Implacable (Generations 3) 15. Conspiración #2
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15. Conspiración #2

Belwar pensó en eso seriamente. Ese metal precioso era muy escaso y en gran demanda; era muy buscado por la belleza de su apariencia azul plata, una vez refinado, y la resistencia que una armadura de ese metal proporcionaba contra los rayos, el fuego e incluso el ácido.

Blingdenstone aún estaba cargado de gemas brillantes y otros metales, pero las vetas de arandur había tiempo que se habían agotado.

Hasta que, hacía poco, se había hallado una nueva.

—Maldito arandur —masculló Belwar para sí, porque al igual que el platino o el mithril, era sabido que ese mineral precioso tentaba incluso a los más fuertes.

Belwar pensó en cómo había pasado por encima de sus propios hermanos, muy honorables capataces, para que el rey Schnicktick lo escogiera a él para esta peligrosa misión. ¿Habría hecho eso por oro o joyas?

Sí, Belwar había luchado denodadamente para dirigir la expedición para valorar esa veta, y había tenido varios golpes de suerte cuando algunos de los capataces más antiguos habían declinado.

Lo que significaba que Belwar Dissengulp tenía una gran responsabilidad sobre la seguridad de la comunidad de allí, y su gran reputación podría dar un serio giro negativo de no conseguir nada.

Pero ¿Symvyn? ¿Symvyn Rivenstone? No había ni diez svirfneblin en todo el reino que Belwar hubiera escogido antes, para una expedición como esta, que a este inteligente compañero.

Symvyn se había distinguido muchas veces en las décadas tumultuosas.

Cuando una mole sombría estuvo devastando medio reino, fue Symvyn el que le clavó una flecha encantada a la espalda, para que los videntes svirfneblin pudieran rastrearla con facilidad la siguiente vez que se metiera bajo tierra y fuera nadando entre la piedra con la intención de intentar pillar a otros gnomos desprevenidos en otra parte de la ciudad de muchas cámaras.

—¿Lo sabes seguro o tus pensamientos te ha llevado a Symvyn? —preguntó Belwar.

Maltzabloc vaciló.

—Pocos saben del tesoro que buscamos.

—Pocos saben que lo hemos encontrado —le corrigió Belwar—.

Muchos se van de la lengua cuando llevan un poco de jugo de micónido dentro.

Sí, muchos ponen los ojos en blanco y ven cosas que no están ahí, después de solo unos tragos del potente jugo.

Se lo hemos dicho a pocos, sí, pero estoy por pensar que todos aquí fuera sabemos bien lo del mineral.

Maltzabloc se encogió de hombros, aceptando que tenía razón.

—No puede ser Symvyn —concluyó Belwar—. Busca mejor.

El gnomo más joven asintió con la cabeza y salió corriendo, pero dejó a Belwar dándole vueltas a muchos inquietantes pensamientos.

Ya era peligroso el simple hecho de estar allí, lejos de Blingdenstone, con sus múltiples túneles de escape y habitaciones creadas para facilitar la llamada a los elementales de tierra que los ayudarían a defender la ciudad.

Lo último que necesitaba era que uno de los suyos estuviera haciendo tratos con esos elfos oscuros traicioneros, o peor, con los duergar, porque los enanos grises podían trabajar las minas casi tan bien como los svirfneblin, y podrían considerar que una nueva veta de arandur era un buen motivo para ir a la guerra.

Ellos nunca habían logrado dominar el refinado de ese material; solo los svirfneblin podían tomar el metal de color azul verdoso y darle ese hermoso tono azul plateado; pero incluso el material en bruto podía alcanzar un buen precio.

Mientras iba procesando esas ideas, Belwar no les encontraba ningún sentido.

Blingdenstone empleaba la riqueza de su comercio para el bien de todos, y no había ningún svirfneblin en la ciudad que no tuviera una buena vida.

El mejor vino, la mejor comida, buena ropa, confortables camas; todo ello lo proporcionaba el rey Schnicktick a cada uno de sus súbditos.

¿Cómo era posible que uno de sus camaradas ahí fuera, en el lado salvaje, pudiera ser tentado para robar a los otros, o peor aún, para traicionarlos por los elfos oscuros o los duergar, cuando, de cualquier forma, todos ellos recibirían los beneficios?

El muy honorable capataz solo pudo suspirar. Ya lo había visto antes, claro. Toda ciudad tenía setas mohosas que estropeaban todo el barril, pero Belwar había elegido personalmente a su grupo para esa aventura.

No tenía sentido.

¿Symvyn? Eso aún tenía menos sentido, pero Belwar conocía bien a Maltzabloc y nunca había visto que este fuera exageradamente suspicaz o dado a pensar en conspiraciones.

Todo eso era un peso extra sobre los hombros del muy honorable capataz Belwar. Él tenía el mando ahí, en el lado salvaje, rodeado de enemigos letales, y con una tarea importante que realizar. ¡Eso ya resultaba bastante difícil sin traiciones!

Con una traición así en ese pequeño grupo, toda la misión parecía imposible.

Zaknafein avanzó sigilosamente por esos entremezclados túneles, cada paso deliberado y lento.

