Implacable (Generations 3) 16. Los retorcidos caminos de los túneles de las moles sombrías
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16. Los retorcidos caminos de los túneles de las moles sombrías

L OS RETORCIDOS CAMINOS DE LOS TÚNELES DE LAS MOLES SOMbrÍAS

—Deberíamos irnos de aquí —dijo Zak a Beniago, cuando el equipo se hubo reagrupado en el punto de reunión asignado.

—¿Irnos? Sabemos que los gnomos están por aquí y trabajando en las minas, y ahora podemos estar bastante seguros de la Casa Hunzrin tiene planes para…

Zaknafein estaba negando con la cabeza todo el rato, lo que hizo que Beniago callara y lo mirase.

—¿Qué?

—Están extrayendo, y sí, la Casa Hunzrin está intentado trabajar con ellos, o con un traidor entre ellos, al menos —explicó Zaknafein—. Vi la entrega; se hizo a una sacerdotisa que creo que no era de la Casa Hunzrin…

—Entonces, una de las visitantes del grupo Hunzrin —dijo Binnefein, y Zaknafein miró a su antiguo compañero de casa y asintió.

—Le dio un poco de metal como prueba del hallazgo —continuó Zaknafein—. Supongo que arandur.

—¿Y quieres que nos vayamos de aquí? —preguntó Beniago incrédulo—. Eso es exactamente por lo que estamos aquí fuera.

—Y ahora lo sabemos.

—Y ahora debemos detenerlo —dijo Beniago—. O lo paramos expulsando a los Hunzrin, o quitamos al traidor de la ecuación. En cualquier caso, fastidiamos sus planes. Ese acuerdo no puede mantenerse.

—No lo entiendes —insistió Zaknafein—. Hay más en esto de lo que sabemos. Algo… raro…

Beniago lo miró con curiosidad. Binnefein se acercó, igual que Nav Rayan Dyrr, ambos atraídos por la atípica incerteza en su voz.

—Había algo extraño en el modo en que el gnomo repetía cada orden de la sacerdotisa —clarificó Zaknafein—. Solo eso ya me indicó que también alguien o algo se me había metido en la mente, e intentaba obligarme a bajar y unirme a la conversación.

—¿Para matar a la sacerdotisa y tomar la mena para ti? —preguntó Nav Rayan Dyrr.

—¡No! Nada de eso.

—Siempre te ha gustado matar a sacerdotisas —comentó Binnefein.

—No… quiero decir sí —respondió Zak, sacudiendo la cabeza enfáticamente—. Pero no quería matarla. Quería bajar y unirme a ella, y ayudarla en su empeño.

Los tres lo miraron con un claro escepticismo.

Zak asintió, porque aceptaba y compartía su incredulidad.

—Alguien o algo se me había metido en la mente, y trataba de obligarme, de dominarme.

—Las sacerdotisas son demonios —comentó Nav Rayan Dyrr.

Pero Beniago alzó la mano para silenciar a Dyrr y evitar cualquier broma de Binnefein.

—Hasta a la propia Madre Matrona Baenre le costaría forzarte mágicamente a cumplir sus caprichos —dijo a Zaknafein.

El maestro de armas se encogió de hombros.

—Que es por lo que todo este asunto me da mala espina. Hay más aquí de lo que vemos. Más que la Casa Hunzrin tratando de conseguir un socio comercial entre los gnomos de las profundidades. Más que la propia Casa Hunzrin. De eso estoy seguro.

Beniago miró a sus dos exploradores principales. Allí eran solo una banda pequeña y muy superada en número por el grupo Hunzrin, que contenía no menos de cuatro sacerdotisas.

—Ya conocemos lo que hemos venido a saber —dijo Nav Rayan Dyrr—. Los Hunzrin están tratado de trabajar con este grupo de mineros svirfneblin, y tienen ayuda externa.

—Deberíamos dejar que sea Jarlaxle quien decida nuestro próximo paso —convino Binnefein—. Quizá su amigo Oblodra pueda responder a algunas de las preguntas pendientes sobre esas nuevas observaciones.

—¿Objeciones? —preguntó Beniago, mirando a los dos exploradores y luego a Zaknafein.

—Creo que lo mejor es que nos marchemos de este lugar —contestó Zak.

Le dolía decirlo. No quería volver a Menzoberranzan en ese momento, sin duda, dado lo que eso podría representar para su hijo.

Pero sabía lo que había sentido, y le resultaba evidente que su posición ahí fuera era, como mínimo, delicada.

Si alguien o algo había tratado de dominarle, por no decir que casi lo había logrado, entonces ese ser sabía que estaba ahí fuera, y seguramente los Hunzrin también.

Justo cuando Beniago asentía, una llamada desde el otro lado de la esquina sobresaltó a los cuatro. Un instante después les llegó ruido de lucha y los gruñidos guturales de los osgos.

Zaknafein tenía las espadas en la mano antes de los otros hubieran siquiera registrado el sonido. Y como siempre hacía, corrió hacía allí. Giró la esquina y vio a un trío de guerreros de Bregan D’aerthe a punto de ser superados por la pura fuerza y ferocidad de media docena de osgos.

Vio un hueco y cargó entre un par de los luchadores drow, con la espada de la mano derecha por delante para lanzar una estocada al pecho de osgo más cercano, mientras que con la de la mano izquierda describía un amplio arco para hacer retroceder a la siguiente bestia de la fila, que ya presionaba a uno de los drow.

