Implacable (Generations 3) 19. Sierpe Errante
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19. Sierpe Errante

S IERPE E RRANTE

Incluso si no existía ningún lugar llamado Enclave Arach, un nombre que formaba parte de toda una estratagema ideada por un par de yochlol traviesas.

Du’Quelve había aducido, y sin duda seguía haciéndolo, que había actuado por orden de un par de sirvientas.

Eso era lo único que le había evitado la ruina completa.

Porque era evidente que ella no lo había sabido.

O, si lo sabía, no había llegado a entender el alcance real de sus intenciones, que se veía que solo podían conducir al desastre.

En cualquier caso, Du’Quelve había sido humillada, y Jarlaxle dudaba de que pudiera recuperarse algún día. Y lo que para él era más importante, la Casa Hunzrin había sido puesta de nuevo en su sitio, totalmente.

Sí, las cosas iban bien en Bregan D’aerthe, y Jarlaxle estaba planeando un tiempo de tranquilidad para su grupo, mientras construían las redes secretas externas a Menzoberranzan que él podría usar para explotar de lleno la buena voluntad (relativa) que se le ofrecía a él y a su banda.

También ayudaba que la ciudad estuviera bastante tranquila, al menos en comparación a cómo solían ser los continuos rumores secretos.

Tenía sentido: en ese momento la casa drow de alguna importancia que más alborotaba era la Do’Urden, y con su preciado hijo en la academia, incluso la ansiosa Malicia no se apresuraba tanto en causar problemas.

Claro que, con esa sacerdotisa insaciable, cualquier cosa era posible.

Esa idea hizo sonreír a Jarlaxle mientras entraba en el Micónido Supurante esa noche. El lugar estaba muy animado, así que se dirigió directo a la barra, pero fue recibido con miradas raras por parte de Dab’nay y Harbondair, aunque no pudo interpretar esas expresiones.

Al unísono, le indicaron una dirección con un gesto de la barbilla, y cuando él les hizo caso, la sonrisa le desapareció del rostro y fue remplazada por una expresión boquiabierta de asombro, algo que no era muy frecuente en Jarlaxle.

Porque allí, al fondo de la taberna, se hallaba sentado Zaknafein.

Jarlaxle se compuso, miró hacia atrás a Dab’nay y alzó dos dedos. Cuando ella asintió, el pícaro se volvió hacia su viejo amigo, se recompuso de nuevo, y fue hacia él.

—Bueno, bueno, el regreso del maestro de armas —saludó Jarlaxle a Zaknafein.

Zak no alzó la mirada y siguió mirando hacia el otro lado.

—Espero que uno de los dos que has pedido sea para mí —dijo.

—Eso suponiendo que me permitas unirme a ti.

—La ironía de tus palabras —replicó el hombre que había sido expulsado de Bregan D’aerthe.

Jarlaxle se sentó.

—Tantos años… —dijo—. ¿Cuánto tiempo ha pasado, amigo mío? ¿Media década?

—Más. He estado ocupado.

—Entrenando a tu progenie, sin duda. Ya están susurrando sobre su excelencia en la academia.

—Podría derrotar a la mitad de los maestros de aquí —afirmó Zaknafein como si nada.

—Te he visto luchar. No lo dudo.

En ese momento llegó Dab’nay y dejó las tazas frente a ambos. Le dio unas palmaditas a Zak en el hombro mientras se alejaba, sin decirle nada, y a Jarlaxle le resultó evidente que esos dos ya habían hablado.

—¿Qué te trae por aquí?

—¿No soy bienvenido? —preguntó Zak.

—Eres más que bienvenido, claro. Tienes bebida gratis mientras este sitio sea mío.

Finalmente, Zak se volvió para mirar directamente a Jarlaxle.

—Entonces, soy lo bastante bueno para sentarme a tu mesa, pero no lo suficiente para servir en tu banda.

—Eso fue hace mucho tiempo.

—¿Así que estoy redimido? —fue la respuesta, y ¡cómo había echado de menos Jarlaxle ese sarcasmo!

Pocos drow llothianos se atreverían a bromear, ya que la sorna podía ser tergiversada a propósito para considerarla palabras heréticas.

Después de generaciones de vivir con esa ansiedad, pocos drow en Menzoberranzan podían comprender o emplear esos juegos de palabras.

Aún menos podían hacerlo bien, y solo Zaknafein había desafiado la supremacía de Jarlaxle en el arte de la auténtica ironía.

—Estoy sentado contigo aquí en una taberna que todos saben que es mía, aunque nadie lo admita —contestó Jarlaxle—. Es un comienzo, ¿no?

Zak alzó su taza para brindar por esa idea.

—Me iría bien una distracción —admitió el maestro de armas.

—¿Te conformarías con información?

—Entonces, la respuesta es no.

—Destruiste a una sirvienta —replicó Jarlaxle sin rodeos.

—O la sirvienta me habría matado.

—Si esto fuera su juicio, entonces… —Jarlaxle dejó la frase en suspenso.

—Te encoges de hombros —replicó Zak riendo—.

¿Acaso Jarlaxle habría cedido ante los deseos de una demonio yochlol?

Si hubieras estado tú en aquel corredor, la sirvienta habría sido aniquilada.

Entonces ¿qué, Jarlaxle? ¿Habrías renunciado al control de Bregan D’aerthe y aceptado lo que pudiera llegarte?

—Mi encanto es más considerable de lo que recuerdas, ya veo —respondió el pícaro, y esbozó una sonrisa libidinosa—. Habría convencido a la sirvienta de otra manera.

—¡Para ya! —exigió Zaknafein.

