Implacable (Generations 3) 16. Los retorcidos caminos de los túneles de las moles sombrías #2
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16. Los retorcidos caminos de los túneles de las moles sombrías #2

Zak anticipó esa posibilidad y echó la cabeza hacia atrás, doblándose, mientras el garrote le pasaba justo por encima.

Se hizo un ovillo, tocó el suelo y se lanzó en otra voltereta, esta hacia un lado, y acabó agachado sobre los pies, lo que le permitió impulsarse hacia delante repentinamente, muy de repente, sobre el último osgo de la fila, que se había girado para interceptarlo cuando cayó su primer compañero, pensando que Zak avanzaría en línea.

Incluso con su agilidad, ese osgo no había acabado de reorientarse hacia la posición de Zak después del rápido cambio de este, y estaba completamente expuesto. Siete cuchilladas diferentes, alternando derecha e izquierda, lo hicieron caer.

Dos menos, pero cuatro en pie. Y cuando Zak retrocedió y se tiró hacia atrás del mismo modo que había avanzado, se encontró que el cuarteto restante se había espaciado a su alrededor y actuaba con más cautela.

El tiempo estaba del lado de ellos, y Zak lo notó aún más cuando una sacerdotisa drow apareció al final del túnel.

—¡Arcilla! —se oyó un grito desde el túnel por el que Zak había entrado en ese espacio; una palabra que todo miembro de Bregan D’aerthe conocía muy bien.

Zak cerró los ojos cuando, no una, sino un puñado de bolitas de cerámica volaron hacia ese espacio, cada una cubierta especialmente para retener la energía mágica que contenían; bolitas encantadas con conjuros potentes y continuos que emitían una luz muy brillante.

Un momento después, cuando Zak abrió los ojos un instante, se encontró a los cuatro osgos encogidos del susto, mientras se cubrían los ojos y gemían ante la repentina luz brillante. La sacerdotisa drow también se había asustado, y ya no se la veía al final del túnel.

Zaknafein saltó muy alto y muy lejos; pasó entre los dos osgos de la izquierda, mientras golpeaba del revés con las espadas con fuerza contra cráneos y brazos alzados.

Sus espadas ya habían desaparecido en las vainas cuando tocó el suelo, y se lanzó a correr a toda velocidad hacia su camarada paralizado mágicamente.

Se agachó para alcanzarle con el hombro en la barriga, echárselo al hombro y seguir corriendo.

Fue pasando corredores, girando hacía cualquier pasaje que parecía alejarle más de los enemigos. Pero uno resultó no tener salida y se volvió desesperadamente para retroceder.

El hombre al que sujetaba gimió.

Zak lo bajó al suelo, le abofeteó para despertarlo y tiró de él antes de que este pudiera ni preguntarle qué había ocurrido.

Regresaron al túnel principal poco después y finalmente alcanzaron unos túneles que ambos reconocieron. En la siguiente bifurcación, Zak se despidió de su compañero, deseándole lo mejor, y lo envió hacia el lado derecho, mientras él corría hacia el izquierdo.

Esperaba volver a ver a ese hombre algún día en Menzoberranzan, pero en ese momento, Zaknafein no veía muchas probabilidades de que ninguno de los dos saliera vivo de esa área de la Infraoscuridad.

—Hemos perdido a tres seguro —dijo Beniago a Jarlaxle unos días después, de vuelta en el despacho de Bregan D’aerthe en la Grieta de la Garra de Menzoberranzan, bajo la Casa Oblodra—. Y hay tres más desaparecidos.

Jarlaxle los miró a él y a Binnefein con dureza.

—Sí, no sabemos nada de Zaknafein —admitió este último.

—Él lo sabía —continuó Beniago—. Nos advirtió de que algo iba mal, que ahí andaba metido algo más que los Hunzrin. Pero su aviso llegó demasiado tarde.

—¿No se sabe nada de él en absoluto? —preguntó Jarlaxle.

—La última vez que lo vi, estaba luchando contra una banda de osgos, y una sacerdotisa drow entraba en el lugar. Intenté ayudarle, pero no podía quedarme —explicó Beniago.

Jarlaxle no respondió, solo siguió sentado y tamborileando los dedos unos contra otros.

—Pensé en pedir una tregua, revelando que soy un Baenre —admitió Beniago.

—Me alegro de que no lo hicieras —decidió Jarlaxle—. Para Bregan D’aerthe, es mejor que no lo hayas hecho. Y mejor para la Casa Baenre.

—Estoy tentado de rogarle a la Madre Matrona Yvonnel que arrase la Casa Hunzrin —dijo Beniago.

Jarlaxle negó con la cabeza.

—Estoy de acuerdo con lo que dijo Zaknafein.

Es mejor no involucrar a los Baenre hasta que sepamos más de este plan Hunzrin.

Ahora, id y averiguad lo que podáis; pide a una de tus primas sumas sacerdotisas que escrute si los Hunzrin han hecho prisionero a Zaknafein.

Si la Matrona Malicia se entera de eso, habrá guerra.

Aunque supongo que eso no sería tan malo.

Beniago soltó una leve carcajada; era evidente que se sentía aliviado porque Jarlaxle no lo considerara responsable de la pérdida de su amigo.

Binnefein y él se marcharon y regresaron al Micónido Supurante en las Calleshediondas, donde se alegraron mucho de encontrar a Nav Rayan Dyrr, que estaba bebiendo para sacarse la pesadilla de la Infraoscuridad de la cabeza.

Eso solo dejaba a dos desaparecidos.

Al día siguiente, Beniago estaba con Jarlaxle cuando el número bajó a uno, porque el más joven de la expedición regresó, alterado pero ileso, y con la historia de que Zaknafein lo había salvado.

—Nos separamos en los túneles, como nos entrenaron para hacer —explicó a Jarlaxle y Beniago.

—Y nadie está mejor entrenado que Zaknafein Do’Urden —añadió Jarlaxle, esperanzado. Su humor mejoró notablemente después de eso, y sus esperanzas renacieron.

Pero fueron pasando los días sin ninguna noticia del solitario socio de Bregan D’aerthe desaparecido, quizá el único drow en toda la ciudad al que Jarlaxle consideraba un amigo.