14. Tejiendo telarañas en las sombras
T EJIENDO TELARAÑAS EN LAS SOMbrAS
E L A ÑO DEL R OBLE H ENDIDO
—¿C ONOCES ESTOS TÚNELES ? —preguntó Beniago a Zaknafein, con el movimiento de las manos.
La banda de Bregan D’aerthe quería permanecer en silencio mientras atravesaba cuevas lejanas a Menzoberranzan.
Llevaban varias semanas fuera y, gracias a la habilidad de Beniago y a un explorador excepcional, Nav Rayan Dyrr, habían evitado casi todos los problemas.
Lo cual, en la Infraoscuridad, era un gran logro.
—Sí —respondió Zaknafein con los dedos.
—E NTONCES, HAS ESTADO EN LA C IUDAD DE LAS T ELARAÑAS R ELUCIENTES —dijeron las manos de Beniago.
—U NA VEZ, HACE MUCHO TIEMPO .
—C ON J ARLAXLE, SUPONGO .
—Y CON OTRO —explicó Zak—. U N brILLANTE ASESINO LLAMADO…
—A RATHIS H UNE —completó Beniago antes de que Zak pudiera acabar.
Eso sorprendió a Zaknafein. Ese Baenre sabía más de lo que parecía, y ese conocimiento seguramente incluía el hecho de que Arathis Hune se había encontrado con un final de lo más inesperado e inconveniente, no mucho después del momento en que la arteria de su cuello se encontrara con el filo de la espada que Zak llevaba colgada del lado izquierdo de la cadera en ese mismo momento.
Arathis Hune había sido una fuerza mayor en la banda mercenaria, solo por detrás de Jarlaxle en la jerarquía de Bregan D’aerthe.
—M E SORPRENDE VER A Z AKNAFEIN CONSIDERANDO brILLANTE A A RATHIS H UNE —signó Beniago.
—Q UIZÁ FUERA EL SEGUNDO ASESINO MÁS brILLANTE QUE HAYA CONOCIDO JAMÁS .
—¿Y el primero sería el drow que lo mató?
—A SÍ ES COMO FUNCIONA NORMALMENTE .
Beniago Kurth asintió ante eso.
—¿V AMOS A C HED N ASAD ? —preguntó Zaknafein.
—E SO PARECE .
Zaknafein se quedó un poco atrás, y caminó más despacio para fijarse mejor en las imágenes y las texturas de los corredores que lo rodeaban, y con esas pistas visuales y táctiles, rememoró aquella excursión tan apasionante, quizá la mayor aventura de toda su vida.
Los tres pícaros habían viajado a la Ciudad de la Telarañas Relucientes para negociar con una suma sacerdotisa, una matrona que había dejado que su orgullo fuera un poco más allá de la reputación que había adquirido.
Había enfadado a Lloth; eso era lo que les habían dicho.
Quizá eso fuera cierto, o quizá no, había pensado Zaknafein en aquel entonces, y seguía pensándolo, porque ¿quién podía conocer realmente la voluntad de la caótica diosa que tenía bajo su dominio a esas dos ciudades, Menzoberranzan y Ched Nasad?
Claro que eso poco había importado, porque a Lloth realmente no le preocupaba tanto una única suma sacerdotisa, o incluso casi ninguna matrona, para exigir un castigo durante su existencia mortal. Seguramente conseguiría cualquier merecida venganza en la otra vida.
Sin embargo, en aquel caso en particular, la matrona culpada había hecho algo mucho más letal que cometer una ofensa contra Lloth.
Había ofendido a la Madre Matrona Baenre.
Zaknafein había estado seguro de que muchos drow habrían hecho eso a lo largo de los milenios, pero aún más seguro había estado Jarlaxle, quien había dejado muy claro que pocos lo habían hecho dos veces, y que ninguno había vivido lo suficiente para ofender a la Madre Matrona Baenre por tercera vez.
El grupo continuó su silencioso camino durante unos cuantos días más, pero entonces, justo en un área que Zaknafein recordaba bien, un lugar en el que había rescatado a un grupo de esclavos halfling, la dirección cambiaba radicalmente.
La banda Hunzrin había girado hacia el norte. Poco después, los exploradores informaron que los Hunzrin se dirigían de regreso a Menzoberranzan a través de una serie de túneles y cuevas muy poco usados.
—Sabían que los estaban siguiendo —dijo Zaknafein a Beniago.
—No lo creo —repuso este—. Ese grupo Hunzrin en concreto salió en el más completo secreto.
Es muy posible que hayan recorrido todo este camino a propósito, solo por si los estaban vigilando.
Nos hallamos más allá del alcance de todos excepto de los más poderosos videntes.
Sus espejos o estanques escrutadores no habrán podido seguir a los Hunzrin hasta este punto.
—Entonces, sí que están siendo cuidadosos, sí.
Beniago asintió, y una vez más, Zaknafein tuvo la impresión de que el guerrero Baenre sabía mucho más de lo que parecía.
Zak apartó esa idea por irrelevante. Hacía siglos que conocía a Jarlaxle y estaba acostumbrado a esas cosas.
—Entonces, ¿no nos dirigimos hacia la ciudad de Ched Nasad? —preguntó la mujer a sus anfitrionas.
—¿Conoces la existencia de Ched Nasad? —inquirió Du’Quelve Hunzrin.
—Claro —contestó la sacerdotisa Iccara—. La Ciudad de las Telarañas Relucientes. Un tributo de un gran mérito a la Reina Araña, ¿no crees?