Jarlaxle alzó las manos en una silenciosa disculpa por hacer broma de esa desgraciada situación. A fin de cuentas, era Zak y no él quien estaba pagando por el asunto de los túneles.

—Veré qué puedo averiguar —prometió Jarlaxle—. Nada me gustaría más que deshacer lo que pasó aquel día, al menos en lo que respecta a tu situación. Así que miraré hacia el Abismo. Quizá el tiempo haya sanado esa herida, o al menos, haya mitigado los rabiosos fuegos.

—O tal vez tu indagación reavive esas llamas —replicó Zak.

—Seré astuto.

Zak alzó su taza para brindar de nuevo, en un movimiento resignado e impotente.

—Por la astucia.

—Y otra información —dijo Jarlaxle, inclinándose hacía Zak—. Tengo espías en Melee-Magthere. Como he dicho, a tu hijo le va bien. Ya se han fijado en su habilidad.

—Le va bien —contestó Zak—, lo que significa que está aceptando su adoctrinamiento. Así es cómo lo hacen. Cavan un agujero y te hacen meterte en él, hasta que toda la luz queda atrás. Mentira a mentira, hecho tras hecho, vas cavando tu propia tumba desalmada.

—Tú te escapaste.

—¿De verdad? Aquí estoy, un peón reticente, pero un peón al fin y al cabo.

—Si pudiera darte una sacerdotisa para que la mataras, lo haría —bromeó Jarlaxle.

Zak alzó la vista al instante hacia él, y luego se echó a reír con el pícaro bromista sin poder evitarlo.

Alzó la taza de nuevo, esta vez con cierto entusiasmo y bastante gratitud.

El inteligente Jarlaxle había bromeado exactamente como hacía falta en ese momento para atravesar las negras nubes de Zaknafein.

—Volveremos a vivir aventuras juntos —prometió Jarlaxle, con tanta convicción como pudo. Pero no lo creía, y podía ver que Zak tampoco.

Sin embargo, ambos debían, al menos, fingir que lo creían.

Sin eso, no tenían nada.

—¿Todo esto es para saciar tu lujuria? —preguntó Dab’nay a Zak, mientras yacía entre sus brazos una noche muchos meses más tarde.

Desde la visita de Zak al Micónido Supurante, Dab’nay y él había retomado su aventura; y en todo ese tiempo Zak había visto a Jarlaxle solo una o dos veces y nunca habían intercambiado más de cuatro palabras.

—Mi matrona es Malicia Do’Urden —contestó él, afirmando lo evidente.

—Quizá te hayas aburrido solo con una pareja.

—A pesar de sus muchos defectos, la Matrona Malicia no es nada aburrida en asuntos carnales —contestó Zak—. ¿Por qué piensas que en mis encuentros amorosos con ella solo interviene una pareja?

Dab’nay lanzó una risita.

—Su reputación la precede, sin duda.

—Su reputación no alcanza ni a la mitad de la verdad.

—Aun así —insistió Dab’nay, poniéndose seria—. ¿Por qué estás aquí? ¿Qué estás haciendo aquí?

—Quizá solo estoy intentando recuperar el favor de Lloth para poder regresar a Bregan D’aerthe —respondió Zak—. Y quizá simplemente sea que Dab’nay no se me puede resistir.

La mujer ya estaba poniendo los ojos en blanco antes de que Zak confirmara que estaba de broma con la segunda frase.

—Lo digo en serio —insistió ella—. Estamos aquí, y sí, quiero estar aquí y ¡esto no es ninguna queja! Pero ¿por qué? ¿Por qué estoy aquí? El riesgo que corro es… —Se detuvo, moviendo la cabeza.

—¿Es qué? ¿Tienes miedo de caer en desgracia ante la Reina Araña por acostarte con el hombre que venció a una sirvienta?

—No lo admitas —le riñó Dab’nay, mientras se apartaba de los brazos de Zak—. Nunca lo admitas, ni ante mí ni ante nadie.

Zak retiró los brazos, rodó para quedar sobre la espalda y se quedó mirando unas luciérnagas que Dab’nay tenía en su dormitorio.

Se removían y reptaban por el techo, casi como si trataran de formar algunas letras, algunas palabras, algunas respuestas.

Zak se rio de esa idea, al pensar que las respuestas al gran dilema de Lloth podrían encontrarse en las formas de vida más simples.

Quizá la simplicidad fuera realmente el antídoto contra las enmarañadas telarañas de esa bruja por antonomasia.

—No lo veo como un riesgo —repuso Dab’nay a media voz. Ella también se puso de espaldas, y suspiró profundamente—. No hay ningún favor que arriesgar, aunque sigo sin saber muy bien por qué se me conceden conjuros divinos sin tener el favor de Lloth.

—Quizá porque la sirves a ella.

Dab’nay rodó hasta ponerse de lado y lo miró con el ceño fruncido.

—¿Acaso lo sabrías si lo hicieras? —preguntó Zak—. ¿Lo sabemos de verdad alguno de nosotros? Es la Señora del Caos; ¿quién crea más caos que Jarlaxle entre los hijos de Lloth?

El ceño fruncido de Dab’nay se deshizo mientras ella pensaba en esas palabras.

—De algún modo, encuentro que esa posibilidad es aún peor.

—Porque es una trampa sin salida.

La mujer dejó escapar otro suspiro.

—Aún no has contestado a mi primera pregunta. ¿Por qué estás aquí?

—¿Y por qué necesitas preguntármelo?

—Tú no me amas, Zaknafein. No puedes. De hecho, en algún lugar en lo más profundo de tu corazón, sé que debes aborrecerme.