18. Hacer vino feérico de las uvas malas
H ACER VINO FEÉRICO DE LAS UVAS MALAS
—Está despierto —oyó Zaknafein mientras trataba de abrir los ojos. Lentamente, su visión se fue enfocando, y le mostró a un pequeño hombrecillo mirándolo desde arriba.
Un svirfneblin.
Instintivamente, se le fueron las manos a las espadas, pero se relajó cuando vio que aún las llevaba, y cuando apareció alguien más conocido, por encima del gnomo.
Zaknafein se sentó y se sujetó la dolorida cabeza, mientras cerraba los ojos con fuerza para alejar el dolor. Cuando volvió a abrir los ojos, encontró la mano de Jarlaxle extendida hacia él para ayudarlo a levantarse.
—Gas nocivo —masculló Zak.
—Y un buen golpe en la cabeza, supongo, viendo el chichón que tienes junto al ojo izquierdo —repuso Jarlaxle en subcomún y no en drow.
Zak le tomó la mano y se puso en pie, y la inestabilidad le duró solo un momento. Miró al suelo a su alrededor, que aún estaba humeando con cieno demoniaco disipado.
—Creo que podemos estar de acuerdo en que no era ninguna sacerdotisa drow —comentó Jarlaxle.
Zak echó una ojeada alrededor, recordando la lucha. Pero miró a Jarlaxle al responderle, porque quería valorar la reacción del mercenario.
—Yochlol.
Zak no pasó por alto la sombra que cruzó el rostro de Jarlaxle. Se dio cuenta de que este ya se esperaba esa respuesta, pero la confirmación había sido todo un golpe.
—¿Los Hunzrin con una yochlol? ¿Qué significa eso? —preguntó Zak.
—No lo sé —admitió Jarlaxle; eran las palabras que más odiaba decir.
Entonces, Zaknafein miró más allá de Jarlaxle y se fijó en un hombre sentado contra la pared un poco más allá; era el hombre al que había acuchillado en el vientre.
—¿Lo has atendido?
—Claro. Te presento a Intarn Vielle.
—Intarn Vielle Hunzrin —replicó Zak.
—No necesariamente —repuso Jarlaxle con una astuta sonrisa, que Zak le había visto muchas veces—. ¿Puedo confiar en que no lo matarás mientras yo llevo a este gnomo a casa con el muy honorable capataz?
—Buena pregunta.
—Él no te ha matado cuando estabas ahí tirado —explicó Jarlaxle—. Podría haberlo hecho.
Zak miró a Jarlaxle y luego al Hunzrin herido.
—Bien —dijo Jarlaxle, como si eso fuera una respuesta—. Regresaré enseguida, y si no… bueno, sal corriendo.
Zak asintió, pero en la cabeza seguía dándole vueltas a la pelea con la sirvienta y en lo que quedaba de esa criatura demoniaca.
Había destruido a una sirvienta de Lloth, o había hecho todo lo que se podía hacer en este plano de existencia contra una criatura de los planos inferiores.
Intentó no pensar en las implicaciones.
—No está mintiendo —insistió Symvyn al capataz de mineros Belwar—. Me ha salvado, y el condenado drow ha luchado contra el otro condenado drow.
—Lo que me sorprende, te diré, es que alguno de los condenados drow aún siga con vida —replicó Belwar Dissengulp—. Sus espadas se bañan más en sangre que sus labios en saliva.
—Pero este me ha salado, y no estaba solo —insistió Symvyn.
—Te ha salvado de ti mismo, quieres decir.
Symvyn se movía nervioso de un pie a otro.
—Sí —admitió.
—Entonces, vamos —le invitó Belwar, y lo condujo al vestíbulo de entrada de la cueva de múltiples cámaras que había adoptado como casa y despacho.
Ahí, el extraño drow con el sombrero de ala ancha y un incómodo aspecto de afabilidad, se reclinó sobre una roca, con las manos tras la cabeza y las piernas cruzadas por los tobillos, mostrando un impresionante par de botas negras altas y de suela dura; lo cual le pareció aún más impresionante a Belwar porque todos los informes de la entrada de ese drow en Dun Arandur hablaban del absoluto silencio de sus movimientos.
—No seas muy duro con maese Symvyn —dijo el drow, mientras rodaba desde la piedra para quedar en pie—.
Él no eligió traicionaros. Nunca lo eligió.
Los enemigos que lo encontraron lo obligaron con magia, no con promesas de enriquecimiento personal.
Sin duda no podéis considerar al pobre maese Symvyn responsable de eso.
—Me estás pidiendo que me crea sin más que todo eso ha pasado ahí fuera —replicó Belwar—. Soy lo bastante viejo para saber que creer a un drow es un asunto arriesgado.
