Implacable (Generations 3) 17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua #4
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17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua #4

El gnomo se volvió y lanzó un grito de sorpresa, porque el suelo había desaparecido y él caía de cabeza en una oscuridad completa.

Se dio un buen golpe al aterrizar y rodó bocarriba, mientras miraba hacia lo alto desde el inesperado pozo a las luciérnagas que reptaban por el techo, mucho más arriba.

Pero la oscuridad se cerró sobre él al unirse los bordes del agujero, y luego solo quedó negrura, completa y absoluta.

No duró mucho, porque un resplandor azul le mostró a su nuevo captor, un varón drow con un sombrero ridículamente ancho.

—Tranquilo, Symvyn —dijo Jarlaxle, hablando la lengua svirfneblin y no el infracomún, más crudo y menos preciso, que solían usar las razas con uso de razón de la Infraoscuridad cuando conversaban de un modo interracial; además, Jarlaxle lo hablaba con una inflexión tan adecuada y en un dialecto tan perfecto que, de no haber estado mirándolo directamente, Symvyn podría haber pensado que le estaba hablando un capataz de mineros—.

Ya estás a salvo y libre de la dominación mágica que te ha conducido a este lugar.

— ¿Entiendes que la Casa Oblodra sobrevive por la voluntad de lady Lloth ? —preguntó la yochlol a Kimmuriel—. Sois herejes, todos y cada uno, y sin embargo, K’yorl Odran se sienta en un lugar de honor en el Consejo Regente de la ciudad de Lloth .

— No somos herejes —respondió Kimmuriel telepáticamente—. No adoramos a ningún otro dios .

— El ateísmo es una herejía, como lo es el agnosticismo .

— Claro que creemos en Lloth. ¿No eres tú una prueba de su existencia? ¿No son los tejemanejes mágicos de la suma sacerdotisa una prueba de su existencia? —argumentó Kimmuriel.

— Tu juego es muy peligroso, Odran .

— Oblodra —corrigió Kimmuriel—. ¿Y cómo es eso? Estoy aquí con Bregan D’aerthe, una banda encubiertamente, incluso abiertamente, aprobada por la Madre Matrona Yvonnel Baenre, como bien sabes, sirvienta Bolifaena .

— Y yo sirvo directamente a Lloth —dijo la yochlol, que en ese momento se mostraba como una sacerdotisa drow, y desnuda, ya que acababa de formarse desde un cieno negro y pegajoso. — Como mi hermana, Yiccarda…

— Eso no es asunto mío — le cortó Kimmuriel—. No tengo licencia para ignorar las peticiones de Jarlaxle, quien habla por la Madre Matrona Baenre en lo referente a Bregan D’aerthe .

— ¿Por encima de las órdenes de una sirvienta? —preguntó Bolifaena, y su telepatía transmitía una clara sensación de ultraje.

— No anunciasteis vuestra presencia, ni tampoco anunciasteis a la Madre Matrona Baenre vuestras intenciones respecto a la menor Casa Hunzrin.

O si lo hicisteis, a ella no le pareció lo suficientemente importante para disuadirnos de lo que estamos haciendo por aquí — contratacó Kimmuriel, sin ceder nada de terreno—.

No sabía que estaba tratando con sirvientas, pero incluso si lo hubiera sabido, la Matrona K’yorl me ordenó servir a Bregan D’aerthe como serviría a la Casa Oblodra, y por tanto, eso es lo que hago.

¿Por qué habéis venido aquí a hacer esto?

— Eso no es asunto tuyo —replicó la sirvienta Bolifaena, y Kimmuriel notó el cambio en su tono.

La tenía contra las cuerdas, por muy ilusorias que esas cuerdas drow pudieran ser—.

Únicamente Lloth adjudicará la disposición general de esta vil intervención, así que no estés tan seguro de que es correcto que estés aquí.

Aparte de eso, te lo advierto, si esto le sale mal a mi hermana, consideraré responsable a Kimmuriel .

Este no se molestó en responder a esa amenaza, ni tampoco ocultó a Bolifaena que eso lo divertía.

Conocía lo suficiente a las sirvientas para darse cuenta de que esta no era rival para él.

Los mayores poderes de las sirvientas residían en el engaño y la dominación mental, y Kimmuriel estaba muy por delante de ellas en esas cuestiones.

— Busca a Jarlaxle y al guerrero, y diles que vuelvan —ordenó Bolifaena.

— Vete a casa —replicó Kimmuriel—. El traidor svirfneblin se ha liberado de ti. Has fracasado. La apuesta de la Casa Hunzrin ha acabado aquí .

Bolifaena le lanzó una mirada asesina a través de sus ojos de drow; quizá hubiera querido comunicar algo más, pero Kimmuriel acabó con la conversación y la expulsó completamente de su mente.

Así que ella solo le miraba mal. Luego asumió de nuevo su auténtica forma de yochlol: una vela gigante de barro medio derretido con apéndices que se agitaban de cualquier manera.

Desde eso, fue disminuyendo hasta ser nada, y desapareció.

Kimmuriel consideró la última orden que le había dado: detener a Jarlaxle y Zaknafein.

Pensó que no.

Se volvió para Menzoberranzan.

Zaknafein corrió a toda velocidad por el túnel y giró la esquina, sin bajar el ritmo.

Y ahí estaba ella, la otra sacerdotisa que había visto en la primera estancia, con los ojos cerrados, la mano derecha alzada, como si fuera a arañar, mientras continuaba tratando de dominarlo telepáticamente, y por su aspecto, parecía pensar que lo estaba logrando.

Lo mismo pensó el hombre, el guardia Hunzrin, que estaba ante ella, y que solo se fijó en la cara de Zaknafein en el último momento. Dio un grito y alzó su ballesta de mano hacia Zaknafein.

El látigo chasqueó y le arrebató el arma, al mismo tiempo que se le enrollaba en la mano lo suficiente para que Zak le diera un tirón antes de soltarle.

No fue un tirón muy fuerte, solo lo necesario para que el hombre se inclinara ligeramente hacia delante y bajara su ángulo de defensa. Para la mayoría, eso no habría parecido gran cosa, pero para Zaknafein, el hueco era enorme, y lo aprovechó.

Su espada alcanzó al hombre en el vientre, y lo envió a un lado, todo desmadejado y apretándose la barriga. No iba a volver a luchar durante un buen tiempo.

—¡Como osas! —protestó la sacerdotisa—. ¿Es que no sabes quién soy?

—Una sacerdotisa muerta —contestó Zaknafein—. Quién fueras antes importará poco.

—¡Te acabas de condenar! —le gritó la sacerdotisa—.

¡Contempla ante ti a una sirvienta de la Diosa del Caos!

—Y continuó con su jactancia hasta que Zak la hizo callar, usando el látigo como un punto de exclamación en una respuesta: lo lanzó a lo largo de sus cuatro metros y medio de longitud para hacerlo restallar sobre un lado de su rostro.

Y también empleó el poder del látigo y le hizo un corte de fuego extraplanar por toda la mejilla hasta la boca.

La sacerdotisa chilló y se fue hacia atrás, tambaleándose, mientras una línea de sangre le saltaba desde el lado izquierdo de la cara.

¿O no era sangre?