13. Convergencia #2
Pero no, esta vez no; lo sabía. Sabía el trato que Mielikki le había ofrecido cuando tenía a los cuatro en Iruladoon. Aquella había sido una circunstancia especial, la Plaga de Conjuros, y estaban allí por Mielikki, no por los deseos de simples mortales.
No volvería a pasar. No habría una segunda intervención divina; ese era el trato. No habría resurrección.
Miró el pomo, esa hermosa empuñadura negra adamantina tallada con la forma de las fauces dentadas de un gato de caza.
«Deber. Responsabilidad.»
Consiguió concentrarse, pero se le volvió a ir cuando notó todas las miradas que le llegaban de los que la rodeaban. El zumbido había desaparecido. Solo quedaba silencio.
Drizzt se había ido.
«Deber. Responsabilidad.»
Todos tenían problemas. Ella tenía problemas. Su bebé corría un peligro mortal.
«Deber. Responsabilidad.»
Pero ahora… con su bebé… su bebé, el de ella, el de Drizzt, ¡en peligro!
La mujer gruñó, se apartó de los que la rodeaban y fue hacia la bolsa que Yvonnel había dejado antes a sus pies.
Rebuscó dentro y encontró a Guenhwyvar, lo primero y más importante.
Su querida Guenhwyvar, mucho más que un objeto mágico, mucho más que una compañera.
Guenhwyvar era familia, y Catti-brie decidió que no cedería la posesión de la figurita de ónix hasta el día en que se la diera a su hijo, el hijo de Drizzt.
Luego encontró la hebilla del cinturón de la espada, un constructo mágico creado por ella, que contenía en su interior a Taulmaril el Buscacorazones, su propio arco, que había regalado a Drizzt. La sacó del cinturón y se la metió en su bolsa de la cintura.
Se movía metódicamente, apelando al deber para mantenerse en pie. Tenía que pensar en lo que tenía que hacer ahora, y no en los traumas y trabajos venideros, en la realidad de una vida sin Drizzt o en la posibilidad de encontrar alguna manera, cualquier manera, de ir a rescatarle.
Sacó la piwafwi de Drizzt, la maravillosa capa de elegante factura que nunca parecía mostrar el desgaste del camino. Jarlaxle la había encargado para Drizzt. Catti-brie se la acercó y aspiró, oliendo a Drizzt, y enterró el rosto en ese olor.
Se volvió y se la ofreció a Jarlaxle, pero este alzó las manos y negó con la cabeza.
—… tuya —dijo y resultó evidente que, en ese terrible momento, tenía problemas para hablar—. Quédatela… llévala. Te lo ruego.
Rebuscó en el saco un poco más, y se encontró ganando fuerza y determinación. Pasados unos instantes, se incorporó y miró a Yvonnel.
—¿El colgante de marfil de Andahar? —preguntó.
—Drizzt lo tomó para huir de la araña —respondió Athrogate antes de que pudiera hacerlo Yvonnel.
—Quería llevarse la bestia lo más lejos posible del resto de nosotros —añadió Yvonnel.
Catti-brie asintió, luego volvió a la bolsa y sacó el cinturón de la espada, la camisa de mithril y los brazales que Drizzt llevaba como tobilleras.
Lo sujetó todo ante ella, el legado de su amor.
En un impulso, sacó la otra espada de Drizzt, las cimitarras Vidrinath y Centella, unidas por Catti-brie en la Forja de Gauntlgrym, la presentó con fuerza, y dijo a los otros con una voz fuerte y muy marcada por el acento enano.
—No vamos a ir a perder esta guerra. Vamos a ganar. Por Drizzt, vamos a ganar. Hemos llegado demasiado lejos para dejar que se vaya este sueño, ¡demonios, drañas y drow sean condenados!
—¡Sí y hurra! —vitoreó la reina Tannabritches, pero los otros miraron a los tres drow, sobre todo a Jarlaxle. Todos menos Bruenor, que se quedó totalmente inmóvil, excepto por el rosto, que seguía haciendo muecas y retorciéndose, mientras emitía sordos gruñidos.
