15. Conspiración
C ONSPIRACIÓN
—¿Gracklstugh? —preguntó Beniago, más que afirmar, a un viejo explorador llamado Binnefein, marcado por una lejana batalla en la que había sido salvado por el propio Zaknafein, en los días en que ambos llevaban el apellido Simfray.
—¿Duergar? —preguntó Zaknafein.
—¡Por los Nueve Infiernos, espero que no! —respondió Beniago—. Aborrezco a esos feos enanos. Pero de ser así, haz correr la voz de que los duergar se enfurecen con facilidad y son más formidables de lo que a menudo se cree.
—Si nos dirigiéramos a Gracklstugh, los Hunzrin se habrían pasado el túnel más directo —explicó Binnefein.
—Entonces, ¿podemos tomar esa ruta y llegar antes que ellos? —preguntó Beniago.
El explorador se lo pensó un momento, luego negó con la cabeza.
—No lo recomendaría. Nadie conoce los túneles de esta área mejor que los Hunzrin, excepto, quizá, las dos sacerdotisas recién llegadas que hemos descubierto entre ellos. Si están evitando la ruta directa, debe haber una razón.
—Eso suponiendo que Gracklstugh sea el lugar de destino —comentó Zaknafein.
—Cierto —convino Beniago—. Continúa explorando. Dile a Dyrr que quiero un nuevo recuento, si puede acercarse lo suficiente a los Hunzrin.
—Siete hombres, dos sacerdotisas, más esa otras dos que no son, me parece, Hunzrin. Y claro, sus esclavos, más o menos una veintena de osgos porteadores y goblinoides menores.
—Un recuento exacto —clarificó Beniago.
—Son esclavos; el número es variable —le recordó Binnefein—. Ya en dos ocasiones, desde nuestra salida de Menzoberranzan, los Hunzrin han capturado y añadido algunos goblinoides, y hemos encontrado un osgo muerto en el camino, abatido por las espadas drow.
—Si solo esos brutos aceptaran su lugar y aprendieran a escuchar… —dijo Beniago con un suspiro—. No les quites el ojo de encima. Desde muy cerca.
Con una media reverencia, Binnefein se marchó a toda prisa.
—Espero que sea Gracklstugh —comentó Beniago cuando Zaknafein y él se volvieron a quedar solos.
—Acabas de decir lo contrario.
—Porque me sospecho la alternativa, y miedo me da, sobre todo con Zaknafein en mi grupo.
Zaknafein arqueó sus blancas cejas ante esa curiosa respuesta.
—La alternativa es un pequeño y oculto puesto avanzado de los gnomos, dependiente de Blingdenstone —explicó Beniago.
—¿Blingdenstone?
—Una ciudad svirfneblin no muy lejos de Menzoberranzan.
No es ningún secreto entre las matronas, pero se habla de ella muy raramente, porque no tiene ninguna importancia ni representa una amenaza.
Si nos dirigimos a ese puesto, imagino que habrá lucha, y no quiero tenerla con los Hunzrin, y especialmente no, teniendo con ellos a esas dos sacerdotisas, cuya casa desconocemos.
—Sobre todo con Zaknafein en tus filas —repitió Zaknafein.
—Tus sentimientos hacia las sacerdotisas de Lloth son bien conocidos, como lo son tus… generosidades con aquellos que no son drow.
Zak pensó en lo que acababa de decir Beniago y se encogió de hombros, sin poder negarlo.
—¿Gnomos de las profundidades? No sabía…
—Esa es justo la cuestión. Pocos saben, y es mejor que siga siendo así. La ciudad de Blingdenstone está solo a unos cuantos kilómetros de Menzoberranzan por los túneles thoqqua, aunque habría que tomar una difícil ruta alternativa para acercarse a ella.
—¿Estamos cerca de esa ciudad?
Beniago negó con la cabeza.
—Estamos cerca del puesto de avanzada. Algunos gnomos han salido de su casa fortificada. Quizá las vetas de allí ahora escasean, o quizá hayan encontrado riquezas más valiosas, y sí que deben de ser valiosas para que los svirfneblin se atrevan a aventurarse en la Infraoscuridad abierta.
Zaknafein movió la cabeza, totalmente confundido.
—Tú no lo sabías porque no había ninguna necesidad de que la Matrona Malicia o nadie más te lo contara —explicó Beniago.
—No me hubiera esperado que las matronas soportaran que esos gnomos vivieran.
—El coste de exterminarlos sería enorme. Los svirfneblin son unas bestezuelas astutas, y muy aficionados a manipular túneles enteros para que se desplomen. No se gana nada destruyéndolos, sobre todo a ese alto precio.
Zaknafein pensó en todo eso durante un buen rato, intentando encontrarle un sentido. ¿Cuándo había sido la ganancia el único motivo para que los drow atacaran y masacraran a cualquiera que no fuera drow?
—Los svirfneblin no son dados a la guerra —dijo Beniago, como si le leyera el pensamiento a Zaknafein.
—Ah —exclamó Zaknafein, entendiéndolo por fin—. Haces negocios con ellos.
—Yo no hago nada.
—Entonces, Jarlaxle.
—A veces —admitió el guerrero Baenre—. Pero no son unos socios comerciales muy entusiastas.
Si los Hunzrin han hecho progresos con ellos, si realmente han conseguido algún acuerdo con alguno de sus mercaderes de gemas y minerales, entonces me temo que habrá lío —miró a Zaknafein directamente a los ojos y añadió—: y si hay lío, espero que Zaknafein sepa de qué lado está de ese lío.
