Implacable (Generations 3) 16. Los retorcidos caminos de los túneles de las moles sombrías #3
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16. Los retorcidos caminos de los túneles de las moles sombrías #3

Zaknafein odiaba la idea de volver a Menzoberranzan. Solo en los túneles, más de una vez estuvo tentado de seguir corriendo en la dirección opuesta, dejarlo todo y vivir lo mejor que pudiera en algún lugar que no estuviera bajo la influencia de la vil Lloth.

Y en sus días jóvenes, quizá lo hubiera intentado, pero en ese momento, finalmente, todos los rodeos de Zak lo llevaban inexorablemente hacia Menzoberranzan.

Hacia su hijo.

Entró en la ciudad sigilosamente por una de las pequeñas puertas laterales. Esas también estaban vigiladas, pero nadie hacía preguntas si el que entraba era otro elfo oscuro. Zak mantuvo su capa de viaje subida y esperó que no lo reconocieran. No quería que Malicia supiera de su regreso.

Por esa misma razón, evitó el Micónido Supurante; sabía que Malicia tenía espías por allí a menudo. Así que fue directo a la Grieta de la Garra, bajó por la escalera escondida y recorrió los túneles de los kobold hasta llegar a los aposentos privados de Jarlaxle.

—Por fin —le saludó Jarlaxle cuando entró Zak.

El jefe mercenario estaba intentado parecer indiferente, como si no estuviera contentísimo de verle, y solo llevara un rato esperándolo, pero Zak notó su lenguaje corporal, la ansiedad que le tiraba los hombros hacia delante, y vio que, por una de muy pocas veces en su vida, la postura de Jarlaxle había traicionado a su control.

—¿Puedes explicarme tu retraso? —preguntó Jarlaxle—. Nunca hubiera esperado que Zaknafein tardara.

Zak lanzó una mirada a los otro dos drow que había en la sala: Beniago y el siempre molesto Kimmuriel Oblodra.

—Me alegro de haber vuelto —respondió.

—Eso no lo crees —dijo Kimmuriel, y Zak entrecerró los ojos, para advertir al psiónico que saliera de su cabeza, si estaba ahí. Nunca había conocido a nadie que le hiciera sentirse así de incómodo, incluyendo a la familia psiónica de Kimmuriel e incluso a las matronas de la ciudad.

—Me alegro de tenerte de vuelta —repuso Jarlaxle.

Y Beniago aportó un asentimiento.

Zaknafein miró directamente al lugarteniente Baenre.

—Creíste que moriría en aquel lugar.

—Sí, pero intenté ayudarte —respondió Beniago.

—Lo sé. —No había recocido la voz en medio del calor de la batalla, pero había estado casi seguro de había sido Beniago quien había lanzado las bombas de luz, lo que seguramente le había salvado la vida.

—Cuando Braelin regresó, estuve seguro de que tú no andarías muy lejos —repuso Beniago.

—¿Braelin?

—El joven explorador que sacaste de allí. Regresó hace unos cuantos días.

Zak asintió y se alegró.

—Un joven muy prometedor —añadió Jarlaxle—. Nacido de plebeyos, pero lo encuentro más noble, ¡y sin duda más leal!, que los nobles que conozco. Lo encontré cuando era muy joven y vi algo en él, así que lo traje aquí. Lo sabrías, Zaknafein, si te hubiera molestado en pasar más tiempo…

El pícaro siguió hablando y hablando, y Zaknafein suspiró. Jarlaxle hablaba de nada importante, no para convencerle del valor de ese tal Braelin, sino porque sabía que Zaknafein estaba ansioso y preocupado.

—¡Basta! —exclamó Zak finalmente, porque Jarlaxle no paraba con sus inacabables historias. No pudo evitar notar la expresión petulante del jefe mercenario.

—¿Sí? —preguntó Jarlaxle con toda dulzura.

—Necesito volver a irme de la ciudad.

—La Matrona Malicia no estará de acuerdo.

—No sabe que he vuelto.

—¿Estás seguro? —preguntó Jarlaxle.

—No está seguro —dijo Kimmuriel antes de que Zaknafein pudiera contestar.

—Algún día lo mataré —masculló Zak con calma.

—Un deseo muy generalizado, que enorgullece a Kimmuriel, estoy seguro —replicó Jarlaxle.

—Ya basta de eso. No puedo regresar aún. Es demasiado pronto.

—No vas a volver aún a la Casa Do’Urden, no —convino Jarlaxle—. No después del desastre en los túneles. No podemos dejar las cosas así. Los Hunzrin nos han desafiado, y el tesoro es considerable, si realmente es arandur lo que están extrayendo los gnomos.

—Eso me pareció, aunque solo lo he visto una vez en su forma sin refinar, hace muchos años.

—Incluso si no lo es, tengo que responder a los Hunzrin, claro.

—¿Qué pretendes hacer?

—Le dijiste a Beniago que habías notado que algo o alguien estaba tratando de dominarte telepáticamente. Tiene sentido pensar que quizá ese gnomo esté afectado de ese modo. No es corriente que los svirfneblin traicionen a los suyos por monedas o alguna otra ganancia material.

—Sabes mucho sobre los gnomos de las profundidades, ¿no?

—Sé mucho sobre todo —replicó Jarlaxle—. Así es como me mantengo vivo.

—Y como te rodeas de lujos.

—Vivo en una cueva.

—Ambos sabemos la verdad.

Jarlaxle se encogió de hombros y lo dejó ahí.

—Pues si este gnomo está dominado, mentalmente esclavizado, tenemos que liberarlo —explicó Jarlaxle.

—¿Y cómo planeas hacerlo? —preguntó Zaknafein.

Jarlaxle le sonrió y miró a Kimmuriel Oblodra.

—A Kimmuriel le encantan los retos —contestó Jarlaxle.

—¿Qué te hace creer que será un reto? —replicó el Oblodra.

Zak suspiró de nuevo y se frotó el rostro, nada entusiasmado ante la idea de volver a pasearse por la Infraoscuridad con alguien como el extraño psiónico.

Se calmó recordando en silencio que, algún día, su hijo se enteraría de todo esto, y que si para entonces, Drizzt conocía a Kimmuriel, sin duda valoraría el sacrificio de su padre.