—Mi socio lo liberó de la dominación mágica —explicó Jarlaxle.
—Y tú intervienes justo cuando nos enteramos de que Symvyn era el que nos estaba vendiendo a los drow, robando nuestra mena y vendiéndola.
—Estaba haciendo mucho más que eso —respondió Jarlaxle, y miró a Symvyn, que negaba con la cabeza—. Cuéntaselo, o lo haré yo.
—No es nada —repuso el gnomo, claramente nervioso.
—Lo es todo para… —Jarlaxle miró a Belwar—. ¿Cómo lo has llamado? ¿Dun Arandur?
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Belwar en un tono bajo y calmado, y luego a Symvyn—. ¿Qué está diciendo?
Symvyn respiró muy hondo.
—No sé cuánto les he dado —admitió—. No mucho… no lo haría. Iban a matarme.
—¿Y?
—¡No iba a hacerlo!
—Se resistió, e iban a hacérselo pagar muy caro, sin duda —intervino Jarlaxle—. Querían que os traicionara con algo más que robar vuestro metal.
—¿No es eso bastante? —preguntó Belwar.
—No lo eligió él —reiteró Jarlaxle—. Estaba bajo un dominio mágico, pero cuando le pidieron más…
—Querían nuestras protecciones y nuestras salvaguardas, y los puestos de los centinelas —admitió Symvyn—. Cuando no les di suficiente mineral, decidieron venir a tomarlo, y mataros a todos. Pero yo dije que no.
—Lo hizo —añadió Jarlaxle.
—¡Y me hubieran matado!
—No, no lo habrían hecho —dijo Jarlaxle, lo que sorprendió a Symvyn y a Belwar—. Te habrían torturado hasta que les dijeras lo que querían saber.
—Y luego lo habrían matado —razonó Belwar, asintiendo. Le puso la mano en el hombro a Symvyn para reconfortarlo; su actitud se estaba suavizando.
—Probablemente no —le contradijo Jarlaxle, lo que volvió a sorprender a los gnomos—. Symvyn conoce el secreto para refinar el arandur, ¿correcto? —preguntó. Y luego se echó a reír cuando la expresión del capataz se volvió claramente suspicaz.
»A mí no me importa —continuó Jarlaxle, mientras alzaba las manos como a la defensiva—.
Pero debería importaros a vosotros. Sospecho que Symvyn lo sabe porque le eligieron a él, y necesitaban a alguien con ese conocimiento.
Te lo digo, muy honorable capataz Belwar, a los que debes proteger con más diligencia y cuidado son a aquellos que conocen el secreto, porque eso es tan valioso como el propio mineral.
Belwar continuó mirando al drow con escepticismo.
—Mi trabajo aquí ya está hecho —anunció Jarlaxle—.
No podía dejar que las cosas siguieran como estaban, por el bien de Symvyn, por tu bien y por el de todo Dun Arandur, y sí, por mi propio bien.
Mi interés en reforzar mi relación contigo aquí y con Blingdenstone es, en parte, egoísta, sin duda. Eso lo admito abiertamente.
—Yo no soy quién para empezar una relación con un drow —replicó Belwar sin alterarse.
—¡Estoy de acuerdo! —exclamó Jarlaxle. Sonrió e hizo una profunda reverencia con su gran sombrero en la mano.
No se lo volvió a poner cuando se incorporó, y mientras señalaba su cabeza calva añadió—: Hablaré con el rey Schnicktick cuando llegue el momento.
Te doy las gracias, muy honorable capataz de mineros, y con tu permiso, me despido.
Belwar se quedó con la boca abierta y miró fijamente a Jarlaxle; ese pequeño reconocimiento de su rango y posición pudo con su actitud estoica.
—¿Por qué estoy pensando que te vas a ir con o sin mi permiso?
—Prefiero tenerlo —contestó Jarlaxle.
—Lo tienes —concedió Belwar.
Zaknafein se fue acercando sigilosamente al complejo Do’Urden.
Más de una vez, miró hacia el noroeste y a la importante salida de la caverna de Menzoberranzan más cercana.
Más de una vez pensó en alzar las manos concediendo la derrota y huir, correr lejos, muy lejos de ese lugar sin nunca más mirar atrás.
Dejó su mirada ir más lejos hacia el oeste, hacia el Braeryn y el Micónido Supurante, y se preguntó si lo volvería a ver.
Jarlaxle lo había echado de Bregan D’aerthe.
El jefe mercenario le había dicho que volviera con la Matrona Malicia, le había dejado sin refugio e incluso le había hecho devolverle el látigo mágico.
Zak había querido discutir, pero no podía.
Había estado esperando en el Micónido Supurante, impaciente, cuando Jarlaxle había regresado de sus asuntos del día.
