17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua #3
Y sin ninguna dirección, que Jarlaxle pudiera notar.
¿Estaban siquiera moviéndose aún? Totalmente dentro de la piedra, no tenía puntos de referencia, no tenía pistas visuales que le dijeran que no estaban parados, y sin resistencia, sin movimiento del aire, sin sensación táctil bajo los pies o en cualquier otra parte, Jarlaxle solo podía esperar que ese extraño amigo suyo tuviera más idea de todo eso que él.
Salieron de la piedra en el mismo corredor que Jarlaxle acababa de recorrer, pero detrás de los drow que los perseguían. Se volvieron sustanciales de una forma tan brusca que Jarlaxle estuvo a punto de caerse.
—No me esperaba que desearas una pelea —comentó Kimmuriel.
—Si hubiera una, yo estaría solo —repuso Jarlaxle, y el psiónico no le desmintió.
—No lucharé contra una sirvienta excepto en defensa propia—confirmó Kimmuriel—. Soy de la Casa Oblodra y no haré caer el desagrado de Lloth sobre mi familia.
—Ni yo te lo pediría.
—¿Seguro?
Jarlaxle lo miró, tratando de decidir su próximo movimiento; y cuando se le ocurrió la elección evidente, se dio cuenta de que Kimmuriel ya la había visto.
—Libera al gnomo traidor de las manos de las yochlol —le pidió Jarlaxle.
Kimmuriel se lo quedó mirando.
—¿Puedes?
El psiónico aún seguía mirando fijamente, pero al final asintió.
Volvieron hacia la esquina; Jarlaxle delante.
La sacerdotisa Hunzrin seguía allí, flanqueada por guardias, y miraba al gnomo, que parecía totalmente aterrorizado y abatido.
Sin embargo, a la sacerdotisa yochlol, que había estado junto a Du’Quelve, no se la veía por ninguna parte.
Los dos se acercaron muy sigilosamente, mientras escuchaban a Du’Quelve reñir al gnomo.
—Eso no es asunto tuyo. Una banda de ladrones que serán derrotados como se merecen. Me darás la localización de cada salvaguarda, de cada glifo, de cada guardia.
—Ese no era… nuestro… trato —contestó el pobre gnomo, con una voz que le fallaba, y las piernas temblándole de debilidad.
—¡H AZLO ! —imploró Jarlaxle a Kimmuriel, comunicándose con énfasis.
—S I HAY REPERCUSIONES… —le advirtió este.
—A SUMIRÉ LA RESPONSABILIDAD, DELANTE DE LA PROPIA M ADRE M ATRONA B AENRE . T E ORDENO QUE LO HAGAS EN SU NOMbrE .
¡Jarlaxle casi no se podía creer que hubiera dicho eso! Si esas yochlol estaban otorgando la bendición de Lloth a la Casa Hunzrin, era muy posible que se hubiera condenado él y a Bregan D’aerthe.
Sacudió la cabeza para apartar esa idea y resistió el impulso de escupir en el suelo.
¿Qué importaba? Si no hacía nada, Bregan D’aerthe quedaba sin duda menguada, quizá para siempre, condenada por esa atrevida jugada de la Casa Hunzrin.
Las actividades aprobadas de Jarlaxle quedarían relegadas a la caverna de Menzoberranzan, un lugar que estaba empezando a considerar tan agobiante como las piedras que Kimmuriel y él acababan de atravesar, y cualquier actividad no aprobada realizada más allá de la caverna seguramente haría que lo mataran.
—¡H AZLO ! —repitió con los dedos.
Entonces observó al svirfneblin, que de repente se quedó callado a media respuesta, y siguió aguantando la reprimenda de Du’Quelve Hunzrin.
El gnomo comenzó a moverse de un pie al otro, como antes, pero las facciones del rostro se le movieron, su expresión cambió y abrió más los ojos.
—B IEN HECHO —felicitó Jarlaxle en silencio a Kimmuriel—. N OS REUNIREMOS DE NUEVO EN LA G RIETA DE LA G ARRA, BAJO TU CASA .
Jarlaxle inclinó su sombrero de ala ancha hacia Kimmuriel como saludo, después se quitó el sombrero de la cabeza y sacó un trozo de tela negra.
Kimmuriel asintió, sonrió y se deshizo entrando en la piedra.
En ese momento, Jarlaxle tenía que prever los próximos acontecimientos, y no le gustaban las posibilidades. Al menos, tenía que intentarlo, pero se temía que el pobre gnomo estaba condenado.
Avanzó sigiloso por el corredor, silencioso como una sombra, y luego corrió por un pasaje lateral, que sabía que iba paralelo al que había recorrido el gnomo para llegar a ese lugar.
En cierto momento, lanzó la tela negra, el agujero portátil, contra la pared, y lo atravesó a cuatro patas hasta el otro corredor, luego recogió el agujero y este volvió a ser un círculo de tela aparentemente normal.
¡Qué objeto más maravilloso!
Jarlaxle siguió avanzando por el túnel, acercándose al enfrentamiento mientras sacaba una varita.
Demasiado cerca para poder emplear el látigo, Zaknafein tuvo que enfrentarse con una única espada a las tres espadas y una daga de sus dos oponentes drow.
Un guerrero menos hábil, un guerrero drow medio, había sido superado o, como mínimo, habría tenido que retroceder hacia la estancia donde se hallaba la sacerdotisa Du’Quelve.
