Implacable (Generations 3) 13. Convergencia
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13. Convergencia

C ONVERGENCIA

Llegaron con un destello y una bocanada de humo, un poco de estilo extra que el viejo Kipper Harpell había incluido en sus conjuros de teletransporte simplemente por el efecto artístico.

Esta vez, casi les costó caro, a él y a los que viajaban con él, porque cuando llegaron a la pequeña sala del portal de Gauntlgrym, se encontraron con dos filas de enanos de batalla con pesadas ballestas cargadas y apuntándoles, y una catapulta lateral en la pared, tensa y dispuesta a soltar su carga letal.

—¡Arcos arriba! —gritó Bjarke Lager, el comandante del grupo de batalla, en cuando el humo se aclaró y se vio claramente a Catti-brie.

La mitad de los enanos ya habían alzado las armas, pues habían reconocido a la mujer como a una verdadera amiga del clan Battlehammer.

Todos los enanos de Gauntlgrym, todos los enanos de Mithril Hall, todos los enanos de la Ciudadela Adbar y los de la Ciudadela Felbarr conocían bien a la hija adoptiva del rey Bruenor Battlehammer.

—¡Mi señora Catti-brie! ¡Qué bien que hayas venido! —exclamó Bjarke mientras corría hacia los cuatro compañeros—. Pero ¡espero que hayas traído una manera de salir si la vas a ir necesitando!

—No voy a ir necesitándola, buen señor enano —contestó la mujer, pasando fácilmente al ritmo y el acento de los enanos, una manera de hablar que la había rodeado desde sus primeros días.

Era una reversión inconsciente, pero le solía ocurrir y siempre la hacía sonreír, porque Catti-brie siempre sentía que el acento enano, en parte lírico y en parte gutural, era muy adecuado con una batalla tan cerca.

Cada palabra era como una palmada de ánimo en la espalda y conjuraba imágenes de brindis por los grandes héroes del pasado que se habían enfrentado a poderosos enemigos y habían salido victoriosos—.

Lo que voy a ir necesitando es ver a mi marido y a mi padre.

—Sí, pero el rey Bruenor es muy popular hoy —repuso Bjarke.

Catti-brie pensó en eso y lo miró con curiosidad, pero no insistió mientras el enano continuaba.

—Tenemos que ir por las vías secretas. Los corredores están llenos de luchas. Puede que sea un poco estrecho contigo llevando… carga.

—Tú guíame, amigo, y deprisa, ¿eh?

—Eh —convino Bjarke—. Bruenor estará en la sala de la forja, o el lugar que guarda la bestia, no lo dudes. Ven conmigo.

Hizo un gesto con la cabeza al enano que estaba más cerca de la pared de la derecha y este dio unos saltos y apretó en puntos específicos en una pared que no parecía tener nada de especial. Una sección del muro se hundió y dejó ver un pasillo estrecho, pero limpio y bien acabado.

—¡Tomad una antorcha! —gritó Bjarke.

—No es necesario —dijo Penelope Harpell, y con un gesto de la mano, conjuró una luz mágica y la colocó en el extremo del casco puntiagudo de Bjarke.

—Magos —murmuró el enano, y comenzó a caminar—. Vemos cualquier criatura demonio de esas y apagas esa luz enseguida.

—Más rápido de lo que podrías apagar una antorcha —le aseguró Penelope.

—Magos —masculló Bjarke de nuevo.

Los seis, porque otro enano se colocó al final de la fila, avanzaron a buen ritmo por los estrechos túneles.

Para Catti-brie y los otros visitantes, todo el lugar parecía un inmenso laberinto, con demasiadas vueltas, bifurcaciones e intersecciones de pasadizos que parecían todos iguales, pero Bjarke sabía exactamente adónde iba y no tardó en tener al grupo al final de un pasillo, de cara a lo que parecía una simple piedra excepto por la barra de metal que había a un lado, junto con una cadena colgando.

Bjarke tiró de la cadena, y oyeron una campana al otro lado de la puerta. El enano esperó hasta contar tres y luego tiró de la cadena rápidamente, una y dos veces. Pasado un instante, empujó la barra y la puerta se abrió silenciosamente hacia una amplia cámara.

Una docena de enanos de batalla guardó las espadas y los observó entrar; rompieron a gritar todos a una en cuanto Catti-brie salió del estrecho corredor.

Esos enanos se apartaron, felices y contentos, saludando a Catti-brie y a sus compañeros. Justo antes de que abrieran la puerta de la sala de la forja para los cuatro visitantes, tuvieron que esperar y fijarse en otro grupo que se acercaba a toda prisa por otro corredor lateral.

Yvonnel, Dahlia, Entreri, Regis y Athrogate corrieron a unirse al resto, los cinco con expresiones muy torvas.

—Los bosques que nos rodean están llenos de drañas —dijo Regis, corriendo hacia Catti-brie—. Tantas, y mi amigo…

Yvonnel lo agarró por el hombro y tiró de él hacia atrás, mientras lo hacía callar mirándolo con el ceño fruncido. La drow intercambió luego una mirada bastante incómoda con Catti-brie.

—Me han dicho que el rey Bruenor está en la sala del primordial —explicó Yvonnel—. Podemos informar de todas las noticias a la vez. Los enanos han ido a buscar a Jarlaxle y Zaknafein para que se reúnan con nosotros.

Cientos de preguntas rebotaron por la cabeza de Catti-brie en ese momento, inspiradas sobre todo por el tono de Yvonnel, y por Regis…

, algo le pasaba a Regis. A Catti-brie se le erizaron los pelos de la nuca.