Zak sabía adónde había ido, porque ¿dónde más podría haber encontrado las respuestas que necesitaba?
Había ido a ver a la Madre Matrona Baenre, y sin duda, ella le habría advertido que no perdiera más aún el favor de la Reina Araña.
Zaknafein Do’Urden había matado a una sirvienta, y por tanto, su tiempo con Bregan D’aerthe había llegado a su fin.
Se preguntó si su tiempo, su punto, habría llegado a su fin.
Miró hacia el noroeste, la salida. Se dio cuenta, para su desesperación, que la puerta estaba cerrada para él, emocionalmente, sino mentalmente.
Era demasiado tarde. Su único refugio habían sido sus ratos con Bregan D’aerthe, pero en ese momento sabía, con certeza, que pasarían años antes de que volviera a tener la oportunidad de hablar con Jarlaxle. Suponiendo que viviera tanto.
Miró hacia el noroeste, la salida, una última vez, y el peso de lo irrevocable abatiendo sus hombros.
Luego, Zaknafein se hizo fuerte y pensó en su hijo, aún no totalmente arruinado.
Huir no era una opción.
Entró en la Casa Do’Urden, decidido solo a proteger a su hijo de la miserable vida de un drow de Lloth.
—Tiene demasiado temperamento para alguien que porta el hábito de la Reina Araña —dijo Dab’nay Tr’Arach a Jarlaxle cuando lo encontró sentado solo en una mesa de la taberna—. No puede controlarse. Le provoca pura rabia.
—Aún no te ha matado.
—Yo no lo he amenazado, ni he intentado entrar en su mente con intenciones de dominación mágica —respondió ella.
—Tú prefieres otras artimañas, ya lo sé —bromeó Jarlaxle.
Dab’nay rio.
—Zaknafein es un buen hombre. Demasiado bueno para esta vida que hemos creado en Menzoberranzan.
Jarlaxle alzó la mirada hacia ella, de repente con un rostro impasible.
—¿Quién?
—Za… —comenzó a repetir antes de captar lo que realmente pretendía decir Jarlaxle.
Zaknafein se había ido, ya no era de Bregan D’aerthe, y por tanto, ya no era asunto de Jarlaxle.
Dab’nay observó al inescrutable pícaro durante un buen rato, mientras intentaba hallar alguna indicación de lo que ella sabía que era cierto: Jarlaxle estaba sufriendo.
Zaknafein era lo más parecido a un amigo que había tenido nunca.
—A pesar de todo tu postureo, amigo mío —se atrevió a susurrar, después de inclinarse cerca del él—. A pesar de todos tus logros, tu astucia y tu maravillosa organización, sigues siendo un prisionero aquí, como el resto de nosotros. Lamento profundamente tu dolor.
Dab’nay besó a Jarlaxle en la mejilla y se marchó, aunque una o dos veces miró hacia atrás, al mercenario de rostro impasible.
Este no iba a darle ninguna indicación de que estaba de acuerdo, ni mostrar a nadie su dolor personal, ¡claro que no! Porque en la sociedad drow llothiana, el apego emocional era una debilidad, y la debilidad conducía al desastre y a la muerte.
Pero Dab’nay ya llevaba mucho tiempo con la banda mercenaria, aunque estaba más alejada que en años anteriores y pasaba más tiempo en el Micónido Supurante con otro de los sobrevivientes de su casa destruida, Harbondair; incluso hasta llegaba a ayudarlo a llevar el establecimiento, y empleaba sus poderes divinos para descubrir veneno, o al menos el que iba dirigido a personas que Jarlaxle no deseaba que murieran.
No había participado en las expediciones cotidianas y los tejemanejes de Bregan D’aerthe desde hacía años, ni había oído el nombre de Zaknafein durante meses y meses hasta que este llegó en busca de aventuras junto a Jarlaxle.
Hizo una mueca de dolor al pensar en eso, porque cuando lo había oído, una parte de sí esperaba que el maestro de armas pasara más rato en la taberna, más tiempo cerca de ella. Lo echaba de menos, echaba de menos su contacto.
Se concentró en la expresión impasible de Jarlaxle y sonrió irónica.
Él echaba de menos a Zaknafein incluso más que ella.
Ella había añorado al maestro de armas; se había sentido entusiasmada cuando él había vuelto a Bregan D’aerthe después de tantos meses lejos.
Pero no era nada comparado con lo que Jarlaxle sentía por él.
En cualquier sentido menos el físico, la relación de Jarlaxle con Zaknafein era más íntima de la que este había tenido nunca con ella.
Pero había hecho lo que le habían ordenado hacer, sin lugar para interpretaciones.
Y eso lo estaba hiriendo profundamente.