17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua #2
—Este es nuestro nuevo trato —dijo Iccara por tercera vez.
—Este es nuestro nuevo trato —recitó Symvyn, y al principio esa afirmación le sorprendió, pero luego la fue aceptando como su evidente preferencia.
Vio a Du’Quelve e Iccara intercambiar una sonrisa, y supo que había hecho lo correcto.
Estaba muy contento de poder complacer a esas nuevas amigas que lo tenían en tan alta estima.
Jarlaxle se agachó mucho y miró bajo las piedras para observar el cieno mientras este se colaba por una pequeña grieta en la pared y desaparecía de la vista.
—Extraordinario —comentó. Se puso en pie y se volvió para mirar a Zaknafein y Kimmuriel.
—Aquí hay más de lo que parece —advirtió Kimmuriel, haciéndose eco de lo que pensaba Zak.
—¿Esa… cosa se ha ido? —preguntó Jarlaxle.
—Está confuso —respondió el psiónico—. Y seguirá confuso durante mucho tiempo. No preveo que nos vuelva a molestar.
—Y si lo hace, ¿estarás preparado?
Kimmuriel solo se lo quedó mirando.
—Vamos, la esquina no está lejos —les dijo Zak. Comenzó a caminar, pero se detuvo y miró otra vez las piedras—. ¿Estás seguro de que esa cosa no sabía que veníamos?
—¿Cuán seguro puedo estar sobre un cieno, o lo que fuera? —replicó Kimmuriel—. Lo sentí. Lo ataqué. Lo vencí.
—Pero ¿y si de alguna manera ha enviado una señal a nuestros posibles enemigos…?
—¿Por qué se te ocurre pensar que tenga relación con algo de eso? —preguntó Kimmuriel, como si fuera lo más evidente y la conclusión de Zaknafein no.
—Creemos que el gnomo está dominado. Tú sentiste a esa criatura, cieno, o lo que sea, por su energía mental. La relación parece evidente.
—Solo porque rechazas la coincidencia, que es lo que me esperaría de un guerrero.
—No creo en las coincidencias.
—Justo lo que he dicho.
—Sea como sea —intervino Jarlaxle antes de que la cosa se liara más—.
Quizá esta criatura es algún tipo de plaga mental y está infectando al svirfneblin sin que los Hunzrin tengan nada que ver.
O quizá no esté relacionado, y simplemente vino a este lugar porque notó otra actividad mágica o psiónica.
No importa, y tenemos poco tiempo para estar aquí. Averigüemos lo que podamos.
Zak y Kimmuriel continuaron intercambiando miradas airadas un momento más, y luego Zaknafein reemprendió la marcha por los túneles que reconocía de su primera visita.
Andaba rápido, no solo por su familiaridad con el lugar, sino también por lo formidables que eran sus dos compañeros.
Sin embargo, redujo la marcha cuando se acercaba a los escombros que reconoció como la pila desde la que había sido testigo del encuentro entre el gnomo y la drow, porque oyó voces más adelante.
Los tres llegaron al recodo. Jarlaxle echó una mirada al otro lado; luego retrocedió y sacó un artefacto de aspecto extraño y forma de embudo. Se llevó el extremo estrecho a la oreja y el extremo abierto hacia los que hablaban.
—S ACERDOTISA D U ’Q UELVE H UNZRIN —signó a sus compañeros. Le fue cambiando la expresión a medida que escuchaba, y pareció preocupado—. E L GNOMO ESTÁ TRAICIONANDO TOTALMENTE A SU GENTE —continuó signando—. C REO QUE LOS H UNZRIN QUIEREN ATACARLOS .
—¿S OLOS ? —preguntaron las manos de Kimmuriel.
—E L GNOMO ESTÁ TOTALMENTE DOMINADO —intervino Zaknafein.
Jarlaxle miró a Kimmuriel.
—L IBÉRALO .
Kimmuriel asintió y dio un paso hacia el recodo, pero Zaknafein habló en alto.
—¡Debemos marcharnos!
Los otros lo miraron horrorizados, y sorprendidos de que hubiera roto el silencio, pero lo comprendieron al seguir la mirada de Zak hacia el camino por el que habían llegado y ver un trío de guerreros drow y una sacerdotisa, una sacerdotisa que parecía muy desnuda, corriendo hacia ellos, aunque aún les separaba cierta distancia.
—¡Dispersaos, buscad un camino! —dijo Jarlaxle; salió corriendo y giró en el pasaje más cercano, con Kimmuriel pegado a él.
Pero Zaknafein tenía otra idea, y en vez de seguirlos, rodeó el curvado recodo, saltando a toda velocidad, con el látigo en la mano.
El gnomo de las profundidades gritó por la sorpresa, y las dos sacerdotisas drow se volvieron hacia Zak; rápidamente, su sorpresa se transformó en furia y acción: Du’Quelve alzó su flagelo y la otra comenzó a mover los dedos.
Zak corrió por delante del gnomo, y Du’Quelve se movió para interceptarlo, con las serpientes vivas de su flagelo de tres cabezas alerta y preparadas para atacar.
Pero Zak atacó primero, y su látigo avanzó de un modo casi hipnótico hacia el flagelo y la sacerdotisa que lo sujetaba.
Un seco movimiento de la muñeca hizo que la punta restallara, y Zak invocó los poderes profundos de esa arma para abrir una línea de fuego que cruzaba el aire justo delante del flagelo.
Ya en movimiento, las serpientes atacaron; una, después la segunda, y dos cabezas de serpiente cayeron sueltas, amputadas al cruzar la raya entre planos.
