17. Demasiado metido en el agujero del thoqqua
D EMASIADO METIDO EN EL AGUJERO DEL THOQQUA
—Las sacerdotisas pueden dominar a una víctima —explicó Kimmuriel a Zaknafein, mientras avanzaban junto a Jarlaxle por los túneles de la Infraoscuridad hacia la posición de los gnomos de las profundidades.
—No así —replicó Zak, no por primera vez—. He sentido la manipulación de las sacerdotisas toda la vida. —Calló un momento y luego añadió—: O quizá sea posible. Admito que nunca he luchado contra una sacerdotisa en una pelea limpia, en la que ella me sorprendiera o tuviera tiempo de preparar…
Se detuvo de golpe y negó con la cabeza con fuerza antes de rugir de furia.
Zaknafein dio un paso hacia el psiónico, ya con las espadas en la mano.
Jarlaxle se apresuró a interceptarlo.
—Si vuelve a hacer esto… —amenazó Zaknafein, mientras señalaba con una espada por encima del hombro de Jarlaxle al distante Kimmuriel.
—No ha sido… —comenzó a decir Jarlaxle, pero Zak lo cortó, demasiado furioso para oír nada más que la sangre que le bombeaba en los oídos.
—Te mataré —prometió Zak—. ¡No vuelvas a meterte en mi cabeza, porque te mataré!
—¡No ha sido él! —le gritó Jarlaxle a Zak en la cara—. Ha actuado bajo mis órdenes.
Antes de poder pensar en una respuesta, Zaknafein le dio un cabezazo a Jarlaxle en la cara, haciéndole retroceder un par de pasos.
Zak agarró las espadas, y fue golpeado brutalmente, con más fuerza de la que podía haber imaginado nunca, por una ola de energía que le revolvió el cerebro e hizo que le temblaran violentamente las piernas, mientras las espadas se le caían de las manos.
—¡Ya basta, basta! —oyó decir a Jarlaxle, pero de repente era como si estuviera muy, muy lejos. Zak vio el suelo de piedra del pasadizo subiendo hacia él y pensó que seguramente le dolería.
Sorprendentemente, no notó nada, al menos no hasta que se despertó un buen rato después, sentado contra una pared, con Jarlaxle sentado frente a él.
—Tienes que dejar de hacer eso —le dijo Jarlaxle—. Sí, le dije a Kimmuriel que se metiera en ti, y sí, comprendo la violación que representa. Claro que sí. ¿Por qué crees que llevo este parche en el ojo? Pero necesitamos saber.
—¿Era igual? —preguntó Kimmuriel desde detrás y hacia un lado.
Zak lo fulminó con la mirada.
—Toma —dijo Jarlaxle, mientras se llevaba la mano hacia atrás bajo la capa y sacaba un látigo largo de excelente factura, y que, sin duda, Zaknafein reconoció.
—Lo has encontrado —repuso Zak, y su tono había cambiado. La magia de ese látigo era realmente maravillosa: su punta, al restallar, era capaz de rasgar levemente el mismísimo plano del fuego.
—Kimmuriel lo encontró, como regalo para ti —aseguró Jarlaxle.
Zaknafein no se molestó en ocultar la duda en su expresión.
—El Consejo Regente lo tenía confiscado —explicó Jarlaxle—.
Lo consideraban un arma demasiado amenazadora para las matronas y solo adecuada para ellas, que, naturalmente, prefieren los flagelos con las cabezas de serpiente que marcan su posición.
Querían sacarlo de en medio, y seguramente y en gran parte, por quién había sido el que lo había usado de una forma letal.
Estaba hablando de Zak, naturalmente. El maestro de armas empuñó el látigo que le ofrecía y lo desenrolló para tomarle el tacto de nuevo.
A Zaknafein siempre le había gustado ese tipo de arma y era un experto en su uso, o al menos, antes lo había sido.
Porque de eso, pensó, había pasado más de un siglo.
—Va, el daño ya está arreglado. Ahora, Zaknafein responde a Kimmuriel —pidió Jarlaxle—. Te he traído aquí porque lo has pedido, te recuerdo. Los tres nos estamos metiendo en una posible trampa. Necesitamos saber.
Recordar por qué estaban allí, o más concretamente, por qué él estaba allí, calmó a Zaknafein considerablemente.
—¿La intrusión telepática era igual? —preguntó de nuevo Kimmuriel.
Zak se lo pensó durante unos minutos, y luego negó con la cabeza.
—No. Esta era… diferente. Menos exigente. Más truco, menos fuerza pura. No sé cómo explicarlo, pero tu intrusión no parecía tan… ¿maligna?
—¿La de un ilícido parecería más maligna? —preguntó Jarlaxle a Kimmuriel, quien negó con la cabeza.
Zaknafein se quedó mirando fijamente al psiónico, que, como se veía claramente, estaba pensado profundamente en la información, y al maestro de armas le pareció que sabía más de lo que decía saber. No se fiaba de ese en absoluto.
Pero se alegraba de haber recuperado el látigo.
El gnomo salió sigilosamente del tranquilo campamento, en el que la mayoría de los mineros echaban un sueñecillo, mientas que el cocinero y el minero asignado para ayudarle se hallaba ocupados en su tarea.
Al muy honorable capataz Belwar y aquel insoportable Maltzabloc no se los veía por ninguna parte, y seguramente estarían muy adentro del nuevo túnel que los laboriosos mineros habían excavado, para inspeccionar la carga de arandur que salía de él, y que, hasta el momento, resultaba decepcionante.
Symvyn se detuvo al entrar en el túnel al otro lado de la verja vigilada, y repasó sus planes, no por primera vez.