No se atrevía a hacer ningún ruido, no se atrevía a pisar tan fuerte como para causar vibraciones en la piedra.

Conocía bien la región en la que el grupo había penetrado, y había estado de acuerdo con la decisión de Beniago de enviarlo por delante a él solo.

Dos juntos hubieran alertado a los ocupantes de la madriguera, si había alguno cerca, y Zaknafein sabía qué era lo que habría creado ese retorcido laberinto, con túneles que se entrecruzaban, se superponían y a menudo se bifurcaban.

Los agujeros más pequeños era los de los thoqqua, gusanos tan largos como un drow era de alto.

Podían moverse a través de la pierda igual que un drow caminaba por una sala abierta.

Eso no asustaba a Zak; sabía bien que podía deshacerse de un thoqqua, o de varios, con bastante facilidad, y estos no eran especialmente agresivos, a no ser que se los amenazara directamente.

Sin embargo, los túneles más grandes, aquellos en los que podía caminar erguido, no los habían hecho los thoqqua, evidentemente.

Mientras que los agujeros de los gusanos eran lisos, porque las criaturas habían derretido la piedra, los túneles grandes tenían bordes ásperos, picados y cortados, y no por hachas.

No, esos los habían hecho las moles sombrías, gigantescas, temibles y formidables. Las moles sombrías le atacarían sin vacilar, y Zak tenía una lista muy corta de enemigos potenciales a los que considerara más peligrosos.

Si se encontraba con una, él tenía, a diferencia de la mayoría de los drow, una posibilidad ganar luchando. Por eso Beniago lo había enviado a él por delante y no a los exploradores principales, ninguno de los cuales tenía la más mínima posibilidad de enfrentarse a esas abominaciones.

O quizá su conversación anterior había convencido a Beniago de que Zaknafein era prescindible.

No se arriesgaba. Cada cinco pasos, pegaba la oreja sobre la pared y escuchaba en busca de los ruidos de una mole sombría o un thoqqua excavando, sonidos que se enseñaban bien a todo drow en la academia.

Se detenía antes de cada recodo de los retorcidos túneles, y proyectaba hacia delante todos sus sentidos a cada centímetro que avanzaba.

Examinaba cada pila de deshechos desde lejos, porque los detritos de la excavación de una mole sombría solían ser lo suficientemente grandes para ocultar algún peligroso enemigo.

El tiempo y la distancia no tenían ningún sentido para él.

Todo era precaución y seguridad en ese punto del suelo que habitaba.

Si Beniago se impacientaba, a Zaknafein le daba igual.

Su cautela dio fruto. Llegó a un recodo hacia la izquierda, con la pared de la derecha medio cubierta de una gran pila de piedras rotas.

Cuando comenzaba a rodear esa pila, y ya proyectaba su atención hacia el túnel de delante —porque ya se había asegurado de que la propia pila fuera segura—, oyó un leve susurro.

Subió a la pila de escombros, mirando con cuidado dónde ponía los pies para no volcar ninguna piedra suelta.

Mientras se acercaba al punto medio del recodo, se tumbó bocabajo, se arrastró hasta el borde y miró al otro lado.

El lugar era más una cámara que un túnel, un punto donde muchos túneles se cruzaban, no todos al mismo nivel, y formaban la versión de la Infraoscuridad de una pradera multinivel.

Había suficientes líquenes y luciérnagas en esa cámara para darle un aspecto más brillante que la mayoría de los túneles que había dejado atrás, lo que proporcionaba a Zaknafein una vista más amplia y profunda.

Primero vio al gnomo de las profundidades, un tipo pequeño, con brazos delgados y anchos hombros, vestidos de gris, que llevaba un pico colgado de la cintura y una gruesa capa sobre los hombros, que se le abultaba a la espalda por encima de un gran paquete.

Frente a él, no muy lejos, se hallaba una alta drow, una sacerdotisa, seguramente, dada su maravillosa túnica con arañas bordadas. Se hallaba casi totalmente de espaldas a Zaknafein, como si este estuviera mirando por encima del hombro derecho de la mujer.

El gnomo le estaba entregando algo. Ella lo tomó, se lo acercó y asintió.

—Tú me conseguirás esto —dijo ella en un susurro.

—Yo te conseguiré eso —respondió el gnomo.

—Tú me conseguirás esto enseguida —dijo ella.

—Yo te conseguiré esto enseguida.

—Tendrás mucho cuidado.

—Tendré mucho cuidado.

—Pero si te descubren, entonces huirás y volverás aquí, volverás conmigo.

—Siempre contigo —contestó el gnomo.

Esa forzada conversación tenía a Zaknafein boquiabierto, pero mientras trataba de entenderla, algo le pasó por la cabeza.

Tenía que bajar corriendo y unirse a la conversación.

Comenzó a moverse, pero se detuvo.

«No hay prisa —se dijo a sí mismo, o creyó decirse a sí mismo—. Quieren a tus amigos contigo. ¡Aquí hay mucho que ganar!»

Zaknafein cerró los ojos y luchó contra ese impulso; luego los abrió justo a tiempo de notar algo que reptaba…, no, no reptaba, más bien fluía, bajo los escombros del otro lado.