nunca aceptará a Lloth —repitió—, ni excusará el comportamiento de los que lo hacen.
Ve tú mismo a verlo si mi observación no es suficiente para ti, Jarlaxle.
Sobrevives gracias a saber cosas, y esto que te digo le resultaría muy fácil de averiguar mágicamente a cualquier suma sacerdotisa.
Conoces a muchas que te harían ese favor, sin duda.
Dicho esto, Dab’nay se marchó, pero mientras lo hacía, ya estaba considerando hacia dónde debería correr si Jarlaxle finalmente permitía a Zaknafein reincorporase a la banda mercenaria.
¿Traicionaría a su amante? ¿Traicionaría a Jarlaxle, que la había ayudado a salvarse después de la derrota de la Casa Tr’Arach?
—Sí —se dijo a sí misma incluso antes de haber salido de la Grieta de la Garra.
Se odiaba a sí misma por decirlo, incluso por pensarlo, pero, por encima de todo, Dab’nay era una superviviente.
Tenía que serlo.
Comprendía lo que le esperaba en la otra vida, y no estaba preparada para presentarse ante la Reina Demonio de las Arañas y su corte.
Aún no.