—¿Qué quieres decir eso? —replicó un indignado Zak.
—Piensa en los gnomos como si fueran halflings —contestó Beniago.
A Zaknafein no se le escapó la referencia, sobre todo dado el tono zalamero del guerrero Baenre. Además, solo un par de semanas antes habían pasado por la caverna donde había ocurrido aquel incidente.
—No pretendo entender porque harías una cosa así por unos cuantos esclavos —añadió Beniago sin ambages—.
Pero que sepas esto, Zaknafein: si los Hunzrin se dirigen realmente a Blingdenstone o a un puesto avanzado de los gnomos de las profundidades, cualquier clemencia que desees mostrar será mejor que no ponga en peligro a ninguno de los soldados de Bregan D’aerthe bajo mi mando.
Han venido aquí, a las partes salvajes de la Infraoscuridad, porque confían en mí, y no dejaré que eso se vea amenazado por un guerrero plebeyo cuyo corazón es demasiado grande para su cabeza.
—Yo hago lo que hay que hacer —replicó Zaknafein—. Y lo hago bien.
—Eso es todo lo que se espera de ti —afirmó Beniago—. Por alguna razón que no alcanzo a imaginar, eso es todo lo que Jarlaxle espera de ti.
—¿Y qué más hay?
—Claro —repuso Beniago poniendo los ojos en blanco, mientras se alejaba.
La mano derecha de Zaknafein se le fue a la cadera para agarrar la empuñadura de la espada envainada ahí. No se echaba atrás ante una pelea, y era más capaz de ganarla que la mayoría en Menzoberranzan. Pero en ese momento comprendió que quienes le rodeaban no confiaban en él.
—Los esclavos halfling de Ched Nasad no eran ninguna amenaza —dijo a la espalda de Beniago—. Estaba indefensos y atrapados, y lo sabían. No había lucha posible, solo una matanza.
Beniago se volvió hacia él.
—¿Y Zaknafein no considera eso un deporte elogiable?
—No.
—¿Por qué? —preguntó Beniago—. ¿Por qué dar algún tipo de valor a las miserables vidas de los habitantes de la superficie? ¿Por qué soportas que viva uno que no sigue a Lloth?
—¿Acaso Jarlaxle sigue a Lloth? —replicó Zaknafein—. ¿Y Bregan D’aerthe? ¿O los Oblodra, Kimmuriel, que prefiere la compañía de los ilícidos? ¿Lo hace Beniago?
—Ten cuidado, Zaknafein. Soy sobrino de la Madre Matrona Baenre, que es lo más cercano a un avatar de la Reina Araña que se puede encontrar en Faerun.
—¿Y tu lealtad, Beniago Kurth? ¿Está con la Madre Matrona Baenre o con Jarlaxle?
—Jarlaxle comprende y aprueba el papel que juego. Llevas muchos años formando parte de Bregan D’aerthe. Quizá te iría bien hablar menos y escuchar más.
—Quizá. Pero no puedo escuchar cuando tú no has respondido a mi pregunta. ¿Jarlaxle sigue a Lloth?
—Él… no lucha contra ella.
—Tampoco lo hacían los halfling
—Solo porque estaban indefensos, como has dicho. ¿Crees que si la situación hubiera sido a la inversa, esos viles hombrecillos hubieran frenado sus espadas?
Era una buena pregunta, para la que Zaknafein no tenía una respuesta fácil. Creía que si esos halfling hubieran sabido lo que había en su corazón, entonces quizá lo hubieran dejado marchar libremente, como había hecho él con ellos. Pero no podía estar seguro.
—Eso es lo que yo pensaba —replicó Beniago ante el silencio de Zaknafein, y siguió alejándose.
Zaknafein permaneció solo en la pequeña cámara lateral durante un largo rato, tratando de sacarse de encima el peso del mundo.
En esos momentos de incertidumbre, al maestro de armas le parecía como si las toneladas y toneladas de piedra que había sobre él fueran demasiado pesadas y lo asfixiaran, atrapándolo.
Habían pasado casi tres siglos desde el incidente con Jarlaxle.
En aquel entonces, a él todo eso le había parecido algo menor; Jarlaxle nunca lo había vuelto a mencionar, y posteriormente, se habían hecho más amigos.
Sin embargo, parecía que la piedad de Zaknafein había sido vista de un modo muy distinto por el resto de la banda, y seguramente, dado que Beniago Kurth había sido quién le había hecho esa revelación, el incidente habría sido visto aún mucho menos favorablemente en otros sombríos rincones de Menzoberranzan.
Ahora tendría que estar alerta, eso era evidente, y si se iniciaba una pelea contra esos gnomos svirfneblin, Zak sabía que se le juzgaría en cada detalle y con un ojo cínico.
El maestro de armas movió al cabeza al darse cuenta de todo eso.
El temor al juicio de otros, o el deseo de aceptación, no cambiaría sus acciones en ninguna pelea.
Haría lo que tuviera que hacer para protegerse a sí mismo y a sus compañeros pícaros.
Pero si acababa la batalla y se tomaban prisioneros, no sería, como no lo había sido en aquella ocasión, cómplice de asesinato.
—Es Symvyn —dijo Maltzabloc Riffenhammer al muy honorable capataz—. Tiene que serlo.
—Toda una afirmación, colega —replicó el muy honorable capataz de mineros Belwar Dissengulp—. Symvyn no es ningún pícaro, y no tan joven como para ser tan estúpido.
—No muchos sabían lo del arandur —le recordó Maltzabloc.