Implacable (Generations 3) 17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua #5
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17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua #5

La duda de Zak sobre la sustancia supurante que manaba de la mejilla de la mujer no lo hizo quedarse parado, todo lo contrario.

Sus muchos años de batallar le habían enseñado que los momentos de indecisión podían ser fatales, así que sus reflejos respondieron a sus perplejos pensamientos lanzándolo hacia delante.

Pero entonces, derrapó hasta pararse, cuando la drow que tenía delante ya no era una drow, cuando la yochlol decidió mostrarse en toda su desagradable gloria, y su túnica de sacerdotisa se desgarraba mientras ella se hinchaba y asumía una forma demoniaca semejante a un amasijo de cuerdas retorcidas.

—Condenado y estúpido varón —dijo la criatura en una voz borboteante que sonaba como a burbujas estallando en un charco de barro caliente—. Soy…

Zak saltó sobre la criatura, se le metió entre los apéndices que agitaba y le hundió la espada en el torso. Se echó a un lado para evitar el vómito de moco lodoso, al mismo tiempo que liberaba la espada y la volvía a hundir en el ser.

La yochlol se estremeció, mientras sacudía sus ocho apéndices, sin acertar en la mayoría de los golpes, pero alcanzando al maestro de armas con unos cuantos fuertes mamporros.

Zak no les prestó atención, los aceptó. Fue clavándole la espada una y otra vez, decidido a vencer a la criatura demoniaca a base de pura ferocidad.

Entonces, volvió a ser una drow, desnuda esta vez, todavía con el corte en la mejilla. La sirvienta saltó hacia atrás, luego se plantó bien en el suelo, señaló a Zaknafein con un dedo y le lanzó un potente ataque psiónico.

— ¡Para! —le ordenó mentalmente.

Y él lo hizo, igual que si le hubiera alcanzado una roca tirada por un gigante.

La yochlol se irguió y entrecerró los ojos.

—Te llevaré conmigo —aseguró—. Lady Lloth…

Zak dejó de fingir; sí que había notado el ataque telepático, pero ¡no lo había detenido! Le lanzó un latigazo a la cara y luego saltó a matar.

Pero ella ya no estaba, y en su lugar había una nube de humo verde apestoso, que asfixiaba a Zak y le quemaba en los ojos. Sabía que tenía que salir de ahí y rápido; y también sabía que tenía que encontrar a esa demonio antes de que usara más trucos.

Se tambaleó y se tragó el vómito que le subía por la garganta.

Tenía que salir de ahí. Tenía que alejarse.

La nube fue con él, lo rodeó, asfixiándolo, y solo entonces, Zak se dio cuenta de la realidad: la nube apestosa no era un conjuro mágico. La nube apestosa era la propia sirvienta.

Zaknafein blandió su espada con rabia, pero el gas simplemente se arremolinó a su alrededor.

¡No podía escapar!

¡No podía herirlo!

Trató de gritar y vomitó.

Trató de correr, y se tropezó y la espada se le cayó.

Fue a recogerla, pero cambió de idea de repente y en vez de eso se incorporó, sujetó el látigo con ambas manos y lo hizo restallar de adelante hacia atrás, abriendo rajas en el plano material con cada golpe.

Líneas de fuego comenzaron a gotear a su alrededor, y trozos de la nube crepitaron y chispearon, mientras el gas siseaba como protesta.

Con los sentidos ya fallándole y los ojos ardiendo, Zak sabía que inhalar aire le haría flaquear, así que en vez de inhalar lanzó un grito, un alarido largo y alto de protesta y rabia, mientras seguía azotando el aire alrededor y aumentaban las rajas de fuego.

Entonces a su grito se unió la voz agonizante de la yochlol, de nuevo en su forma de drow. Zak la miró solo un momento, pero fue suficiente para ver que estaba cubierta de cortes rectos y ardientes: la violenta obra del látigo había cruzado las formas materiales de la yochlol.

Esta se volvió hacia él como si fuera a atacarle, pero Zak no había parado, y comenzó a hacer rodar el látigo en vez de llevarlo de adelante atrás. Esa vez no lo chasqueó, sino que lo hizo enroscarse en el cuello de la demonio, una y otra vez.

Zaknafein se volvió, dio un fuerte tirón y saltó para alejarse de ella, mientras tiraba con todas sus fuerzas. El látigo, al desenrollarse, la hizo girar, la desequilibró y la levantó del suelo, para hacerla rodar en el aire y acabar cayendo con fuerza sobre la espalda.

Zak soltó el látigo, desenfundó su otra espada y cayó sobre ella. Empuñó la espada con ambas manos y se la hundió en el pecho.

La yochlol se sacudió y chilló. Volvió a su forma original un breve instante antes de deshacerse en un cieno negro; y ante eso, Zaknafein saltó hacia atrás, temiendo por su espada y por su látigo, que estaban bajo el cieno.

Pero no, ese ya no era un cieno vivo y combativo. Eso solo era la criatura demoniaca que desaparecía del plano material, de vuelta al humo del Abismo, que era su lugar.

Jadeante, con la garganta y los ojos ardiendo, Zak se sentó pesadamente sobre la piedra y casi rodó hasta quedarse bocabajo.

Tardó un rato en darse cuenta de que no estaba solo. Se volvió y vio al hombre Hunzrin al que había acuchillado en el vientre, a unos pasos de él.

El hombre se mantenía erguido, o al menos lo intentaba, pero no podía, porque aún se sujetaba el vientre con el brazo. Dejó caer su espada de la otra mano y la alzó, pidiendo clemencia.

Zak solo lo miró. No tenía aliento con el que contestar, ni fuerzas para ponerse en pie ante él.

El Hunzrin se alejó tambaleante. Y Zaknafein lo siguió con la mirada a cada paso.

Hasta que lo perdió de vista.

En ese momento, Zaknafein se desplomó y se desmayó.