Sin embargo, Zaknafein no. Según todo lo que le habían enseñado en Melee-Magthere, debería haber empleado una defensa completa: dejar caer el látigo, sacar la segunda espada y luchar usando rápidamente una técnica de retirada simulada para conseguir algo de espacio.
En su lugar, bloqueó la espada principal de la drow a la izquierda, luego la estocada de la drow a su derecha con un rápido tajo del revés.
Esquivó la segunda espada de la izquierda, aunque tuvo que aceptar un doloroso rasguño en la cadera izquierda, luego se inclinó ante la daga que le habían lanzado y alzó la espada para desviar el arma rodante antes de que diera la vuelta completa, y de nuevo, recibió un corte, este en el antebrazo.
Pero con esos dos cortes consiguió retroceder un paso y cuando las oponentes fueron tras él, se encontraron no con la espada de Zak, sino con el látigo.
En ese pequeño espacio, lo puso hábilmente en movimiento, haciéndolo restallar rápidamente a derecha e izquierda en el aire ante él.
Solo el ruido de los chasquidos hizo parar a sus contrincantes, y además, el látigo iba dejando pequeñas rajas entre el plano de existencia material y el del fuego, por lo que gotas ardientes caían desde lo alto.
No alcanzó a ninguna de las drow con el látigo; no era eso lo que pretendía.
Había captado su atención, y ambas miraban el látigo y no los pies de Zak.
Con un sutil giro, Zaknafein se lazó hacia delante, y envió también hacia delante un golpe final del látigo, que cortó entre las dos drow y restalló con fuerza contra el suelo.
La drow a su izquierda miró hacia el último golpe del látigo y reaccionó dando un paso hacia un lado. Se dio cuenta de su error y volvió hacia atrás, mientras alzaba la espada defensivamente.
Demasiado tarde.
La espada de Zak llegó por abajo, rozando la fina armadura desde abajo para clavársele en la clavícula y el costado del cuello. La drow se fue hacia atrás, tambaleándose, mientras Zak arremetía contra ella.
No acabó la carga, sino que se paró de golpe, y lanzó un amplio y poderoso revés que superó la única espada de la otra mujer y la alcanzó en el pecho justo en el preciso momento que ella estaba asiendo otra daga.
La drow se tambaleó hacia la izquierda con un paso inseguro, luego cayó sobre una rodilla mientras se llevaba la mano a la herida del torso.
Miró a Zak y cayó de bruces.
Zak ni se fijó, porque ya corría por el laberinto de pasadizos, con la intención de poner por medio toda la tierra posible ente las Hunzrin y él.
Sin embargo, poco después llegó a una bifurcación en el túnel, y la cabeza le gritaba que fuera hacia la derecha.
Le gritaba demasiado, se dio cuenta, y por eso entendió que la fuente de ese impulso instintivo no era, en realidad, ni instintiva ni interna.
Alguien estaba tratando de manipularle, de hacerlo ir por el corredor de la derecha, para colársele por detrás desde el otro lado, y seguramente habría guardias en ese túnel esperándolo para enfrentarse a él.
Zak rugió y comenzó a ir hacia a derecha, pero se detuvo antes de dar el segundo paso. Esa violación lo enfurecía, lo agraviaba.
El violador estaba hacia la izquierda.
Zaknafein, demasiado furioso y fuerte para ser coaccionado de esa manera, fue hacia la izquierda.
Vio la espalda del gnomo de las profundidades, con las manos alzadas, rogándole a la sacerdotisa Du’Quelve Hunzrin.
El tipo estaba tratando de apartarla de su deseo de que él traicionara completamente a su gente, de que se los preparara para la masacre, y lo hacía contestando a cada una de sus peticiones con una pregunta sobre lo que acababa de pasar.
—¿Quién es ese varón drow que ha pasado corriendo por aquí?
Du’Quelve le dijo que no era asunto suyo.
—Si la ciudad no te apoya, ¿cómo puedo ofrecerte lo que pides? —intentó debatir el svirfneblin.
Du’Quelve hizo una señal a los dos guerreros que la flanqueaban para que se lo llevaran.
—Nos dirás lo que queremos saber —advirtió al gnomo—. De una manera u otra.
El pobre tipo gritó y trató de huir, pero tenía a los guardias justo detrás, y no podía correr más que los ágiles y gráciles drow.
Un glóbulo voló hacia el impresionado gnomo y este se agachó, pero la masa verde, amorfa y rodante, estaba perfectamente dirigida, y le habría pasado por encima de la cabeza de todas formas.
Sobre la de él, sí, pero no sobre la de sus dos perseguidores, que estaban demasiado ocupados en agarrar al tipejo para ver la pasta viscosa que volaba hacia ellos.
Con gruñidos amortiguados por un muro de moco pegajoso, los dos se detuvieron de golpe y se tambalearon hacia atrás; el moco que chorreaba entre ellos y a su alrededor los pegó al suelo de piedra igual que se les había pegado al rostro, inmovilizándolos.
El gnomo miró hacia atrás, y cualquier alivio que pudiera haber sentido quedó olvidado por el agudo sonido de otro grito, porque detrás de él, Du’Quelve agitaba las manos en círculo, bamboleaba ligeramente la cabeza y movía los labios en un conjuro mágico, mientras una fiera energía se le iba acumulando visiblemente entre los dedos.