—¡Acabad con ellos rápido! —gritó Zaknafein a sus tres compañeros de lucha, y pareció probable, ya que seis osgos no deberían ser demasiado problema para cuatro drow soberbiamente armados y entrenados, una vez el elemento sorpresa había desaparecido.

Zak enfatizó sus palabras saltando hacia delante, mientras blandía las espadas a izquierda y derecha para hacer retroceder a los osgos de ambos lados.

Al que había apuñalado rugió y saltó sobre él, sin darse cuenta de la velocidad de Zaknafein; porque ¿quién se daba cuenta de la velocidad de Zaknafein antes de que fuera demasiado tarde?

Una espada volvió a la carga, lo suficientemente alta para detener el intento de ataque con maza del osgo, y la otra fue hacia delante, y empaló a la bestia justo al lado del agujero más pequeño que Zaknafein ya le había hecho en el pecho antes.

La bestia cayó y entonces quedaron solo cinco, pero se acercaban más, a juzgar por los ruidos que subían por los túneles, de los gritos de los elfos oscuros y de los rugidos de los goblins.

Una brillante luz destelló desde el otro lado de la esquina, naranja y parpadeante, como de una llama lanzada, y Zaknafein compendió que las sacerdotisas no estaban lejos.

Beniago, Nav Rayan Dyrr y Binnefein no eran tan entusiastas como Zaknafein. Sabían que sus posibilidades no eran buenas; tenían una clara idea de las capacidades de la fuerza Hunzrin. El ruido de la batalla, en su precaria posición, no los llevaba a avanzar hacia a lucha.

En vez de eso, los hizo huir, y corrieron los tres juntos por el túnel; luego Nav Rayan Dyrr se separó en la primera intersección, y Beniago y Binnefein se separaron en la siguiente.

Solo los pasos de Beniago fueron parando mientras el ruido de la lucha se alejaba. Había dejado atrás a Zaknafein. A otros, también, pero a Zak… Eso fue suficiente para hacerlo detenerse.

Sabía lo que sentía Jarlaxle por ese drow. Un montón pensamientos se le pasaron por la cabeza, sobre todo que él era un Baenre. ¿Se atreverían los Hunzrin a atacarle si se identificaba y se rendía?

Podía regresar y, quizá, acabar con este conflicto, simplemente diciendo su verdadero nombre. ¿Qué casa en Menzoberranzan se atrevería a provocar la furia de la Madre Matrona Yvonnel Baenre?

Pero si hacía eso, su tiempo en Bregan D’aerthe acabaría, ya que su tapadera saltaría por los aires para cualquiera que oyera los omnipresentes rumores.

¿Qué le inquietaba más: la furia de Jarlaxle por haber perdido a Zaknafein, o verse relegado una vez más a ser un simple noble menor en una casa llena de ellos?

Buscó una tercera opción.

Zaknafein acuchilló por tercera vez al osgo de su izquierda, luego giró y fue a por el de su derecha, con la espada de la derecha formando ochos en el aire ante sí, y cada tajo en diagonal potente y pidiendo atención.

La hoja se movía con tal rapidez que tenía al osgo siguiendo el movimiento con los ojos, así que de repente llevó esa espada hacia la derecha, saltó hacia delante y le clavó la espada izquierda por debajo de la barbilla hasta llegarle al cerebro, antes de que la bestia tuviera tiempo de separar los ojos de la hipnótica espada.

A su espalda, un tercer osgo cayó. Ante él, a lo largo de la línea de la derecha, uno de los guerreros drow acabó con un cuarto.

Los dos que quedaban retrocedieron tambaleándose, y la batalla estaba ganada, o al menos detenida durante el tiempo suficiente para que Zak mirara hacia atrás en busca de Beniago, Dyrr y Binnefein.

El maestro de armas suspiró. No iban a aparecer.

Intentó que los tres drow en pie se le unieran, pero dos ya estaban huyendo, y cuando miró al tercero, vio que estaba totalmente inmóvil y sin parpadear. Demasiado quieto, demasiado parado.

Entonces, regresaron los dos osgos, acompañados de seis más.

Zak miró al joven drow, demasiado joven incluso para haber completado la academia.

Demasiado joven para morir, pensó Zak.

Se encogió de hombros e hizo rodar las espadas en las manos.

Cargó contra los osgos.

Que así fuera.

Sabía que si se incorporaba sería superado, así que comenzó agachado, y se lanzó hacia delante en una voltereta.

Acabó la vuelta y redujo su impulso, para redirigirlo a un alto salto en el aire, con las piernas encogidas por encima de las armas de los osgos, que apuntaban hacia abajo.

Cruzó los brazos con fuerza sobre el pecho y las espadas quedaron apuntando a los lados opuestos.

Los descruzó de forma tan repentina, mientras se acercaba al osgo que tenía justo delante, que este no había ni comenzado a levantar su arma cuando recibió tal tajo en el cuello que la cabeza casi se le cayó.

Pareció que Zaknafein iba a saltar por encima de esa bestia, pero uso las piernas hábilmente para apoyarse en el propio osgo que caía en vez de rodar por encima de él, lo que lo llevó al suelo.

El movimiento engañó a uno de los osgos cercanos, pero no a otro, que ajustó su garrote de púas para golpear en un arco más alto.