Catti-brie sabía que Bruenor estaba perdido, y eso aumentó su fuerza y su determinación.
—Es una declaración justa —admitió el pícaro mercenario, encogiéndose de hombros—. Entonces, ¡por Drizzt, y hurra, claro!
Los demás se unieron en los vítores, excepto por Catti-brie, Bruenor y uno más. Se fijó en Zaknafein, al que se le agitaban las mejillas, con la cabeza gacha y la mirada triste.
Catti-brie dejó Vidrinath en el cinturón y fue directamente hacia él, para mirarlo fijamente.
—Lamento que nunca llegaras a conocer del todo a tu hijo, o a comprender totalmente la belleza que nos regaló a todos —consiguió decir, aunque la voz se le quebró varias veces.
—Y que tú le regalaste a él —puntualizó Jarlaxle.
Con un asentimiento agradecido hacia Jarlaxle, Catti-brie carraspeó para aclarase la garganta y continuó.
—Toma —dijo, y le entregó a Zaknafein los brazales y la camisa de mithril—. Bruenor hizo esto para Drizzt, y esos brazales los agarró del cadáver de Dantrag Baenre.
—Yo… —comenzó a responder Zaknafein, pero no consiguió que le salieran más palabras.
—Y estas. —Catti-brie sorprendió a Zaknafein y a todos los demás al entregarle las cimitarras de Drizzt—. Ahora son tuyas, para blandir en el nombre de Drizzt Do’Urden, tu hijo, que siempre te quiso.
A Zaknafein le temblaban las manos al sujetar el cinturón de las espadas.
—Sea lo que sea que sientas por mí, o por los otros que te rodean que no son drow, confío en que hagas buen uso de esas espadas para defender lo que le era querido a Drizzt. Y cuando ganemos; y lo haremos, te irás hacia donde decidas con esa parte de Drizzt en la mano, al menos.
—Sí —oyó decir a Bruenor desde el lado, y se alegró de saber que el enano, el mejor amigo que Drizzt había conocido, el mejor padre que ella podría haber esperado, estaba de acuerdo con su osada decisión.
—¿Adónde querrás que me vaya? —preguntó Zaknafein cuando finalmente consiguió calmarse.
—Donde tú desees.
—¿Y si elijo permanecer aquí, a tu lado?
—preguntó Zaknafein, y miró alrededor a todos los reunidos, uno a uno, buscando sus miradas—.
¿Si elijo quedarme a vuestro lado? ¿Luchar a vuestro lado?
¿Aprender de vosotros? —Posó la mirada directamente en los ojos de Catti-brie para concluir—.
¿Para conocer a mi nieto como desearía haber conocido a mi hijo?
—Eso me agradaría —contestó Catti-brie, con una voz que era poco más que un susurro, y las lágrimas manándole de los ojos azules; y entonces aceptó el abrazo de Zaknafein y se lo devolvió multiplicado por diez, estrechándolo con fuerza contra sí, y su bebé, su nieto, apretado entre los dos, abrazado por ambos.
Regis se unió a ellos un momento después, y luego Bruenor, y entonces Jarlaxle.
Catti-brie se dejó arrastrar por ese enorme abrazo, por el sentimiento compartido de la pérdida.
Entonces recordó las palabras de Drizzt y las susurró, más para sí misma que para los demás.
—La alegría se multiplica cuando se comparte con los amigos, pero el pesar disminuye con cada división.
Abrió los ojos y miró por encima del hombro de Zak; curiosamente, se fijó en Artemis Entreri.
Este se encontraba más afectado de lo que nunca lo había visto. Le caían las lágrimas por las mejillas mientras aferraba a Dahlia a su lado.
Pero tenía la mirada clavada en Catti-brie, y esta supo, sin ninguna duda, que sus pensamientos estaban cargados de tristeza y vacío ante la pérdida del drow que había sido su mayor enemigo, su mayor rival y, finalmente, un modelo de lo que podría haber sido él y, quizá, de lo que podía tratar de ser.
Catti-brie quería decírselo, pero no podía: ¡agárrate a eso!
—Agárrate a eso —susurró para sí, y nadie más la oyó—. Agárrate a eso.