—¿Qué estás haciendo, maldito gnomo idiota? —se había preguntado a sí mismo unas cien veces.
La primera vez, quizá incluso las primeras diez veces, Symvyn había estado a punto de alzar las manos y correr al muy honorable capataz Belwar con su confesión.
Sin embargo, todas esas veces le había sobrevenido esa sensación de que no estaba recibiendo lo que se merecía, de que estaba trabajando muy dura y lealmente por el rey Schnicktick y el título de Muy Honorable Capataz de Mineros aún ni se había insinuado.
Pero ya llevaba un tiempo sin intentar tratar de convencerse de eso para justificar sus actos. Simplemente ya había ido demasiado lejos. «Demasiado metido en el agujero del thoqqua», como decían los svirfneblin para referirse a esas trampas emocionales.
Ya no tenía alternativa, así que esa ya no era una pregunta. De algún modo, lo habían atraído más allá del punto en el que no había vuelta atrás.
Una vez se libró de cualquier guarda o centinela, el gnomo aceleró el paso y recorrió los túneles tan deprisa como sus cortas piernas podían llevarle.
Quizá debería haber sido más cuidadoso, parando y escuchando por si había moles sombrías u otros posibles monstruos, pero estaba tan decidido a dejar ese desagradable episodio atrás que había abandonado toda cautela.
Además, si hubiera algo peligroso por ahí, ¿los drow no se habrían ocupado ya de ello?
Vio a la sacerdotisa drow, o mejor dicho, a las dos, esta vez, Du’Quelve e Iccara, esperándolo.
La primera iba de arriba abajo, nerviosa, mientras que la segunda estaba sentada tranquilamente sobre una roca, toqueteándose una uña como si se le hubiera metido algo debajo.
El gnomo redujo la velocidad y miró hacia un lado, en busca de la pila de rocas en un túnel lateral donde, en un viaje previo, había notado que se deslizaba un cieno sintiente y depredador.
Parecía claro, aunque probablemente no lo fuera, pensó Symvyn, porque pocas cosas en la Infraoscuridad podían esconderse tan bien como los cienos maleables.
—Me alegro de verte, sabio gnomo —saludó Iccara cuando Symvyn llegó junto a ellas.
—¿Dónde está? —quiso saber la sacerdotisa Du’Quelve, ni ocultar su enfado.
El gnomo rebuscó por el lado derecho de su cinturón y sacó una pequeña bolsa, luego metió la mano detrás, bajo la capa y sacó dos más. Ofreció las tres a las sacerdotisas.
Du’Quelve agarró bruscamente una, la abrió y sacó un puñadito de metal negro verdoso. Miró a Iccara, que había tomado las otras dos bolsas.
—¿Cuál es el saco sin fondo? —preguntó.
Iccara abrió las dos bolsas y metió la mano, luego negó con la cabeza.
—No tengo tal objeto —les dijo Symvyn—. ¡Sería mucho más fácil si lo tuviera!
—Entonces, ¿dónde está el resto de mi metal? —quiso saber Du’Quelve.
—He… he hecho todo lo que he podido —respondió el gnomo, mientras se balanceaba nervioso de un pie al otro—.
El metal no es ligero, y no puedes esperar que cargue con un gran saco desde Dun Arandur, como el muy honorable capataz va a llamar el campamento.
Están vigilando, no lo dudes. Vigilan quién viene y quién va.
—¡No me importa! —le gritó Du’Quelve—. Aquí no hay suficiente ni para un guantelete.
—Un poco cada vez —repuso Symvyn, retrocediendo con cada palabra.
—¿De cuánto tiempo crees que disponemos, estúpido gnomo? ¿Esperas que estemos aquí fuera, en la Infraoscuridad, durante semanas mientras nos traes un puñado cada vez?
—Tres puñados —protestó Symvyn, y luego ¡tragó saliva cuando vio la mirada que su réplica había provocado en el rostro de la sacerdotisa drow!
—Ya basta, sacerdotisa Du’Quelve —intervino Iccara—. El gnomo está asustado y no sin razón.
Du’Quelve alzó los brazos al cielo y se volvió de lado, murmurando algo por lo bajo.
—Tenemos que hacerlo mejor —dijo Iccara a Symvyn.
—Cuentan el metal —respondió él, suplicante—. No exactamente, pero Belwar va sabiendo cuánto hay, y ¡así sabrán cuánto no hay! Me atrapan y ya hemos acabado aquí.
—Quizá tenga razón —admitió Iccara.
Du’Quelve se giró en redondo, con los ojos rojos muy abiertos.
—Quizá deberíamos cambiar de táctica, y no depender de la reacción de la Madre Matrona Baenre hacia una brillante armadura de arandur —explicó Iccara.
Du’Quelve la miró con curiosidad durante unos instantes, luego una gran sonrisa se le dibujó en el rostro mientas asentía.
Symvyn las miró, sin llegar a entenderlo.
—Dinos la localización de todas las salvaguardas defensivas —dijo Iccara a Symvyn.
El gnomo se quedó boquiabierto.
—¡Ese no era nuestro trato!
—Este es nuestro nuevo trato —insistió Iccara.
—¡Ese no era nuestro trato! —repitió Symvyn, más alto, y notó que le costaba sacar las palabras de la boca, como si, de repente, su voz no fuera su voz.
—Este es nuestro nuevo trato —volvió a decir Iccara, esta vez con mucha calma.
Entonces, Symvyn lo vio todo claro, la respuesta a sus dilemas, tanto con las sacerdotisas que estaban ahí, como con los peligros de Belwar en Dun Arandur.