La sacerdotisa Du’Quelve gritó de horror, porque para una sacerdotisa drow nada era más sagrado que su flagelo. Zak sonrió al oírla.
Pero no bajó el ritmo, corrió pasando al lado de las dos cabezas y esperó que le alcanzara algún conjuro de la segunda sacerdotisa. Le llegó como un nuevo estallido de poder mental, otro intento de dominarlo, de someterlo rápidamente a la voluntad de ella.
Muy parecido al de la primera vez, y en ese momento, Zaknafein estuvo seguro de que esta sacerdotisa y el cieno de antes estaban relacionados de alguna manera.
Luchó contra el ataque, tambaleándose un poco, y rápidamente se lanzó al otro lado del siguiente recodo, casi chocándose con un par de soldados Hunzrin que lo estaban esperando.
—Una sacerdotisa desnuda —susurró Jarlaxle por lo bajo, sorprendido e impresionado. Porque él sabía lo que eso significaba. Estaba desnuda porque había sido un montón de cieno negro y escurridizo solo un momento antes.
—Ella —dijo con cinismo, porque ¿qué le importaba el género a su ser así? Una cosa que sí sabía: «ella» era una sirvienta de Lloth, una yochlol, y seguramente también lo sería la otra sacerdotisa no Hunzrin que había ido a tratar con los gnomos de las profundidades, a dominar a ese pobre tipo.
Corrió por un túnel bastante recto y llano, y al pasar por una apertura, se giró un poco para asegurarse de que no hubiera enemigos escondidos en ese espacio. Se detuvo al ver no a ningún enemigo, sino a un amigo.
Kimmuriel le hizo un gesto para que entrara en el espacio, aunque solo podía suponer cómo el extraño drow había llegado a ese punto antes que él. Tratándose de Kimmuriel, Jarlaxle tenía que suponer muchas cosas.
—No están lejos —susurró.
—Lo suficiente —contestó Kimmuriel—. Sabes la verdad, claro.
—Sirvientas.
—Sí, yochlol. Y al menos, dos. ¿De qué va este asunto? ¿Por qué interviene Lloth a favor de la Casa Hunzrin?
—No sabemos si es Lloth —repuso Jarlaxle.
—Dos sirvientas —repitió Kimmuriel seco, lo más cerca del sarcasmo que ese drow sin emociones podía alcanzar.
—Dos sirvientas que están causando problemas. Lo hacen porque les divierte —argumentó Jarlaxle, aunque su convicción era tan leve que Kimmuriel lo notó incluso sin tener que meterse en sus pensamientos.
¿Tenía la Casa Hunzrin el favor de la Reina Araña? ¿Estaba la propia Lloth organizando ese atrevido paso de los Hunzrin?, y en tal caso, ¿qué indicaba eso a Bregan D’aerthe?
A Jarlaxle no le gustaban las posibilidades que veía.
Había trabajado durante siglos para arañar un cierto respeto y poder dentro de la sociedad matriarcal, para sí y para los muchos drow que se asociaban en Bregan D’aerthe.
Pero la mayoría solo eran hombres, a fin de cuentas; Jarlaxle podía contar el número de mujeres en la banda con los dedos de una sola mano y aún le sobraban.
¿Se habría cansado Lloth de permitir que una banda de hombres llegara tan arriba?
Se planteó la reacción de la Madre Matrona Baenre, y ahí tampoco le gustaban las posibilidades. No le gustaría nada que Bregan D’aerthe, que después de todo era una extensión voluntaria de su poder, acabara muy disminuida por la maniobra Hunzrin.
Jarlaxle miró fuera del receso, muy indeciso.
—N O PODEMOS DEJAR QUE TENGAN ÉXITO —signó a su compañero.
—¿T E ARRIESGARÍAS A DETENER A LAS SIRVIENTAS DE L LOTH ? —replicó Kimmuriel, que movía las manos con bastante torpeza.
A pesar de su situación, Jarlaxle casi rio en voz alta ante esos movimientos infantiles; si los dedos pudieran tartamudear, ¡los de Kimmuriel acabarían de hacerlo!
Pocas veces el psiónico recurría al silencioso código de manos de los drow.
Normalmente, se comunicaba por silenciosos mensajes telepáticos.
Aunque no con Jarlaxle y su parche en el ojo. Y este no pensaba sacárselo para facilitar la conversación, porque sabía que había más de un psiónico por allí, y los otros no parecía ser sus aliados.
Jarlaxle pensó en la pregunta durante un momento.
—Sí —susurró—. Si están aquí de parte de Lloth, pues que así sea. Las Hunzrin no ganarán este mercado.
Miró al otro lado de la esquina y se apartó rápidamente.
—Ya vienen —dijo con los dedos a Kimmuriel.
Kimmuriel extendió la mano hacia Jarlaxle, que la miró un momento antes de tomársela. Sabía lo que ocurriría a continuación, y lo odiaba.
¡Oh, cómo lo odiaba!
Oyó las voces de los enemigos, cada vez más cerca, pero de repente, sonaron muy lejos, y el mundo que lo rodeaba se convirtió en una mancha borrosa. Las claras líneas de las luciérnagas al reptar por los túneles producían un distante e indefinido brillo blanquiazul.
Kimmuriel pasó ante él, directo hacia la piedra, llevando a Jarlaxle detrás.
Los espacios pequeños no eran ningún problema para Jarlaxle.
En más de una ocasión se había pasado todo un día escondido en su agujero portátil, un compartimento extradimensional sin luz.
Pero eso no era un espacio pequeño. Kimmuriel y él se movían a través de roca sólida, y se deslizaban insustanciales a través de ella.
Eso no era un espacio pequeño.
Eso no era en absoluto un espacio.