—Sí lo creo —repuso Du’Quelve. Ella también era una sacerdotisa de Lloth, y esperaba ascender al rango de suma sacerdotisa en la próxima década o así, y responder de otra manera hubiera sido un sacrilegio.
Aunque tampoco había mentido al responder a la pregunta, porque Du’Quelve estaba a menudo fuera de Menzoberranzan, sirviendo a la Matrona Arolina Hunzrin, y muchos de esos viajes habían sido a Ched Nasad, el socio comercial preferido de Menzoberranzan.
Sin embargo, no en esta ocasión. La Matrona Arolina quería a Iccara y a su compañera sacerdotisa, Bolfae, para ella sola.
Los Hunzrin se las habían encontrado a las dos en el camino a Menzoberranzan, de viaje desde un lugar al que llamaron el Enclave Arach, del que decían que era un pequeño y próspero asentamiento drow llothiano en los túneles más profundos de la Infraoscuridad.
Para Arolina, para toda la Casa Hunzrin, ese lugar, el Enclave Arach, representaba todo un descubrimiento.
Quizá la Madre Matrona Baenre supiera de él o, lo más probable, quizá se hubiera olvidado de él, pero la Matrona Arolina estaba decidida a mantener esa información en secreto.
Un pueblo drow desconocido hasta el momento sería un maravilloso socio comercial, especialmente si los Hunzrin podían establecerse antes que cualquier otra familia —o mejor dicho, antes de que esa banda mercenaria conocida como Bregan D’aerthe— hiciera ninguna incursión.
El momento había sido perfecto, porque esta expedición había sido planeada solo una semana antes del encuentro casual con las sacerdotisas Iccara y Bolfae en unos túneles aún muy a las afueras de Menzoberranzan.
Lo único que los expedicionarios tuvieron que hacer fue modificar la ruta de la misión a Ched Nasad, para proteger sus nuevos intereses, y luego podían continuar con esa muy lucrativa promesa que seguramente le conduciría a una muy beneficiosa relación.
Antes de que Bregan D’aerthe se enterara de la existencia del Enclave Arach.
Un grupo de Hunzrin llamó a la sacerdotisa Du’Quelve. Mientras esta pasaba a un corredor lateral, la compañera de Iccara, Bolfae, salió de ese corredor y fue a unirse a su amiga.
— Bregan D’aerthe nos está siguiendo —comunicó telepáticamente a su hermana.
— Claro que sí. ¿Esperabas menos de Jarlaxle? Sabe que los Hunzrin han encontrado un gran tratante en gemas, tan rico en baratijas que podría llegar a acabar con su insaciable ambición —contestó Iccara en silencio.
Entonces, Bolfae habló a media voz de nada importante, por si acaso alguien se preguntaba por qué las dos estaban tan cerca la una de la otra sin intercambiar ninguna palabra o signos con las manos.
— ¿Crees que nos conoce? —le preguntó luego, telepáticamente.
— Sabe que dos sacerdotisas que no son de Menzoberranzan se han unido a los Hunzrin .
— ¿Sacerdotisas drow?
— Sí —respondió Iccara, pero no se podía ocultar las dudas en esas comunicaciones telepáticas—. Debemos suponer que eso es así .
— ¿Y si no?
Iccara rio.
— Jarlaxle no es tonto. Llevará cualquier información que recabe directamente a la Madre Matrona Baenre, claro, y ella tampoco es tonta.
Quizá esto haga aumentar el respeto hacia la Casa Hunzrin.
Eso estaría bien. Menzoberranzan es un lugar tan limitado.
Ya es hora de que la Reina Araña extienda sus ambiciosos tentáculos más allá de la ciudad, y ¿quién mejor para hacerlo que una casa en alza que suele tener más nobles y plebeyos por los túneles de la salvaje Infraoscuridad que en la propia ciudad?
— Eso mismo podría decirse de Jarlaxle y su Bregan D’aerthe —repuso Bolfae.
— Es un simple varón, así que eso es irrelevante —Iccara volvió rápidamente a los susurros audibles cuando notó que se acercaba la sacerdotisa Du’Quelve.
—Buenas noticias —les informó la Hunzrin—.
El camino está casi despejado y tenemos visión hasta muy lejos.
El viaje debería ser rápido y fácil, y en la última reunión con nuestro contacto, este estaba listo para hacer un trato comercial importante con un valioso mineral.
Tiene que mover su alijo rápidamente, antes de que su gente se entere de su robo.
—¿Por qué confiarías en una criatura así? —preguntó Bolfae directamente, representando su papel.
—Es demasiado corto de entendederas para ser un buen mentiroso —respondió Du’Quelve—. Conocemos bien el lugar y a la gente involucrada.
—¿Tenéis ojos entre ellos? —preguntó Iccara, aunque sabía la respuesta.
—Sí.
—¿El lugar? —inquirió Bolfae.
—Blingdenstone —respondió Du’Quelve—. ¿Lo conocéis en el Enclave Arach?
—No —mintió Iccara—. Pero conocemos muy bien a esas feas y esmirriadas criaturas svirfneblin. Tenemos a muchos como esclavos.
Du’Quelve asintió mostrando su aprobación, y luego hizo un gesto a las sacerdotisas para que la siguieran. Poco después, la expedición Hunzrin dejó el campamento, y avanzó rápida y silenciosamente por los túneles de la Infraoscuridad, sin que nadie lo notara.
Nadie, excepto Nav Rayan Dyrr.