19. Sierpe Errante #2
—La guerra entre nuestras familias fue hace toda una vida y más —respondió Zak—. Y ninguno de nosotros la provocamos; solo hicimos lo que tuvimos que hacer para sobrevivir, como les pasa a casi todos en este lugar perdido.
—¡No la guerra! —replicó Dab’nay—. ¿Cómo podrías amarme si soy una sacerdotisa de a quien tú más rechazas y desprecias? ¡Una sacerdotisa! A pesar de todos mis defectos, hice mi juramento a Lloth.
Zak se encogió de hombros, mientras repasaba esas palabras en la cabeza.
No podía negar la verdad literal que contenían, pero esos hechos no significaban nada para él.
Se imaginó una lucha entre Bregan D’aerthe y la Casa Do’Urden que lo llevara hasta una estancia donde Dab’nay realizara sus conjuros… ¡recordó su asalto a la Casa DeVir!
Pero no, nunca podría atacarla a ella. Era una sacerdotisa de Lloth, aunque no lo era, no en realidad, no en su corazón y no en el de él.
—Estamos aquí porque aquí estamos a salvo, porque nos entendemos mutuamente, quizá incluso mejor de los que nos entendemos a nosotros mismos —dijo Zak.
—Una horda de drañas podría reventar esa puerta y matarnos a los dos por herejes al mismo tiempo —respondió Dab’nay—. ¿A salvo?
—Emocionalmente —repuso Zak. Se puso de lado para mirarla de frente y alzó una mano para acariciarle la mejilla—. Estamos aquí porque aquí es donde no necesitamos mentir.
—¿Sobre?
—Todo. Quizá cuando estamos aquí, como cuando estamos trabajando con la gente de Jarlaxle, hemos encontrado dónde refugiarnos de nuestras propias vidas, que no son más que mentiras.
Zak se alegró de la intensidad en el rostro de Dab’nay cuando le oyó decir eso. Estaba escuchándole cada palabra. Eso era importante para ella, igual que para él.
—Así es como lo hacen, ¿verdad? —preguntó él.
—¿Hacen qué?
—Meternos en sus telarañas. Meterte al servicio de una diosa que no está en tu corazón.
Dab’nay movió un poco los labios mientras intentaba formular una respuesta, pero acabó solo asintiendo con la cabeza, una señal para que Zak continuara.
Este se encontró improvisando, elaborando mentalmente; lo que salía de él no era una teoría bien trabajada.
Sin duda, era un tema sobre el que había pensado, pero de repente, lo vio todo con claridad.
—Dicen una mentira, y aunque no las creamos, sueltan una frase de odio, contra los elfos de arriba o los gnomos de las profundidades u otra casa drow, y aunque no estemos de acuerdo con ello, no decimos nada —dijo Zaknafein.
Estaba pensando en sus primeros días en Melee-Magthere, y en su hijo, su pobre hijo, atapado ahí—.
Me pregunto cuántos entre toda la gente que lo escuchara estarían de acuerdo con nosotros; pero no, nunca lo sabremos.
Porque todos tomamos el único curso que se nos abre, el camino que nos aparta de la exclusión o de algo peor.
—El camino para vivir es una draña —coincidió Dab’nay.
—El camino de la autoconservación. Y así asentimos, quizá nos reímos ante sus terribles burlas hacia aquellos que debemos odiar, y aunque no nos creemos sus mentiras, o aunque vemos la crueldad de sus bromas y sus amenazas y su veneno, asentimos, o como mucho, guardamos silencio.
Por tanto nos convertimos en cómplices. Las hemos seguido al pozo que están cavando, grano a grano, y nos volvemos insensibles a todo ello.
Las mentiras y el veneno se convierten tan solo en palabras en nuestro pensamiento, mundanas, sin capacidad de impresionarnos, sin significado, pero solo sin significado para nuestro pensamiento consciente.
Porque entonces, cavan más profundo, mienten más fuerte, odian más, y eso también lo aceptamos, y ahora las mentiras menores y el veneno menos potente parecen razonables en comparación.
Dab’nay puso cara de no entender y negó con la cabeza, y Zak tuvo la clara sensación de que la estaba perdiendo.
Pero no importaba. En ese momento ya se estaba hablando a sí mismo, y no a ella, porque finalmente comenzaba a desenredar una hebra de esa horrible telaraña.
—Y así comenzamos a mentir, y así nos convertimos en cómplices —concluyó—.
Y el agujero se hace más profundo a nuestro alrededor, con paredes de las que no podemos escapar.
Y luego los actos: matamos por ellas. Quizá un goblin o un kobold o algún otro ser insignificante.
Algo menos que eso. Algo que no es una persona.
No importa. Lo único que importa es que hemos asestado un golpe para apoyar su engaño, y así nos volvemos aún más cómplices.
»Y mienten más fuerte y odian más. Y las mentiras, el odio y lo actos se van haciendo mayores; el camino es de una sola dirección. Más profundo. Y cavamos junto a ellas. Nos perdemos en su pozo.
Dab’nay respiraba agitadamente, y Zaknafein tuvo la intensa sensación de que la mujer deseaba no haber hecho lo que había parecido una pregunta sencilla.
—Ahora lo veo tan claro —fue acabando Zak—, que no puedo creer que no lo haya comprendido antes, o quizá estaba demasiado interesado en no admitir mi propia complicidad en esta maldad.