Sí, algo iba muy mal. Lo veía en sus rostros, en el de todos, pero especialmente en el del halfling, porque este parecía estar a punto de estallar.

Entraron en la sala de la forja y recorrieron el pasillo que llevaba a la amplia cámara donde se hallaba el primordial de fuego, contenido en una sima en cuyas paredes rodaban continuamente los elementales de agua, cubriendo el gran pozo.

Allí encontraron a Bruenor esperando, junto con la reina Tannabritches, Ivan y Pikel Bouldershoulder, Donnola Topolino y los dos drow, Jarlaxle y Zaknafein.

—Ah, bendito sea Dumathoin —exclamó Bruenor cuando vio a su muy preñada hija—. Por favor, ve diciéndome si los condenados portales vuelven a funcionar.

—Kipper Harpell nos ha teletransportado aquí —explicó Catti-brie—. No hay portales.

—Y no es probable que los haya —añadió Penelope Harpell.

—¡Bah! —resopló el rey enano.

—Yvonnel nos ha entrado volando como una nube viviente, por en medio de los drow, las drañas y los demonios —contó Regis.

—¡Athrogate! —gritó Bruenor, al ver a su enano escudo, al que creía perdido en Thornhold—. ¡Ah, pero va a haber historias para ir contando!

—Y yo comenzaré con la más importante —dijo Yvonnel muy seria. Se descolgó un saco del hombro—. No hay una forma fácil de decir esto. —Se detuvo, respiró hondo y todos los que habían llegado con ella parecieron contener la respiración a la vez.

Catti-brie notó que se le caía el corazón a los pies. En ese momento, en ese terrible momento, lo supo.

—Drizzt se ha ido —anunció Yvonnel. Dejó el saco a los pies de Catti-brie, y cuando este se asentó y se inclinó un poco, el pomo de una conocida cimitarra sobresalió de la abertura.

—¿Ido? —preguntó Bruenor—. ¿Qué quieres decir con que se ha ido?

—La araña —soltó Regis, corriendo hacia delante simplemente porque tenía que hacerlo. Fue derecho hacia su esposa, Donnola, y se tiró entre sus brazos, porque necesitaba que lo sujetara.

—Se ha ido —repitió Yvonnel.

—¿Dónde está el cuerpo? —preguntó Bruenor, mientras su ira y su voz se alzaban de gran manera.

—¿Ido? —preguntó Jarlaxle.

Yvonnel asintió.

—Pero no muerto —concluyó Jarlaxle.

Yvonnel se encogió de hombros.

—Fue una recuperadora —recordó Jarlaxle—. Se lo llevó, y por tanto, podría estar prisionero en el Abismo.

—Entonces ¡al Abismo que nos vamos! —rugió Zaknafein, y Bruenor asintió con otro fuerte grito, igual que hizo Artemis Entreri, lo que sorprendió a muchos de los otros.

Pero Catti-brie no los estaba escuchando. No podía oír nada, aparte del golpeteo de la sangre en los oídos. Miró a Yvonnel, que parecía la más experta ahí, y a Jarlaxle, que siempre parecía tener una respuesta, pero no, ambos parecían estar más allá de su alcance, lejos, indistintos.

Como sus voces, como todas las voces, mientras discutían y gritaban todos a la vez, prometiendo una lucha o algo así… o algo…

Para ella, era solo un mosquito, zumbándole en el oído. Como aquel día, aquella mañana temprano cuando Drizzt y ella estaban en el camino del sur de Mithril Hall. Aquel mosquito, sí, y no podía verlo bien porque aún no podía abrir sus cansados ojos, y solo lo podía oír, zumbando, zumbando.

Nada le llamó la atención en ese terrible momento excepto el pomo. Tan claro, tan familiar…

El pomo.

Había perdido a Drizzt.

No sabía qué hacer.

Así que gritó.

Solo gritó. A pleno pulmón, con todas sus fuerzas, lanzó un muro de pura negación, un torrente de maldiciones a los dioses, a su dios, a cualquier dios, a la propia justicia divina, porque ¿cómo podía ocurrir eso?

Siguió gritando.

Y cuando lo había sacado todo, las rodillas le temblaron y se le doblaron.

Y cayó, pero cerca, porque Zaknafein, tan ágil y rápido como su hijo, estaba allí para sostenerla y sujetarla.

Otros se apresuraron a acudir; Regis con una poción en la mano para darle fuerzas, y pronto ella volvía a estar en pie, disculpándose, y luego sintiéndose estúpida por disculparse.

El mundo giraba, y sus pensamientos giraban más deprisa.

Los apartó a todos, y cuando Bruenor, su querido padre, fue a abrazarla, ella alzó las manos para detenerlo.

—¡No!

—¿Mi niña? —preguntó el enano, con las lágrimas que le caían por las mejillas. Fue hacia ella de nuevo.

—No puedo —dijo ella, mientras mantenía las manos alzadas a la defensiva ante sí. Sabía, lo sabía, que si alguien la tocaba para consolarla, se desharía.

No podía hacer eso. No ahí. No en ese momento.

Luchó contra su dolor; nunca había imaginado un dolor igual. Dejó rodar sus pensamientos: «mi bebé… el bebé de los dos… Drizzt… en sus brazos»; y luego rodar un poco más, como un remolino que se los tragaba todos, y los enterraba bajo un océano de lágrimas.

Siempre había sabido que esto podía ocurrir; había una gran probabilidad, con el tipo de vida que habían escogido.

¡Y había sucedido! ¡A ella, a Regis, a Wulfgar, a Bruenor! Se los habían llevado a la otra vida, y sin embargo, estaban de vuelta.